EXCESOS

En el día en el que despedimos a un mago de la ponderación, la contención y la finura, me resulta especialmente chocante la cantidad de personajes excesivos que triunfan en esta vida moderna. El maestro Forges habría dicho “¡Gensanta!” al enterarse, por poner tres ejemplos recientes, de lo que han dicho/hecho en los últimos días el presidente de los EEUU, la portavoza de Podemos y Podemas o el responsable de Autocensura de IFEMA.

Imagino que estarán al tanto de las tontadas, y valga la cacofonía. Empezando por lo de IFEMA; es el perfecto ejemplo de pelota que actúa en modo preventivo. Exceso de celo. Autocensura. Antes de que mi jefe me dé una colleja, ya me adelanto yo y tomo una decisión que, en mi fuero interno, sé que me va a generar un toque de chepa y (quién sabe) quizás un ascenso en la escala “Brown nose” del partido. No sé quién fue el lumbreras que tomó la decisión de retirar la obra de un artista madrileño, Santiago Sierra, que quería provocar en ARCO con unas fotos pixeladas de lo que él considera que son presos políticos de la España Moderna. Y es chocante, porque el presidente de IFEMA no es un político, sino un buen empresario independiente, Clemente González Soler, que debe estar pensando a estas alturas: “Para qué me metí yo en este marrón”.

No significa esto que yo esté de acuerdo con el contenido de la obra retirada. Francamente, si se me preguntara, diría que este artista es un gilipollas, pero nadie me ha preguntado. Aunque creo que esa visión enferma del asunto del “Procés”, que comparte la mitad de la ciudadanía catalana, no hace más que reafirmarme en que este asunto no tiene solución. Dicho lo cual, defenderé siempre el derecho de este papanatas a exponer su arte aunque me repatee lo que piensa.

Lo mismo me sucede con la portavoza. Aunque creo que ella es víctima de dos pesos que se convierten en losa cuando uno tiene que hablar en público tantas veces y, casi siempre, en tono mitinero. Hay que reconocerle a Irene Montero, y a muchos de los portavoces de Podemos, que tienen una extraordinaria facilidad de palabra y que su oratoria entusiástica (tan típica de los líderes populistas) es eficaz y, en ocasiones, brillante. Pero, claro, ese exceso en la verborrea suele producir deslices y esta muchacha lleva dos semanas de campeonato. A la primera losa que lleva encima Montero me referí la semana pasada cuando decía que esa obligación de meter ellas y ellos en todas las frases, conduce a defecaciones como la de portavozas. La segunda losa es la necesidad que tienen los populistas de decir siempre muchas cosas, muy rápido, elevando el tono y terminando con algún remate demagógico que provoque un aplauso enardecido. Tienes que ser muy bueno, Pablo Iglesias es buenísimo, para no meter la pata cada dos por tres. Yo, que creo que tengo un buen control de la oratoria, sería incapaz de hablar a esa velocidad sin decir dos o tres soplapolladas por minuto. E Irene Montero tiene todavía mucho por aprender. Esta misma semana de nuevo derrapó y soltó que las mujeres en España: “no tienen una hora del día libre para dedicarse a ellas mismas; a darse una ducha, a leer un libro o a ver un programa de TV”. La que le ha caído. Intentando defender a las mujeres trabajadoras y las llama, en una misma frase, incultas y guarras.

Pero no siempre los populistas meten la pata por su diarrea dialéctica. Otros, como Trump, dicen mamonadas incluso después de reflexionar un buen rato. Imagino que habrán escuchado lo que dijo sobre su magnífica idea para acabar con las matanzas en las escuelas. “Hay que armar a los profesores”. Y no es una noticia de coña de “EL Mundo Today”. Lo dijo el tío en serio. O sea; en pleno debate sobre la necesidad de controlar las armas y el presidente de la Nación proclama que su idea es armar y entrenar a los profesores. Sólo falta que proponga que las puertas de las aulas sean como aquellas de doble hoja de los “Saloon” de las pelis del Oeste para que pensemos que, definitivamente, el exceso de laca le ha afectado al riego neuronal.

Que, hablando de laca, increíble el cambio de aspecto de la anticapitalista, antisistema, antiEspaña y yo qué sé qué antis más, Anna Gabriel. Que se nos ha hecho más pija que Tamara Falcó. La cosa tiene gracia. Es como ver al actor Arturo Fernández militando en Femen, o al presidente de WWF yendo por China a cazar Pandas. Una anticapitalista, antisistema, atea, en un país cuya bandera tiene una cruz, que es el paraíso del capital y que tiene normas escritas y no escritas como para detener un AVE. Conozco muy bien Ginebra. Amo profundamente esa ciudad en la que viví 3 años y hace bien la Gabriel en camuflarse y quitarse ese aspecto de mujer-modelo de Irene Montero, (la que no se ducha)… Porque allí, si se encuentra un perroflauta, comprobará que el perro es un dálmata con correa de Louis Vuitton y el dueño, sin duda, llevará una flauta de oro de Cartier.

DEPENDE

Qué pesaditos están. Todos. No sé qué pasa, pero según en qué trinchera te pillen los asuntos, se dice una cosa y, al día siguiente, la contraria con una soltura admirable. En eso los políticos son unos maestros. Depende. Si se acusa de corrupción a tu partido miras con desprecio al que te lo reprocha invocando la presunción de inocencia y diciendo que son casos excepcionales y que, los corruptos, están fuera de tu partido. Pero, si al día siguiente, ese mismo caso de corrupción o uno similar, le surge al partido de enfrente, a ese mismo político se le hincha la vena de la honradez, se pone entre los dientes el cuchillo de matar corruptos y exige dimisiones al adversario sin esperar a que haya sentencias judiciales.

O lo de Cataluña. Para media población, Junqueras, los Jordis y compañía son unos delincuentes que se han saltado yo qué sé cuántas leyes para dar un golpe de Estado. Para la otra media, son unos héroes, encarcelados por sus ideas, que sufren los rigores de un estado fascista. Igual que Puigdemont, que se ha tenido que ir al exilio. El pobre.

Claro que lo más gracioso de todo; ese depender de dónde te toque la cosa, ha sido de campeonato mundial con la portavoza de Podemos y Podemas, Irene Montero. Tenía que pasar.

Era obvio que tanta tontería, tanto esfuerzo por no dejar ni una frase sin sus ellos y sus ellas, queridos lectores y queridas lectoras, tenía que acabar en una defecation como la Cibeles de grande. La pobre de la Montero soltó lo de las portavozas y, al segundo y medio, se dio cuenta de que la había cagado. Incluso se le cortó la voz cuando constató que ya no había remedio. Eso pasa a veces cuando uno habla en público; metes una gamba del tamaño de un atún, lo percibes enseguida y te recorre un frío por la espina dorsal que va desde la nuca hasta el mismísimo esfínter. Si llevas mucho en el negocio, puede que hasta ni se te note, pero si la deposición es como la de la portavoza de Podemos y Podemas, pues a los 10 minutos estás en las redes corriendo como la pólvora.

Y lo de siempre; tooooodos los enemigos de Podemos aprovecharon para dar caña. Y tooooodos los amigos de Podemos intentaron convertir un simple patinazo, aderezado con algo de incultura, en una defensa de los derechos de las mujeres. O sea; que todo es relativo, que depende.

