LOS QUE TE ENSEÑAN

La verdad es que pensaba escribir la Cabra hablando sobre la diferencia entre patriotismo y nacionalismo, que es un debate que se ha puesto muy de moda últimamente. Pero lamentablemente que es un tema que da una pereza cósmica. No sé lo que dirán los manuales de alta política. Yo, como ciudadano de a pie y periodista no sé si de “a pie”, “a mano”, “a corazón”, o “a testículos”, lo tengo clarísimo. A mí me parece obvia la diferencia; el patriotismo es un sentimiento positivo, alegre, pacífico, de concordia y abierto. El nacionalismo, desde mi punto de vista, es excluyente, agresivo, expansivo y cerrado. Cuando hablo de abierto y cerrado, me refiero a que yo, que me siento muy español, me siento también muy andaluz y muy madrileño y muy malagueño y muy gaditano e, incluso, muy ginebrino. Y creo que todos ellos son sentimientos compatibles, pero ya lo explicaré en otra Cabra, si eso, porque el lunes fui a un funeral que me dejó algo revuelto.

La semana pasada murió Isidro Hernández Verduzco, uno de los profesores que tuve en el CEU en mis primeros años de la carrera de Periodismo. Isidro tenía un aire a Papá Noel pasado por Just For Men; orondo, con su barba negra, unos ojos pequeños y una expresión alegre casi constante. No sé si se lo dije alguna vez, pero Isidro fue un punto de inflexión en mi vida e imagino que en las vidas de muchos de los alumnos que pasaron por sus manos. Yo tenía 18 años. Había perdido el primer año de carrera por un problema burocrático y, en vez de matricularme en Periodismo en la Complutense, que había sido mi sueño desde los 12 años, tuve que quedarme en Derecho en la Autónoma. No sé si los juzgados de España perdieron a un magnífico abogado, lo que sé es que yo estaba empeñado en hacer Periodismo y la burocracia me lo ponía dificilísimo. Mis padres me ofrecieron hacer el intento a través del CEU y, unas semanas después, en el mes de enero o febrero de 1983 yo estaba en el despacho de Isidro haciendo la entrevista de acceso a la Universidad San Pablo.

Aquella fue la conversación entre un joven de 18 años, despistadísimo, triste por haber perdido un año, con la sensación de ser un vago y de estar, quizás, equivocándose, con uno de los hombres más afables que he conocido. Isidro me animó, le quitó importancia al hecho de perder un año y me dijo que una profesión tan bonita como la nuestra seguro que me iba a hacer feliz. Oír esto viniendo de un hombre que parecía el paradigma de la felicidad, convencía. Y yo salí de aquel despacho seguro de que, en los años siguientes, iba a empezar a construir una vida alegre trabajando en lo que me apasionaba. Y ha sido así. Bueno; está siendo así, porque espero que me queden muchos años de alegría en el trabajo. Isidro luego me dio clases y nos llevó a TVE a conocer a sus compañeros de Estudio Estadio y nos invitaba de vez en cuando a una cerveza en el bar y estaba pendiente del que se desmandaba… Era una especie de sucursal paterna que, al menos a mí, me vino estupendamente en esos años de baile hormonal-neuronal.

Y recordando a Isidro el lunes me acordé de tantos y tantos profesores que fueron importantes en mi vida. Yo he tenido maestros magníficos en el Colegio de El Palo en Málaga y en el Virgen de Mirasierra de Madrid. Y tuve la suerte también de encontrarlos buenos primero en el CEU y, luego, en mi paso de dos años por la Complutense. Y mi sentimiento hacia ellos es de un profundo agradecimiento. Igual que pienso que Isidro tuvo mucho que ver en que yo arrancara y terminara periodismo, miro atrás y doy las gracias al don Manuel que me obligó a aprender a escribir correctamente Hirschfeld, a Ana María y a Julia, que en la EGB y el BUP me hicieron amar la Historia, a Rafa, Conchita y Jose que nos instruyeron en el “mens sana in corpore sano”, a Pedro Domínguez que me animó a escribir diferente, a Jesús Palomino que me contagió su entusiasmo por el Arte o a José Luis Córdoba, que me hizo entender a Cicerón. O a Baltasar y Marucha que se empeñaron en que yo no odiara las matemáticas y la filosofía. Y luego llegaron los de la carrera. Gracias a Isidro y a Pilar Fernández y a Luis Blanco Vila, a Diego Armario y a Javier Mª Pascual y a Santiago Montes, a José Tallón y a Jesús Timoteo. Y me dejo a muchos, pero son personas que me ayudaron y que, a pesar de las críticas a los que nos educan, me transmitieron su pasión por lo que ellos amaban y no creo que pueda haber nada más útil y más emocionante. Así que a todos; Gracias.

Que ya podían haber cogido esos profesores míos a algunos de nuestros políticos actuales. Porque son un coñazo. Ayer vi durante un rato la sesión de control al gobierno y debo reconocer que, siendo ambos muy mejorables, Pedro Sánchez y Pablo Casado me entretienen bastante cuando se ponen con sus peleítas en las que Pedro va de guapo de la clase sobradete y encantado de que le acaben de nombrar delegado. Pero se ha encontrado con Pablo Casado, que es el nuevo de la clase, que le ha salido respondón y, aunque no se lleve a las niñas de calle como él, le está tocando los cojones. Hubo un par de momentos buenos, cuando Casado le dijo a Sánchez que cuál de los dos Pedros era el que estaba sentado en el escaño, si el que creía que en Cataluña hubo delito de Rebelión o el que ya no, o el que decía que sin presupuestos había que convocar elecciones o el que ya no. Sánchez, con ese aire de galán de 1’90 que se sabe superior al novato de 1’75, le dijo que no entendía esa prisa por perder unas elecciones. Estuvo bien el rifirrafe aunque el Presidente del Gobierno se lo puso a huevo al líder de la oposición porque hay que reconocer que, como diría Manoli de GH9, en eso de perder elecciones, Pedro Sánchez es un experto que te cagas.

HAGÁMOSLO, COÑO

Perdón por arrancar así. Pero estoy hasta las mismísimas. Imagino que les pasa porque constato que les sucede a muchas personas que conozco. Que estamos hartos de escuchar a políticos y a ciudadanos de diferente signo (sobre todo de Podemos y Nacionalistas) insistir en que no estamos en un Estado de Derecho fetén. Cierto que algunas cosas que han pasado últimamente por el Supremo les dan la razón. Pero esa insistencia, por ejemplo, en que nuestra Constitución no es legítima porque tiene 40 años, porque no la votamos los que hoy tenemos menos de 60 o porque fue redactada a la sombra del Franquismo, a mí me molesta profundamente.

