HACER ALGO POR MI PAÍS

Sé que, en el botepronto, a todos los adultos de hoy nos sale una frase crítica, despectiva, incluso cruel, con los jóvenes que estamos educando. Creo que ha pasado siempre; que los adultos hemos considerado que, los que vienen por detrás, son peores. Uno sabe que se está haciendo viejo cuando usa al menos una vez al día una frase en la que da por hecho que “nosotros lo hacíamos mejor” y que “los jóvenes de hoy en día lo han tenido demasiado fácil” y “son más blandos, menos luchadores y peores que nosotros”.
Y, hombre, pues depende. Es cierto que, en algunos aspectos, son una generación atontada. El abuso de los móviles, el exceso de detritus que les llega a través de la Televisión, los supuestos “modelos” que tienen como referente en programas como “Gran Hermano” o “Mujeres y Hombres y Viceversa”, pueden conducirnos a los adultos a pensar que nos hemos equivocado y que, de estos que estamos criando, no va a salir nada bueno. Pero también es cierto que, entre toda esa basura, hay mucha información buena y que, obviamente, son una generación que ha tenido, desde la cuna, un acceso a la información que ya nos habría gustado disfrutar a nosotros. Y no digo a nuestros padres.
No creo que sea casualidad. En los últimos meses he conocido a dos personas que me han dicho que sus hijos quieren ser Presidentes del Gobierno. Y son, al menos, tres los candidatos porque mi hijo Carlos, que acaba de cumplir 19 años, me dijo hace cuatro o cinco años que él quería ser presidente del gobierno “para ver si arreglamos esto, que nos estáis dejando el país hecho una mierda”. Ninguno de los tres lo dice desde el punto de vista infantil del “quiero ser bombero”. Los tres quieren llegar a Moncloa para hacer algo por su país. Es tal la pena que produce la situación política que vivimos que a algunos de nuestros jóvenes les está dando por intentar ayudar.
En el caso de mi hijo, yo creo que influye el hecho de que viviéramos 3 años fuera de España. Una de las cosas que más le sorprendían a Carlos era que sus compañeros del colegio de Ginebra estaban, todos, orgullosos de sus países. No hablo de los niños suizos, que son un país especial y del que deberíamos aprender su alto concepto del respeto y la convivencia entre lenguas y diferentes maneras de sentir. Me refiero al resto; niños de todo el mundo que llevaban con orgullo su bandera y que hablaban de su país sacando pecho. En aquellos momentos España estaba para sacar poco pecho; al borde de un rescate y con noticias constantes que hablaban de una corrupción endémica que afectaba a todos los partidos que habían tenido algo que ver con el gobierno de la nación, de una región o un ayuntamiento. Evidentemente no digo con esto que en otros países no existan esos males. Lo que quiero decir es que España lleva años con diferentes losas de tonelada y media encima de nuestra imagen internacional y cuesta quitárselas. Lo cierto es que todo eso, al menos a mi hijo, le llevó a empezar a pensar a lo grande y, desde los 15 años, comenzó a soñar con ser presidente del gobierno para hacer algo por España. Al pobre, por desgracia, se le ha apaciguado el entusiasmo porque, en estos meses, ha ido conociendo algo de la política y le da una pereza olímpica pensar en el camino lleno de mamoneos por el que hay que pasar dentro de un partido para acabar siendo el jefe.
El panorama es deprimente, pero a mí me parece alentador que, en mi entorno, haya tres chavales que quieren arreglar esto. Y hace falta. No sé a ustedes, pero a mí me produce una mezcla de pena, cabreo, decepción y hastío ver los informativos y darme cuenta día tras día de que estos líderes que nos han tocado están a otra cosa. No digo ya que les salga por algún sitio la grandeza, que asumo que no les va a salir. Quizás un poco de generosidad. De pensar en que, a veces, uno tiene que renunciar a algo para ayudar. Y que, de las renuncias de todos, pueda salir algo bueno para España. Pero me da que eso no va a pasar. Estoy por mandarles a mi hermano Javier que es, probablemente, la persona más buena que conozco. El otro día pensando en eso de la generosidad de los políticos, de renuncias, no sé por qué, recordé algo que, cada vez que lo revivo, me hace ponerme más tierno.
Yo tenía 11 años y estábamos todos los hermanos, con mi madre, en la Feria de El Palo en Málaga. Había montones de casetas con carricoches, tómbolas, puestos de venta ambulante y de disparos con perdigones. Mi madre nos había dado a cada uno de los pequeños 100 pesetas. Que, entonces, era un dineral. Por lo menos para mí. No sé qué hice con el dinero, pero, cuando fui a pagar el primer trozo de coco que me iba a comprar, me di cuenta de que se me había caído el billete. Desesperado, comencé a buscar por el suelo, desandando el camino que habíamos hecho y, lógicamente, los veinte duros no aparecieron por ningún sitio. Llorando como una Magdalena, asumí que no iba a volver a ver en mi vida aquel billete marrón con la cara de Bécquer. Hasta que mi hermano Javier, que entonces tenía 15 años, apareció de repente diciéndome: “¡Carlos, Carlos! ¡que lo he encontrado!” Yo le abracé y le di mil veces las gracias y me fui con los hermanos pequeños a gastar “mis” 100 pesetas. Al cabo de un rato, volvimos a ver a mi madre y le conté lo que había pasado. Cuando le dije que Javier había encontrado mis veinte duros, mi madre me miró con esa cara que sólo saben poner las madres que es una mezcla de “se me cae la baba y te mataría”. Y me lo dijo. Que obviamente ese billete que me había dado mi hermano mayor no lo había encontrado por el suelo. Que a los mayores les había dado 200 pesetas y que Javier renunció a 100 de ellas para consolarme. En fin. Que me acordé de esto y me hice la pregunta que hoy les lanzo; así, en plan concurso de la tele de sms: “De los 4 líderes políticos de los principales partidos, ¿Quién creen que habría hecho algo así?” O mejor, que tiene un puntito más de mala leche: “¿Quién creen que, jamás, habría hecho algo así?” Pueden comenzar las votaciones.