Lo de la relatividad de las cosas lo va aprendiendo uno con la edad. La vida te va enseñando que lo que tú ves rojo brillante desde tu lado del cristal, otro lo puede estar viendo, desde su lado, no como un rojo apagado, sino como un verde brillante. Clarísimamente verde. Uno, poco a poco, se va dando cuenta de que hay siempre dos maneras de ver las cosas, pero hay sucesos de tu vida que son como un tantarantán; que te dan una idea muy clara de ese “depende”. Era el invierno de 1987. No recuerdo si a finales del 87 o a comienzos del 88 estaban muy activas las cosas en torno a la participación de España en la OTAN y un grupo de pacifistas había decidido manifestarse ante la embajada de EEUU en la confluencia entre las calles de Serrano y Diego de León, en Madrid. El despliegue policial era exagerado. O eso nos pareció a los periodistas que estábamos por allí, hasta que uno de los veteranos dijo: “Eso es porque saben que va a haber hostias”. A mí me pareció la típica frase preventiva de viejales para poder sentenciar luego: “Ya os lo había dicho yo”. Porque aquello parecía un prado de Woodstock lleno de hippies, ninguno de ellos con pinta de ser agresivo.

Uno de los pacifistas, que iba vestido de pacifista, leyó un beatífico comunicado que yo grabé con mi cassete y me fui a preparar mi crónica. Cuando estaba listo, me metí en una cabina de teléfonos porque Ana Rosa Quintana (que era la directora del programa local de Antena 3 de radio) me iba a dar paso en cualquier momento. En una de esas mentirijillas tan típicas de la radio, Ana Rosa me dio paso diciendo: “Nuestro compañero Carlos Gª Jirsfil, está con la unidad móvil número 7 en la calle de Serrano”. Yo conté que había un gran despliegue policial, pero que no había habido incidentes y que íbamos a escuchar un fragmento del discurso. Como se hacía entonces, coloqué el cassete sobre el micrófono del teléfono y le di a Play. Mientras se oía al pacifista, de repente, comenzaron los bofetones y las carreras. Volví a coger el teléfono para contar los incidentes de última hora, pero me habían cortado. Y, mientras intentaba recuperar la línea, empezó a oler a gasolina. Cuando me di la vuelta, en la puerta de la cabina había un tío encapuchado que estaba rodeando todo con trapos empapados en combustible. Tenía una caja de cerillas en la mano y, con el soniquete ese de los yonquis muy colgados, me dijo: “Sal de la cabina que la voy a quemar”.

Yo estaba en esa edad en la que uno está dispuesto a morir por otras cosas aparte de por su familia y amigos más íntimos. Y, en vez de salir de la cabina y mandar a tomar vientos al tontolnabo de la capucha, me puse a discutir con él y me quedé dentro. El psicópata encendió una cerilla y la lanzó contra los trapos. Tuve la suerte de que el fósforo se apagó en el trayecto. Se me hicieron largos esos segundos en los que pasan las cosas muy despacio mientras pensaba; “este hijoputa no va a ser capaz”. Y lo fue. Al instante se agachó, encendió otra cerilla y la aproximó a los trapos impregnados de gasolina. Para mi fortuna, un compañero de una agencia que estaba flipando con la escena, me agarró del chaquetón y me sacó de un tirón de la cabina. En el momento en el que mi pie salía por la puerta metálica, la gasolina entró en combustión y la cabina se convirtió en una pira funeraria. Yo, en vez de irme a matar al anormal que me había hecho aquello, le di las gracias a mi colega y me puse a correr como un loco para encontrar un teléfono desde el que llamar a la Radio. Entré muy azorado en una tienda, le conté a la dueña como pude el lance y llamé a la emisora a narrar mis dramas. El primero; dejarle claro a la audiencia que la unidad móvil número 7 de Antena 3 era una mierda de cabina telefónica. El segundo, que había estado a punto de inmolarme por el periodismo por gilipollas. Y el tercero, darme cuenta de que el episodio, que a mí me puso las pulsaciones a 250, a Ana Rosa le provocó esa risa que les da a las madres cuando un hijo hace una trastada. Yo estaba convencido de que mi hazaña de reportero intrépido iba a conmover los cimientos del periodismo (¿por qué no un Pulitzer?) y mi jefa lo único que hizo fue descojonarse.

LAS MUJERES TONTAS

Sé que me la estoy jugando. Sobre todo porque, si alguien se queda solo con el título, me pueden caer bofetones con mano abierta. Pero con todo lo que se está hablando en los últimos días de las mujeres, me apetecía decir un par de cosas. Ayer mismo, de nuevo, surgió el tema por la elección de Luis de Guindos como candidato español a la vicepresidencia del Banco Central Europeo. El PSOE prefería, como sugería el Parlamento Europeo, que la candidata fuera una mujer de perfil técnico, pero finalmente será el ministro de Economía nuestro candidato.

La semana pasada, el debate sobre la mujer estuvo en torno a la decisión de la Fórmula I de eliminar a las azafatas que adornan la parrilla justo antes del comienzo de cada Gran Premio. Y sí. Digo “adornan”, porque creo que esa es la función que se les da. Se ve a multitud de personas (la mayoría hombres) trabajando en los coches y auxiliando a los pilotos y, en medio del frenesí, decenas de mozas despampanantes sujetan un parasol o un paraguas mientras sonríen a todo el mundo como si ese paraguas fuera el estandarte de su ejército después de una victoria muy trabajada sobre el enemigo.

Y yo, lo siento, pero creo que la Fórmula I ha hecho bien. Y creo que el PSOE hacía bien ayer en reclamar que nuestra candidata fuera una mujer. Llevo mucho tiempo discutiendo con amigos acerca de las cuotas, porque yo creo que las cuotas sirven. Si viviéramos en un mundo ideal, no tendrían sentido, pero si miramos al mando en la mayor parte de nuestra sociedad, las mujeres mandan poco.

Muchos amigos reniegan de las cuotas aduciendo que no se debe premiar el sexo, sino el mérito. Claro. Eso estaría muy bien si todos los hombres que están en lugares preponderantes fueran los más brillantes de la clase. Pero ¿cuántos ineptos, estúpidos y/o malas personas están ahí arriba sin merecerlo? Yo reclamo el derecho de las mujeres tontas y de las hijaputas a ocupar puestos relevantes en nuestras empresas. Y el día en el que pase esto, cuando estén arriba en análogo número mujeres y hombres, listas y tontas, tontos y listos por igual, será porque estemos en la verdadera igualdad. Mientras llega ese día (y creo, evidentemente, que hemos mejorado, pero estamos lejos) debe haber políticas de paridad, y una manera de aplicarlas es eliminar esos lugares en los que las mujeres tienen un papel subordinado en el que simplemente adornan mientras ejercen tareas tan básicas como la sujeción paragüera o la administración de líquidos al piloto de turno.

Entiendo que a las pobres chicas que van a perder sus empleos les parezca mal. Pero estas muchachas deben aceptar que esto no se hace pensando en ellas. Esto se hace pensando en todas esas mujeres del mundo que sufren por ser mujeres. Eso de la “cosificación”, que es un palabro horrible, pero es real. Y la mayor parte de las cosas malas que les suceden a mujeres de todo el mundo son consecuencia de la cosificación; de convertirlas en algo parecido a un objeto. Y no tenemos que irnos muy lejos. El piropo inapropiado, el leve acoso en el trabajo a la subordinada que le gusta al jefe. El novio que controla lo que viste su novia, hasta aquel al que un día se le escapa un bofetón. Desde el padre que domina a su hija, hasta el desalmado que le corta el clítoris a las mujeres de su familia. Cuando se hacen políticas de igualdad, no se piensa en las azafatas.