Hagámoslo. Aprovechemos el 40º aniversario de la mejor Constitución que ha tenido España para reformarla. Quitémosle al gran vendedor de elixires Pablo Iglesias la cantinela de que es un Texto alumbrado por un estado fascista y que no hemos votado. Hagamos los Grandes Cambios y votémosla. Votemos si queremos un Rey y una Monarquía Parlamentaria. Y un sistema electoral diferente en el que los partidos nacionalistas no nos tengan cogidos por los cojones cada vez que hay un gobierno en minoría. Y una ley de educación que no se pueda cambiar cada 4-6-8 años. Y una verdadera separación de poderes que aleje de los políticos la capacidad de decidir sobre el gobierno de los jueces y tribunales. Y, ya de paso, cambiemos el código penal y hagamos una ley que permita, por ejemplo, meter en la cárcel sin discusiones peregrinas a indeseables como los políticos catalanes que hoy están presos mientras se sienten una suerte de Mandelas del Penedés o Gandhis del Maresme. ¿Que no es sedición ni rebelión? Pues no lo sé. No soy jurista. Lo que sé es que una democracia seria como la nuestra no puede permitir que haya políticos que se pasen las leyes por el escroto y que, además, animen a su pueblo a acompañarles en el incumplimiento de las leyes porque “ellos tienen razón”. No sé cómo se tiene que llamar el delito, pero actuaciones como esas tienen que tener un castigo gordo.

Así que, venga, coño, vamos a darnos una nueva Ley de leyes. Y votémosla todos los españoles. Y si gana esa Reforma de la Constitución y decidimos estar juntos, con un Rey, con una bandera rojigualda, con una letra para el himno… pues igual conseguimos que todos los que dicen que nuestro Estado es ilegítimo se callen de una vez por lo menos durante unos años. O mejor; unos lustros.

Aunque, siendo sinceros, no tengo yo muchas esperanzas porque, para que sucediera eso, imagino que tendrían que juntarse en farragosas comisiones los políticos que hoy están, y no los veo poniéndose de acuerdo antes de 2050. Quizás para entonces ya no sea Presidente del Gobierno Pedro Sánchez, aunque seguro que sus asesores le cuentan que tiene posibilidades de perpetuarse porque con nuestro Primer Ministro empieza a pasar como con el Rey Desnudo. Que ya sólo son los muy pelotas, los que están muy cerca, los que le siguen diciendo que es guay y que su Presidencia del Gobierno va a pasar a la historia como uno de esos períodos memorables; como la presidencia de Kennedy o aquellos días dorados del primer gobierno democrático de Suárez tras las primeras elecciones libres. Dado que la niña de su vídeo parece que no se lo dijo, tendría que aparecer algún otro niño para decirle a Sánchez que esto está siendo patético.

El político del “NO ES NO” está convirtiéndose (bueno; él y sus ministras y ministros) en el paradigma del “NO ES SÍ, PERO BUENO, QUIZÁS NO, AUNQUE YO NO DIJE ESO”. Y así estamos. En una minoría aparentemente cada vez más minoritaria, con Pablo Iglesias ejerciendo de Conde-Duque de Olivares. Con todos sus frágiles socios recordándole promesas que Sánchez, por supuesto, niega. Improvisando decisiones y decretos como quien esquiva pinchos mientras cae a toda velocidad por un tobogán lleno de cactus. Y los españoles, como con lo de la Constitución, esperando que nos dejen votar de una vez. Ayer compartían mis amigos del PP un vídeo en el que Sánchez hace unos años criticaba a Rajoy por prorrogar los presupuestos y exigía elecciones inmediatas si un gobierno no era capaz de aprobar una ley tan esencial. Estoy esperando para ver cuándo aparece alguien del gobierno a decir que el Presidente jamás ha dicho eso, porque, claro, cuando lo dijo, no era Presidente.

En fin. Que hace falta que entre en escena un niño y que le hable a Sánchez con esa sinceridad y esa franqueza con la que hablan los que no han cumplido diez años. Debería cruzarse con algún churumbel parecido a un primo de mi mujer que un día, harto de que le contaran milongas en cada Misa, cansado de sentirse engañado por sacerdotes y familiares le hizo a su madre, temeroso de estar en Pecado Mortal, la confidencia definitiva: “Mamá, a mí este Cordero de Dios me sabe a barquillo”.

¿USTED ME VE?

Nos lo contó Rosa Mª Mateo a mediados de los 80, treinta y tantos años antes de convertirse en presidenta de RTVE. Vino al CEU a darnos una charla a los estudiantes de periodismo y nos habló del trabajo en TVE durante el franquismo, de los primeros años de democracia, de los días tensos de ruido de sables en los cuarteles antes del 23-F y de cómo se vivía delante y detrás de las cámaras en este trabajo apasionante de la televisión. Nos gustó mucho aquella conferencia, pero yo, que soy un tío morbosillo desde la infancia, principalmente recuerdo una anécdota que nos contó Rosa sobre una conversación inquietante con un fan. Un día, no recuerdo si en un evento o en plena calle, se le acercó un señor que tenía una pinta algo rara. El hombre, rendido ante esos ojos claros y penetrantes de la Mateo le preguntó con cierta angustia: “Oiga, cuando sale por la tele, ¿usted me ve?” La carcajada que soltamos todos al oír el sucedido, me impidió escuchar lo que respondió Rosa, pero todos nos quedamos preguntándonos qué hacía ese señor mientras veía en la tele a su presentadora favorita.

Pero claro; este caballero no debe ser el único que hace cosas raras frente a una pantalla. Fíjense en el email que recibí hace unos días de un cariñosísimo hacker que me advertía de que había entrado en mi ordenador y que tenía acceso a todas las páginas turbias en las que yo me metía. No solo eso; además, había grabado la cámara de mi portátil captando cosas muy vergonzantes que yo, supuestamente, habría hecho mientras contemplaba marranadas online. La amenaza era clara; o le pagaba una cantidad económica o le iba a pasar las fotos de mi vergüenza a todos mis contactos y, además, iba a tomar el control de mi ordenador e iba a borrar todo mi disco duro.