EL PORCENTAJE

A los periodistas nos encantan las estadísticas. Vamos, me explico; nos encanta hacer estadísticas de esas de la cuenta de la vieja. Porque, reconozcámoslo, nosotros somos de letras y nos da una pereza máxima hacer cuentas levemente complejas. Por eso tantas veces metemos la pata, cogemos el todo por la parte y hacemos la de Amancio; si entrevistamos a 10 personas y 4 dicen algo de manera homogénea, enseguida elaboramos nuestra estadística de la Señorita Pepis y soltamos que “casi el 50 por ciento de los españoles tiroriro…”
Por este motivo yo, desde mi atalaya periodística de observador de la actualidad y de la vida, puedo decir que en todos los grupos humanos hay un porcentaje de imbéciles, otro de listos, otro de gente mala, otro de gente profundamente maleducada, alguno más de gente extraordinariamente buena…Y, en estos últimos días, pensaba en esos porcentajes viendo las informaciones sobre las broncas por el llamado “Toro de la Peña”, que ha venido a sustituir a la salvajada del “Toro de la Vega”; ese torazo que moría, cada año, en Tordesillas, a golpes de lanza de los mozos del pueblo.
Tontos (y listos) los había en ambos bandos, pero yo me voy a centrar en dos antitaurinos que me resultaron especialmente chocantes. Uno de ellos, Jon Amad, era el representante de Provegan, una Fundación animalista que reclamaba el indulto para “Pelado”, que así se llamaba el toro. Amad proponía (yo creo que por desconocimiento, no tanto porque sea tonto del culo) que les entregaran al toro, para llevarlo a un santuario de animales en el que tienen “Caballos, cerdos, vacas y ovejas”. Joder. Menos mal que no les hicieron caso y, finalmente, el cornúpeta fue apuntillado en un lugar discreto. Porque no me habría gustado ser testigo del momento de la entrega del morlaco a los de la asociación animalista. Es que estos se creen que un toro de 550 kilos con dos pitones como cada uno de mis brazos es un lindo gatito que va a recibir sus caricias franciscanas con docilidad. Un toro de estas características no comparte cercado con nadie que no sea de su especie. Tienes que tenerlo en un lugar aislado, con un vallado que impida que escape y con unos portones de un tamaño y peso poco acordes con los que necesita una ovejita lucera, por poner un ejemplo de los animales que acogen en su asociación.
El otro espécimen digno de mención era una señora que se manifestó el domingo por las calles de Madrid y que se mostró indignada por el hecho de que, cuando murió su perro y ella “compartió en redes su dolor, nadie le dio el pésame, en cambio, a la viuda de Víctor Barrio”, (el matador de toros que murió en el ruedo de Teruel este verano) “muchos españoles le habían dado el pésame”. Delirante. No sé si esta señora está en el porcentaje de personas malas, o en el de las alelás, pero es bastante común, entre los animalistas radicales, esa tendencia a igualar a personas y a otros seres vivos, como si estuviéramos en el mismo rango vital. Pero yo sigo teniendo en mayor estima a la especie humana que a los chihuahuas. Fíjense, qué raro soy. Es más, pongamos por caso; si esta señora animalista estuviera siendo arrastrada por una riada junto a un perro/gato/hámster/pato/oveja yo, lógicamente, y sin dudarlo, arriesgaría mi vida por salvarla a ella. Con esto no digo que no sea yo un tipo compasivo respecto a otras criaturas de Dios, aunque, siendo francos, haría lo posible por salvar a los animalitos, pero sin jugarme en ello el pellejo. ¿Soy un hijoputa? Quizás, pero es tan obvio que no somos lo mismo que un perro, que no debería ser necesario ni explicarlo, aunque a un tanto por ciento de las personas con las que convivimos les parezca lo contrario.
¡Ay, los porcentajes! Yo tengo bastante sensibilidad ante las posibilidades estadísticas. Quizás es porque a mí, habitualmente, me pasan cosas que no le suceden a casi nadie. Por ejemplo, jugando al golf. Hay una cosa rara, que es hacer un hoyo en uno. Es decir, meter la bola en el agujero en el primer golpe. Yo, que soy un manta, he hecho ya dos hoyos en uno y, si hacemos caso a mis mini-estadísticas de Feber, en los años que me quedan me tendré que hacer, por lo menos, otros dos.
El otro ejemplo no es tan glorioso. Esto que voy a contar no se lo he oído relatar a nadie ni, en todos los viajes en carretera que he hecho, he vuelto a ver algo similar a lo que me sucedió en un mes de mayo del año 91. Yo, en aquel entonces, estaba en los informativos de Antena 3 y, uno de mis cometidos, era trabajar con el gran crítico taurino Vicente Zabala (q.e.p.d.) montando el vídeo de sus crónicas durante la Feria de San Isidro. Aquella tarde, no recuerdo si Ortega Cano o César Rincón, habían montado un taco mayúsculo y los del informativo de las 9 nos pidieron que les enviáramos imágenes de la faena y de la vuelta al ruedo con las dos orejas. Había muy poco tiempo para llegar. Era un viernes. Había un atasco brutal en la salida de Madrid hacia Burgos y, para que yo llegara a tiempo, nos mandaron un motorista que iba a llevarme sorteando los coches y jugándonos la vida. En menos de 5 minutos, no sé cómo, nos plantamos desde las Ventas en la cuesta de los Dominicos de Alcobendas y, empezando a subir hacia San Sebastián de los Reyes, sucedió. Íbamos entre coches y nos acercábamos a un camión de transporte de ganado. Yo no percibí nada extraño hasta que noté que el motorista, que llevaba casco y una chaqueta de cuero, escoraba extrañamente su cuerpo hacia la izquierda. Entonces lo vi. Como si alguien desde el camión hubiera abierto una manguera, de nuestra derecha salía un caño de líquido de un color muy parecido al de la manzanilla. Cuando me cayó encima y me empapó de arriba abajo entendí que, ni manzanilla, ni leches. Pis. Era pis. Acababa de mearme encima una vaca con toda su potencia. No sé si era una venganza porque sabía que venía de los toros, pero la vaca se alivió sobre mí y mejor no les cuento las risas de mis compañeros cuando me preguntaron si había llovido. Las mismas carcajadas que debió haber ayer en muchas redacciones cuando saltó la noticia de que la Barberá dijo que dimitiera Rita. Que esa es otra; no sé el porcentaje de políticos corruptos. Lo que sí sé es que el de políticos que dimiten cuando deben es cercano a cero.