Es cierto que todo esto, siempre, se baña en sectarismo político y que las feministas radicales no ayudan mucho a que el feminismo caiga bien en según qué entornos. De hecho en los últimos días se han visto memes circulando en los que salían dos fotos; una mostrando a 5 azafatas espectaculares luciendo palmito y, la otra, enseñando a 3 mujeres cubiertas con el velo islámico. Y se preguntaba; ¿Qué mujeres están subyugadas por el machismo y cuáles ejercen su libertad? Porque hay que reconocer que, sobre todo en la izquierda, hay un formidable pedorrismo en torno a este tema y me choca que mis amigos progres de salón sean incapaces de censurar al Islam, mientras están siempre con la escopeta cargada para disparar al primer obispo que patina ligeramente. Yo he discutido innumerables veces con amigos que defienden que las mujeres musulmanas llevan velo por una decisión propia. Y me descojono. Esa frase en boca de muchas mujeres musulmanas a mí me parece el gran triunfo de la cosificación de la mujer. Pero claro, si es difícil conseguir la igualdad entre hombres y mujeres en occidente, no les cuento lo que va a ser esto en los países bajo influencia islámica. Pero, igual que cuesta horrores conseguir que la derecha acepte que las cosas deben avanzar, a la izquierda le cuesta tremendamente llamar a las cosas por su nombre y la subyugación de la mujer en los países musulmanes, no es machismo; es, para un buen número de progres “comme il faut”, parte del acervo milenario islámico.

Les pasa con todo. Yo, por ejemplo, no me estoy quedando sordo. Estoy empezando a tener diversidad funcional sensitiva. Los ciegos son invidentes o personas con baja visión, los paralíticos de mi infancia, pasaron a ser minusválidos en mi adolescencia, posteriormente; discapacitados y, hoy, ya eso nos suena mal y hablamos de personas con capacidades diferentes. Aunque el remate de la búsqueda de nuevas maneras de denominar se logró hace ya unos años, cuando se eliminó el INEM, para crear el Servicio Público de Empleo Estatal, cuyo penoso acrónimo es SEPEE. Quizás por eso, en la época de ZP, el empleo fue como el culo.

NO ME ACOSTUMBRO

No me acostumbro. Y mira que llevo más de 30 años trabajando y me ha pasado esto muchas veces. Pero no me acostumbro.

Hoy he firmado los finiquitos de los 19 trabajadores que hacían conmigo el programa “Seguridad Vital” en TVE1. Anoche tuvimos una de esas cenas de despedida en las que uno tiene que sobreponerse a la pena y a la rabia y pedir a todos que se vayan al hoyo con algo parecido a una sonrisa. Que piensen, como yo hago, que haber mantenido durante 133 semanas un programa en el aire es un milagro y que, lo que tenemos que hacer, es dar las gracias, cada uno a quien quiera, por haberlo conseguido.

Yo le doy las gracias al equipo por trabajar tanto y tan bien y a TVE por abrirnos la puerta en junio de 2015. Le doy también las gracias a Dios, aunque no sé si mejor dárselas a mi madre, que se hartó de ponerle velas a todos los Santos que conoce (y son unos cuantos) para que el programa de su hijo viera la luz. Y le doy las gracias a mi mujer, a mis hijos, a mis hermanos y a tantos amigos que me animaron en los años jodidos, en los que ni imaginaba que mi productora iba a volver a tener un programa en el aire. Uno de esos amigos fue Jesús Hermida. La tarde antes de comenzar a morirse, estuvimos merendando en su casa. Fue una especie de merienda de despedida. No tenía ningún sentido, pero él estuvo toda la tarde como despidiéndose de mí. Hablamos sobre el programa que íbamos a arrancar y me insistió, como siempre, en que tuviéramos elementos de distinción, que no me conformase con lo que saliera en el primer piloto y, como remate, me dejó una frase muy hermidiana. Muy obvia, pero llena de razón: “Haz lo que te dé la gana, Filfilito. Pero hazlo bien. Joder.” Y luego seguimos hablando del mar y de los peces hasta que me dijo adiós desde el umbral de la puerta de su casa en una despedida que, no sé por qué, ambos teníamos la sensación de que era la última.

Hermida me enseñó muchas cosas. Entre otras a ser siempre un bonito cadáver. A no dar pena. Y creo que, aunque él era muy de ciclos y pasaba por momentos muy bajos, me transmitió frecuentemente esa idea de sonreír ante la adversidad, de no provocar lástima y de entrar en la tumba con una sonrisa y, a ser posible, sin que parezca forzada.

Yo podría estar muy cabreado. El programa es casi cada domingo líder de audiencia, estamos siempre por encima del mínimo que nos marcaba la cadena en el contrato, somos baratos, tenemos prestigio en el sector y nos dan premios cada dos por tres. O sea; que no había motivos objetivos para quitarnos de en medio. Pero tenemos que irnos. Y prefiero quedarme con lo bueno. Claro que no estoy contento, pero, por mi experiencia, quejarse y amargarse solo sirve para dormir mal y, probablemente, para conseguir que los que te rodean te consideren un pesao. Por eso anoche le insistía mucho a los 19 estupendos de producción, realización y redacción en que pensemos que este programa nos ha hecho a todos mejores y que, si tenemos suerte, dentro de poco estaremos todos, juntos o por separado, haciendo otras cosas. Yo ya ando con 3 proyectos en la cabeza, estoy dando clases de inglés y, dentro de dos semanas empiezo un máster. O sea; que no es que estemos para bailar de alegría, pero estamos muy lejos de tener cara de funeral.

Decía antes que esta manera de afrontar los problemas la aprendí, en parte, gracias a Jesús Hermida. Pero mis primeros y más cercanos maestros fueron mis padres. A mi padre jamás se le cayó de la boca esa frase de “Dios proveerá”. Es cierto; a Dios, a veces, le cuesta un huevo proveer, pero ese optimismo yo lo tengo muy metido en el cuerpo. También ayudó mi madre. La vida le dio, desde luego, algunos motivos para estar triste, pero ha sido una mujer alegre y optimista siempre y nos ha transmitido a sus hijos y a todos los que la rodean un sentimiento de agradecimiento a la vida por habernos tratado bien.

Yo, por eso, quiero llegar a los 80 como ella. Hace unos meses, en El Corte Inglés, le regalaron un bono de 3 sesiones de láser y otras 3 de ingles. Las señoras saben seguro de qué va la cosa, pero mi madre, que tiene el despiste propio de la edad, entendió: “3 sesiones de inglés” y se fue a una señorita a decirle que las 3 sesiones de láser no le interesaban nada (no se veía ella peleando con Darth Vader), pero que las de inglés le apetecían tremendamente.

No sé cómo reaccionó la dependienta, pero sé que mi madre, unos días después, nos lo contó, como cuenta otras tantas cosas de su vida, ahogada de la risa con una mezcla de vergüenza y de “pues me da igual, hijo”, que es el talante que hay que tener ante estos sucedidos.