Cuando recibo estas mierdas, como esos emails que te ofrecen millonadas por quedarte en tu cuenta corriente un dinero nigeriano durante un tiempo, siempre me asalta una duda: si lo mandan es porque, indefectiblemente, hay un porcentaje de gente que pica. Y, si alguien pica con lo de las capturas de la cámara de su ordenador, es porque, efectivamente, ha estado viendo cochinadas mientras le daba al manubrio. Claro, que uno también puede ser víctima de lo que otros hacen cuando utilizan su ordenador. Hace unos meses compartí con mis amigos en redes sociales un correo que me había llegado en el que me ofrecían Tena Lady para no mojar mis braguitas. En aquel momento pensé en que el equipo de marketing de la marca estaba en una situación manifiestamente mejorable, hasta que un amigo me dijo; “hombre, igual el algoritmo ha cruzado tu edad, con tu interés por el golf femenino y con que tu mujer haya buscado desde tu ordenador algo de ropa de mujer en tiendas online y ahí lo tienes…” Y me convenció. Y me cago en el algoritmo. Porque, claramente, una de mis hijas, o mi mujer, han debido estar buscando lencería desde mi ordenador. En los últimos tiempos, cada vez que entro en redes sociales o en un periódico, me aparecen constantemente ofertas de bragas con encajes monísimos y sostenes con unas transparencias muy sugerentes. Lo malo no es que me moleste. Lo malo es ir en el tren o en un avión viendo cosas y que el pasajero de al lado se pregunte: “¿Dónde se meterá este tío para que las publicidades, en vez de ofrecerle vino y viajes, le propongan que cambie de bragas?” O peor, dejarle un momento el ordenador a un amigo y que compruebe qué cosas se te ofrecen y, lógicamente, la pregunta viene sola: “Pero, tío, ¿tú dónde te metes?” Y lo mejor que puedes hacer es decir que sí, que te encantan los encajes finos porque, salvo que tengas alguien que te defienda, en momentos como esos tienes la credibilidad bajo mínimos.

Eso nos pasó en las Navidades de 1983. Habíamos ido 5 amigos y yo a cantar villancicos a cuatro voces al Metro de Plaza de Castilla. Aunque suene increíble, en hora y pico cantando, habíamos sacado 14.000 pesetas (84 euros) en monedas. Al terminar, brincando de alegría, cogimos el autobús para volver a casa y nos encontramos con unos amigos que nos preguntaron que por qué íbamos tan felices. Les contamos que habíamos estado cantando y que nos habíamos forrado y ellos comenzaron a reírse de nosotros diciendo: “¡¡Sí hombre, venga ya, quedaos con otros!!” y cosas de esas de mucha incredulidad. Hasta que se volvió una señora y les dijo a estos amigos: “Pues sí, créetelo, hijo, que yo les he oído y sonaban tan bien que les he dado veinte duros”.

LA CULATA

Lo hablaba anteanoche con uno de los tíos más listos que conozco; José Manuel Lorenzo, hoy productor de TV de mucho éxito y, en su día, director general de Antena 3 y Canal+. Estábamos cenando con otros tres amigos en uno de los restaurantes cercanos al Palais des Festivals de Cannes, después de un día agotador dando vueltas por los stands del Mipcom, que es una feria internacional de TV. Hablábamos de política, del auge de los populismos y de cómo las mayores potencias de la tierra están en manos o de dictadores o de presidentes elegidos democráticamente, pero con unos modos tiránicos que, francamente, dan mucho miedito. Y, hablando de dictadores, comentamos el esperpento al que hace referencia este chiste que circula por wassap; los dos actores de Pulp Fiction descojonándose del absurdo de que saquen a Franco del Valle de los Caídos para meterlo en la Catedral de la Almudena. Y no solo eso; es que me gustaría conocer cuántas visitas tenía Franco antes de que estallara todo esto o, directamente, cuántas personas en España recordaban que el cadáver de Franco reposa allí. Estoy totalmente de acuerdo en que un dictador no debe estar enterrado en un lugar en el que da la sensación de que se está glorificando su figura, pero, en ocasiones, cuando intentas mejorar las cosas lo único que consigues es que te salga el tiro por la culata y te revientes la cara. Que, por cierto, para ser una frase tan popular, me gustaría conocer a alguien que conozca a alguien al que, literalmente, le haya salido un tiro por la culata.

A lo que voy es a que, frecuentemente, en la política, los tiros te salen por donde no quieres. Especialmente si te dedicas al “postureo” que es, quizás, uno de los grandes enemigos de nuestra era. Para los que no tengan claro qué es el postureo, según la definición de mis hijos, es la tendencia a decir o hacer cosas por quedar bien, por intentar dar una imagen que realmente no responde a lo que eres. Vaya; para mis hijos: ir de motivao. Y en eso del postureo nuestros políticos son unos especialistas. Y, además, tienen el gran defecto de lanzarse al postureo, en muchas ocasiones, sin pensar y, claro, se pegan unas leches descomunales. Para mí el paradigma del postureo es la crítica al contrincante por la corrupción. Que PP y PSOE se critiquen unos a otros por la corrupción es tan ridículo que no se entiende que no les dé la risa cuando se tiran los trastos. Lo malo es que el mensaje cala y mis amigos muy del PSOE o muy anti PP o los que son muy del PP o muy anti PSOE, cuando te metes con el uno te sacan la mierda del otro y te dicen: “Sí, pero lo que es increíble es…” y en los puntos suspensivos pongan los ERE, si el interlocutor es del PP, o la Gurtel, Bárcenas, los sobres… si el interlocutor es del PSOE.

O lo de la dacha. Que ya parece que se olvida, pero uno de los maestros del postureo es el ex–post-comunista Pablo Iglesias. Este ex-austero ha cambiado su discurso desde el poner guillotinas en el Congreso o freír a impuestos a los multimillonarios que se compran áticos de 600.000 euros. a comprarse un casoplón que debería ser sonrojante para uno de los límpidos profetas de la Política Nueva con mayúsculas. Y ha superado el sonrojo con una soltura inigualable.

Podría seguir desgranando postureos, pero quería quedarme con la que se está liando en los últimos tiempos con el uso del ellas y ellos al hablar de cualquier cosa y poner en femenino todas las palabras y palabros. Lo de la diputada de Podemos y Podemas hablando de que las niñas tienen derechas. Qué triste. O la que se ha liado con los dos concursantes de Operación triunfo pidiendo cambiar la letra de una canción de Mecano en la que se decía: “Siempre los cariñitos me han parecido una mariconez”. Lo de mariconez les parecía ofensivo y lo querían cambiar por gilipollez, sin tener en cuenta que seguro que existe una “Asociación del Estado Español de Gilipollas y Gilipollos”. Que esa es otra; como se pongan a analizar las letras de las canciones, hay que cambiar el catálogo entero de la copla y la canción española y parte del repertorio de solistas y grupos españoles, como aquella canción de Radio Futura que decía: “Y si te vuelvo a ver pintar un corazón de tiza en la pared, te voy a dar una paliza por haber escrito mi nombre dentro”. En fin.

Para acabar con tanta tontería, sería bueno que todos nos imbuyéramos del espíritu de los niños que lo ven todo clarísimo y hablan sin tapujos. Hace unos días nos contaba una amiga de mi suegra una frase grandiosa de su nieta. Llevaba la pobre niña unos días oyendo hablar en el colegio de Darwin y de la evolución y a ella le debía parecer horrible eso de descender del simio. Y se lo preguntó a su madre: “Mamá: ¿a que los hombres descienden del mono y las mujeres de las princesas?”