LA HUMILDAD

Qué importante es la humildad en la vida. No puedo decir, (como cuenta la leyenda que dijo ZP) que “a mí, a humilde, ¡no me gana nadie!”, pero sí puedo afirmar que llevo el lomo de la vanidad bastante curtido. Yo tengo dos dedicaciones que me apasionan y que ayudan a que, a uno, no se le suba la tontería a la cabeza. Una es la televisión. La otra es el golf.
En este deporte que tanto me gusta, de repente hay un día en el que juegas como Sergio García. De hecho empiezas a pensar si no te equivocaste cuando decidiste tirar por el periodismo y que, igual si entrenas fuerte, puedes cambiarlo todo y probar suerte como profesional. Eso en los primeros 12 hoyos, porque, súbitamente, en el 13, o en el 14, te empiezas a dar con el palo en el tobillo y vuelves a tu ser. Y piensas: “Hoy lo dejo”. Porque a uno siempre le sale el hándicap. Eso pasa también en la tele, bueno, en el periodismo en general; nunca dura mucho lo bueno y siempre te sale el hándicap. Cuando te va bien, los halagos, las alabanzas son hiperbólicas y puedes llegar a pensar que la historia de la Televisión cambió cuando tú naciste. Hasta que te pegas la gran leche. Yo de esas llevo unas cuantas. Y, ay, cuando te va mal, igual de hiperbólicas son las críticas aceradas e innumerables aquellos que se sienten mal porque quizás fueron demasiado majos contigo cuando te fue bien. Y se ven en la obligación de crujirte. La parte positiva es que, cuando estás en el fango, sabes que eso también dura poco y, los que nos dedicamos a esto, acabamos disfrutando de ese sube y baja tan estresante para el que no es del mundillo.
Les pongo un ejemplo reciente. Hace unos meses, dieron un premio muy importante al programa “Seguridad Vital”, que hacemos cada domingo por la mañana en TVE1. Llevábamos varias semanas teniendo buenas audiencias, siempre por encima del 7-8%. Pues precisamente el sábado posterior al premio hicimos un 4,6%. El peor índice que habíamos tenido en 30 semanas. Y no sólo eso, ya yendo al terreno personal, justo ese programa era el primero que yo presentaba solo porque mi compañera, Marta Solano, se había escachiforciado un pie y había comenzado una baja médica. La lectura boteprontista, que tanto gusta en las televisiones, habría dicho; “¡¡Coño, que no presente solo el Hirschfeld!!”, pero, por suerte, aquello pasó desapercibido y en las siguientes semanas el programa recuperó sus índices normales.
¡Ah, bueno! Eso sin contar lo del blog. Uno, cuando escribe artículos cada semana y le leen 2.500-3.000 personas, acaba pensando que es un tío influyente y que, esos seguidores, llorarán el día en el que dejes de escribir. Por si a mí se me hubiera inflamado el ego bloguero, les debo decir que, tras casi 4 meses sin poder hacer Cabras, han sido 5 ó 6 ó 7 lectores los que han mostrado su extrañeza por mi ausencia. Y me lo han comunicado. Los demás han aceptado mi silencio en silencio dejándome claro que, si escribo, no es porque vaya a cambiar la vida de nadie sino, sencillamente, porque me gusta. Y ya.
Claro que estas cosas también pasan fuera del periodismo y del golf. Yo creo que soy un tío majo y con el que no resulta difícil convivir, pero no todo el mundo debe pensar eso. En el pasado mes de junio, mi mujer y yo cumplimos 25 años de feliz matrimonio. Cuando comunicamos nuestra dicha a los amigos del coro en el que cantamos, todos (y, sobre todo, todas) se giraron hacia mi mujer y le dijeron “¡¡Enhorabuena Teresa!!”, como dando por hecho que es un milagro inaudito que mi Santa haya conseguido aguantarme todos estos años. Los muy perros. Y no les guardo rencor por ello porque, enseguida, se debieron dar cuenta de mi estupor y alguno que otro también me felicitó.
A lo que voy es a que frecuentemente la vida se encarga de ponerte en tu sitio y por eso a mí me hacen tanta gracia aquellos que piensan que, sin ellos, el mundo sería un lugar mucho peor. Ejemplares de estos abundan en la política y ayer, por enésima vez, volvimos a darnos cuenta de que, por desgracia, en el Congreso de nuestros diputados y diputadas haría falta poner 350 piscinas olímpicas para conseguir que sus señorías se dieran un baño de humildad. A todos nos parece inverosímil. Yo, de hecho, debo reconocer que me llevo equivocando en mis pronósticos desde el mes de noviembre porque no me podía creer que fueran incapaces de ponerse de acuerdo tras el 20D. Y no me creo que vayan a llevarnos a votar con un polvorón en una mano y la papeleta en la otra. Pero tiene mala pinta la cosa.
Opino que a Rajoy le ha faltado humildad para darse cuenta de que, por mucho que haya hecho cosas muy bien, no puede seguir ahí el que fue jefe de Bárcenas y le mandó aquel famoso “Sé fuerte, Luis”. Debería asumir que quizás, sin él, sería más fácil una investidura de un presidente del PP porque hubo muchos de sus votantes (yo conozco decenas) que le votaron tapándose la nariz.
Me da risa al escribir que Pablo Iglesias tendría que ser más humilde. Es más, creo que la RAE debe estar a punto de confirmar “Pabloiglesias” como antónimo de “Humilde”. No puede haber político más soberbio, más convencido de que la democracia española le necesita, aunque sus sueños de acabar en la Moncloa se diluyeran en los últimos comicios.
El baño humilde a Rivera ya le tocó en junio. Mira que me cae bien y me parece que es lo mejor que le ha pasado a la política española en años, pero considero que está demasiado rodeado de gente que le dice que es guay.
Y dejo para el final a Pedro Sánchez. Porque creo que lo que le está haciendo este hombre al PSOE es de juzgado de guardia. Ayer me impresionó ver el plano de la televisión cuando terminó su discurso y vi qué pocos eran los diputados que se levantaban a aplaudirle. Es que son 4 gatos. Está hundiendo a su partido y, con su actitud, da la sensación de que no le importa que vayamos a unas terceras elecciones porque, en el momento en el que haya un gobierno, le montan un Congreso en el PSOE para mandarle a esparragar. Puede que eso se evite si mañana hay 11 valientes que hagan lo que medio PSOE y tres cuartas partes de España está deseando, que es que se abstengan y dejen que el PP forme gobierno. Y ya, si eso, luego que se pongan, como debe ser, a darle a Rajoy hasta en el carné de identidad.

LO IMPORTANTE

“¡Ojalá se caiga tu avión, hijopuuuutaaa!”. No crean que esta frase la soltó alguien contra el piloto de un bombardero en una zona de guerra. Ni tampoco una persona alterada ante la presencia de un asesino en serie o yo qué sé qué persona malísima. No. Este deseo ferviente de una muerte cruel se lo manifestó anoche un aficionado al árbitro que dirigía el partido de Champions entre el Madrid y el Manchester City. El botarate estaba sentado justo detrás de mí y se tiró todo el partido gritando, insultando, defecándose en las más diversas meretrices, madres y padres de jugadores del equipo inglés e, incluso, en familiares cercanos de algún miembro de nuestro propio equipo. Sin temor a equivocarme puedo decir que debió gritar “hijopuuutaaa” al menos 60 veces y otros insultos y tacos muy variados en otras 150 ocasiones. Pero alcanzó su cénit gilipollal con ese anhelo de ver morir al colegiado en un accidente aéreo. Ahí me volví pensando en decirle algo. Y el tío era un mierda. Vamos; de esos que en las peleas callejeras se definen como: “No tiene ni media hostia”, pero, al observar el tamaño que alcanzaba su yugular por la tensión que llevaba encima, preferí terminar la noche en paz y no ponerme a educar a uno que, me temo, ya no tiene remedio.
Es cierto que yo llegué al Bernabéu con el día sensible. Justo a la hora del partido se cumplía un año de la muerte de uno de mis mejores amigos, Jesús Hermida, y llevaba yo varios días revuelto. Ayer me acordé especialmente de él y sabía que en el minuto diez de la primera parte haría un año exacto. La congoja del momento quedó bastante apaciguada con el 15º insulto a la madre del colegiado, el 5º “cabrooooónnn” y el 7º “cagontuputopadreyentuhermanalaguarraaaa” por parte del desaforado de la fila de atrás. Pero no era sólo el aniversario lo que me tenía blando. A primera hora de la tarde había estado haciendo una entrevista a una mujer que padece el síndrome de Von Hippel Lindau. Es esta una de esas enfermedades raras que, hasta hace dos días, nadie investigaba y que, gracias al esfuerzo de unas cuantas personas, se está empezando a conocer. La que me ha liado en esto se llama María Gómez Berruezo y, después de que su marido falleciera víctima de este síndrome, decidió dedicar parte de su tiempo a conseguir fondos para investigar y a lograr que más gente sepa lo que es esta enfermedad que suena a cuento de nuestra infancia, pero no siempre tiene final feliz. Se trata de una enfermedad que va provocando tumores en distintas partes del cuerpo y que, si no es bien tratada y diagnosticada a tiempo, se complica de una manera tremenda.
Ayer estuve durante un buen rato con Ana Villar. Lleva yo qué sé cuántas operaciones en el cuerpo y es de las personas que empezó a tener síntomas cuando casi nadie conocía el síndrome Von Hippel Lindau. Eso ha provocado que Ana padezca unas secuelas que, probablemente no habría sufrido si hubiera habido más investigación, mejores diagnósticos y tratamientos más atinados. Ana habla con la franqueza de los supervivientes y me dijo varias cosas de esas que se te clavan en la boca del estómago. O en la parte baja del corazón. Que por ahí anda. Me dijo que había mandado una carta al Ministro de Sanidad pidiendo más dinero para investigar y le decía algo tan sencillo como : “Haga algo, porque nos morimos”. Le pregunté por la esperanza y por el futuro y me dijo que tenía esperanza pero que ella no pensaba mucho en el futuro porque, para ella, está exactamente a un palmo de su nariz. Y estaba sonriente. Y nos reímos unas cuantas veces porque, a pesar de las secuelas de la última intervención, a pesar de que no puede levantarse, a pesar de que se alimenta por sonda nasogástrica desde hace 3 años, Ana mantiene intacto su sentido del humor. Sólo se puso muy seria cuando exigió al gobierno que investigue y cuando le pregunté si había antecedentes del VHL en su familia. Me miró fijamente y me dijo: “He sido la primera y espero que la última”.
Pues eso. Salí del hospital pensando en la cantidad de veces que tenemos que dar gracias a Dios por estar vivos y sanos. Y me fui pensando en las cosas importantes. En esos miles de refugiados a los que no estamos haciendo ni puñetero caso, aunque hagamos lo posible por lavar nuestras conciencias de Europeos occidentales con propuestas como el Nobel de la Paz para los habitantes de la isla de Lesbos o como esas gilimultas que se van a imponer a los países que no acojan a los refugiados que les toquen. ¿De verdad no sentimos vergüenza cada noche al irnos a la cama viendo que nuestros políticos miran para otro lado? Bueno, miran ellos y miramos en el fondo nosotros. Porque es difícil dormir sabiendo que, mientras nosotros nos preparamos el vaso de leche, o el último Gintonic, o nos lavamos los dientes, hay miles de padres y madres que intentan dormir a sus hijos entre el barro y el frío. Y, lo que es peor, sintiendo que los que deberíamos estar acogiéndoles, les rechazamos activamente o nos ponemos de perfil mientras silbamos algo en plan tirorirotiroriro. Yo me avergüenzo de Europa y voy a darle una vuelta a ver cómo, desde la pequeña isla de mi familia podemos hacer algo por esa gente. Odio la expresión de “aportar mi granito de arena”. Me dan ganas de disparar con ametralladora cuando la oigo, pero pongamos lo que sea; un granito, un ladrillo o una viga del tamaño de la quilla del Titanic. Lo que sea. Pero voy a hacerlo ya.

