LOS MIERDAS

A ver si va a resultar, Eva, que la facha eres tú. No sé si saben quiénes son “los mierdas”. Según la presentadora Eva Hache, los mierdas son los que #SíFueron a la manifestación de ayer en la Plaza de Colón.

Yo debo decir que no fui. Había muchos motivos que me animaban a estar allí, pero había otros motivos, casi igual de importantes, que hicieron que me quedara en casa. Y del mismo modo que mis amigos que acudieron respetaron mi ausencia, yo respeté, lógicamente, su asistencia. Pero en esa absurda trinchera en la que se está convirtiendo España para muchos, entre mis amistades de izquierda comenzó a gestarse hace unos días una especie de desprecio profundo hacia todos aquellos que se mostraban partidarios de la manifestación y de sus convocantes.

Si leías medios de izquierda o publicaciones de mis amigos más zocatos, parecía que aquello iba a ser un festival neonazi en el que la ultraderecha iba a mostrar su añoranza del Caudillo, en el que lo peor de la España rancia iba a sacar sus tripas y en el que la caverna fascista iba a demostrar, por fin, que nunca se había ido. Decenas de memes, frases ingeniosas con el trifachito y mensajes en los que, como de costumbre, mis amigos de izquierda se consideraban superiores intelectual, moral y personalmente a mis amigos de derechas.

Que es algo que cada vez me resulta más chocante. Por lo general, la izquierda siempre califica a la derecha como intransigente, intolerante, irrespetuosa con el que opina diferente. Si uno lee o escucha a la gente de izquierda, da la sensación de que, sin embargo, la izquierda, por el hecho de ser izquierda, está investida del espíritu de la transigencia, la tolerancia y el respeto por el que piensa de una manera distinta a ti. Hasta que se toca no sé qué fibra.

Porque últimamente, aunque de manera muy acusada desde el vuelco electoral en Andalucía, la izquierda está como despendolada. Y no solo se convocan alertas antifascistas y manifas para protestar contra los 400.000 votantes de un partido político, sino que se ha establecido una especie de consigna para que cualquier líder que no sea de los buenos (esto es; PSOE, Podemos o Independentistas catalanes), se convierta en el hazmerreír de todo aquel que se considera de izquierdas. A esto ayudan mucho las redes sociales. Yo llevo un tiempo mirando, como quien va al Zoo, el timeline del Twitter de Inés Arrimadas. No piensen que es por ningún tipo de voyeurismo, sino porque sirve para darse cuenta de parte de lo que pasa en Cataluña.

A mí les aseguro que me acojonaría leer cada día las cosas que le dicen a esta mujer cientos y cientos de los llamados haters, odiadores, en castellano. Y vaya que si odian. Pero cosa mala. Y todos esos que vierten su odio contra Arrimadas lo hacen convencidos de que la mala es ella y consideran que está, en el ranking de “malvadismo”, a la altura de Hitler o Mussolini. Pero, al fin y al cabo, esos haters o trolls, son la fauna típica de las redes sociales que, escondidas tras un nombre falso, dicen lo que quieren impunemente. Lo que es menos frecuente es encontrarse ese odio a cara descubierta y en la publicación de una mujer que es figura pública, que se supone que es una señora formada y que, probablemente, se considere a ella misma una buena persona.

Yo hoy me coloco en el centro-izquierda, pero cuando era joven era claramente de izquierdas y, de toda la vida, para mí ser de izquierdas era mirar más hacia delante que hacia atrás. Y la tolerancia y el respeto por el que no piensa como tú. Y la búsqueda de la justicia y de un reparto equitativo de la riqueza. Deben reconocer mis amigos de derechas que la mayor parte de los avances sociales, morales y políticos de la Historia se han producido gracias a personas progresistas, que deseaban romper el molde y mirar un poco más allá. Y cada vez que se ha producido uno de esos avances, los conservadores, la derecha, han dicho siempre que no, aunque, al final, acabaran aceptando las cosas como parte del desarrollo de la vida y de la propia Historia. Por eso, tiene lógica que, en general, tengan mejor fama y se vea con más simpatía a los progresistas que a los conservadores. Aunque haya algunos como Eva Hache, que provoquen un sentimiento contrario.