Y, es curioso, he terminado esta Cabra sobre el postureo sin hablar, precisamente, del gran posturitas nacional; nuestro Presidente del Gobierno. Pero del gran Pedro Sánchez hablaremos otro día que, ya que estamos de postureo, confieso que me tengo que ir al Palais a reunirme con unos tíos de una tele de Singapur. No sé si les voy a vender ni media escoba, pero reconocerán que el contexto de la frase es glorioso.

CERCA

Llevo varios días revuelto. Y no es porque me dé miedo la ultraderecha (me da el mismo que la ultraizquierda, por cierto), porque me flipe la penosa situación política del país, o porque, si tuviera tres testículos, estaría hasta los 3 huevos del tema de Cataluña. No.

Hace 7 días hablaba sobre lo cerca que te pasan a veces las cosas y contaba lo que me impactó la muerte de la pobre niña Marta en el coche de su padre en Madrid. El problema es que ha sido una semana llena de sucesos estremecedores y anteayer también nos espantábamos con la noticia desoladora del hombre que tiró por una ventana a la hija de sus amigos justo antes de tirarse él. Que con este desequilibrado (o malvado) me ha pasado como con los maltratadores que matan a sus mujeres y luego se suicidan. Coño; ¿por qué no invertís el orden?

Ayer el dolor nos llegó del este. Desde Baleares. 10 muertos y un niño desaparecido ¡¡¡en 2018!!! por unas tremendas inundaciones en Mallorca. Y una de las imágenes del día fue la del tenista Rafael Nadal ayudando a los vecinos del pueblo de al lado a quitar el barro y los escombros tras la riada.

No sé si a estas alturas habrá salido ya algún gilipollas a criticar a Rafa por remangarse y ayudar, como en su día criticaron a Amancio Ortega por dar muchísimo dinero a los más necesitados. Pero yo me quiero quedar con lo que me parece obvio. Rafa Nadal, a pesar de todas las cosas, es un buen tío. Es un deportista legendario y es multimillonario, se lo rifan las marcas para que sea su imagen y, si chasqueara los dedos, tendría a mil mozas estupendas rendidas a sus pies. Pero él sigue con María, su novia de toda la vida y, en sus vacaciones, se pega algún lujo, pero luego se le puede ver pescando al lado de su pueblo. Como siempre. Porque Rafael se sigue sintiendo un vecino más de Manacor y así le hacen sentir los que están junto a él cuando vuelve a casa. Yo he tenido la suerte de verle de cerca allí rodeado de decenas de chavales de su circuito infantil, sin negarle un autógrafo, un cariño o una foto a nadie. Y, cuando se va la marabunta, es uno más del grupo, de los amigos, de la familia o del vecindario. Por eso ayer por la mañana Rafael decidió que lo mejor que podía hacer era irse a ayudar. Porque siente que lo que les pasó a los miles de vecinos afectados, lo que padecieron los 10 desdichados que murieron, lo que debió sufrir el niño desaparecido, le podía haber pasado a él o a cualquiera de su familia o de sus amigos. Y, cuando desde el epicentro de un drama cercano, miras hacia fuera, te das cuenta de que, efectivamente, nuestra felicidad es muy frágil.

Cuando decía al comienzo que estaba removido, no solo es por todas estas noticias terribles. Es porque se acerca el 2º aniversario de algo que me pasó en el campo de golf de El Fresnillo, a un par de kilómetros de la Muralla de Ávila. Estábamos jugando mi mujer y yo al golf el día 30 de octubre de 2016. Hacía un día espléndido y yo, que soy más malo que la quina, llevaba 2 pares y un bogey. En el hoyo 4 dimos dos golpes buenísimos y yo estaba a 4 metros de bandera para birdie y mi mujer a 3 metros para hacer par. Pero al llegar al green nos encontramos una situación angustiosa. Uno de los jugadores del partido anterior al nuestro estaba tumbado en el suelo, de lado, junto al green. Sus amigos muy impresionados, habían llamado a emergencias porque se llevaba quejando un par de hoyos de dolor en el pecho y llegó un momento en el que no pudo seguir. Yo les pregunté si habían llamado a la casa club para saber si había algún médico en el campo y me dijeron que no. Llamé al gerente del club y me confirmó que un matrimonio de médicos acababan de empezar a jugar. Mi mujer se fue a su encuentro.

Cuando colgué el teléfono me di cuenta de que Vicente, que así se llamaba, estaba fatal, con una respiración muy agitada. Me agaché para preguntarle cosas y ver si estaba consciente y, unos segundos más tarde, dejó de hacer ruidos. Le giré y el pobre Vicente estaba con la mirada perdida y, claramente, en parada cardiorrespiratoria. Yo no tengo ni idea de primeros auxilios. Lo que vemos en las películas. Pero empecé a gritarle y, viendo que no respiraba, comencé a hacerle un masaje cardíaco. No reaccionaba, de manera que le golpeé el pecho con el puño y, de repente, se movió, abrió los ojos y comenzó de nuevo a respirar con mucha dificultad. Al cabo de un par de minutos volvió a pararse y repetí la operación. De nuevo reaccionó y recuperó el pulso justo en el momento en el que llegaron los dos médicos a los que había ido a buscar mi mujer. Estos doctores mantuvieron a Vicente con un hilo de vida hasta que, 10 minutos después, aparecieron los de la ambulancia. Estuvieron casi 45 minutos intentando, sin éxito, salvarle la vida en una imagen que no se me olvidará jamás; en un paraíso como es un campo de golf, había una ambulancia, tres miembros del Samur, dos médicos más, los amigos de Vicente y mi mujer y yo intentando salvar a un hombre con todos los instrumentos de emergencia desperdigados alrededor. Y, muy cerca, al fondo de todo ese escenario de la hecatombe, a diez metros, me di cuenta de que estaban ahí, todavía, colocadas perfectamente, la bandera del Green del hoyo 4, con mi bola y la de mi mujer que, una hora antes, en una mañana soleada de otoño, felices, habríamos estado tirando para par y para birdie.

 

YO TE ENTIENDO

¡Dios! Llevo desde ayer sin poder parar de pensar en él ni un minuto. En él y en su niña y en su mujer y sus otros hijos y en todas las personas a las que esta tragedia haya tocado de cerca. Imagino que conocerán la espantosa noticia del bebé que, por un catastrófico despiste de su padre, murió anteayer en un coche aparcado en Madrid. Es de estas noticias que te desgarran; con las que eres capaz de sentir un dolor físico sin tener nada que ver ni con la niña ni con nadie de su familia.