A LA MIEEERDAAA

Pobre Fernando Fernán-Gómez. Tantos años de carrera admirable y muchos hoy le recuerdan, sobre todo, por aquel día en que mandó a la mieeerdaaa a un fan que se estaba poniendo pesadísimo. Yo tuve la suerte de tratar a Fernán-Gómez durante dos años en el programa de debate que hacíamos en Antena 3 con Jesús Hermida. Compartí con él muchas horas de sala de espera y era un hombre con el que daba gusto hablar; cultísimo, divertido, con una capacidad extraordinaria para resumir en pocas palabras conceptos muy complicados. Era, sin duda, un buen escuchador y, sobre todo, un señor tolerante. Al menos en aquel espacio, rodeados de tortillas de patata, platos de jamón, cervezas, refrescos y algunas bebidas espirituosas, conversar con Fernando era de esos ratos de la semana que compensaban el trabajo de todos los días previos. Yo jamás le vi sacar los pies del tiesto, pero, lo que son las cosas, hoy estoy seguro de que todos los que han leído el titular de esta Cabra habrán pensado en él. Bueno, en él y en nuestros políticos, que es a quienes yo dedico ese deseo ferviente de que nos dejen en paz y se vayan a la hez.
Efectivamente no es un drama que haya elecciones. Todos los profetas de la nueva política, enseguida te salen con la tontada de que “el drama sería no poder votar”. No te jode. Pues claro. Un drama es tener una enfermedad incurable, que se te muera un hijo o que cualquiera de las personas que quieres se vaya de aquí antes de tiempo. Esto no es un drama, pero creo que es la demostración de que estamos en la época más triste de nuestra democracia. Los líderes que nos ha tocado padecer son de una calidad tan ínfima, que no han sido capaces de llegar a un acuerdo que permitiera formar un gobierno. ¿Tan difícil era?
Lo malo de todo esto no es que haya pasado. Lo peor es que vamos a otras elecciones y no tiene pinta de que la cosa vaya a mejorar. Quiero decir; lo más probable es que se repitan unos resultados muy parecidos y, de nuevo, nos encontremos con que estos mismos que nos han hecho perder seis meses y no sé cuántos millones de euros, regresen a la casilla de salida el día 27 de junio a las diez de la mañana. ¿Alguno de ustedes confía en que a estos tuercebotas les vaya a salir la grandeza como te sale un sarampión? Porque es de una tristeza agobiante escuchar a todos los líderes diciendo que la culpa la tiene el otro. Es una especie de propiedad transitiva de la asunción de la responsabilidad que hace que A culpe a B, que culpa a C que, a su vez, culpa a D. Por supuesto, D, culpa a A, aunque le parece también que B y C son lo peor. Esto podría dar mucha risa, pero a mí me tiene con una mezcla de cabreo y tristeza que no se me quita desde hace semanas. Sobre todo al oírles.
Escuchar ayer a Rajoy y a Cospedal hablar como si desde el 20-D hasta hoy no hubiera habido ninguna noticia relacionada con la corrupción dentro del PP. Igual eso ha influido en que ningún partido quisiera sentarse con Rajoy.
Ver a Pedro Sánchez diciendo, sin que le dé la risa, que si queremos ver buena gestión económica y cero corrupción hay que votar al PSOE. Es cierto que han sido los únicos, con Ciudadanos, que han buscado un acuerdo, aunque se le escapó el pequeño detalle de que igual debía haber intentado algún consenso con el partido que más votos había sacado.
Observar a Pablo Iglesias feliz tras haber torpedeado con habilidad la línea de flotación de Sánchez y constatar que sigue mirándonos con esa sonrisilla de superioridad. Es la de aquellos que saben que nos la están colando. A mí me sorprende que logre convencer a muchos de que se puede hablar de Lenin, levantar el puño entre hoces y martillos, adular a Castro, Chávez y ahora a Maduro o convertir en héroe a Otegui y luego ir de límpidos puretas de la democracia verdadera.
Contemplar a Rivera enseñando ya la patita de político de los de toda la vida, explicando con dificultad alguno de esos marroncetes que, ya tan pronto, le han empezado a salir a su partido. Conste que creo que ha sido de los pocos que se han comportado con madurez y algo de grandeza en estos meses de profunda pesadumbre.
Y ahora, la que se nos viene encima. Otros dos meses de escuchar a todos estos diciendo lo mismo, de debates, de mítines, de sonrisas entre octavillas y confetis. No sé ustedes, pero servidor va a votar exactamente lo mismo que voté el 20-D. Creo que es lo que deberíamos hacer; votar todos lo mismo y obligarles a ponerse de acuerdo. Y, si no son capaces, que se vayan y que pongan a otros que sí lo sean. A lo mejor con políticos menos penosos nos convertimos en un país en el que la gente no piense constantemente que, si los políticos mienten, por qué no van a hacerlo los ciudadanos. No sé si les ha pasado; contar algo inverosímil y que todo el mundo te mire con cara de “sí, sí. Ya, ya”. A mí me ha sucedido toda la vida con algo que ocurrió en mi colegio cuando yo tenía 9 años. Cada vez que la he contado he sufrido esas miradas torvas e incrédulas. Supongo que recordarán al gran rejoneador Álvaro Domecq. Alvarito, que es como le llamaban, fue alumno del colegio de Los Jesuitas de Málaga y, desde que terminó el PREU, todos los años volvía, por las fiestas de San Estanislao, y mataba un novillo en el campo de fútbol. En una de las entradas del campo se colocaba el camión de transporte de ganado, cerrando el recinto y, el resto del hueco, se tapaba con unas vallas de tablones y alambrada. En el año 1973 el novillo salió de culo y, en vez de dirigirse al centro del ruedo/terreno de juego, se encontró con la valla y decenas de niños que le gritábamos y le citábamos con la inconsciencia propia de la infancia. Al novillo le dio por ponerse a dar topetazos, rompió el vallado y se escapó a dar una vuelta por un colegio en el que cientos de hombres, mujeres y niños compraban papeletas de la rifa, tomaban refrescos y limonada o veían un teatro de guiñoles. Gracias a Dios no pasó nada grave y Domecq, con la ayuda de siete u ocho hombres, logró devolver al novillo al ruedo y terminar la fiesta sin que se produjera una tragedia. Nunca vi testimonio gráfico de aquel día, pero hace unas semanas mi amigo Jorge Lamothe compartió en Facebook la foto que cierra esta Cabra. Para que sepan todos aquellos que dudaron de mí que yo no miento ni jugando al mus. Bueno. Jugando al mus un poco sí.
NOVILLO ESCAPADO COLEGIO EL PALO

