LA CULATA

Lo hablaba anteanoche con uno de los tíos más listos que conozco; José Manuel Lorenzo, hoy productor de TV de mucho éxito y, en su día, director general de Antena 3 y Canal+. Estábamos cenando con otros tres amigos en uno de los restaurantes cercanos al Palais des Festivals de Cannes, después de un día agotador dando vueltas por los stands del Mipcom, que es una feria internacional de TV. Hablábamos de política, del auge de los populismos y de cómo las mayores potencias de la tierra están en manos o de dictadores o de presidentes elegidos democráticamente, pero con unos modos tiránicos que, francamente, dan mucho miedito. Y, hablando de dictadores, comentamos el esperpento al que hace referencia este chiste que circula por wassap; los dos actores de Pulp Fiction descojonándose del absurdo de que saquen a Franco del Valle de los Caídos para meterlo en la Catedral de la Almudena. Y no solo eso; es que me gustaría conocer cuántas visitas tenía Franco antes de que estallara todo esto o, directamente, cuántas personas en España recordaban que el cadáver de Franco reposa allí. Estoy totalmente de acuerdo en que un dictador no debe estar enterrado en un lugar en el que da la sensación de que se está glorificando su figura, pero, en ocasiones, cuando intentas mejorar las cosas lo único que consigues es que te salga el tiro por la culata y te revientes la cara. Que, por cierto, para ser una frase tan popular, me gustaría conocer a alguien que conozca a alguien al que, literalmente, le haya salido un tiro por la culata.

A lo que voy es a que, frecuentemente, en la política, los tiros te salen por donde no quieres. Especialmente si te dedicas al “postureo” que es, quizás, uno de los grandes enemigos de nuestra era. Para los que no tengan claro qué es el postureo, según la definición de mis hijos, es la tendencia a decir o hacer cosas por quedar bien, por intentar dar una imagen que realmente no responde a lo que eres. Vaya; para mis hijos: ir de motivao. Y en eso del postureo nuestros políticos son unos especialistas. Y, además, tienen el gran defecto de lanzarse al postureo, en muchas ocasiones, sin pensar y, claro, se pegan unas leches descomunales. Para mí el paradigma del postureo es la crítica al contrincante por la corrupción. Que PP y PSOE se critiquen unos a otros por la corrupción es tan ridículo que no se entiende que no les dé la risa cuando se tiran los trastos. Lo malo es que el mensaje cala y mis amigos muy del PSOE o muy anti PP o los que son muy del PP o muy anti PSOE, cuando te metes con el uno te sacan la mierda del otro y te dicen: “Sí, pero lo que es increíble es…” y en los puntos suspensivos pongan los ERE, si el interlocutor es del PP, o la Gurtel, Bárcenas, los sobres… si el interlocutor es del PSOE.

O lo de la dacha. Que ya parece que se olvida, pero uno de los maestros del postureo es el ex–post-comunista Pablo Iglesias. Este ex-austero ha cambiado su discurso desde el poner guillotinas en el Congreso o freír a impuestos a los multimillonarios que se compran áticos de 600.000 euros. a comprarse un casoplón que debería ser sonrojante para uno de los límpidos profetas de la Política Nueva con mayúsculas. Y ha superado el sonrojo con una soltura inigualable.

Podría seguir desgranando postureos, pero quería quedarme con la que se está liando en los últimos tiempos con el uso del ellas y ellos al hablar de cualquier cosa y poner en femenino todas las palabras y palabros. Lo de la diputada de Podemos y Podemas hablando de que las niñas tienen derechas. Qué triste. O la que se ha liado con los dos concursantes de Operación triunfo pidiendo cambiar la letra de una canción de Mecano en la que se decía: “Siempre los cariñitos me han parecido una mariconez”. Lo de mariconez les parecía ofensivo y lo querían cambiar por gilipollez, sin tener en cuenta que seguro que existe una “Asociación del Estado Español de Gilipollas y Gilipollos”. Que esa es otra; como se pongan a analizar las letras de las canciones, hay que cambiar el catálogo entero de la copla y la canción española y parte del repertorio de solistas y grupos españoles, como aquella canción de Radio Futura que decía: “Y si te vuelvo a ver pintar un corazón de tiza en la pared, te voy a dar una paliza por haber escrito mi nombre dentro”. En fin.

Para acabar con tanta tontería, sería bueno que todos nos imbuyéramos del espíritu de los niños que lo ven todo clarísimo y hablan sin tapujos. Hace unos días nos contaba una amiga de mi suegra una frase grandiosa de su nieta. Llevaba la pobre niña unos días oyendo hablar en el colegio de Darwin y de la evolución y a ella le debía parecer horrible eso de descender del simio. Y se lo preguntó a su madre: “Mamá: ¿a que los hombres descienden del mono y las mujeres de las princesas?”

Y, es curioso, he terminado esta Cabra sobre el postureo sin hablar, precisamente, del gran posturitas nacional; nuestro Presidente del Gobierno. Pero del gran Pedro Sánchez hablaremos otro día que, ya que estamos de postureo, confieso que me tengo que ir al Palais a reunirme con unos tíos de una tele de Singapur. No sé si les voy a vender ni media escoba, pero reconocerán que el contexto de la frase es glorioso.

CERCA

Llevo varios días revuelto. Y no es porque me dé miedo la ultraderecha (me da el mismo que la ultraizquierda, por cierto), porque me flipe la penosa situación política del país, o porque, si tuviera tres testículos, estaría hasta los 3 huevos del tema de Cataluña. No.

Hace 7 días hablaba sobre lo cerca que te pasan a veces las cosas y contaba lo que me impactó la muerte de la pobre niña Marta en el coche de su padre en Madrid. El problema es que ha sido una semana llena de sucesos estremecedores y anteayer también nos espantábamos con la noticia desoladora del hombre que tiró por una ventana a la hija de sus amigos justo antes de tirarse él. Que con este desequilibrado (o malvado) me ha pasado como con los maltratadores que matan a sus mujeres y luego se suicidan. Coño; ¿por qué no invertís el orden?

Ayer el dolor nos llegó del este. Desde Baleares. 10 muertos y un niño desaparecido ¡¡¡en 2018!!! por unas tremendas inundaciones en Mallorca. Y una de las imágenes del día fue la del tenista Rafael Nadal ayudando a los vecinos del pueblo de al lado a quitar el barro y los escombros tras la riada.