Y ese es el espíritu con el que me gustaría llegar a la jubilación porque me parece maravilloso que mi madre siga pensando en hacer mil cosas y en aprender. Todas las semanas acude a una residencia de ancianos a echar una mano, se reúne con varios grupos de amigas, va al cine, ayuda a sus hijos, cuida, lleva y trae a diversos nietos y, una tarde a la semana, hace timba de cartas y despluma a sus amigas jugando al “Maquiavelo” o al “Conti”. Si algún día se derrumba su casa (Dios no lo permita) las probabilidades de que el techo caiga sobre ella son ínfimas. Y, lo de aprender, no es broma; cada dos por tres me pregunta si hay alguien que le puede dar clases de informática, estudia inglés a salto de mata y sigue convencida de que, si se aplica, llegará a los 90 diciendo “tonic water” mucho mejor que su marido que, en 1973, pidió una tónica en un Teatro de Londres y le pusieron un Whisky Johnnie Walker.

 

PELIGRO DE EXTINCIÓN

Nunca me había sentido tan identificado con una ballena, un oso panda o un león del Atlas. Porque creo, francamente, que el periodismo de verdad está más cerca de la muerte que el rinoceronte blanco. Entiendo que, para la mayoría de la población, sea más fácil identificarse con esos animalitos que salen en los documentales, que con muchos de mis compañeros de profesión que han hecho que, al periodismo y a los periodistas, se nos mire con una mezcla de mala leche, desprecio y desconfianza. Hay que reconocer que nos lo hemos ganado a pulso, pero hoy no solo quiero hablar de la parte de culpa que tenemos nosotros en el asunto. Sino de lo terrible que puede llegar a ser para una sociedad que la prensa pierda su sitio, que nos quedemos, como dijo ayer Victoria Prego, sin una prensa libre, fuerte e independiente.

Por si alguno no lo sabe, Victoria es la presidenta de la asociación de la Prensa de Madrid. Ayer celebrábamos el día del Patrón, San Francisco de Sales, y en la sede del antiguo diario Madrid se entregaban distinciones a periodistas jóvenes y a veteranos a los que, como dijo el nonagenario Arturo Pérez López, en los cumpleaños les salen más caras las velas que la tarta. Victoria hizo un discurso realista, duro, en el que se lamentaba del cierre de Tiempo e Interviú y de ver cómo esta nueva era puede terminar extinguiendo el periodismo. Decía la Prego, y tiene razón, que sin ese periodismo libre de verdad, que sea un factor de control del poder, “no hay democracia que aguante”. Y a muchos les puede parecer exagerada la sentencia, pero yo estoy absolutamente de acuerdo con ella.

El principal problema lo tiene la prensa más tradicional; los periódicos. El papel. No sé cuántos de ustedes compran habitualmente el periódico. Yo leo todos los días 5, pero llevo sin ir al kiosko desde hace mucho tiempo. Antes, me gastaba cada día, al menos, 3 euros en prensa. Compraba El País, El Mundo y el Marca y siempre caía algún otro periódico que tenía ese día una exclusiva, o un reportaje, o una entrevista especialmente interesante. O sea; yo solito, sin contar las revistas que compraba, daba a los editores más de 1.000 euros anuales. Que hoy no me gasto. ¿De verdad pensamos que se pueden sostener las redacciones sin que paguemos por ellas? Yo creo que no. Lo tremendo es que, para que esto se solucione, tendría que haber un acuerdo entre editores que está prohibido por las leyes de la competencia. Oigan: cobremos a los que nos quieran leer a través de internet. Pero es, por desgracia, la única salida.

Puede que no seamos muy conscientes, pero la prensa libre, la prensa independiente, la prensa que tiene que controlar a los poderes, debe ser fuerte, porque los gobiernos, los partidos políticos, las empresas del IBEX tienen que saber que hay alguien ahí fuera que les va a decir NO si están haciendo algo reprobable. Con una situación de precariedad como la actual, los medios están cercanos a la quiebra, los periodistas ganan sueldos de mierda y tienen que dar gracias por no engrosar las listas del INEM. En estas condiciones ¿Va a arriesgarse un medio a perder una campaña de publicidad institucional o de una empresa fuerte publicando una información que le toque las pelotas a su anunciante? ¿Va un periodista a arriesgarse a perder su empleo por una exclusiva de esas sensibles que provocan llamadas de presión y reuniones en las que lo único que falta es sacar cuchillos? Yo sé que no.

Por eso es muy importante que todos seamos conscientes de que esto cuesta dinero. Mucho dinero. Y que tenemos que pagar por ello. En varias Cabras he hablado de mi lucha contra la piratería. En mi casa no se piratea. Mis hijos tienen 12 euros mensuales para comprarse canciones en Internet y jamás hemos visto una película o una serie sin pagar por ella. En mi casa no ha entrado ni un solo CD o DVD de un mantero y es porque sabemos que, si no pagamos, es imposible que los creadores sigan creando. Con el periodismo pasa igual. Ayer le daban un premio a la familia de uno de mis maestros; Jorge del Corral. Jorge decía que su padre, su hermano y él habían logrado vivir más que dignamente del periodismo y que, hoy, su hijo y su sobrino van haciendo equilibrios para llegar a fin de mes. Si llegan. Y Jorge fue siempre un ejemplo de PERIODISTA al que le importaba dos o tres pares de cojones, si le llamaban de Zarzuela, de Moncloa, del más grande Ayuntamiento o del despacho del Presidente de uno de los principales anunciantes. Si tenía una noticia y estaba contrastada, aquello iba a misa y Jorge era capaz de dejarse matar por ella y por sus periodistas.

No sé en cuántos medios hoy eso es posible. Lo que sí sé es que, si no hacemos algo, esto se va al hoyo. Es cierto que nosotros, los profesionales, tampoco hemos ayudado mucho a darle gloria a nuestra profesión. Pero estamos a tiempo de remediarlo. Solo hace falta que los empresarios periodísticos puedan ganar dinero y que en las redacciones haya gente bien pagada. Y luego, si tienen la misma suerte que tuve yo, que en esas redacciones haya maestros que, como me pasó a mí con Jorge, con Hermida y con tantos otros, nos recuerden que hay que ser rigurosos, que debemos contrastar delicadamente las noticias y que debemos decir siempre la verdad. Yo debo reconocer que, en ese aspecto de no mentir jamás, llegué al periodismo con ventaja quizás por la mala conciencia. Recuerdo cuando hice la Primera Comunión, que, cada semana, en el Colegio, nos confesaban. Yo era un niño bueno en líneas generales y, claro, nunca sabía qué contarle al cura, de manera que me inventaba pecados. Con lo cual, en mis Confesiones, durante mucho tiempo, entré en un bucle pecaminoso del que no sé si algún día me sacará una indulgencia plenaria de Su Santidad.

 

DE-MO-CRA-CIA

Igual hay que deletrearlo. Porque, claramente, ni Puigdemont ni los cientos de miles (o millones) de catalanes que le apoyan parecen saber de qué va esto. Porque, como les ocurre a muchos liberticidas, utilizan estos conceptos sagrados para quitarse la mala conciencia y los pervierten. Escuchar a los de la CUP dándonos lecciones de democracia, ver a Junqueras enarbolando la bandera de la concordia o ser testigo, anoche, de cómo un golpista responde al Rey desde las televisiones en primetime, daría risa si no fuera patético, triste, indignante, preocupante y gravísimo.