Imagino la situación. En esa prisa que llevamos todos, que vamos como locos, con mil cosas en la cabeza y con el móvil entrometiéndose en nuestra rutina de una manera invasiva. Imagino al padre que, después de dejar en el colegio a los tres mayores, se dirigió, como cada día, a la guardería de la pequeña para dejarla allí. Y quién sabe si una llamada de teléfono (que parece que es lo que sucedió), o una alerta que le saltó del calendario del móvil, o un wassap, o el estrés de no encontrar sitio para aparcar, o yo qué sé. hizo que cerrara el coche, dejara a su bebé en su sillita y se marchara al trabajo sin darse cuenta de que estaba dejando a su hija en el coche en un día de mucho calor. 6 horas y media más tarde su mujer fue a recoger a la niña a la guardería. Le dijeron que la pequeña no había ido. Una llamada a su marido acabó con la felicidad de esa familia para siempre. El hombre, de repente, recordó con espanto que había olvidado a su niña en el coche. Cuando su mujer abrió el vehículo comenzó uno de esos dramas en los que desearías tener un botón de rebobinado para acabar con una angustia imbatible.

Los servicios de emergencia intentaron reanimar a la niña sin éxito, mientras los padres iniciaban, estupefactos, el enfrentamiento al horror que acababa de romper sus vidas por la mitad. No sé si pudieron decirse algo en medio de ese tsunami de dolor. Poco, porque la policía, en una decisión que no sé si entiendo mucho, detuvo al padre y lo llevó a comisaría. Quizás mejor ahí que en ningún sitio, pero no comprendo que no fueran conscientes, desde el principio, de que todo había sido algo tan simple, tan tonto, tan cotidiano y tan inexplicable como un despiste.

Les va a sonar no sé si frívolo, o estúpido. Pero yo comprendo a ese padre. Hace 21 años me pasó exactamente lo mismo que a él. Y yo no estaba especialmente estresado, ni recuerdo que en aquella época los móviles estuvieran tan metidos en nuestras vidas. Simplemente, se me fue el Santo al Cielo. Salí de mi casa, como cada día, para llevar a mi hija Paula a la guardería. No sé qué fue lo que me despistó. Si estaba el camión de la basura. O si tardé más de la cuenta en comprar el periódico. O si tuve que dar un rodeo que me alteró la rutina. La cuestión es que 20 minutos más tarde, yo estaba aparcando mi monovolumen en mi plaza de garaje de Antena 3. Cuando estaba cerrando el coche hubo algo que me hizo parar. No sé qué instinto. O qué. Pero en el asiento trasero, en su sillita, estaba dormida mi hija. Podrán imaginar el frío de pánico que me recorrió el espinazo porque era el mes de julio y, a pesar de que mi aparcamiento tenía un tejadillo, no creo que mi hija hubiera sobrevivido a todas las horas que habría estado en el coche hasta que yo hubiera vuelto o me hubiera llamado alguien alertando de su ausencia.

En el viaje hacia la guardería me parecía increíble tener semejante empanamiento. Es un rasgo de mi carácter que provocaba y sigue provocando mucha risa frecuentemente entre mis familiares y amigos. Pero unos días más tarde de aquel episodio se me quitaron las ganas de reír por un tiempo. En Córdoba un hombre dejó a su bebé en el coche en el parking, juraría que de la Universidad. Con 40 grados a la sombra, lógicamente, cuando el padre se quiso dar cuenta, su hijo había muerto. Aquella noticia, que impresionaba a cualquiera, para mí fue una especie de aviso del destino. Nunca imagina uno lo cerca que está del drama y la poca distancia que hay a veces entre la vida y la muerte. Es una milésima de segundo, un milímetro, un gesto insignificante el que marca la diferencia entre seguir viviendo felizmente o llevar para siempre una herida abierta en el corazón.

Por eso yo te entiendo. Porque lo que a ti te ha sucedido, me pudo pasar a mí. Y, por desgracia, le ocurre a más gente. Y es incomprensible e imagino que hoy decenas de personas cercanas a ti se preguntarán cómo pudo pasarte. Y estarán espantados y probablemente pensarán en ti y te mirarán con una mezcla de ira, de pena honda y de compasión. Y tú, seguro, solo pensarás en tu niña. Y en tu mujer. Y en tus otros tres hijos a los que no puedes dejar tirados porque, sin duda, tu primer arrebato debió ser: “me quiero morir”.

Yo te comprendo. Y espero que encuentres algo a lo que agarrarte para salir del agujero horroroso en el que vas a estar metido durante mucho tiempo. No sé si eres creyente. Mis padres lograron aceptar que mi hermana Maravillas muriera a los 4 años en un accidente tonto en casa al caerse por una escalera. Espero que, sea con Dios, o con psicólogos, o con amigos, encuentres ayuda. Yo no sé si tu mujer será capaz algún día de perdonarte, lo que sí confío es en que llegue el día en el que tú, aún sin encontrarle un sentido a lo que ha pasado, seas capaz de perdonarte a ti mismo.

Te mando mis mejores deseos con un abrazo.

EL PRIMER MUERTO

Lo sé. Puede sonar alarmista. Pero lo pienso de verdad. Creo que la deriva enloquecida en la que entró Cataluña, de la mano de Artur Mas hace ya 6 años, está llegando a su cénit. El principal problema que ha tenido Cataluña en los últimos tiempos es que sus dirigentes políticos han dejado de poder ser considerados “responsables políticos” y se han entregado a un delirio victimista que ha calado, de una manera muy profunda, en la mitad de la población.

Han pasado tantas cosas, ha habido tantos desparrames de personas a las que se les supone la cabeza sobre los hombros, que ya uno no sabe por donde empezar a hablar del desvarío. Porque cuando Artur Mas planteó “El gran repte” yo creo que no pensaba que los acontecimientos iban a llegar a donde han llegado. Pero claro; hemos oído a los 3 últimos presidentes de la Generalitat invitar a su pueblo a la desobediencia, al incumplimiento de la Ley y a hacer lo que se le ponga en los collons porque “tenim raó”. O sea; “tenemos razón”. Y es cierto que mucha parte del pueblo de Cataluña está con ellos, pero es igual de cierto que otra mucha parte del pueblo de Cataluña, no.

Pero todos esos, los que no comparten el delirio independentista, para la Cataluña oficial, son unos fachas. El problema es que empiezan a ser también unos fachas para parte de la opinión pública española. Cada vez más políticos y medios afines al PSOE hablan de Albert Rivera, de Inés Arrimadas y de la gente de Ciudadanos como unos fachitas a los que se les ve el plumero. Todo esto parece lógico, después de que el PSOE, para llegar a la Moncloa, tuviera que pactar con los partidos que tienen a Cataluña partida en dos. Ayer mismo en RNE el diputado de ERC Gerard Gómez recordaba a Sánchez que lo de dejarle llegar a Moncloa no fue gratis. Aunque en las últimas horas parecía que ERC se desmarcaba del último ultimátum (permítaseme la cacofonía) de Torra, Gómez dejaba claro que el PSOE debe responder a unos supuestos compromisos que nadie conoce exactamente en qué consisten.