No sé si a estas alturas habrá salido ya algún gilipollas a criticar a Rafa por remangarse y ayudar, como en su día criticaron a Amancio Ortega por dar muchísimo dinero a los más necesitados. Pero yo me quiero quedar con lo que me parece obvio. Rafa Nadal, a pesar de todas las cosas, es un buen tío. Es un deportista legendario y es multimillonario, se lo rifan las marcas para que sea su imagen y, si chasqueara los dedos, tendría a mil mozas estupendas rendidas a sus pies. Pero él sigue con María, su novia de toda la vida y, en sus vacaciones, se pega algún lujo, pero luego se le puede ver pescando al lado de su pueblo. Como siempre. Porque Rafael se sigue sintiendo un vecino más de Manacor y así le hacen sentir los que están junto a él cuando vuelve a casa. Yo he tenido la suerte de verle de cerca allí rodeado de decenas de chavales de su circuito infantil, sin negarle un autógrafo, un cariño o una foto a nadie. Y, cuando se va la marabunta, es uno más del grupo, de los amigos, de la familia o del vecindario. Por eso ayer por la mañana Rafael decidió que lo mejor que podía hacer era irse a ayudar. Porque siente que lo que les pasó a los miles de vecinos afectados, lo que padecieron los 10 desdichados que murieron, lo que debió sufrir el niño desaparecido, le podía haber pasado a él o a cualquiera de su familia o de sus amigos. Y, cuando desde el epicentro de un drama cercano, miras hacia fuera, te das cuenta de que, efectivamente, nuestra felicidad es muy frágil.

Cuando decía al comienzo que estaba removido, no solo es por todas estas noticias terribles. Es porque se acerca el 2º aniversario de algo que me pasó en el campo de golf de El Fresnillo, a un par de kilómetros de la Muralla de Ávila. Estábamos jugando mi mujer y yo al golf el día 30 de octubre de 2016. Hacía un día espléndido y yo, que soy más malo que la quina, llevaba 2 pares y un bogey. En el hoyo 4 dimos dos golpes buenísimos y yo estaba a 4 metros de bandera para birdie y mi mujer a 3 metros para hacer par. Pero al llegar al green nos encontramos una situación angustiosa. Uno de los jugadores del partido anterior al nuestro estaba tumbado en el suelo, de lado, junto al green. Sus amigos muy impresionados, habían llamado a emergencias porque se llevaba quejando un par de hoyos de dolor en el pecho y llegó un momento en el que no pudo seguir. Yo les pregunté si habían llamado a la casa club para saber si había algún médico en el campo y me dijeron que no. Llamé al gerente del club y me confirmó que un matrimonio de médicos acababan de empezar a jugar. Mi mujer se fue a su encuentro.

Cuando colgué el teléfono me di cuenta de que Vicente, que así se llamaba, estaba fatal, con una respiración muy agitada. Me agaché para preguntarle cosas y ver si estaba consciente y, unos segundos más tarde, dejó de hacer ruidos. Le giré y el pobre Vicente estaba con la mirada perdida y, claramente, en parada cardiorrespiratoria. Yo no tengo ni idea de primeros auxilios. Lo que vemos en las películas. Pero empecé a gritarle y, viendo que no respiraba, comencé a hacerle un masaje cardíaco. No reaccionaba, de manera que le golpeé el pecho con el puño y, de repente, se movió, abrió los ojos y comenzó de nuevo a respirar con mucha dificultad. Al cabo de un par de minutos volvió a pararse y repetí la operación. De nuevo reaccionó y recuperó el pulso justo en el momento en el que llegaron los dos médicos a los que había ido a buscar mi mujer. Estos doctores mantuvieron a Vicente con un hilo de vida hasta que, 10 minutos después, aparecieron los de la ambulancia. Estuvieron casi 45 minutos intentando, sin éxito, salvarle la vida en una imagen que no se me olvidará jamás; en un paraíso como es un campo de golf, había una ambulancia, tres miembros del Samur, dos médicos más, los amigos de Vicente y mi mujer y yo intentando salvar a un hombre con todos los instrumentos de emergencia desperdigados alrededor. Y, muy cerca, al fondo de todo ese escenario de la hecatombe, a diez metros, me di cuenta de que estaban ahí, todavía, colocadas perfectamente, la bandera del Green del hoyo 4, con mi bola y la de mi mujer que, una hora antes, en una mañana soleada de otoño, felices, habríamos estado tirando para par y para birdie.

 

YO TE ENTIENDO

¡Dios! Llevo desde ayer sin poder parar de pensar en él ni un minuto. En él y en su niña y en su mujer y sus otros hijos y en todas las personas a las que esta tragedia haya tocado de cerca. Imagino que conocerán la espantosa noticia del bebé que, por un catastrófico despiste de su padre, murió anteayer en un coche aparcado en Madrid. Es de estas noticias que te desgarran; con las que eres capaz de sentir un dolor físico sin tener nada que ver ni con la niña ni con nadie de su familia.

Imagino la situación. En esa prisa que llevamos todos, que vamos como locos, con mil cosas en la cabeza y con el móvil entrometiéndose en nuestra rutina de una manera invasiva. Imagino al padre que, después de dejar en el colegio a los tres mayores, se dirigió, como cada día, a la guardería de la pequeña para dejarla allí. Y quién sabe si una llamada de teléfono (que parece que es lo que sucedió), o una alerta que le saltó del calendario del móvil, o un wassap, o el estrés de no encontrar sitio para aparcar, o yo qué sé. hizo que cerrara el coche, dejara a su bebé en su sillita y se marchara al trabajo sin darse cuenta de que estaba dejando a su hija en el coche en un día de mucho calor. 6 horas y media más tarde su mujer fue a recoger a la niña a la guardería. Le dijeron que la pequeña no había ido. Una llamada a su marido acabó con la felicidad de esa familia para siempre. El hombre, de repente, recordó con espanto que había olvidado a su niña en el coche. Cuando su mujer abrió el vehículo comenzó uno de esos dramas en los que desearías tener un botón de rebobinado para acabar con una angustia imbatible.

Los servicios de emergencia intentaron reanimar a la niña sin éxito, mientras los padres iniciaban, estupefactos, el enfrentamiento al horror que acababa de romper sus vidas por la mitad. No sé si pudieron decirse algo en medio de ese tsunami de dolor. Poco, porque la policía, en una decisión que no sé si entiendo mucho, detuvo al padre y lo llevó a comisaría. Quizás mejor ahí que en ningún sitio, pero no comprendo que no fueran conscientes, desde el principio, de que todo había sido algo tan simple, tan tonto, tan cotidiano y tan inexplicable como un despiste.

Les va a sonar no sé si frívolo, o estúpido. Pero yo comprendo a ese padre. Hace 21 años me pasó exactamente lo mismo que a él. Y yo no estaba especialmente estresado, ni recuerdo que en aquella época los móviles estuvieran tan metidos en nuestras vidas. Simplemente, se me fue el Santo al Cielo. Salí de mi casa, como cada día, para llevar a mi hija Paula a la guardería. No sé qué fue lo que me despistó. Si estaba el camión de la basura. O si tardé más de la cuenta en comprar el periódico. O si tuve que dar un rodeo que me alteró la rutina. La cuestión es que 20 minutos más tarde, yo estaba aparcando mi monovolumen en mi plaza de garaje de Antena 3. Cuando estaba cerrando el coche hubo algo que me hizo parar. No sé qué instinto. O qué. Pero en el asiento trasero, en su sillita, estaba dormida mi hija. Podrán imaginar el frío de pánico que me recorrió el espinazo porque era el mes de julio y, a pesar de que mi aparcamiento tenía un tejadillo, no creo que mi hija hubiera sobrevivido a todas las horas que habría estado en el coche hasta que yo hubiera vuelto o me hubiera llamado alguien alertando de su ausencia.