No puede caber más soberbia, mayor convencimiento de que ella es mejor que aquellos a los que critica, ni mayor odio y desprecio hacia los que opinan diferente a ella. Terminar una publicación en redes sociales llamando “mierdas” a los miles que estuvieron en Colón es triste. Pero lo es más volver a mirar hoy su “Instagram” y comprobar que sigue ahí la publicación y que no hay nada ni remotamente parecido a una disculpa. Que claro, para qué va a disculparse, si ha habido más de 3.300 seguidores de Eva Hache a los que les ha parecido estupendo que su presentadora favorita insulte a 200.000 españoles por ir a una manifestación.

EL INODORO

Últimamente, siempre que voy a hacer de vientre, me acuerdo de Pedro Sánchez. Y que no piense nadie en ningún tipo de perversión escatológica, ni en que tenga yo una acusada tendencia a defecarme en nuestro presidente del gobierno. No. Sencillamente es porque creo que Pedro Sánchez tiene la misma dificultad para llamar a las cosas por su nombre que aquel que decidió llamar “inodoro” al retrete.

Porque, vamos, no se me ha ocurrido nunca acercarme a oler una taza de váter, pero apostaría mi patrimonio a que, inodora, no es. No me quiero poner grueso, pero, igual que nadie puede decir que un retrete sea inodoro, nadie debería defender como normal que el presidente del gobierno de España se siente a negociar no se sabe qué cosas con una parte del Parlament de Catalunya, con la presencia de no se sabe qué personaje, no se sabe con qué fin. ¿Un relator? ¿Un notario? ¿Un intermediador? ¿Van a cerrar alguna negociación importante para España? ¿O para Cataluña? ¿Puede negociar nada trascendental para el Estado un gobierno español con una mayoría basada en 84 diputados y apoyos frágiles y fragmentados sin contar con la oposición? ¿Puede negociar nada trascendental para Cataluña un gobierno catalán sin la participación de la fuerza más votada en esa comunidad?

La sensación que transmiten Sánchez y su gobierno, casi desde su llegada a Moncloa, es que se han montado en un barco y lo único que tienen claro es que mola estar en la nave y que hay que mantenerse a bordo cueste lo que cueste. El problema es que no saben muy bien dónde van, ni cómo van a hacer para llegar a donde no saben que van. Y, en la travesía, se les abren constantemente vías de agua. Y todos, desde el capitán hasta el último marinero, se afanan en ir tapando los agujeros aunque usen para ello elementos tan inanes como una caja de tiritas. Y van constantemente cambiando el rumbo, confundiéndonos, no solo a los españoles, sino a ellos mismos. Y así ves a una ministra diciendo una cosa y a otro ministro desdiciéndole. Al presidente mostrando su apoyo a un ministro o a una ministra a la que defenestra horas más tarde. Y a la vicepresidenta diciendo que donde dije digo, ahora, no es que diga Diego. Es que digo Manolo. Y te suelta la sandez aquella de que una cosa es lo que decía Sánchez cuando era secretario general del PSOE y otra lo que dice como presidente. O, ayer mismo, ante el estupor de decenas de políticos de su propio partido con lo del relator, Carmen Calvo explica que, quienes critican, es que no tienen toda la información.

Yo, la verdad, es que, humanamente, les entiendo. Pedro Sánchez sigue que no se lo cree. No he hecho cálculos, pero, probablemente, no haya en democracias cercanas ningún político que haya sufrido tantos varapalos como él. Los resultados de Pedro Sánchez en cada cita electoral en la que ha estado presente han sido catastróficos hasta llevar a una formación titánica como el PSOE a la frágil chalupilla que es hoy con menos de 90 diputados. Sin embargo, una chamba inconcebible le hizo llegar a Moncloa. Algún día los libros de Historia nos contarán a cambio de qué, pero el peor candidato de la historia del socialismo español está hoy pilotando una nave en la que en cada cabilla del timón hay un partido político que le dice: “Oye, que si no haces esto, te retiro el apoyo”. Y a golpes de timón de un lado para otro seguimos navegando hacia ningún sitio.