GANDHI VERDE

La creación no es mía sino de David Bustamante. No conozco a nadie que haya triunfado en lo suyo que no sea un tío listo, original y, al menos en ocasiones, tenga su punto de gracia. Bustamante es uno de esos. Confío en que sepan que yo produzco para los domingos por la mañana de TVE un programa que se llama “Seguridad Vital”. En este espacio, hacemos unas entrevistas cortas en las que preguntamos a los famosos si, cuando están conduciendo, se consideran más Mahatma Gandhi o el Increíble Hulk. Supongo que la mayoría conocerán a aquel personaje de Marvel que, cuando se cabreaba, se ponía de color verde, crecía y sacaba un carácter, digamos que dificilillo. Le lanzamos la pregunta a Bustamante y David, en un momento de esos brillantes, contestó que él es el Gandhi verde.
A mí me pasa igual. Yo, por lo general soy un tío tranquilo. No suelo estresarme mucho y no me enfado con demasiada frecuencia. O sea; en muchos momentos de mi vida, soy más de Mahatma Gandhi. Pero, ay, de vez en cuando me cabreo y, cuando me sucede, excepto en la piel verde y en la hipertrofia muscular, tengo cierto parecido al Increíble Hulk. Y, me da vergüenza reconocerlo, pero el otro día me sucedió, precisamente, yendo en el coche con mi mujer. Veníamos de hacer la compra en un mercado. Íbamos por una calle con dos carriles aproximándonos a un semáforo. Vi que llevaba detrás una moto de esas que van haciendo slalom y me fui a apartar para dejarle pasar justo antes de llegar a un cruce en el que queríamos girar a la izquierda. Cuando estaba haciendo el cambio de carril, el coche que iba delante de nosotros hizo una maniobra brusca, que me obligó a frenar de manera repentina y a apartarme, también bruscamente, de mi trayectoria. Vi perfectamente que venía la moto zigzagueando y me detuve para que pudiera pasar y hacer su giro a izquierdas. El motorista, indignado por verse obligado a cambiar su trayectoria, se me paró al lado y se me quedó mirando con mucha cara de chuleta, como perdonándome la vida, a pesar de que yo con la mano le estaba indicando que pasara. Pero se quedó allí retador y haciendo aspavientos. Yo, primer error, bajé la ventanilla y le dije, ya en tono poco Gandhi, que qué le sucedía, que le estaba dejando pasar. El de la moto movía mucho las manos y le veía a través del casco cómo decía cosas. Entre que estoy más sordo que Beethoven y el ruido del coche no me enteré mucho de lo que me gritaba, pero entreoí palabras que terminaban en uta y en olla. Poniéndome benévolo, hoy puedo pensar que, estando tan próximos a un mercado, podía estar diciéndome; “Buenas tardes, caballero, acabo de comprar fruta y unas cebollas”. Pero la piel verde en la que yo habitaba en aquellos momentos me impidió la benevolencia y asumí que el motero altivo estaba dudando de la decencia de mi señora madre y de mi cociente intelectual. He de decir que, con respecto al cociente, en esos momentos acertó, porque yo, sacando al chimpancé que todos llevamos dentro, le dije también algo que rimaba con cebollas e, incluso, con Borbolla. En ese momento, el otro chimpancé hizo ademán de lanzar una patada contra la puerta de mi coche y arrancó. Se puso a hacer arabescos con la moto delante de mi automóvil como animándome a que yo entrara en el juego. Por suerte no lo hice, de manera que, cuando nos paramos en el siguiente semáforo ambos estábamos ya menos simios y decidimos acabar la discusión, aunque el mandril de la moto seguía mirándome como si yo le hubiera robado la novia a los 15 años y hoy tuviera 16.
No es, pueden creerme, un sucedido del que esté orgulloso, pero lo cuento porque es una muestra de lo cerca que podemos estar en ocasiones de acabar peleándonos con alguien por una estupidez soberana. Cómo ese orangután que tenemos metido en el fondo de las meninges nos sale de vez en cuando para complicarnos la vida. Yo no me he peleado jamás con nadie. Vamos, quiero decir que nunca me he pegado con nadie, ni espero hacerlo jamás, pero el viernes pasado, viniendo tranquilamente de hacer la compra con mi mujer acabé provocando, al alimón con otro Australopiteco, una situación en la que, si alguno de los dos hubiera sido más agresivo, podríamos haber acabado como el que fue mi compañero en Antena 3 de Radio, Jesús María Amilibia, que mató, sin quererlo, a un hombre durante una discusión de tráfico tan estúpida como la mía. La diferencia fue que, probablemente, ambos dejaron ir al simio y, por si eso hubiera sido poco, Amilibia llevaba en la guantera una pistola. Y la usó.
Así que yo voy a hacer acto de contrición y me voy a imponer la exigencia de no volver a sacar nunca más en el coche al señor verde que llevo dentro. Y así, si algún día me autoentrevisto en mi propio programa (alguna de esas cosas raras he visto en mi carrera) poder decir que soy Gandhi, pero de verdad. O si no, al menos, lograr la templanza y saber encontrar las palabras oportunas como hacía un juez de Málaga del que me hablaba mucho mi padrino, mi tío José Luis. Contaba que, en los años, 50, este juez tenía que interrogar a un testigo, que era analfabeto, y, antes de comenzar el interrogatorio, le hizo las preguntas que, en el lenguaje jurídico se conocen como “Las generales de la Ley”. La fórmula no es sencilla para una persona sin estudios; ¿Tiene el testigo relación de parentesco o dependencia, interés directo o indirecto, amistad o enemistad, es pariente, criado o vecino de alguna de las partes? El testigo, ante tal catarata de palabras sólo pudo contestar: “¿Ein?”. El juez buscó fórmulas más sencillas para preguntar lo mismo, pero el testigo seguía sin entender lo que se le preguntaba exactamente. El magistrado, finalmente, tiró de Román Paladino y le dijo: “Vaya, que si a usted le interesa más que gane Manolo o Juan”. El cateto, comprendiendo, por fin, qué se le preguntaba contestó: “Por mí les pueden ir dando por el culo a los dos”. El juez, conteniendo la risa, proclamó en voz alta: “Conste en acta la manifiesta imparcialidad del testigo.”