Nunca pensé que fuera a citar por lo positivo a Alfonso Guerra. No está el ex-dirigente socialista entre mis políticos favoritos, aunque siempre me haya hecho mucha gracia. Pero ayer dejaba clarísimo lo que está pasando en Cataluña y citaba a uno de mis escritores preferidos; Stefan Zweig. Zweig se tiró media vida alertando de los horrores del nazismo, diciéndole a quien le quería oír que lo que estaba pasando en Alemania a finales de los años 20 y principios de los 30 iba a acabar en una tiranía de consecuencias imprevisibles. Zweig decía que, cíclicamente, los pueblos se entregan a los tiranos que les ofrecen el cielo, la gloria y la certidumbre, siempre con discursos trufados de lirismo, épica y valores elevadísimos. Y la teoría de Zweig era que la masa acaba renunciando a su libertad y a muchos de sus derechos esenciales a cambio de que alguien les ilumine el camino hacia un futuro mejor y lleno de dicha. Según el pensador austríaco, esa entrega al líder es una especie de vuelta a la infancia; una búsqueda del padre y la madre, que nos dan todas las certidumbres, la protección y la seguridad que necesitamos para apartar de nuestras vidas la angustia.

El tirano hoy en Cataluña no es el juez que ordena a la policía que se cumpla la Ley. Ni es el Rey. Ni es Rajoy. Los tiranos hoy en Cataluña son estos políticos que, utilizando unos medios serviles a lo Goebbels, han llevado a miles de catalanes al delirio, vendiéndoles la tierra prometida de la Independencia en la que no habrá más penurias y en la que los españoles, tan malditos hoy para el independentismo, dejarán de robar, de oprimir su libertad y de maltratarles en cargas policiales inaceptables. Y en ese acompañamiento en el delirio, cientos de miles de personas inteligentes están convencidas de que tienen razón. Y si les dices que se están saltando la Ley te miran como si fueras el peor fascista; con esa mirada entre el desprecio y la superioridad, porque no te das cuenta de que uno se puede saltar la Ley si eso es lo que el Pueblo quiere. Aunque ese Pueblo, cada vez que se le ha preguntado con todas las garantías democráticas, en un proceso electoral serio que no fuera como el Refemiérdum del domingo, les ha dicho a estos que NO.

Hace poco leí una versión comentada de “Mein Kampf”, ese librito encantador de Adolf Hitler en el que se leen cosas que recuerdan tremendamente a algunos discursos de los que promueven el golpe de Estado de Puigdemont. Y en ese libro se dan algunos datos que dejan claro que no siempre el Pueblo tiene razón. Porque en 1946, en Alemania, no quedaba un nazi. No es que los mataran a todos o que se hubieran ido al exilio. Es que nadie reconocía que había apoyado a los de la Cruz Gamada. Pero ¿saben cuántos educadores formaban parte en 1934 de la Liga Nacionalsocialista de Profesores? ¡¡¡240.000!!! ¿Saben en cuántos hogares había un ejemplar de Mein Kampf en 1939? En 12 millones y medio. Y podría seguir dando datos del enooooorme apoyo popular con el que contaba el nazismo en Alemania incluso antes de la llegada al poder de Hitler. Y Hitler, como está pasando hoy en Cataluña, pervirtió las instituciones para quedarse solo. Llegó al Parlamento alemán sin una mayoría absoluta y, abusando de la democracia, acabó con la democracia. Y eso, y no otra cosa, es lo que está pasando en Cataluña.

La Ley es mucho más importante de lo que nos puede parecer cuando, lo que nos apetece, es pasárnosla por el escroto. A todos nos ha sucedido. Nos parecen bien las normas, las multas, las leyes, hasta que se nos aplican a nosotros. Y cuando esto sucede, por lo general, pensamos que las leyes son menos justas. Y, si alguien desde el gobierno nos abriera la puerta a la insumisión, si se nos dijera: “no paguéis, no cumpláis, que no va a pasar nada”, aquí no aceptaría las leyes ni Dios. Esto es lo que está pasando en Cataluña. ¿Estoy yo negando que haya un apoyo popular incontestable? No ¿Estoy yo negando la posibilidad de que alguien cambie nuestra Constitución e, incluso, eche a nuestro Rey usando la Ley? No. Lo que estoy diciendo es que, cuando le abres la puerta a la turba nunca sabes quién va a tener cojones de cerrarla. Y empieza a haber ejemplos que erizan los pelos de la nuca. Los escraches a Guardias Civiles y policías, los insultos a los que no opinan como los de la manifa y el acoso a los periodistas que informan de lo que pasa. Es curioso; incluso han acosado a un referente de uno de los medios que han sido más complacientes con Puigdemont y con el entorno indepé. Ayer Antonio García Ferreras comprobó en carne propia, afortunadamente sin consecuencias, que, cuando se abre la puerta a la insurrección, parar el Tsunami puede ser complicadísimo.

Y no quiero ni imaginar lo que va a ser cuando detengan y pongan a disposición judicial a Puigdemont, Junqueras y Forcadell, que es lo que espero que suceda antes de que sea demasiado tarde.

FASCISTAS

La primera vez que me llamaron fascista fue en una asamblea en la Facultad de Periodismo de la Complutense. Se debatía sobre una huelga de estudiantes. Se levantó uno que era un anticipo de Pablo Iglesias para pedir poco menos que la hoguera para todos los esquiroles que intentaran sabotear la huelga. A mí, que siempre he sido un romántico, se me ocurrió incorporarme a reclamar que respetásemos el derecho de los que no querían hacer la huelga. En qué momento. El muchacho que iba, como yo, disfrazado de Trotsky, levantó a las masas contra mí diciendo que yo habría estado mucho más feliz en Chile, con Pinochet y me acusó con su dedo índice: “¡¡¡Fascista!!!”. Con lo rojo que yo era.

Es una cosa curiosa que merecería un análisis más profundo que el de una Cabra de dos folios. Pero me ha resultado siempre chocante cómo utilizamos en la vida diaria la palabra fascista como un insulto al que no opina como nosotros, aunque ni sus ideas políticas, ni sus modos, tengan que ver un pimiento con esa ideología política que llevaron a su culmen, primero, Benito Mussolini, luego el nazionalsocialismo de Adolf Hitler y, posteriormente en España, el nacionalcatolicismo de Francisco Franco.

Probablemente muchos sepan que, en la última semana, miles de catalanes han calificado como fascista a Joan Manuel Serrat porque se le ocurrió decir que el referéndum no era transparente. Pobrecillo. Le ha caído la de Dios y, quizás lo peor para él, es que, sin quererlo, se ha convertido en un símbolo para los del otro lado y gentes que, probablemente a Serrat no le gustan un pelo, ponen hoy su “Paraules d’amor” como se ponía durante la dictadura “L’Estaca” de Lluis Llach.