En el viaje hacia la guardería me parecía increíble tener semejante empanamiento. Es un rasgo de mi carácter que provocaba y sigue provocando mucha risa frecuentemente entre mis familiares y amigos. Pero unos días más tarde de aquel episodio se me quitaron las ganas de reír por un tiempo. En Córdoba un hombre dejó a su bebé en el coche en el parking, juraría que de la Universidad. Con 40 grados a la sombra, lógicamente, cuando el padre se quiso dar cuenta, su hijo había muerto. Aquella noticia, que impresionaba a cualquiera, para mí fue una especie de aviso del destino. Nunca imagina uno lo cerca que está del drama y la poca distancia que hay a veces entre la vida y la muerte. Es una milésima de segundo, un milímetro, un gesto insignificante el que marca la diferencia entre seguir viviendo felizmente o llevar para siempre una herida abierta en el corazón.

Por eso yo te entiendo. Porque lo que a ti te ha sucedido, me pudo pasar a mí. Y, por desgracia, le ocurre a más gente. Y es incomprensible e imagino que hoy decenas de personas cercanas a ti se preguntarán cómo pudo pasarte. Y estarán espantados y probablemente pensarán en ti y te mirarán con una mezcla de ira, de pena honda y de compasión. Y tú, seguro, solo pensarás en tu niña. Y en tu mujer. Y en tus otros tres hijos a los que no puedes dejar tirados porque, sin duda, tu primer arrebato debió ser: “me quiero morir”.

Yo te comprendo. Y espero que encuentres algo a lo que agarrarte para salir del agujero horroroso en el que vas a estar metido durante mucho tiempo. No sé si eres creyente. Mis padres lograron aceptar que mi hermana Maravillas muriera a los 4 años en un accidente tonto en casa al caerse por una escalera. Espero que, sea con Dios, o con psicólogos, o con amigos, encuentres ayuda. Yo no sé si tu mujer será capaz algún día de perdonarte, lo que sí confío es en que llegue el día en el que tú, aún sin encontrarle un sentido a lo que ha pasado, seas capaz de perdonarte a ti mismo.

Te mando mis mejores deseos con un abrazo.

EL PRIMER MUERTO

Lo sé. Puede sonar alarmista. Pero lo pienso de verdad. Creo que la deriva enloquecida en la que entró Cataluña, de la mano de Artur Mas hace ya 6 años, está llegando a su cénit. El principal problema que ha tenido Cataluña en los últimos tiempos es que sus dirigentes políticos han dejado de poder ser considerados “responsables políticos” y se han entregado a un delirio victimista que ha calado, de una manera muy profunda, en la mitad de la población.

Han pasado tantas cosas, ha habido tantos desparrames de personas a las que se les supone la cabeza sobre los hombros, que ya uno no sabe por donde empezar a hablar del desvarío. Porque cuando Artur Mas planteó “El gran repte” yo creo que no pensaba que los acontecimientos iban a llegar a donde han llegado. Pero claro; hemos oído a los 3 últimos presidentes de la Generalitat invitar a su pueblo a la desobediencia, al incumplimiento de la Ley y a hacer lo que se le ponga en los collons porque “tenim raó”. O sea; “tenemos razón”. Y es cierto que mucha parte del pueblo de Cataluña está con ellos, pero es igual de cierto que otra mucha parte del pueblo de Cataluña, no.

Pero todos esos, los que no comparten el delirio independentista, para la Cataluña oficial, son unos fachas. El problema es que empiezan a ser también unos fachas para parte de la opinión pública española. Cada vez más políticos y medios afines al PSOE hablan de Albert Rivera, de Inés Arrimadas y de la gente de Ciudadanos como unos fachitas a los que se les ve el plumero. Todo esto parece lógico, después de que el PSOE, para llegar a la Moncloa, tuviera que pactar con los partidos que tienen a Cataluña partida en dos. Ayer mismo en RNE el diputado de ERC Gerard Gómez recordaba a Sánchez que lo de dejarle llegar a Moncloa no fue gratis. Aunque en las últimas horas parecía que ERC se desmarcaba del último ultimátum (permítaseme la cacofonía) de Torra, Gómez dejaba claro que el PSOE debe responder a unos supuestos compromisos que nadie conoce exactamente en qué consisten.

Desde Moncloa aseguran que el gobierno no tolera chantajes, pero, por desgracia, cuando Pedro Sánchez consigue ser presidente del Gobierno con apoyos tan exiguos y tan dispares, puede que no acepte chantajes, pero debe ser consciente de que no se puede poner muy chulito. Diciéndolo gráficamente, el problema de Sánchez no es que haya alguien que le tiene agarrado por los testículos; es que tiene en cada criadilla un par de manos apretando. Y así estamos. Con PP y Ciudadanos pidiendo que se active el 155 y con el PSOE intentando templar gaitas para que nadie le rompa al jefe un huevo.

Lo peor de todo es que en las calles las cosas están cada vez más crispadas. Sé que me van a llamar facha por decirlo, pero la presión que soportan los que no quieren la independencia es terrible. El gobierno de Cataluña entregado al desaparrame y el President invitando a los CDR a apretar. Y le hicieron caso esa misma noche, asaltando el Parlament. La televisión pública catalana ridiculizando constantemente a todo aquel que no opina como el ¿gobierno? de Torra. Y en los pueblos y ciudades incrementándose la sensación de que toooooodo el pueblo catalán quiere la independencia y que los que no la quieren son ciudadanos de tercera.

Yo, a pesar de todo, confío en que alguien ponga cordura. Creo que en los últimos días Cataluña ha estado cerca de encontrarse con un muerto en cualquiera de las refriegas que se han producido. Y creo que estamos a tiempo de evitarlo. Opino, como Borrell, que la división social tardará años en curar, si se cura, pero estamos a tiempo de evitar que, en uno de esos enfrentamientos callejeros, a alguien se le escape un mal golpe o un mal tiro, y nos encontremos velando un cadáver. ¿Alarmista? No sé, pero cuando los dirigentes políticos animan a su pueblo a pasarse la Ley por el arco triunfal, uno puede que sepa cómo empieza la cosa, pero, jamás, cómo termina.

Esta mañana pensando en Mas, Puigdemont y Torra y en la gente que se mete en berenjenales por tirar palante sin tener las cosas claras, me acordaba de un amigo de la infancia que tocaba el órgano en las misas de 12 de mi Parroquia. Era un Santo Varón y, de vez en cuando, entre composiciones típicamente religiosas, colaba algún tema pop que él mismo arreglaba para poder interpretarlo en la Iglesia. El problema de mi amigo es que hablaba francés, pero no tenía ni idea de inglés y, por desgracia para él, se le notó. Un día iba yo a comulgar y empecé a escuchar una música que me sonaba mucho. Arranqué a tararearla hasta que me di cuenta de que estaba delante de un cura cantando una letra que decía: “Do that to me one more time”. Quizás la recuerden. Era un temazo de “Captain&Tenaille” en el que la señorita que cantaba animaba al varón con el que yacía que se lo hiciera una vez más.