EL SENTIDO DEL HUMOR

Qué importante es saber reírse. Yo recuerdo que el día más triste de mi vida tuve uno de los ataques de risa más incontenibles que he padecido nunca. Estábamos a una hora escasa de despedir a mi padre en un Tanatorio del norte de Madrid. Fue algo bastante imperceptible, pero llevábamos todos un buen rato notando que había algo raro, algo eléctrico en el ambiente. Ni mis hermanos, ni, por supuesto, mi madre, ni nadie de la familia sabía qué era, pero flotaba esa sensación de que alguien había roto algo gordo y no había valor de confesarlo.
Hasta que una tía mía se me acercó y, un poco cortada, me dijo: “Cahlillo, ¿Quién es Itziar?”. A mí la pregunta me cogió fuera de juego y respondí: “¿Qué Itziar?”. “Pues una que le ha mandado una cruz de flores a tu padre”. Hay que dar ciertas explicaciones para entender esto. En nuestra familia no somos muy amigos de las coronas mortuorias y, por ejemplo, a todos los amigos y empresas que nos decían que iban a mandar una, les invitamos a donar ese dinero a los pobres. Pusimos las dos de rigor que entraban en el pack mortuorio del seguro de decesos de mi padre, y pare usted de contar. Cuando, tras la pregunta de mi tía, fui a la zona de la sala en la que estaba el féretro, flipé al ver encima del ataúd una cruz de flores blancas con una leyenda que decía: “Con cariño, Itziar”. Ahí entendí todo. Las decenas de personas que habían pasado en los últimos minutos por allí, que sabían que en la familia no hay ninguna Itziar, se quedaron pasmados al ver que el único adorno floral, al margen de las dos coronitas de la funeraria, eran esas flores blancas con un mensaje cariñoso de una moza ignota. Los pitejos* debieron pensar que Itziar era mi madre y colocaron la cruz blanca en un lugar preferente; encima de la tapa. Y, claro, a pesar de que mi padre era un Santo Varón, pues hubo ciertos pensamientos en plan: “Joder, con lo bueno que parecía Javier”, “¡Quién nos lo iba a decir!” y tal, y hubo que desfacer el entuerto.
La tal Itziar era Itziar Elguezábal, una profesional del golf con la que yo, entonces, presentaba un programa en Canal+Golf. La Elguezábal es un encanto y estuvo muy pendiente de mí durante los meses jodidos de la enfermedad de mi padre y, cuando murió, quiso tener el detalle de mostrarme su afecto con esas flores. Cuando yo avisé a mi madre y a mis hermanos de tal malentendido no sé quién empezó la risa, pero tres minutos después tuve que salirme de la sala porque creía que iba a acabar vomitando de tanto reírme. La escena era bastante grotesca; la familia estábamos, cualquier cosa, menos contentos, pero nos dio por reírnos y disfrutar de esa risa que, como suele suceder en estos lugares rigurosos, es liberadora y, casi siempre, acaba en llanto. Sé que para muchos de los que estaban allí, aquello fue incomprensible. Somos siete hermanos, con sus maridos y mujeres, y, entonces, 13 nietos y podrán imaginar que el ruido de las risas era tan estridente, como chocante e incluso hubo alguien que hizo un comentario de esos de: “¡parece mentira, riéndose en un momento así!”. Pero yo creo que hay que mantener el sentido del humor hasta en los días más tristes. En mi trabajo, en mi familia, entre mis amigos, necesito que haya buen humor y, a ser posible, risa con frecuencia. Por eso me sorprende tanto la gente que tiene mal café, sobre todo esos amargados que abundan en Internet y que, bajo el anonimato, están siempre alerta, para cagarse en tus muelas. Yo, que ya me conozco el percal, cíclicamente hago pruebas y es muy gracioso ver cómo embisten con nobleza, cada vez que les echo el capote al hocico.
Anteayer, cuando el Madrid ganó al Wolfsburgo con un buen partido (por fin) de Cristiano en un partido crucial, publiqué un tweet diciendo que me encantaba haber sido un bocas criticando al portugués, y que reconocía el partidazo que había hecho, después de mucho tiempo sin destacar en un encuentro de los importantes. En menos de 3 minutos tenía ya a unos cuantos dando por hecha mi nula inteligencia, y haciendo referencias a objetos de diferentes tamaños y procedencias que debía empezar a introducirme por el ano. Bueno, ellos no hablaban tan finamente, claro, pero me encantaría saber qué conduce a alguien a estar pendiente de una persona a la que consideran un imbécil para, en cuanto diga algo, hacer ostentación de su desprecio. Le preguntaré a mi hija la mayor, que está estudiando Psicología y va por los pasillos analizando a la familia y allegados, a ver si consigo algún día entenderlo. A mí me da pena, porque cuando alguien te pega una leche dialéctica, con gracia, yo me río, aunque el crítico me esté poniendo a parir. Puede que sea algo que da la tierra. Aunque odio los clichés, creo que hay que reconocer que, en Andalucía, tenemos un sentido del humor que nos hace ver las cosas, casi siempre, de una manera diferente y, opino, que mejor.
¿En qué lugar del mundo puede suceder que uno vea lo que yo presencié con mi hijo Carlos y mi sobrino Pablo en la terraza de una cafetería de Málaga? Estábamos entre las mesas esperando a que el encargado nos sentara, cuando nos apartamos para que pasase un señor parapléjico que iba en su silla de ruedas. Supimos que se llamaba Juan al escuchar, estupefactos, al encargado decir a voz en grito: “Huani, er día que te levante no vá a dá guerra tu ni ná” que traducido al castellano mesetario, viene a ser: “Juan, el día en que te cures y puedas dejar tu silla de ruedas vas a dar mucha guerra”. ¿Creen que el tal “Huani” se molestó o mandó a la mismísima mierda al camarero? No; giró la cabeza, sin detenerse, levantó la mano derecha y siguió su camino gritando con una sonrisa: “¡Digoooo!”.

*En Málaga el “pitejo” era el conductor de los coches de caballos fúnebres. Por extensión, hoy se conoce así a cualquier empleado de funeraria o tanatorio, relacionado con un sepelio.