Otro momento reciente fue cuando el penoso espectáculo del Parlament aprobando deprisa y corriendo la Ley de Transitoriedad. Me sorprendió ver a muchos calificando a los de Junts Pel Sí y de la CUP como fascistas. No dudo de que, entre los de Junts Pel Sí haya algún ex-CiU que levantara el brazo de pequeño al son del “Cara al Sol”, pero entre los de la CUP si abunda algo son los comunistas y los antisistema. Pero, claro, a nadie se le habría ocurrido gritar como un insulto: “¡¡Comunistas, que sois unos comunistas!! Y eso yo creo que es porque una de las cosas que tuvo la dictadura de Franco es que, a los ojos de los españoles, hizo mejor al comunismo que al fascismo. En aquellos años oscuros, los comunistas fueron los únicos que, desde la clandestinidad, trabajaron de verdad contra el Dictador. Para afiliarse al PCE clandestino, no era necesario comulgar con el marxismo, sino, sencillamente, querer que en España hubiera democracia. Y allí estaban afiliados comunistas puros de hoz y martillo, con socialistas, liberales y hasta con demócratas-cristianos. Este hecho y el regreso de Carrillo mostrando que los comunistas no tenían rabo, ni cuernos, ni la piel roja llevaron a que, en España, no suceda como en otros países en los que el comunismo está igual de mal visto que el fascismo. De hecho, uno de los momentos cumbre de nuestra transición, quizás la puerta que abrió definitivamente España a la democracia fue, precisamente, la legalización del PCE.

La cuestión es que, en España, el comunismo tiene una imagen mil veces mejor que el fascismo, aunque debamos reconocer que, en el número de sátrapas a los que han soportado, ambas confesiones políticas están empatadas. Es obvio, también, que fascismo y comunismo están a la par en su odio cerval al disidente y a todos los que no siguen a pies juntillas la ideología oficial. Y ambos movimientos políticos tienen un número análogo de muertos en el zurrón. No pretendo con esto que recuperemos el insulto tan de la época de Franco de: “¡Comunista!”, pero sí que intentemos entre todos llamar a las cosas por su nombre y no confundir, como decía una amiga mía “churras con meninas”. Claro que el campeonato mundial de confundir cosas no se lo habría llevado esta amiga que no sabía de ovejas, sino una señora, de Barcelona precisamente, que vino hace unos años a Madrid pasar unos días en casa de unos amigos míos sin su marido ni sus niños. Caminando por el centro con mis amigos, la pobre se comió un bolardo de esos de un metro y pico de alto que ponen para impedir que los coche aparquen. El bolardo se le incrustó en salvo sea el sitio y esta mujer estuvo unos segundos retorciéndose de dolor agarrándose la zona pélvica. Cuando pudo articular palabra no fue para reclamar asistencia sanitaria, o para cagarse en el alcalde de Madrid, o para lamentar su despiste. No. Entre suspiros de dolor, con singular angustia, sólo pudo balbucir: “¿Y cómo le explico yo a mi marido este hematoma?”

 

PERIODISMO QUE HACE DAÑO

Lo reconozco. Esta Cabra la escribí anteayer con mucha mala leche en el cuerpo. Y a las cosas conviene darles reposo. No es que sea yo muy reposado, pero suelo pasar mis Cabras más complicadas a amigos y familiares inteligentes y, afortunadamente, me advirtieron de que se me veía la vena desde cinco kilómetros y con niebla. Y le hice una rebaja de tono considerable.

Digo esto porque yo confieso que, como la mayoría de los que hemos practicado algún deporte con fruición, muchas veces soñé con ser portada de As o de Marca. Quién me iba a decir que, a los cuarenta y tantos, iba a conseguirlo en ambas cabeceras, a cinco columnas, después de una inolvidable cena entre amigos, que se acabó convirtiendo en una más que olvidable sucesión de traiciones entre periodistas.

Se han dicho muchas cosas sobre lo que sucedió en aquella cena del mes de febrero de 2008. ¡He oído tantas gilipolleces! La más delirante, que la cena fue urdida por Ramón Calderón para aplastar a Enrique Cerezo y, de paso, hacerle daño a Ángel Villar. Lo que es no tener ni idea de las cosas y no dedicar ni un minuto a contrastar las noticias.

Aquella cena era una más de la “Peña el Asador Donostiarra” que montamos Gaspar Rosety y yo cuando servidor presentaba el programa “Fútbol es Fútbol” de Telemadrid. Un día quise llevarme a cenar a los tertulianos al Asador. Lo pasamos muy bien y Gaspar y yo decidimos organizar cada mes una cena e invitar a algún personaje. Normalmente, al famoso de turno le regalábamos una caricatura en barro que yo encargaba a unos artesanos de Valladolid. Siempre era algo afectuoso, con un puntito de mala leche y, en general, el personaje quedaba contento con el detalle. Aquel día el invitado era Ángel Villar; yo esa semana estaba hasta arriba de trabajo y no me dio tiempo a encargar la caricatura. Por la mañana hablé con Gaspar, que entonces trabajaba en el Real Madrid, y le dije que no había encontrado tiempo para pedir la figurita y que teníamos que pensar un regalo para nuestro invitado. No recuerdo si a Gaspar o a mí, se nos ocurrió que, dado que Villar alguna vez sonó para jugar en el Madrid, le íbamos a regalar una camiseta madridista con el 8, que fue su número en el Athletic y en la Selección. Cuando nos estábamos despidiendo, Gaspar cayó en que esa noche, a las 12, comenzaría el sexagésimo cumpleaños de Enrique Cerezo y decidimos que, en plan coñón, le íbamos a regalar también a él una camiseta, no con el 60, sino con el 1. Y por la noche tuvimos nuestra cena. Como siempre con un ambiente estupendo y, como siempre, hicimos el numerito final del regalo al invitado. Por sorpresa, Gaspar anunció que era además el 60º cumpleaños de Enrique y empezamos todos allí a cantar el cumpleaños feliz mientras algunos pedían a Ángel Villar que se pusiera la camiseta del Madrid. Ángel accedió sin problemas y hubo enorme cachondeo cuando Gonzalo Miró le dijo a Cerezo: “Presi, a ti ni se te ocurra ponértela”. Y allí posamos entre risas todos con ellos; junto a los peligrosísimos delincuentes que hoy aparecen día sí, día no en los periódicos.

Y se hizo la maldita foto que, oh sorpresa, ha publicado el diario El Mundo dos veces en los últimos días adornando una información sobre el caso Soule, que llevó a Ángel María Villar a prisión eludible bajo fianza. Por cierto, queridos compañeros de El Mundo, ¿Me queréis contar qué pinto yo, dos veces en una semana, en una foto de hace 9 años que apoya una noticia sobre presunta corrupción actual?

Decenas de amigos me han llamado para decírmelo. ¿Se hablaba de algún aniversario de aquella cena? No. ¿Se trataba de contar que los 4 de la foto emprendíamos juntos un proyecto empresarial? No. ¿Había muerto alguno de los 4 y convenía recordar este momento cumbre de nuestras biografías? Tampoco. Quizás si los periodistas que firmaban la noticia se hubieran hecho estas preguntas JAMÁS habrían publicado esa foto acompañando a una noticia sobre presunta corrupción.

El primer día, El Mundo transcribía una conversación entre Enrique Cerezo y Gorka Villar hablando sobre las elecciones en las que varios presidentes de federaciones no apoyaron a Ángel Villar, sino a su rival, Jorge Pérez. Y entrecomillaban alguna frase gruesa del presidente del Atleti hablando de estos directivos y de dónde debían ir a hacerle no sé qué cosa al presidente de la LFP, Javier Tebas. En las siguientes líneas relataban, basándose en las transcripciones de las grabaciones de la Guardia Civil, que el hijo de Villar había pedido a la secretaria de su padre en la RFEF que le enviaran jamón y tortilla, diciendo que eran para el Presidente. Hace tres días, de nuevo, reproducen una conversación entre Villar y Cerezo en la que ambos comentan la detención del ex-presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González. Y dice Cerezo: “Ese juez es de cuidado”, refiriéndose al juez Eloy Velasco, que fue el que envió a la sombra a González.