El pobre de mi amigo, por supuesto, no tenía ni idea de tal cosa y, al acabar la ceremonia, estuve a punto de acercarme a decírselo, pero preferí mantenerle en su ignorancia. Sé que, años después, aquel organista aficionado tomó los hábitos y no sé si habría llegado a cura después de un síncope como el que yo le habría motivado diciéndole el tipo de pieza que había estado interpretando durante la comunión de yo qué sé cuántas misas.

 

VALLE DE LA CONCORDIA

No sé si estamos para reconciliarnos. Lo que ha pasado en España en los últimos meses, desde que el PSOE llegó al gobierno tras la moción de censura, ha ido encabronando todavía más un clima político que ya empezaba a ser difícilmente respirable.

Hay que reconocer que la manifiesta debilidad del gobierno de Sánchez es un caramelo para los que hoy están en la oposición, pero también hay que reconocer que Sánchez y sus ministras y ministros se lo están poniendo a huevo a sus enemigos. Las dos primeras dimisiones ministeriales generaron convulsión y echaron por tierra la imagen de gobierno de la gente, de la regeneración, que quería transmitir Sánchez en esos días felices en los que se le notaba siempre como a punto de tener un orgasmo. Hoy todavía mantiene esa cara de profundo placer, sobre todo en las reuniones internacionales y cuando recibe a dirigentes de otros países a los que toca mucho más de lo que indica el protocolo, pero ya se le va notando el rictus de la Moncloa. Lo de Máxim y lo de Montón le empezaron a agriar el Camelot, pero lo de su Tesis, primero, y lo de la Ministra Delgado, después, le están sacando una cara de mala leche que no se le veía desde aquel día en el que tuvo de salir de Ferraz por la puerta de atrás.

No es fácil que hoy encontremos puntos de consenso. El PSOE no entiende que PP y Ciudadanos no acepten que es legítimo que Sánchez esté en el gobierno tras conseguir más que holgadamente los 176 votos necesarios para su investidura. PP y Ciudadanos tampoco entienden que el PSOE no acepte que igual de democrático que fue la moción de censura es el hecho de que el Senado mantenga una mayoría absoluta del PP o la constatación de que en la Mesa del Congreso manda la oposición. Y en esos estupores de ambos bandos vamos perdiendo tiempo y energía mientras la ciudadanía no sabe muy bien a qué atenerse. La prueba es que, en las primeras encuestas tras la moción de censura, el PSOE pega un subidón que no se lo creen ni los más optimistas de Ferraz. Yo estoy seguro de que todas las mierdas que están saliendo estarán haciendo que baje el soufflé, pero lo cierto es que Sánchez cree que, con un año y pico más en Moncloa podrá ir a las elecciones de 2020 con garantías de mantenerse en el gobierno.

Pero yendo a lo que iba en el título de la Cabra, no creo que este sea el momento de reclamar consenso, concordia y espíritu de reconciliación a nuestros políticos. Yo considero que, salvo gentes con una implicación muy personal en el asunto, la mayor parte de las personas con las que hablo opinan que un Dictador no debe tener un mausoleo como es, lo queramos reconocer o no, la tumba de Franco en el Valle de los Caídos. Ahí ha estado durante más de 40 años, pero es ciertamente extraño que un dictador cuente con un lugar grandioso para la peregrinación de sus partidarios.

Claro que tampoco entiendo la manera en la que Pedro Sánchez habló del tema en su primera entrevista como primer ministro en TVE. Dijo entonces que él, aparte de retirar de ahí los restos de Franco, quería convertir el Valle en un memorial para las víctimas del Fascismo. Y ahí es donde creo que empieza el error. Lo que precisamente separa hoy a muchas personas al hablar del tema es el empeño actual de seguir convirtiendo la Guerra Civil en una historia de malos y buenos. Y en esa lectura de la Guerra los malos eran, por supuesto, los del bando golpista y, los buenos, los del bando de la República, que era el gobierno legítimamente constituido. Cuando yo creo que el número de hijoputas y de burradas y de pasarse el Estado de Derecho por el arco del triunfo fue análogo en ambos bandos. De hecho, en el bando de la República tuvo una importancia capital el Partido Comunista y, en todo lo que pasaba, tuvo una influencia determinante la URSS, que no es que fuera un modelo de democracia.

Pero ¿ve alguien posible que se haga en España un monumento de homenaje a las víctimas del fascismo y del comunismo? Yo no porque, a pesar de todo lo que se vio en el siglo XX y de lo visto en lo que llevamos del XXI, sigue teniendo mucha mejor imagen el comunismo que el fascismo aunque las cifras de muertos, exiliados, reprimidos y torturados de ambas ideologías pudieran acabar en un tenebroso empate técnico.

Por eso yo buscaría, si es que se puede, convertir el Valle de los Caídos en un monumento a la Concordia. O, en todo caso, para que no se me molesten fascistas ni comunistas, en un monumento a las víctimas del fanatismo o de la intolerancia, que viene a ser casi lo mismo.

En fin. Para que pasase esto deberíamos tener más políticos con Grandeza y no parece que este sea nuestro mejor momento. Y no hablo de Grandeza por la parte Noble, que esos de la aristocracia tendrán la sangre azulada pero les puedo asegurar que sus cuescos huelen igual que los de los arrabales. El otro día salí con prisa de un evento y, en la caja automática del Parking, veo que está un Grande de España hablando por teléfono. No diré nombres, pero, cuando llegué a su altura olía a pedo descomunal. Y sufrí el síndrome del ascensor del que ya hablé en una Cabra*. El noble, mientras yo metía a toda prisa el ticket y la tarjeta y esperaba el recibo, se apartó unos metros y me dejó allí, pagando, con el resto de su gas intestinal invadiéndolo todo. Por suerte no vino nadie. Terminé de pagar y, cuando salí hacia mi coche, aliviado, me despedí de él diciéndole. “Oye; te has dejado un cuesco en la caja”. Juraría que le oí decirme algo, pero entre mi sordera y el ruido ambiental no sé si se cagó en mis muelas o me dijo aquello tan común de “no es mío”.

 

* Ver “Un pedo en el ascensor”

ANORMAL

Hoy es todavía el día de la estupefacción. Es por supuesto el día del dolor y del desgarro y del nudo de angustia en la boca del estómago. Y de la incredulidad. Y de desear, con todas las fuerzas, que sea una pesadilla. Y de una pena profunda. Como van a ser muchos días, de ahora en adelante, para la familia y los amigos de Celia Barquín.