UN PEDO EN EL ASCENSOR

Ayer me pasó. Me metí en el ascensor de casa y, nada más entrar, lo percibí. Era un olor denso. Con un punto dulce y, como diría uno de esos enólogos horteras de Wikipedia, con un retrogusto a alcachofas podridas. Vamos; un pedo de campeonato. Un cuesco contundente, rotundo, mayúsculo; de esos que se agarran a las paredes del elevador como los percebes a las rocas. Estaba en la planta -2, la de mi plaza de garaje y, a pesar de que recé para que el ascensor no se detuviera, le dio por pararse en la 0. Se abrieron las puertas y vi, con espanto, que una vecina me decía con gesto alegre: “buenas tardes” y se metía en el ascensor. El gesto alegre le duró a la pobre lo que tardó en inspirar porque, enseguida, cruzó el rictus y me lanzó una mirada que mezclaba pena, asco, estupor y un pensamiento que asociará para siempre a mí; “este tío es un cerdo”. Yo no fui capaz de decir nada porque, en esas décimas de segundo eternas de los momentos críticos, repasé varias frases y todas me parecieron penosas; “no es mío”, “¡cómo huele!, ¿Verdad?” o “hay gente que es muy cerda”. Estuve a punto de decirlas todas y no pude soltar ni una. Al llegar a la 2ª planta abandoné el ascensor con cara de desolación, lleno de vergüenza y con un sentimiento de culpa, que no era mío. Y, no sé por qué, mientras introducía la llave en la puerta de casa, me acordé de nuestros políticos y del tristísimo espectáculo que están dando con esto de los pactos para formar gobierno.
Creo que los ciudadanos hoy estamos con la misma cara que se me quedó a mí ayer en el ascensor. Nuestros políticos se han tirado un pedo monumental, se han bajado del ascensor y han hecho que nos metamos ahí los ciudadanos. Y han entrado nuestros vecinos y vamos a acabar todos con la sensación de que la culpa es nuestra, aunque nosotros no seamos los autores del cuesco. Aquí parece que es que los ciudadanos hemos votado mal y que hace falta que repitamos las elecciones. Que no es eso, coño. Que lo que os dijimos los ciudadanos es que os pongáis de acuerdo. Yo tengo claro cuál es el pacto que querría; PP, PSOE y Ciudadanos, pero, en el fondo, lo que quiero de verdad es verles ceder a todos. Y que dejen de salir de las reuniones poniendo cara de santos y diciendo: “Que quede claro: si no llegamos a un acuerdo la culpa no es mía. La culpa es deeeee:…..” y pongan ahí el nombre que quieran. Porque nuestros políticos son unos profesionales admirables en el “pío, pío, que yo no he sido” y me veo yendo a votar de nuevo dentro de un mes y pico con todos estos dando lecciones de madurez política aunque no hayan sido capaces de llegar a un acuerdo en 5 meses.
Yo puedo entender un malestar inicial porque, para todos, los resultados fueron peores de lo que esperaban. El PP perdiendo millones de votos y decenas de escaños. El PSOE sin llegar a 100 diputados en un resultado histórico, por el hostión. Podemos, porque pensaban que iban a forzar un gobierno de izquierdas y no han llegado a tanto. Y Ciudadanos porque creían que iban a ser bisagra y son un pequeño pernio. Pero a estas alturas todos deberían haber asumido ya lo que hay. Quizás esa intolerancia a la frustración les venga de falta de entrenamiento. Hombre, Rajoy ya tuvo lo suyo en 2004 y 2008, pero pienso que, el haber tocado pelo, le tiene ahora en un sinvivir y no se ve en otro sitio que no sea la Moncloa. Pero a los demás quizás les habría venido bien tener frustraciones desde la tierna infancia.
A mí, por ejemplo, me pasó con 5 años. Yo, como la mayoría de los que nos dedicamos al periodismo (y a la política) tenía, desde pequeño, un acusado afán de protagonismo, de ser el jefe, de ser el niño bonito. En mi caso, eso quizás proviniera del hecho de haber nacido en una familia numerosa en la que recibir un trato especial resulta complicado. La cuestión es que, estando yo en el último curso de preescolar, nos anunciaron que, en la función de fin de curso, íbamos a hacer una corrida de toros. Yo, que era ya muy aficionado, desde el primer momento asumí que el papel del matador iba a ser mío. Mis padres me habían regalado por mi quinto cumpleaños una muleta, un estoque y una montera y yo toreaba de salón con ciertas maneras. En el cole, cuando jugábamos a los toros (entonces en los coles se jugaba a los toros), yo siempre era uno de los matadores. Y el día en el que nuestra profesora anunció el cartel yo me fui hundiendo cada vez que iba pronunciando los nombres. No fui el torero, ni el picador, ni un banderillero, ni el caballo de picar, ni el toro. En mi diminuta estupefacción escuché a mi profesora decir: “Cahloh GarsíaHirfe: Monosabio”. Y se me cayó el mundo encima. Mi amigo Lalo, que no sabía ni dónde tenía los cuernos el toro, iba a ser la gran figura y yo, el fino estilista de la muleta, iba a ir, vestido de rojo y azul, ayudando al picador y al caballo a recibir la embestida del toro. Pasados el estupor y la vergüenza, yo, que ya era un optimista sideral, decidí que iba a ser el mejor monosabio del mundo y allí fui a hacer mi papelillo y a ver luego, desde la barrera, cómo mi amigo Lalo cortaba las dos orejas y el rabo y salía a hombros entre ovaciones atronadoras.
Yo creo que a nuestros políticos les toca asumir que no todos pueden ser matadores y que uno puede hacer que la función sea un éxito aunque los focos estén apuntando a otro. Pero no sé por qué me da que van a acabar diciendo: “De monosabio, que se ponga tu madre”.
Por cierto, antes de terminar. Hoy en Madrid, a las 8 de la tarde, en la Iglesia de San Antón, el Padre Ángel celebrará una misa funeral en memoria de Gaspar Rosety. Adela, la mujer de Gaspar, me ha pedido que os diga que todos aquellos que admiraban a Gaspar y quieran acompañar a la familia, están invitados a venir a dar gracias por la vida de un gran tipo que se nos ha ido demasiado pronto.

EL NIÑO HONRADO

Que viene a ser, directamente, el padre, o la madre, honrados. Los niños, casi siempre, son un reflejo de los que son o han sido sus padres. Es muy raro que a unos padres estupendos les salga un niño profundamente imbécil. Del mismo modo que resulta improbable que, con unos progenitores imbéciles, venga al mundo una progenie modélica.
Les pongo un ejemplo claro que tiene que ver con mi familia y, en concreto, con mi hija la mayor. No es por nada, pero mi mujer es una de las tías más listas que conozco y no es de esas personas fáciles de convencer de una u otra cosa. No sé si es por esa inteligencia o por el hecho de que pertenece a una estirpe de mujeres educadas en la autonomía personal, porque, en unos años en los que las mujeres no estudiaban y se quedaban en casa con la pata quebrada, mi suegra y sus 8 hermanas estudiaron carrera universitaria y aprendieron a tomar las decisiones sobre sus respectivas vidas. Vamos, lo que quiero decir es que, si cogemos el concepto de mujer sumisa y entregada a su marido, tipo Geisha, mi mujer, su madre y sus tías no dan el perfil. Eso hace que las cosas en mi casa se analicen, se les dé la vuelta y que, con frecuencia, mi esposa tienda a colocarme en aprietos dialécticos de los que no siempre escapo triunfante. Y claro, eso no sé si se hereda o se aprende, pero mi hija Paula, con tres años escasos ya iba enseñando la patita. Paula, desde prácticamente un año de vida, hablaba como un académico. Era muy raro verla balbucear o decir palabras a medias. O decía la palabra con total corrección o no la decía. Eso la hacía una niña muy de concurso de la tele porque, en las tiendas, si me decía algo desde el carrito, la gente la miraba como si estuviera poseída o como si yo hubiera puesto en marcha un radiocasete.
A lo que voy, que me pierdo, es que un día yo paré en el quiosco de al lado de casa para comprar el periódico y le dije a Paula que no se soltara de la sillita porque iba a volver en un minuto. Ella insistió en que quería venir conmigo y yo le dije que no y que ni se le ocurriera soltarse. Bajé del coche, cerré las puertas y, mientras me dirigía al quiosco, la niña me miró y me dijo, lo leí claramente en sus labios, “me voy a soltar”. Tardé un minuto en comprar la prensa y, al volver, Paula estaba esperándome, retadora, de pie delante de su sillita. La senté, le advertí de que estaba castigada y le empecé a soltar el típico discurso de padre indignado sobre que hay que ser obediente y tal y tal. Cuando terminé la perorata, la cabrona de la niña me dijo: “Es que tú no mandas. Manda Mamá.” Con dos miniovarios. Aquello, lógicamente, aunque me dio un poco de risa, me tocó bastante las pelotas y me hizo reaccionar de un modo penoso. Le dije a la niña: “Pero, si no está Mamá, mando yo”. Y Paula, que no sé dónde había oído tal adjetivo, me dijo: “Qué patético”. Y ahí sí que me dio la risa, pero abiertamente, porque la jodía niña se detuvo en cada sílaba: QUÉ-PA-TÉ-TI-CO, como sabiendo que la palabra iba a tener un efecto demoledor sobre el panoli de su padre.
Cuento esto porque el lunes descubrí en la web www.ten-golf.es una noticia de esas que te hacen pensar que hay gente que se entretiene, de verdad, en educar a sus hijos. Y que, como decía al comienzo, cuando un niño sale bueno o malo es porque tiene algún modelo en el que fijarse. Hablo de un niño de 7 años, que se llama Yago Horno, que jugó el sábado pasado un torneo de golf de benjamines en Huelva. El niño ganó en su categoría con un resultado de 50 golpes, pero, al llegar a casa y repasar con su padre la tarjeta, descubrió que, en uno de los hoyos, se había apuntado un golpe menos y que, por tanto, la suma debía haber sido 51. El padre, Kostka Horno, le dijo al niño que, cuando uno firma un resultado mal y entrega la tarjeta, el castigo por el error es la descalificación y que Yago debía devolver el trofeo y los regalos que le habían dado por su triunfo. Imagino que el trago no debió ser agradable ni para el padre ni para el hijo, pero Kostka obligó al niño a escribir una carta que se debería enmarcar y repartir por todos los campos de golf de España. Les recomiendo que, si tienen un segundo, hagan click en el enlace que copio aquí abajo y disfruten de una lectura emocionante. Hay muchos agoreros que dicen que los niños de hoy son peores que los de antes. No sé, yo creo que no. En todo caso, si fuera cierto, puede que haya más padres capullos que antes. Aunque yo no lo creo. Y, si los hay, de vez en cuando aparecen especímenes como Kostka y su hijo Yago que convirtieron una anécdota, que podía haberse convertido en un pequeño remordimiento durante un par de meses, en una lección admirable que este niño recordará, probablemente, toda su vida. Y nosotros, también.
http://www.ten-golf.com:82/es/los-que-saben/el-arreglapiques/20943-golfista-de-siete-anos-renuncia-a-sus-trofeos-tras-descubrir-que-firmo-mal-la-tarjeta.html