Desde Moncloa aseguran que el gobierno no tolera chantajes, pero, por desgracia, cuando Pedro Sánchez consigue ser presidente del Gobierno con apoyos tan exiguos y tan dispares, puede que no acepte chantajes, pero debe ser consciente de que no se puede poner muy chulito. Diciéndolo gráficamente, el problema de Sánchez no es que haya alguien que le tiene agarrado por los testículos; es que tiene en cada criadilla un par de manos apretando. Y así estamos. Con PP y Ciudadanos pidiendo que se active el 155 y con el PSOE intentando templar gaitas para que nadie le rompa al jefe un huevo.

Lo peor de todo es que en las calles las cosas están cada vez más crispadas. Sé que me van a llamar facha por decirlo, pero la presión que soportan los que no quieren la independencia es terrible. El gobierno de Cataluña entregado al desaparrame y el President invitando a los CDR a apretar. Y le hicieron caso esa misma noche, asaltando el Parlament. La televisión pública catalana ridiculizando constantemente a todo aquel que no opina como el ¿gobierno? de Torra. Y en los pueblos y ciudades incrementándose la sensación de que toooooodo el pueblo catalán quiere la independencia y que los que no la quieren son ciudadanos de tercera.

Yo, a pesar de todo, confío en que alguien ponga cordura. Creo que en los últimos días Cataluña ha estado cerca de encontrarse con un muerto en cualquiera de las refriegas que se han producido. Y creo que estamos a tiempo de evitarlo. Opino, como Borrell, que la división social tardará años en curar, si se cura, pero estamos a tiempo de evitar que, en uno de esos enfrentamientos callejeros, a alguien se le escape un mal golpe o un mal tiro, y nos encontremos velando un cadáver. ¿Alarmista? No sé, pero cuando los dirigentes políticos animan a su pueblo a pasarse la Ley por el arco triunfal, uno puede que sepa cómo empieza la cosa, pero, jamás, cómo termina.

Esta mañana pensando en Mas, Puigdemont y Torra y en la gente que se mete en berenjenales por tirar palante sin tener las cosas claras, me acordaba de un amigo de la infancia que tocaba el órgano en las misas de 12 de mi Parroquia. Era un Santo Varón y, de vez en cuando, entre composiciones típicamente religiosas, colaba algún tema pop que él mismo arreglaba para poder interpretarlo en la Iglesia. El problema de mi amigo es que hablaba francés, pero no tenía ni idea de inglés y, por desgracia para él, se le notó. Un día iba yo a comulgar y empecé a escuchar una música que me sonaba mucho. Arranqué a tararearla hasta que me di cuenta de que estaba delante de un cura cantando una letra que decía: “Do that to me one more time”. Quizás la recuerden. Era un temazo de “Captain&Tenaille” en el que la señorita que cantaba animaba al varón con el que yacía que se lo hiciera una vez más.

El pobre de mi amigo, por supuesto, no tenía ni idea de tal cosa y, al acabar la ceremonia, estuve a punto de acercarme a decírselo, pero preferí mantenerle en su ignorancia. Sé que, años después, aquel organista aficionado tomó los hábitos y no sé si habría llegado a cura después de un síncope como el que yo le habría motivado diciéndole el tipo de pieza que había estado interpretando durante la comunión de yo qué sé cuántas misas.

 

VALLE DE LA CONCORDIA

No sé si estamos para reconciliarnos. Lo que ha pasado en España en los últimos meses, desde que el PSOE llegó al gobierno tras la moción de censura, ha ido encabronando todavía más un clima político que ya empezaba a ser difícilmente respirable.

Hay que reconocer que la manifiesta debilidad del gobierno de Sánchez es un caramelo para los que hoy están en la oposición, pero también hay que reconocer que Sánchez y sus ministras y ministros se lo están poniendo a huevo a sus enemigos. Las dos primeras dimisiones ministeriales generaron convulsión y echaron por tierra la imagen de gobierno de la gente, de la regeneración, que quería transmitir Sánchez en esos días felices en los que se le notaba siempre como a punto de tener un orgasmo. Hoy todavía mantiene esa cara de profundo placer, sobre todo en las reuniones internacionales y cuando recibe a dirigentes de otros países a los que toca mucho más de lo que indica el protocolo, pero ya se le va notando el rictus de la Moncloa. Lo de Máxim y lo de Montón le empezaron a agriar el Camelot, pero lo de su Tesis, primero, y lo de la Ministra Delgado, después, le están sacando una cara de mala leche que no se le veía desde aquel día en el que tuvo de salir de Ferraz por la puerta de atrás.

No es fácil que hoy encontremos puntos de consenso. El PSOE no entiende que PP y Ciudadanos no acepten que es legítimo que Sánchez esté en el gobierno tras conseguir más que holgadamente los 176 votos necesarios para su investidura. PP y Ciudadanos tampoco entienden que el PSOE no acepte que igual de democrático que fue la moción de censura es el hecho de que el Senado mantenga una mayoría absoluta del PP o la constatación de que en la Mesa del Congreso manda la oposición. Y en esos estupores de ambos bandos vamos perdiendo tiempo y energía mientras la ciudadanía no sabe muy bien a qué atenerse. La prueba es que, en las primeras encuestas tras la moción de censura, el PSOE pega un subidón que no se lo creen ni los más optimistas de Ferraz. Yo estoy seguro de que todas las mierdas que están saliendo estarán haciendo que baje el soufflé, pero lo cierto es que Sánchez cree que, con un año y pico más en Moncloa podrá ir a las elecciones de 2020 con garantías de mantenerse en el gobierno.

Pero yendo a lo que iba en el título de la Cabra, no creo que este sea el momento de reclamar consenso, concordia y espíritu de reconciliación a nuestros políticos. Yo considero que, salvo gentes con una implicación muy personal en el asunto, la mayor parte de las personas con las que hablo opinan que un Dictador no debe tener un mausoleo como es, lo queramos reconocer o no, la tumba de Franco en el Valle de los Caídos. Ahí ha estado durante más de 40 años, pero es ciertamente extraño que un dictador cuente con un lugar grandioso para la peregrinación de sus partidarios.