No niego que mis dos compañeros de El Mundo puedan optar algún día a un Pulitzer. Asumo que, para ello, tendrán que convencer al jurado con material de mayor peso que el que han mostrado, al menos, en las dos noticias en las que yo salgo. No voy a entrar en el hecho, para mí obvio, de que creo que ni el Papa soportaría un pinchado de su teléfono. ¿Mantendríamos cualquiera de nosotros nuestra credibilidad, la estabilidad de nuestras parejas y/o nuestras declaraciones ante Hacienda si alguien escudriñara y sacara de contexto nuestras conversaciones como están haciendo ellos? Porque no sé cómo es el juez este, ni sé si se puede considerar corrupción que alguien le pida a la secretaria de su padre jamón y tortilla. Lo que sé es que frases gruesas sobre jueces, políticos, empresarios, familiares y compañeros, las decimos todos y llevar conversaciones de este tipo sacadas de contexto a los titulares, puede que dé gustito periodístico, pero quizás cueste que lleven a nadie al trullo.

Hace tiempo hablé de las lecciones de periodismo que me dio Jesús Hermida pidiéndome siempre que, antes de publicar una noticia, me preguntase si esa información, o la manera en la que yo la contaba podía herir a alguien. Estoy seguro de que estos dos periodistas han debido tener maestros. De hecho conozco a unos cuantos buenos que les han pasado cerca. Lo que es obvio es que, en este caso, no dedicaron ni un minuto a preguntarse si tenía sentido publicar esa foto como ilustración a una noticia como esa, ni si tenía sentido meter en el saco a Ramón Calderón (imagino que les importó un pepino porque es uno de esos malos oficiales y es personaje apaleable) y a mí mismo. Al margen de que ambas noticias abundan en intentar socavar, tacita a tacita, la presunción de inocencia de Ángel María Villar, a la que, aunque les sorprenda, tiene derecho.

En fin, menos mal que, como siempre, se me quitan los malos humos cuando llego a casa. Sobre todo cuando mi hija la pequeña nos suelta, así, sin anestesia: “mañana me dan en el colegio una charla sobre sexo y efectividad”. Después del atragantamiento por sobrecogimiento grave, al ver nuestras caras, Macarena rectificó y dijo: “¡¡Que noooo, que noooo, perdón!!; de sexo y afectividad”. He de reconocer, aunque suene mojigato, que el cambio de la vocal nos dejó mucho más tranquilos.

SUEGROS

Reconózcanlo. Han pensado mal al leer el título de esta Cabra: “Suegros”. Han dicho para dentro: “pero qué cosa mala le habrá pasado a este pobre hombre con los padres de su Santa”. Porque siglos de convivencia familiar no siempre cordial han conseguido que parezca fea la palabra. O, al menos, que nos suene espantosamente. Es como féretro o sepulcro que, para mí, son palabras bonitas, pero, por lo que implican, acaban resultando desagradables. Pues con suegro sucede igual. Bueno; es más con suegra porque, en el imaginario popular, la suegra es una señora insoportable que se mete en tu vida como un tumor y la única manera de extirparlo es con la muerte. Yo habré tenido suerte, porque ambos, mi suegro y mi suegra, han sido todo lo contrario a lo que la pronunciación de estas 6 letras genera en la mayoría de los cerebros de las personas.

Los seguidores más fieles de La Cabra habrán notado que dejé de escribir semanalmente en febrero. El día 13 de aquel mes, mi suegro estuvo a punto de morir y, desde entonces, el pobre ha estado varias veces más cerca del féretro y del sepulcro, que del mundo de los vivos. Y, en estos doscientos y pico días, la verdad, me ha dado tiempo a pensar mucho y a valorar la importancia de dos personas que llegan a tu vida sin elegirlas, en el pack matrimonial que adquieres cuando te casas. No puedo decir que quiera a mis suegros como a mis padres, porque mentiría. No se puede querer a nadie como se quiere a un padre y a una madre. Pero sí puedo decir que les quiero mucho y que ambos han ayudado a que mi mujer y yo tengamos una vida mejor. Uno de los días en los que peor estaba mi suegro coincidió con un debate parlamentario muy enconado. No recuerdo de qué tema se hablaba, pero, como suele pasar en la política española desde hace demasiado tiempo, ahí estaban todos tirándose mierda los unos a los otros. Que si corrupción, que tú más, que eres un fascista, un bolivariano, que si la Ley de Memoria, que si las cunetas, que si referéndum, que si independencia. Y pensaba en que muchos de los que hoy se dedican a la política, deberían haber tenido un par de conversaciones con mi suegro. Mi “Padre en la Ley”, como dicen los británicos, es de los hombres más tolerantes que he visto. Es un español de contrastes porque tiene un carácter difícil, pero es de los tíos más afectuosos que conozco; no se le escapa un cumpleaños y, siempre, dedica un rato de su vida a comprar un regalo con el que agasajarte. En los niños, su carácter hosco y su voz potente y algo cascada, generan dos sentimientos; o el espanto más absoluto, o la admiración más rendida. Ningún niño es indiferente a mi suegro. Ni tampoco ningún adulto, porque es un tío gruñón y a la vez una de las personas más generosas que he visto en mi vida. Es muy inflexible y rígido para algunas cosas y, sin embargo, es un liberal profundo, aunque lleva en el ADN y en sus primeros años de vida una herida que le podría haber hecho un crispado de los que tanto gritan hoy en la tertulias. Cuando él tenía dos años escasos se llevaron a su padre a Paracuellos. En pijama. Y nunca mas lo volvió a ver. Y mi suegro aceptó ese espanto. Y aceptó que tras la muerte de Franco pudieran hacer política aquellos a los que se acusaba de la muerte de su padre. Y, curiosamente, tiene una visión de la vida, si acaso, más cercana a esa ideología que acabó con su padre que a la de los que eran de su supuesto bando. Y si alguien como él es capaz de exigir tolerancia, concordia y respeto para los que opinan diferente a nosotros. ¿No podemos hacer el esfuerzo, 80 años después, aquellos a los que no nos pasó nada? Pues parece que no. Y ahí estamos enredados y sin capacidad, ni gana alguna, de salir de la enorme madeja en la que nuestros políticos nos tienen atrapados desde hace ya años.

Sé que el tema da una pereza cósmica, pero es que acabo de oír en RNE a la portavoz de Podemos Irene Montero diciendo que “los ciudadanos y las ciudadanas catalanas lo que quieren es expresarse y hacer algo tan democrático como votar”. Y seguimos con que si la abuela fuma cuando los ciudadanos catalanes, que yo sepa, fueron convocados a las urnas 3 veces en 5 años por un President que pedía suficientes votos para plantear el “gran repte” y, por 3 veces, esos catalanes para los que hoy pide el voto Montero, le hicieron una enorme peineta a los independentistas y les han dicho que se monten y pedaleen. Pero no. Queda mucho mejor invocar la democracia, la libertad y el derecho a expresarse aunque, cuando el pueblo se expresa, si no dice lo que a ti te gusta, pues te parece mal y, como está pasando ahora, haces lo posible por pervertir la Ley para poner el terreno de tu parte.