PACTA CONMIGO, GILIPOLLAS

No es un buen comienzo. Ni de un artículo, ni de una conversación en la que uno, se supone, quiere convencer a otro de que le dé su apoyo para gobernar el país. Pero esto, más finamente, es lo que se están diciendo unos a otros en España desde hace mucho tiempo. Porque esto parece nuevo, pero no lo es. Todo esto que está pasando en el Congreso de los Diputados y Diputadas LGTB (creo que es el nombre que le van a poner finalmente), viene de unos polvos que empezaron a esparcirse hace muchos años.
La manera de gobernar de todos los que hemos padecido en la Moncloa ha sido penosa siempre que se han encontrado con una mayoría absoluta. Le pasó a Felipe, y a Aznar, y a ZP y le ha sucedido también a Rajoy. Yo creo que el rencor que hay hoy en muchos, nació en la segunda legislatura del PSOE con ZP. Aquel “cordón sanitario” que se estableció en torno a los populares llevó al absurdo de que los socialistas dijeran que el PP era malo malísimo porque era el único partido que no pactaba con ellos. Claro, a ZP se le olvidaba el pequeño detalle de que él pactaba con esos partidos porque le tenían agarrado el escroto con bastante fuerza y los necesitaba para sacar adelante sus leyes. Pero se legisló, durante aquellos cuatro años (y en los 4 anteriores) sin mirar ni un minuto a la bancada de enfrente, que representaba casi a la mitad de los votantes españoles.
Durante los 4 años de legislatura de mayoría absoluta de Rajoy ha sucedido lo mismo, pero en sentido inverso. El PP se ha hartado de producir leyes sin tener en cuenta, prácticamente, ni una de las enmiendas, sugerencias o reclamaciones del PSOE y el resto de partidos, que representaban también a buena parte del electorado del país. El paradigma de aquel absurdo fue la Ley Wert. No sé si recuerdan aquel día. El Ministro y sus colegas sonriendo a pesar de que sabían que aprobaban una ley con una contestación tremenda. Pero no menos triste me pareció que, en la puerta del Congreso, la oposición en bloque se hiciera también una foto, todos riéndose muchísimo, y asegurando que, en cuanto gobernasen iban a derogarla. Como si en vez de el futuro de nuestros hijos hubiesen estado decidiendo el color que van a tener los pasos de cebra en 2020.
Y todo esto nos ha llevado al lodo en el que hoy nos encontramos. Yendo por partes y por su número de votos. Rajoy, que midió mal al hacerle al Rey aquel “pase del desprecio”, sigue sin darse cuenta de que, con él ahí, va a ser muy difícil que se cierre un pacto tan complejo como el de PP, PSOE y Ciudadanos. Él insiste en que es el más votado, pero pierde de vista que es también el que ha perdido millones de votos y no parece percibir que quizás debería hacerse a un lado y aceptar que esos votos del PP son del partido y no suyos.
Eso mismo podría decirse de Pedro Sánchez. El líder socialista tuvo sueños húmedos durante unas semanas pensando que podía acabar en Moncloa, pero no tuvo en cuenta que, para eso, se tiene que sentar con ese señor indecente al que no ha cogido el teléfono en medio de las negociaciones. A Sánchez se le ha llenado la boca diciendo que Rajoy no logró apoyos para su investidura, pero no confiesa que él lo puso realmente complicado para que el líder del PP lo consiguiera.
Pablo Iglesias parece feliz habiendo convertido en muchos momentos el Pleno del Congreso en el salón de actos de su “facul”. Me da la sensación de que al líder estudiantil se le empiezan a ver las costuras y que ese lenguaje y ese discurso ligero que funciona bien en las manifas y en las tertulias de la tele, pierde gas cuando lo que se está cocinando es el futuro del país. Además me hace gracia la memoria que tiene para recordarles a otros un pasado lejano como la cal viva y la amnesia que luce cuando alguien le recuerda que hace bien poco pregonaba las bondades de las repúblicas bolivarianas, el leninismo, y la lucha en la calle con dos cojones. Cuando se le dice esto sus fieles, que son legión, te dicen que somos unos pesados, que qué manía con su pasado de hoz y martillo, símbolo que, aunque tiene mejor fama, a mí me pone los pelos tan de punta como la cruz gamada.
El que creo que menos se ha comportado como un panoli, ha sido Albert Rivera, aunque pienso que confió demasiado en esa cuadratura del círculo que proponía Sánchez. Me parece que es un político bastante hecho y sensato, pero debe andar como si pisara alfileres en las próximas semanas para no salir trasquilado de aquí. Puede ser el pegamento para que PP y PSOE se sienten, pero en algunos momentos le he echado en falta la finura que lució su ídolo Adolfo Suárez en los momentos más complejos de la Transición.
Del resto de líderes, la verdad, para qué hablar. Algunos ya se retrataron en los diferentes discursos durante las investiduras y nos dejaron claro que, si alguien gobierna con sus apoyos, vamos a flipar en colorines. Así que espero que a los 4 líderes a los que he aludido les salga la Grandeza por algún sitio. Sé que es complicado y que puede parecer un sueño, pero tienen la obligación de ponerse de acuerdo y, si no lo hacen, podremos ser nosotros, los ciudadanos, los que les digamos, con toda la razón del mundo que son, verdaderamente, unos gilipollas.