Hay muchas cosas en nuestro día a día que podemos calificar como “anormales”. Es anormal que un ex presidente del gobierno comparezca en una comisión del Congreso en tono chulesco y hablando como si estuviese discutiendo en un bar con los amiguetes. Claro, que también es anormal que un representante del otro gran partido español (con casos de corrupción sonrojantes) dé clases de limpieza política a nadie. O que otros dos representantes de partidos (sobre todo Rufián) estuvieran allí más pendientes de hacer su numerito de tertuliano televisivo que de hacer preguntas.

Es anormal que el presidente del gobierno más frágil de la historia de nuestra democracia aparezca en TV en una entrevista de una hora y dé una imagen tan penosa y deje claro, por ejemplo, que no se sabe los números básicos de una de las propuestas políticas más importantes para su gobierno.

Es anormal que tengamos un sistema universitario que permita tantas cosas irregulares (legales o no) como las que parece que se han producido y no sólo en la Rey Juan Carlos.

Y podría seguir desgranando anormalidades, como lo de Cataluña, pero es un tema que me produce tal pereza que mejor lo voy a dejar para una futura Cabra. Si eso. Porque quería centrarme en una anormalidad terrible que tiene mucho que ver con el que yo creo que es el principal problema del periodismo moderno. La falta de rigor, el boteprontismo, la necesidad de decir algo, lo que sea, sobre cualquier asunto, porque, si no, en la prisa vertiginosa que hoy nos abate, te quedas atrás.

Imagino que habrán leído el tweet que publicó ayer un tal Alfredo Pascual. Se supone que es periodista porque lo pone él mismo en su perfil de Twitter. Muy poco después de que saliera la primera noticia sobre el terrible asesinato de una niña española de 22 años en Estados Unidos, este ser publica lo siguiente: “No la conocía absolutamente nadie, pero los asesinatos de gente de clase alta son rentabilísimos en prensa”. Les doy unos segundos para asimilarlo.

Se cruzan en este tweet varias anormalidades. Siendo un periodista, podía haber dedicado los 3 segundos que se tarda en escribir “Celia Barquín” en la barra del buscador de Google para haber descubierto unas cuantas entradas hablando de los éxitos deportivos de esta “desconocida”. Pero no. A Alfredo Pascual le pasa lo que a tantos otros compañeros míos de profesión: “lo que yo no conozco, no existe”. Y da por hecho, primer error, que Celia es una absoluta desconocida. Yo llevo presentando desde hace muchos años la Gala anual de la federación española de Golf. ¿Saben cuántas veces he tenido que pronunciar el nombre de Celia en los últimos 10 años? ¿15 veces? ¿20? Pues no lo recuerdo, pero todos los años ganaba algo en competición individual o por equipos. Pero es que, este año, Celia estaba embalada. Había ganado el campeonato de Europa individual amateur. Una pasada. Había podido jugar el US Open. Otra pasada. ¿Sabes, Alfredo, cuántas buenísimas jugadoras se retiran sin poder jugar un Major? Y estaba clasificada para la segunda fase de la escuela de la LPGA. Un logro al alcance de muy pocas jugadoras profesionales en el mundo. Y ella, aún, era amateur.

Pero es que no contento con hablar sin detenerte a contrastar, das por hecho, segundo error, que Celia es de clase alta. Como si fuera malo o bueno alguien por el hecho de ser de clase alta o de clase baja. No sé de qué clase social eres tú, pero no me gustaría, francamente, que te acercaras a una de mis hijas.

Celia era una niña luminosa hija de un matrimonio encantador. Personas normales, trabajadoras que se habían encontrado, de repente, con que su niña era buenísima en su deporte favorito y estaban dejando que su don fluyera primero en los equipos de la federación asturiana, luego en el CAR de la Blume y, desde hace 4 años, becada, por su talento, en una Universidad Americana en la que se encontró con el indeseable Collin Daniel Richards.

Y lo que me hace considerar tu tweet como anormal no es que te equivoques. No es que siendo supuesto periodista des por hechas cosas sin pararte a pensar o a contrastar. No es que tengas la falta de criterio periodístico como para pensar que esta noticia no merece la atención de los medios españoles. Lo que me parece profundamente anormal, y deberías quizás pedir ayuda profesional para ello, es que ante la noticia de la muerte de una niña de 22 años tu primera reacción no sea la pena, la estupefacción, la compasión, el pensamiento en esa niña, en esos padres, en esos familiares, en sus amigos, en sus compañeros de equipo, en sus profesores… No. Tu primer pensamiento es correr a publicar un tweet cabreado porque en los medios (curiosamente citas al medio en el que trabajas) se le da importancia a una niña rica porque va a ser muy rentable.

No espero que cambies, porque asumo que, a estas alturas, el mal que se cocina en tu cabeza y en tu corazón ya está bien cocido. Lo que sí espero, de verdad, es que deje de ser cierto lo que pones en tu perfil de Twitter; que escribes reportajes para “El Confidencial”. No le deseo mal laboral a nadie, pero no entendería que un periódico serio siguiera dando trabajo a una persona como tú.

Mientras tanto, los demás; los que sí sabemos quién era Celia Barquín, dedicaremos hoy una buena oración, un buen pensamiento, un buen deseo en su memoria y en la de su familia.

NO “AJONDAMOS”

Ya sé que no queda muy fina ni ortográfica la cosa, pero eso es lo que se les decía, en mi infancia malagueña, a los recién casados que no anunciaban, en los primeros meses de matrimonio, la feliz noticia de un embarazo. No “ajonda”. Era la manera muy gráfica y muy simple de hacer ver que en el hecho de que una pareja no tuviera descendencia podía influir, de modo determinante, la capacidad del varón de ahondar ya podrán imaginar dónde. Pues no ajondamos. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2017 se redujeron los nacimientos en un 4,5% y aumentaron las muertes en un 2,3%. O sea; que nos morimos más que nacemos. Y eso, con la superpoblación que empieza a haber en el mundo, podría no ser una mala noticia. El problema es que esa falta de nacimientos a lo que conduce es a un envejecimiento constante de la población y, por tanto, a una reducción constante también del número de trabajadores potenciales. Lo malo es la tercera constante; que cada vez son más y más longevos los ancianos. Vaya; no me miren como si fuera el Doctor Mengele. No quiero decir que me parezca mal que nuestros mayores vivan más. A lo que voy es a que, si ya hoy empieza a ser insostenible el sistema público de pensiones, imaginen lo que va a ser dentro de 30 años, si seguimos con estas cifras tan penosas.

Por eso hay que dar las gracias a todos los jóvenes que toman la decisión de traer hijos al mundo, aunque muchos digan que no merece la pena colocarlos en un planeta tan complicado como este en una época tan jodida como esta. Yo soy más optimista que todos los agoreros. Sé que nuestros hijos y nuestros nietos no lo van a tener fácil, que estamos haciendo mucho por cargarnos el planeta y que los líderes mundiales de los últimos tiempos no generan excesivo entusiasmo, pero estoy seguro de que nos adaptaremos y saldremos adelante. Bueno; saldrán, que imagino que dentro de 40 ó 50 años yo estaré fiambre aunque algunos nos digan que estamos cerca de vivir 120 años.