En fin. Que dan ganas de mandar a todos estos a la habitación del hospital en la que está mi suegro (ya sentiría hacerle semejante faena) a ver si les daba a todos unas lecciones de democracia, de tolerancia y de liberalismo de verdad. O no. Para qué. Iba a servir para poco porque los políticos tienen tanta tendencia a modelar la realidad para adaptarla a su antojo que me recuerdan a la madre de un amigo mío que, a pesar de peinar muchas canas, seguía conduciendo como una loca por las carreteras de España. Un día, hace ya años, hizo un trayecto de 400 kilómetros en tres horas escasas. Cuando llegó al destino, su hijo le regañó y le dijo: “Pero, por Dios, ¡no puedes conducir tan rápido!”. Su madre, con la sinceridad que da la vejez, como si fuera la portavoz de cualquiera de nuestros partidos, le dijo: “Te juro, hijo, que no he pasado de 170”.

HALA, PUES YA ESTÁ

Decíamos ayer que es una extraña mezcla de cabreo, de pena, un pelo de angustia, otro poco de búsqueda de culpables y, como si fuéramos tertulianos, otro poco de “ya lo decía yo”. Pues ya lo tenemos aquí. Tanto hablar de que se rompía España y lo que está hoy roto, partido en dos, o en más pedazos, es Cataluña. Y no sé quién, ni de dónde, va a sacar el pegamento para recomponer la pieza. Es cierto que llevamos años en los que, pertinaces, hemos ido ayudando para que esto llegue; una Constitución malparida, unas transferencias delirantes, unos gobiernos de la nación en minoría cediendo lo que hiciera falta a Pujol and friends, una gestión de todo lo que rodeó a la reforma del Estatuto bien cagada primero por ZP y luego por Rajoy… Pero, entre los que han ayudado, también están todos esos catalanes que dicen que se sienten españoles y que, aún hoy, siguen metidos en ese enorme armario para que nadie les tilde de fascistas por no reírles las gracias a los independentistas. ¿Cuántos que se sienten españoles sonreían en el Camp Nou al ver aquellos carteles de “Catalonia is not Spain”? ¿Cuántos de ellos no han coreado alguna vez el “Independencia” en el minuto 17 de los partidos del Barsa, o han compartido felizmente los eslóganes grotescos de los indepés en las últimas Diadas? O, es más, ¿cuántos de ellos colgaron su bandera de España en los días en los que todo Dios colgaba en sus balcones su estelada, su senyera o, para que no te llamaran fascista, tu bandera de Andalucía, Euskadi o Extremadura? Porque hace 4 ó 5 años te paseabas por Barcelona y te daba la sensación de que TODO EL MUNDO quería la independencia. Y ahí es donde entra esa comparación que algunos hacen de un modo grueso al decir que en todo este proceso hay tics nazis y totalitarios. Evidentemente es un exceso comparar a los independentistas con los nacionalsocialistas, pero hay en ese apartheid, en ese obligar a no pronunciarse en público al que no siente como ellos, una parte de la depuración que con tanto éxito practicaron los nazis en Alemania o los Bolcheviques en todos los países en los que se impusieron. Es cierto que, de momento, no se han establecido campos de concentración ni Checas en Cataluña, pero viendo los modos que gastan y los discursos que pronuncian algunos de ellos, es legítimo que algunos lo teman.

Porque no creo que haya nadie que pueda negar que, en los últimos años, los catalanes que se sentían españoles han sido menos libres. Reconozcamos que, cuando todo tu vecindario está colocando senyeras y esteladas, hay que tener muchos cojones para colocar una bandera de España en tu balcón. Porque es una de las cosas que más me molestan como español, andaluz y malagueño de nacimiento, como madrileño y ginebrino de adopción y como gaditano de vocación. ¿Por qué tanto los de derechas como los de izquierdas y los nacionalistas varios me han robado mi bandera? Entre mis amigos muy de derechas existe la convicción de que la bandera y el himno son más suyos que de otros. Entre mis amigos muy de izquierdas existe la convicción de que es mejor y más legítima la bandera tricolor de la República que la del águila franquista. Y ambas son hoy igual de inconstitucionales. Ese abuso de la bandera y de los símbolos que representaban a España durante la dictadura, hizo que muchos hoy sigan uniendo la rojigualda y la Marcha Real con una visión fascista de la vida. Por eso nos parece normal la anormalidad absoluta de que se pite nuestro himno y nuestra bandera. En ningún país del mundo sucede esto. Y, desde luego, lo que jamás pasa entre personas educadas es que alguien pite un himno y tú te pongas a sonreír henchido de satisfacción como hacía el GRAN IRRESPONSABLE Artur Mas junto al Rey cuando oía al Nou Camp silbar el himno de España.

Aunque puede que todos estos líderes independentistas dejen de tener esa sonrisilla de superioridad cuando se empiece a aplicar la Ley. Ya ayer, probablemente, Artur Mas tuviera menos ganas de reír, cuando se enteró de que le van a embargar sus bienes para pagar la tontá del 9-N. Lo más gracioso de todo es que Mas, mostrando una inconsciencia sin límites, se ha dedicado a pedir algo parecido a una cuestación popular para ayudarle a pagar lo que debe. Ja. Al final, imagino que será esto lo que baje el suflé de los independentistas. La aplicación de la Ley. No sé si alguno acabará en el calabozo, pero el simple hecho de poner precio a sus desvaríos ya hará que empiecen a recular. Porque en la vida hay muchos que necesitan una amenaza real para darse cuenta de que están metiéndose en terreno pantanoso. Todo lo que está a punto de empezar a pasar me recuerda a un partido Atleti-Real Madrid en el Calderón a finales de los 70. El padre de mi amigo Roberto Arce nos llevó a Rober y a mí al estadio. Los tres éramos más del Madrid que la familia Bernabéu. Y allí estuvimos discretamente disfrutando porque el Madrid iba ganando 0-1. En un momento en el que las cosas se enconaron en el terreno de juego, un señor que estaba justo detrás de nosotros, y que no paraba de meterse con el Madrid, los madridistas y las madres que nos parieron, gritó: “¡¡¡Todos los del Madrid son unos mariconeeeeeessss!!!” El padre de Rober, que era un señor muy tranquilo a la par que un armario de tres puertas, se levantó y le dijo muy pausadamente al susodicho: “Eso no me lo repite usted a la cara”. El pobre hincha al ver a semejante madridista frente a él, reculó. Pero lo hizo con mucha gracia y dijo: “Todos los madridistas son unos mariconeeeeeessss… Salvo este señor” Fue tal la carcajada que provocó, que al padre de Rober y a todos se nos pasó el disgusto, se rebajó la tensión y acabamos el partido con un 1-1 tanto en el campo, como en la grada.

Lo que pasa es que, por mucho que pienso, no se me ocurre quién le va a poner gracia a todo esto que está pasando. Igual podría ser Joan Tardá que el otro día, en un alarde de fino humor, dijo en el Congreso que los catalanes quieren irse de España para acabar con la corrupción. Y lo más curioso es que consiguió terminar la frase sin descojonarse.