Lo más terrible de esto es que, mientras todo sucede, Pedro Sánchez está desaparecido. Ha aparecido hoy fugazmente en Estrasburgo para regañarnos por estar tan equivocados al criticarle. Quitando esta efímera aparición, lo único que se ha sabido de él es que va a publicar un libro con un título glorioso: “Manual de Resistencia”. Y lo que hay que preguntarse es qué es lo que lleva a un presidente del gobierno a publicar un libro. Ya sabemos que tiene una capacidad literaria, que ni Galdós. Si logró escribir una tesis de 342 de páginas en año y pico, yo me creo que haya sido capaz de, además, escribir ahora un libro sobre la virtud de resistir. Aunque, a medida que voy conociendo al personaje, me pregunto si lo que él considera resistencia, no es algo cercano a la psicopatía. Vaya, me explico; no digo que PS sea un psicópata tipo Hannibal Lécter. Me refiero a que hay algo enfermo en esa visión gloriosa de uno mismo cuando tu trayectoria política es la historia de un fracaso tras otro en las urnas. Quizás Pedro Sánchez debería ser consciente de que ganó en el PSOE porque su rival era Susana Díaz quien, como se ha visto en las andaluzas, es una mujer que genera mucho rechazo. Y le pusieron a él para no tenerla a ella. Pero PS, al menos en una parte importante del electorado, genera rechazo. Solo así se explica el hundimiento al que (salvo en los onanismos mentales de Tezanos, el del CIS) está sometiendo a su partido.

Pero oigan, en Moncloa miran para afuera y, a todos los que opinamos diferente a ellos nos desprecian como si fuéramos lo peor. Es como lo del PP andaluz. No sé cuándo harán examen de conciencia y acto de contrición y se pondrán a analizar la megaleche que se dieron en las últimas elecciones. Que sí. Que Moreno está gobernando y que han quitado al PSOE tras décadas de monogobierno, pero seguir sin darse cuenta de que han entrado en cuesta abajo a mí me parece casi igual de patológico que lo de Sánchez.

Deberían los políticos tener cerca a alguien como mi mujer. Que les hable claro. Sin rodeos. Ayuda mucho a no construirse universos paralelos. Hace unos meses, estaba mi Santa pasando un rato laboral difícil y había estado la pobre dos noches durmiendo mal. Un día de esos, al despertarme, noté que ella estaba como inquieta. En plan marido súper cariñoso le ofrecí todo tipo de servicios maritales (desayuno en la cama incluido) y, al terminar mi retahíla le dije; “¿Estás bien? Quieres algo?”. Y ella, con la rotundidad y franqueza que le caracterizan, me contestó: “Que no me hables”.

 

 

 

PUES YO, MÁS

Me cansan. Y mira que algunos me caen muy bien e, incluso, los tengo entre mis amigos favoritos. Pero me cansan. Los que, con frecuencia, cuando uno toca en el blog, o en las redes sociales, algún tema sensible, saltan para hacer su apostilla. Y casi siempre es para dejar clara una altura moral o una perspicacia superiores a las de la persona que recibe su matización.

Me ha pasado varias veces esta semana. Por ejemplo, con lo del pobre Julen. El día en el que apareció su cadáver yo hice en redes sociales una publicación sincera en la que decía, simplemente: “Pobre niño. Pobres padres. Pobres familiares y amigos. Pobres rescatadores y pobres todos nosotros. Yo seguía esperando, a pesar de todo, el #Milagro. Descansa en paz #Julen”. Y era verdad. Yo, con el corazón encogido, había estado muy pendiente de esa noticia y, aunque suene ingenuo, seguía pensando que podía aparecer vivo por uno de esos milagros que, en ocasiones, suceden. Cosas más raras he visto.

Pues hubo varios amigos y desconocidos, que, en uno u otro foro, me contestaban diciendo que por qué tanta preocupación por Julen y no por los niños sirios. O por los que mueren ahogados en el mediterráneo. Y me tocaron los cojones. Porque no sé qué tiene que ver el culo con las témporas. Seré raro, pero una historia como la de un pobre paisano mío, cuyos padres habían perdido a otro hijo y cuya búsqueda estaba siendo un ejemplo de entrega y solidaridad, me llegó al alma. Por supuesto que me preocupan los niños que viven en guerra y los que sufren pobreza extrema o los que padecen enfermedades incurables. Por eso, de la manera más discreta posible, dedico unas horas de mi vida y una parte de mi dinero a intentar ayudar a esas personas. Pero, ¿Por compadecerme de Julen y de su familia soy peor que aquellos que me apostillaron? Yo creo que no. Pero ellos están convencidos de que sí.