Los que van a estar seguro ahí son Leo y Manuel; los futuros hijos de Irene Montero y Pablo Iglesias. En un anuncio más del ¡Hola! que de la prensa política, el líder de Podemos comunicó ayer los nombres de los niños que están esperando. Yo, francamente, esperaba que los llamaran Vladimir o Ernesto (por el Che), pero, no sé si influidos por la marea mundialista, han cambiado de argentino y uno de sus hijos se va a llamar como Messi. La verdad es que me da igual cómo se llamen los churumbeles, lo que me alegra es que dos líderes de opinión como son la Montero y el Iglesias, se hayan animado a una paternidad que quizás ayude a muchos otros a dar un paso que no es fácil. Porque, verdaderamente, no es fácil tener hijos en España.

Ya podría tomarse en serio este asunto el divino Pedro Sánchez que sigue alimentándose de la púrpura y se le ve tan crecido que empieza ya a caminar con el aplomo de un JFK de Tetuán (no la ciudad, sino el barrio en el que creció el Presidente del Gobierno). El tema de la natalidad es un asunto de Estado. Y así debe plantearse. Porque, hasta que no sea un asunto político de primer orden, no se tomarán las medidas que fomenten, en serio, un aumento de la natalidad. El problema es que, hasta ahora, la mayor parte de esas medidas van contra el lomo del empresario y el Estado (que sería el principal beneficiado de un aumento de los nacimientos) mira para otro sitio cuando se exigen acciones que lleven a las parejas jóvenes a buscar descendencia.

Mientras llega ese momento, deberán estar de acuerdo en que lo de Pedro Sánchez es de nota. Para empezar ha conseguido que dos medios que le ninguneaban de una manera flagrante (El País y TVE) le traten ahora de un modo casi hasta grotescamente pelota. Para continuar se le escucha y se le ve cambiado. Ha mudado la crispación y el discurso encendido por una media sonrisa muy Clooney (“Es que el tío está bueno”, dicen mi mujer y mis hijas) y una oratoria reposada y madura. Si no tuviésemos tan presente su pasado inmediato, diríase que el líder socialista está mutando en una mezcla entre Barack Obama, Mahatma Gandhi y Santa Teresa de Jesús.

Pero volviendo a mi infancia y a los embarazos, recordaba anoche una de esas anécdotas familiares que le hizo mucha gracia a todo el mundo excepto a su protagonista, que fue mi abuelo Rafael. El padre de mi madre era un hombre bien parecido y alto aunque, en los últimos años había desarrollado una tripa oronda. Era a finales de los 70. La democracia permitió que las mujeres pudieran salir en las procesiones como nazarenas y, en muchas cofradías, hubo polémica con el asunto. La cuestión es que en mi familia era tradición acompañar en el Viernes Santo a la Venerable Orden Tercera de Siervos de María Santísima de los Dolores (Servitas). Y allí salíamos abuelos, tíos y primos con esas túnicas negras, capucha sin capirote y cirio. No sabemos dónde se produjo el momento, ni cómo pudimos enterarnos de aquello, pero mi abuelo regresó al templo indignado porque, a su paso, una niña malagueña, muy ilusionada con acabar un día saliendo de nazarena en una procesión, dijo: “Mira, mamá, fíhate si salen muheres, que hay hasta una embarasá”. Mi abuelo no le partió el cirio en la cabeza a la niña gracias a la intermediación de la Virgen de Servitas, pero creo que fue aquel el último año en el que el jefe de la familia González de Gor salió en procesión.

DÍAS RAROS

¡Buenoooo! ¿Y por dónde se empieza a escribir un día como el de hoy? Porque, probablemente, la de ayer fue una de esas jornadas de discutir a lo bestia en las redacciones de informativos sobre el número de minutos que iban a dedicar en las noticias a hablar sobre cada asunto. Que si Máxim, que si Urdangarín, que si Lopetegui. Pero es que, fuera de España, estaba Trump añadiendo a su lista de amigos a otro psicópata más de la política. El Presidente de los EEUU sigue en pleno delirio y, en su presidencia de reality-show, ahora resulta que Kim Jong-Un es un hombre honorable y puede que dentro de poco se convierta en un candidato, ¿por qué no? al Premio Nobel de la Paz. Que cosas peores se han visto en Suecia.

Hoy no tengo mucho tiempo. Así que seré breve , como el mandato de Máxim Huerta en el Ministerio de Cultura (y Deporte). Que me da pena que un tío al que aprecio tenga que pasar por el calvario que padeció ayer. Pero me ha fastidiado que en su salida del Ministerio haya dado la sensación de que toooooodooooos los que nos dedicamos al periodismo, a la televisión, a la creación… somos unos defraudadores y que, lo que él hizo, lo hemos hecho todos.

Yo, en estas cosas, siempre soy condescendiente y me inclino por el evangélico “el que esté libre de pecado…”, pero hay cosas y cosas. Por mucho que Máxim insista en que “ha cambiado el criterio” y que él “nunca actuó de mala fe” y que hizo “lo que hacíamos todos”, no hay que ser fiscalista para saber que, si haces algo tan raro como imputar a tu empresa una casa en la playa y los gastos derivados de ella, lo estás haciendo para pagar menos impuestos y puede que, si te pillan, te metan un paquete de aúpa. Y si el asesor de Máxim no le advirtió de ello, lo que debería hacer mi compañero, en vez de criticar a no sé qué jauría, es demandar a su asesor fiscal. Lo que le honra al ya exministro es haber dimitido y haber hablado con tanta claridad en su despedida. Le aguardan días amargos y le deseo lo mejor para superarlos.

Otro al que deseo lo mejor es a Julen Lopetegui. Trabajamos juntos durante un tiempo en un programa de fútbol y es de esos tíos nobles y buena gente a los que te da pena ver sufrir. Y ayer debió pasar las de Caín. Imagino que saben que el inefable Florentino Pérez anunció anteanoche que, al acabar el Mundial, Julen iba a ser el entrenador del Real Madrid. Y ya lo es; se le ha presentado esta misma tarde. Del notición se enteró el presidente de la RFEF 5 minutos antes de que se hiciera público y se cogió un encabronamiento tan tonto y tan intenso que acabó decidiendo cepillarse a Julen y dejar a España sin su seleccionador a 48 horas de nuestro primer partido.

Imagino que habrá opiniones para todos los gustos, pero a mí lo que me chocó de la rueda de prensa de Luis Rubiales, es que se tiró muchos minutos hablando de una traición personal que le había tocado las pelotas. Insistió hasta la saciedad en que no era un tema personal, sino que no se le podía hacer eso a la federación, pero en el fondo y en la forma, lo que se veía ahí era un tío cabreado como una mona porque se había enterado el último de algo y él, todo un señor Presidente, se tenía que haber enterado antes. Y en su discurso no dio ni un solo motivo futbolístico ni técnico por el que Julen debía dejar de ser seleccionador ya. Todo eran argumentos de macho alfa con la hormona estallando porque un machito le está tocando a las hembras.