Claro que tampoco entiendo la manera en la que Pedro Sánchez habló del tema en su primera entrevista como primer ministro en TVE. Dijo entonces que él, aparte de retirar de ahí los restos de Franco, quería convertir el Valle en un memorial para las víctimas del Fascismo. Y ahí es donde creo que empieza el error. Lo que precisamente separa hoy a muchas personas al hablar del tema es el empeño actual de seguir convirtiendo la Guerra Civil en una historia de malos y buenos. Y en esa lectura de la Guerra los malos eran, por supuesto, los del bando golpista y, los buenos, los del bando de la República, que era el gobierno legítimamente constituido. Cuando yo creo que el número de hijoputas y de burradas y de pasarse el Estado de Derecho por el arco del triunfo fue análogo en ambos bandos. De hecho, en el bando de la República tuvo una importancia capital el Partido Comunista y, en todo lo que pasaba, tuvo una influencia determinante la URSS, que no es que fuera un modelo de democracia.

Pero ¿ve alguien posible que se haga en España un monumento de homenaje a las víctimas del fascismo y del comunismo? Yo no porque, a pesar de todo lo que se vio en el siglo XX y de lo visto en lo que llevamos del XXI, sigue teniendo mucha mejor imagen el comunismo que el fascismo aunque las cifras de muertos, exiliados, reprimidos y torturados de ambas ideologías pudieran acabar en un tenebroso empate técnico.

Por eso yo buscaría, si es que se puede, convertir el Valle de los Caídos en un monumento a la Concordia. O, en todo caso, para que no se me molesten fascistas ni comunistas, en un monumento a las víctimas del fanatismo o de la intolerancia, que viene a ser casi lo mismo.

En fin. Para que pasase esto deberíamos tener más políticos con Grandeza y no parece que este sea nuestro mejor momento. Y no hablo de Grandeza por la parte Noble, que esos de la aristocracia tendrán la sangre azulada pero les puedo asegurar que sus cuescos huelen igual que los de los arrabales. El otro día salí con prisa de un evento y, en la caja automática del Parking, veo que está un Grande de España hablando por teléfono. No diré nombres, pero, cuando llegué a su altura olía a pedo descomunal. Y sufrí el síndrome del ascensor del que ya hablé en una Cabra*. El noble, mientras yo metía a toda prisa el ticket y la tarjeta y esperaba el recibo, se apartó unos metros y me dejó allí, pagando, con el resto de su gas intestinal invadiéndolo todo. Por suerte no vino nadie. Terminé de pagar y, cuando salí hacia mi coche, aliviado, me despedí de él diciéndole. “Oye; te has dejado un cuesco en la caja”. Juraría que le oí decirme algo, pero entre mi sordera y el ruido ambiental no sé si se cagó en mis muelas o me dijo aquello tan común de “no es mío”.

 

* Ver “Un pedo en el ascensor”

ANORMAL

Hoy es todavía el día de la estupefacción. Es por supuesto el día del dolor y del desgarro y del nudo de angustia en la boca del estómago. Y de la incredulidad. Y de desear, con todas las fuerzas, que sea una pesadilla. Y de una pena profunda. Como van a ser muchos días, de ahora en adelante, para la familia y los amigos de Celia Barquín.

Hay muchas cosas en nuestro día a día que podemos calificar como “anormales”. Es anormal que un ex presidente del gobierno comparezca en una comisión del Congreso en tono chulesco y hablando como si estuviese discutiendo en un bar con los amiguetes. Claro, que también es anormal que un representante del otro gran partido español (con casos de corrupción sonrojantes) dé clases de limpieza política a nadie. O que otros dos representantes de partidos (sobre todo Rufián) estuvieran allí más pendientes de hacer su numerito de tertuliano televisivo que de hacer preguntas.

Es anormal que el presidente del gobierno más frágil de la historia de nuestra democracia aparezca en TV en una entrevista de una hora y dé una imagen tan penosa y deje claro, por ejemplo, que no se sabe los números básicos de una de las propuestas políticas más importantes para su gobierno.

Es anormal que tengamos un sistema universitario que permita tantas cosas irregulares (legales o no) como las que parece que se han producido y no sólo en la Rey Juan Carlos.

Y podría seguir desgranando anormalidades, como lo de Cataluña, pero es un tema que me produce tal pereza que mejor lo voy a dejar para una futura Cabra. Si eso. Porque quería centrarme en una anormalidad terrible que tiene mucho que ver con el que yo creo que es el principal problema del periodismo moderno. La falta de rigor, el boteprontismo, la necesidad de decir algo, lo que sea, sobre cualquier asunto, porque, si no, en la prisa vertiginosa que hoy nos abate, te quedas atrás.

Imagino que habrán leído el tweet que publicó ayer un tal Alfredo Pascual. Se supone que es periodista porque lo pone él mismo en su perfil de Twitter. Muy poco después de que saliera la primera noticia sobre el terrible asesinato de una niña española de 22 años en Estados Unidos, este ser publica lo siguiente: “No la conocía absolutamente nadie, pero los asesinatos de gente de clase alta son rentabilísimos en prensa”. Les doy unos segundos para asimilarlo.

Se cruzan en este tweet varias anormalidades. Siendo un periodista, podía haber dedicado los 3 segundos que se tarda en escribir “Celia Barquín” en la barra del buscador de Google para haber descubierto unas cuantas entradas hablando de los éxitos deportivos de esta “desconocida”. Pero no. A Alfredo Pascual le pasa lo que a tantos otros compañeros míos de profesión: “lo que yo no conozco, no existe”. Y da por hecho, primer error, que Celia es una absoluta desconocida. Yo llevo presentando desde hace muchos años la Gala anual de la federación española de Golf. ¿Saben cuántas veces he tenido que pronunciar el nombre de Celia en los últimos 10 años? ¿15 veces? ¿20? Pues no lo recuerdo, pero todos los años ganaba algo en competición individual o por equipos. Pero es que, este año, Celia estaba embalada. Había ganado el campeonato de Europa individual amateur. Una pasada. Había podido jugar el US Open. Otra pasada. ¿Sabes, Alfredo, cuántas buenísimas jugadoras se retiran sin poder jugar un Major? Y estaba clasificada para la segunda fase de la escuela de la LPGA. Un logro al alcance de muy pocas jugadoras profesionales en el mundo. Y ella, aún, era amateur.

Pero es que no contento con hablar sin detenerte a contrastar, das por hecho, segundo error, que Celia es de clase alta. Como si fuera malo o bueno alguien por el hecho de ser de clase alta o de clase baja. No sé de qué clase social eres tú, pero no me gustaría, francamente, que te acercaras a una de mis hijas.

Celia era una niña luminosa hija de un matrimonio encantador. Personas normales, trabajadoras que se habían encontrado, de repente, con que su niña era buenísima en su deporte favorito y estaban dejando que su don fluyera primero en los equipos de la federación asturiana, luego en el CAR de la Blume y, desde hace 4 años, becada, por su talento, en una Universidad Americana en la que se encontró con el indeseable Collin Daniel Richards.

Y lo que me hace considerar tu tweet como anormal no es que te equivoques. No es que siendo supuesto periodista des por hechas cosas sin pararte a pensar o a contrastar. No es que tengas la falta de criterio periodístico como para pensar que esta noticia no merece la atención de los medios españoles. Lo que me parece profundamente anormal, y deberías quizás pedir ayuda profesional para ello, es que ante la noticia de la muerte de una niña de 22 años tu primera reacción no sea la pena, la estupefacción, la compasión, el pensamiento en esa niña, en esos padres, en esos familiares, en sus amigos, en sus compañeros de equipo, en sus profesores… No. Tu primer pensamiento es correr a publicar un tweet cabreado porque en los medios (curiosamente citas al medio en el que trabajas) se le da importancia a una niña rica porque va a ser muy rentable.

No espero que cambies, porque asumo que, a estas alturas, el mal que se cocina en tu cabeza y en tu corazón ya está bien cocido. Lo que sí espero, de verdad, es que deje de ser cierto lo que pones en tu perfil de Twitter; que escribes reportajes para “El Confidencial”. No le deseo mal laboral a nadie, pero no entendería que un periódico serio siguiera dando trabajo a una persona como tú.

Mientras tanto, los demás; los que sí sabemos quién era Celia Barquín, dedicaremos hoy una buena oración, un buen pensamiento, un buen deseo en su memoria y en la de su familia.

NO “AJONDAMOS”

Ya sé que no queda muy fina ni ortográfica la cosa, pero eso es lo que se les decía, en mi infancia malagueña, a los recién casados que no anunciaban, en los primeros meses de matrimonio, la feliz noticia de un embarazo. No “ajonda”. Era la manera muy gráfica y muy simple de hacer ver que en el hecho de que una pareja no tuviera descendencia podía influir, de modo determinante, la capacidad del varón de ahondar ya podrán imaginar dónde. Pues no ajondamos. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2017 se redujeron los nacimientos en un 4,5% y aumentaron las muertes en un 2,3%. O sea; que nos morimos más que nacemos. Y eso, con la superpoblación que empieza a haber en el mundo, podría no ser una mala noticia. El problema es que esa falta de nacimientos a lo que conduce es a un envejecimiento constante de la población y, por tanto, a una reducción constante también del número de trabajadores potenciales. Lo malo es la tercera constante; que cada vez son más y más longevos los ancianos. Vaya; no me miren como si fuera el Doctor Mengele. No quiero decir que me parezca mal que nuestros mayores vivan más. A lo que voy es a que, si ya hoy empieza a ser insostenible el sistema público de pensiones, imaginen lo que va a ser dentro de 30 años, si seguimos con estas cifras tan penosas.

Por eso hay que dar las gracias a todos los jóvenes que toman la decisión de traer hijos al mundo, aunque muchos digan que no merece la pena colocarlos en un planeta tan complicado como este en una época tan jodida como esta. Yo soy más optimista que todos los agoreros. Sé que nuestros hijos y nuestros nietos no lo van a tener fácil, que estamos haciendo mucho por cargarnos el planeta y que los líderes mundiales de los últimos tiempos no generan excesivo entusiasmo, pero estoy seguro de que nos adaptaremos y saldremos adelante. Bueno; saldrán, que imagino que dentro de 40 ó 50 años yo estaré fiambre aunque algunos nos digan que estamos cerca de vivir 120 años.

Los que van a estar seguro ahí son Leo y Manuel; los futuros hijos de Irene Montero y Pablo Iglesias. En un anuncio más del ¡Hola! que de la prensa política, el líder de Podemos comunicó ayer los nombres de los niños que están esperando. Yo, francamente, esperaba que los llamaran Vladimir o Ernesto (por el Che), pero, no sé si influidos por la marea mundialista, han cambiado de argentino y uno de sus hijos se va a llamar como Messi. La verdad es que me da igual cómo se llamen los churumbeles, lo que me alegra es que dos líderes de opinión como son la Montero y el Iglesias, se hayan animado a una paternidad que quizás ayude a muchos otros a dar un paso que no es fácil. Porque, verdaderamente, no es fácil tener hijos en España.

Ya podría tomarse en serio este asunto el divino Pedro Sánchez que sigue alimentándose de la púrpura y se le ve tan crecido que empieza ya a caminar con el aplomo de un JFK de Tetuán (no la ciudad, sino el barrio en el que creció el Presidente del Gobierno). El tema de la natalidad es un asunto de Estado. Y así debe plantearse. Porque, hasta que no sea un asunto político de primer orden, no se tomarán las medidas que fomenten, en serio, un aumento de la natalidad. El problema es que, hasta ahora, la mayor parte de esas medidas van contra el lomo del empresario y el Estado (que sería el principal beneficiado de un aumento de los nacimientos) mira para otro sitio cuando se exigen acciones que lleven a las parejas jóvenes a buscar descendencia.

Mientras llega ese momento, deberán estar de acuerdo en que lo de Pedro Sánchez es de nota. Para empezar ha conseguido que dos medios que le ninguneaban de una manera flagrante (El País y TVE) le traten ahora de un modo casi hasta grotescamente pelota. Para continuar se le escucha y se le ve cambiado. Ha mudado la crispación y el discurso encendido por una media sonrisa muy Clooney (“Es que el tío está bueno”, dicen mi mujer y mis hijas) y una oratoria reposada y madura. Si no tuviésemos tan presente su pasado inmediato, diríase que el líder socialista está mutando en una mezcla entre Barack Obama, Mahatma Gandhi y Santa Teresa de Jesús.

Pero volviendo a mi infancia y a los embarazos, recordaba anoche una de esas anécdotas familiares que le hizo mucha gracia a todo el mundo excepto a su protagonista, que fue mi abuelo Rafael. El padre de mi madre era un hombre bien parecido y alto aunque, en los últimos años había desarrollado una tripa oronda. Era a finales de los 70. La democracia permitió que las mujeres pudieran salir en las procesiones como nazarenas y, en muchas cofradías, hubo polémica con el asunto. La cuestión es que en mi familia era tradición acompañar en el Viernes Santo a la Venerable Orden Tercera de Siervos de María Santísima de los Dolores (Servitas). Y allí salíamos abuelos, tíos y primos con esas túnicas negras, capucha sin capirote y cirio. No sabemos dónde se produjo el momento, ni cómo pudimos enterarnos de aquello, pero mi abuelo regresó al templo indignado porque, a su paso, una niña malagueña, muy ilusionada con acabar un día saliendo de nazarena en una procesión, dijo: “Mira, mamá, fíhate si salen muheres, que hay hasta una embarasá”. Mi abuelo no le partió el cirio en la cabeza a la niña gracias a la intermediación de la Virgen de Servitas, pero creo que fue aquel el último año en el que el jefe de la familia González de Gor salió en procesión.