Así que empezamos mañana contra Portugal y ya da rabia que estén Cristiano y sus colegas descojonándose de nosotros y esperándonos mientras afilan la espada. Que esa puede ser una ventaja. Yo confío mucho en que mi paisano Fernando Hierro triunfe y que ese coraje que deben tener los jugadores por lo que ha pasado, lo saquen para bien y a España no le vaya mal en Rusia.

Pero bueno. Casi no he hablado de lo de Urdangarín. Que, oigan, me parece perfecto que lo metan en el trullo. Lo que me choca es que, en el camino hacia su celda, el único dirigente político que le acompañe, sea Jaume Matas. Porque a los que habría que meter en prisión es a toda esa enorme patulea de políticos que le dieron millonadas de dinero público al ex-Duque de Palma por montar unas charlitas muy entretenidas.

Y, por cierto, otro tema del que casi no se habló ayer con tanto guirigay. Lo del barco lleno de inmigrantes. Ruego a todas mis amistades y contactos en redes sociales que dejen de mandarme memes en los que critican al gobierno español por aceptar que vengan esos 500 desdichados que buscan una vida mejor. No me hacen gracia esos mensajes cargados de mala leche en los que dicen que se descuida a nuestros ancianos y a nuestros pobres para cuidar a desheredados de otros países. ¡Por favor! Parece que ya no recordamos que hace nada éramos nosotros los que huíamos. Y sí. Hay muchos en España que lo pasan mal, pero estos inmigrantes vienen del infierno y me cuesta entender que haya gente a los que considero buenos cristianos que no estén dispuestos a compartir un trozo del paraíso que es, para otros, España. Yo sí estoy dispuesto.

EL PRESIDENTE DEMEDIADO

Pues a ver si va a resultar que no era tan tonto. Hablo de Pedro Sánchez que, sorprendiéndose incluso a sí mismo, ha conseguido llegar a la Presidencia del Gobierno de España en una de las semanas más convulsas que se recuerdan en la política española reciente. Porque el líder del PSOE entraba este fin de semana en la Moncloa más demediado que el vizconde Medardo de Ítalo Calvino.

Sánchez había conseguido, en los últimos años, el poco honorable récord de dejar a la mitad, comicios tras comicios, el número de diputados de la bancada socialista. Tras el fracaso, es obligado a salir por la puerta de atrás de Ferraz, pero, en una maniobra curiosa, consigue hacerse de nuevo con la Secretaría General del PSOE con el voto de poco más de la mitad de la militancia. Y, en un movimiento napoleónico, la semana pasada logra ganar una moción de censura con un apoyo tan exiguo como el que llevó a Moncloa a Rajoy. Algo más de la mitad de la Cámara, con el sostén (tan inquietante como frágil) de nacionalistas radicales y moderados y de los ex-comunistas ex-bolivarianos y ex-bolcheviques de Podemos.

Pero, como sucede tantas veces en la política, los giros en el escenario provocan cambios desconcertantes en la opinión pública. Si alguien cogiera la última encuesta hecha por el CIS sobre Pedro Sánchez, estoy seguro de que sus resultados diferirían de una manera brutal de los que hoy obtendría el nuevo Presidente del Gobierno. La púrpura apacigua la inquina y aquellos que eran sus enemigos más acérrimos hoy bailan suavemente a su alrededor esperando una caricia, aunque el instinto lo que les pida sea morder la mano del que, hoy, manda. Pasó con Rajoy. Que si no tenía carisma, que estaba marcado por la corrupción, que el SMS de Bárcenas, pero cuando Mariano entra en Moncloa, se pone el uniforme de Primer Ministro y empieza a trabajar y el gallego se acaba convirtiendo, para millones de personas, en un estadista sin par que ha sido capaz de sacar a España del agujero en el que estaba.

Y todo eso es cierto. Lo que pasa es que esa admiración que provoca la tremenda Luz del Poder oculta a los enemigos y a esas pequeñas o grandes mierdas que uno va tapando, pero es algo temporal. La prueba es que, según ha salido de Palacio, Rajoy ha visto cómo sus leales empezaban a tomar posiciones para la suplencia y, en Génova están que no cabe uno más para calentar en la banda.

Pero volviendo a Pedro Sánchez, hay que reconocer que estábamos todos muy preocupados después de que obtuviera el gobierno con esos apoyos tan variados como peligrosos. Pero, oigan, que ha empezado a formar su gobierno y las sensaciones que va transmitiendo no son tan malas e, incluso, parece que ese nuevo ejecutivo, con nombres realmente sorprendentes, está empezando a generar algo parecido a la confianza.

¿Máxim Huerta como ministro de Cultura y Deporte? Pues, hombre, choca de cojones. Pero no sé por qué va a ser un mal ministro. Es cierto que no tiene experiencia en gestión, pero es un tío muy listo, muy culto, moderado, capaz de escuchar y, si se rodea de un buen equipo gestor, puede darle un aire diferente a la manera habitual de hacer política. Quizás como Ministro de Defensa habría sido una catástrofe, pero en Cultura puede hacer cosas buenas. Otro asunto es lo de los Deportes, porque no veo a Máxim en el vestuario de las selecciones de Fútbol, de Baloncesto o de Hockey celebrando unos triunfos que le importan entre uno y dos pepinos. Pero démosle un tiempo y a ver qué pasa.

Eran 100 días, ¿no? Pues no sé si van a tener tantos. Que hay mucha gente con muchas ganas y no se lo van a poner fácil en el Parlamento para sacar adelante leyes. Los del PP con un encabronamiento formidable. Ciudadanos aún quitándose el estupor y viendo cómo tooooodo el mundo les culpa de algo. Porque hacía mucho tiempo que no veía cosa tan obvia como el Pim Pam Pum contra Albert Rivera. Y, el resto, pues moscas. Podemos viendo que no hay ni rastro de Bolcheviquismo en el ejecutivo y los nacionalistas penando porque el gobierno va a ser tan fascista como los anteriores. Una de las mejores cosas de este gabinete de Sánchez es, precisamente, el tweet en el que ayer el mentecato de Otegui se quejaba por los nombramientos de Borrell y de Grande-Marlaska. Ole.

En fin, yo, al menos, para fardar con los colegas, puedo decir que conozco a dos de los Ministros; a Máxim y a Pedro Duque, aunque de ninguno puedo decir que sea amigo íntimo mío. Aunque, claro, hay mucha gente que te da un día la mano y ya va por ahí contando que sois amiguísimos. Eso les sucede a las personas muy famosas. Un día estaba con Severiano Ballesteros hablando, precisamente, sobre conversaciones raras con fans y me contaba de un japonés que le abordó en Tokyo en el año 2002. El hombre le dice: “¿Te acuerdas de mí?”. Seve le contestó diciendo: “Bueno; dame más datos…” Y el nipón le responde: “Sí, hombre, jugamos un pro-am en Osaka en 1977”. Claro; el amateur no era consciente de que en esos 25 años Seve pudo haber jugado otros 2.500 pro-ams y, para el nipón, aquel siempre fue EL proam que jugó con Seve.

Aunque lo mejor es lo que le pasó a Matías Prats Cañete en el año 1995. Salíamos de comentar una corrida de toros para Antena 3 en Alcalá de Guadaira. Uno de mis cometidos, además de narrar junto al maestro, era sacarle de la plaza agarrado del brazo para que no le abordaran demasiados fans. A pesar de mi protección, siempre acababa firmando cientos de autógrafos, pero nunca le escuché conversación tan delirante como esta; un fan nos hace placaje y le dice: “Don Matías, ¿Se acuerda usted de mí?” Matías haciendo un esfuerzo por ser agradable le contestó: “Cóoooooomo no me voy a acordar. ¡¡¡Claro que sí!!!.” Y el cabrón del fan le suelta: “A ver, ¿quién soy?” Y Matías, un genio, le respondió de la mejor manera posible; mandándole a la mierda, sin mandarle: “Bastante tengo con acordarme de usted, como para encima saber quién es. Buenas tardes, caballero”.

IMBEROSÍMIL

Duele al leerlo. Pero no se me ocurría otra manera de arrancar la explicación de una de las cosas más raras que me han pasado en mi vida. Había pensado en titular con “Burrocracia”, pero han debido ser como 100 los articulistas que han hecho ya ese juego de palabras. Por eso he preferido unir los términos imbecilidad e inverosímil y dejar de la lado la evidente “burrocracia” que se esconde en lo que voy a contar.

Hoy termina el plazo para hacer, en período voluntario, el pago de determinados impuestos municipales del ayuntamiento de Madrid. Anteayer pagué a través de la web madrid.es dos impuestos de vehículos de tracción mecánica; uno a nombre de mi empresa y, otro, a nombre de mi familia. Y todo fue como la seda. Una vez que la web me confirmó que ya había pagado esos impuestos de 2018, me ofrecían la posibilidad de domiciliar esos recibos y, como ya tengo algún otro impuesto domiciliado dije: “pues venga”. Realicé la gestión sin ningún problema y el sistema me anunció que me enviaban un par de emails de confirmación.

El primer temblor kafkiano me vino al leer en esos correos que ambos recibos se me iban a cargar en 2018. ¿? Lógicamente me surgió la duda de si me iban a cobrar dos veces un mismo impuesto y, para quitarme esos miedos de ciudadano prejuicioso, llamé al 010. Primero me atendió una señorita a la que le conté el asunto convencido de que me iba a decir: “no se preocupe, caballero. Por supuesto, el sistema es inteligente y no se le va a cargar dos veces el mismo tributo.” Pero no. La señorita me comunica que, se siente, pero que me van a pasar el recibo el 15 de junio. Y que no se puede hacer nada para evitarlo. Ante mi estupefacción a la moza solo se le ocurrió sugerirme que le dijera a mi banco que no pagara el recibo. Yo le aseguré que no iba a hacer eso porque me temía que esa negativa a un pago de una Administración, me generara un problema más grave y le reclamé a la funcionaria que, por favor, comunicara a la delegación de Hacienda el problema, con todos mis datos, para que se corrigiera. Y me contestó: “nosotros no podemos hacer eso, caballero.” Como el nivel de surrealismo iba ascendiendo le rogué a la muchacha que me pasara con algún supervisor y, un minuto más tarde, empecé a surrealismar* con una supervisora. Y todo para darme cuenta de que aquella burocracia de la que hablaban Larra y Kafka sigue vigente en el siglo XXI, al menos en Madrid.

La supervisora me explicó que no se puede hacer nada. Yo le insistí en que entendía que ellos, directamente, no puedan hacer nada, pero que no podía entender que ella no fuera capaz de trasladar a su jefe un mensaje tan sencillo como este: “Oye, los de hacienda la están cagando en su web y hay que decirles que arreglen este fallo. Y a este hombre, con DNI tal y con las matrículas cual, que no le pasen por banco los recibos de 2018 porque ya los ha pagado.” Pues no. Oigan. Que es imposible. Que ellos son un servicio de información. Yo, ya un poquito tocado de cojones y en un tono no muy simpático, le mostré mi incredulidad y le reclamé que, como servicio de información, informaran a la concejalía de Hacienda del absurdo. La funcionaria, que me dijo un par de veces: “si no quisiera ayudar no llevaría 12 minutos hablando con usted”, me confesó que no había manera de que ella comunicara a sus jefes tal información ni de que sus jefes comentaran el asunto a la concejalía del área. Que la única solución era presentar una reclamación. Yo, que me conozco el asunto, le dije que no pensaba presentar una reclamación que, imaginaba, iba a tardar siete siglos en ser gestionada y respondida y me prometió que no. Que iba a ser todo muy rápido y que podía hacerlo por teléfono. Mientras intentaba calmarme para no mandar a la porra a la funcionaria le dije: “Venga, pues vamos a presentar esa reclamación”. Y me dijo: “Espere un segundo”. Y se cortó la llamada.

¿Creen que volvieron a llamarme para pedir disculpas por la interrupción de la llamada? Por supuesto, no. Lógicamente tampoco me quedaron ganas de llamar de nuevo y volver a tener otras dos conversaciones surrealistas con otro/a telefonista y su supervisor/a y preferí, sencillamente, publicar un par de tweets contando el asunto y esperar a la Cabra de hoy. A los tweets no me han contestado ni los gestores de la cuenta del ayuntamiento, ni la alcaldesa Carmena. Y, a la Cabra, tampoco tengo muchas esperanzas de que conteste nadie, pero, oigan, desahoga.

Pero, claro, no sé de qué me sorprendo. En mi familia todavía nos estamos riendo/cabreando con una carta cariñosísima que recibió mi madre del ayuntamiento de Madrid. La copio aquí abajo para que se vea que no miento. Le daban muy respetuosamente a mi madre el pésame por la muerte de mi padre y le pedían que, por favor dejara de usar una tarjeta de esas de aparcamiento de discapacitados que le habían dado en los últimos meses de vida de mi padre. Por supuesto mi madre jamás usó esa tarjeta después del fallecimiento de su marido, pero ¿saben qué fecha tiene la carta? 7 de marzo de 2017. ¿Saben cuándo murió mi padre? El 5 de enero de 2011. O sea que, si el ayuntamiento tarda 6 años y pico en darse cuenta de que mi padre ha muerto, ¿cuánto creen que pueden tardar en darse cuenta de que se han equivocado cobrándome dos veces un tributo?

Se admiten apuestas y comentarios y, si alguien conoce a algún funcionario de Hacienda del Ayuntamiento, por favor, que me ayude a desfacer este absurdísimo entuerto.

*Surrealismar: verbo que me acabo de inventar para describir la acción de mantener una conversación extremadamente surrealista.