Y pasa con otras muchas cosas. Por ejemplo, todos esos a los que he visto indignados con el periodista que les informa, pero, siempre, al día siguiente de haber estado viendo lo que estaba contando. Y ¿qué tendrían que haber hecho los medios en el caso de Julen? Porque los periodistas nos dieron lo que queríamos. En estos dramas siempre hay un punto de masoquismo en el espectador; un “me duele. pero me gusta”. Que hace que todos nos quedemos mirando mientras por lo bajinis decimos “¡qué mal! ¡qué mal!” y nos damos golpes en el pecho. ¿Que hubo exceso de morbo en algún momento? Sin duda. A ver quién es el guapo que no la caga en unos directos de horas y de días.

A mí, de todo esto, lo único que me parece imperdonable es que periodistas serios demos aire a bulos y a noticias falsas de esas que corren por las redes sociales. Pero creo que en general en aquellos días hubo mucho periodismo del bueno. También del malo. Pero hubo numerosas cosas buenas. Y no vi el especial de Ana Rosa. Ni los programas que hizo en esos días la Griso. Pero conozco a estas dos extraordinarias periodistas. Y aparte de ser unas comunicadores totales son unas buenas personas. Y estoy seguro de que ambas, que son madres, estaban con un sentimiento parecido al mío y al del 99 por cien de los españoles: de compasión ante el horror y de esperanza. Si aquellos dos sentimientos en medio del fragor del directo y de la emoción les hicieron cometer algunos errores, yo se los perdono. Pero en los días posteriores miles de personas se hartaron de ponerlas a parir.

Me recordó (a otro nivel) al apaleamiento al que fue sometida Nieves Herrero cuando lo de las niñas de Alcàsser. Nieves, que es otra grandísima periodista y una mujer más buena que el pan, hizo aquel día un ejercicio bestial de periodismo televisivo. Tuvo a todos los protagonistas en su plató improvisado, hizo un directo magnífico, le dio sopas con honda a todos los de la competencia, pero cometió el error de permitir que su sentimiento y una implicación personal excesiva invadieran su espacio de trabajo. Yo se lo perdoné en el momento, porque estuve con Nieves la tarde en la que le dieron la noticia de la aparición de los cadáveres. Y la vi llorar lágrimas de verdad. Pero mucha gente no se lo perdonó. Y la crucificaron. Y en aquella crucifixión influyó mucho el hecho bochornoso de que sus jefes la dejaran sola e, incluso, algunos participaran en la quema. Y miles de los que estuvieron viendo aquel programa de Nieves la pusieron a parir, a pesar de haberse quedado pegados a la tele sin perder ripio de lo que contaba. Es más; el diario que más leña echó al fuego, El País, uno de los días posteriores, publicó un artículo demoledor hablando de que no todo valía y criticando el exceso de morbo del programa de la Herrero. Ese mismo día vi, en una de sus numerosas páginas dedicadas a la tragedia, una de las descripciones más horribles y más grotescamente minuciosas que he leído en mi vida de los daños y espantosas torturas que infligieron a las pobres niñas antes y después de matarlas.

En fin, que voy a parar, porque sé que muchos me van a dar hasta en el carné por decir esto y quería también hablar de los que, sin tener ni repajolera idea del tema, critican a la DGT en medios de comunicación y redes por haber reducido la velocidad en las carreteras convencionales. Y he leído cosas increíbles de personas que, como si fueran grandes expertos en el tema, aseguran que todo es para sacar pasta y que reducir 10 kilómetros por hora no sirve de nada. Invito a todos esos Paco Costas de pacotilla a meterse en YouTube y buscar crash tests y comprobar la diferencia entre que un coche choque con una pared a 40 km/h o a 50 km/h y luego que me lo cuenten. No sé cuántas vidas va a salvar la medida, pero, con que sirva para salvar una, me vale. No vaya a ser que sea la de uno de mis hijos.

INMACULADA Y MERETRIZ

Lejos de mí la funesta manía de blasfemar. Al final de la Cabra entenderán el por qué de este título que no tiene nada que ver con blasfemias, sino con una anécdota familiar de la que me acordaba ayer al ver las manifestaciones de los taxistas en Madrid y Barcelona.

No es un tema fácil este de los taxistas. El botepronto que le sale a casi todo el mundo es, directamente, dar la razón a los VTC (Cabify y Uber) y quitársela a los taxistas. Deben reconocer los del gremio del Taxi, que nunca han hecho nada por caer simpáticos y que, la guerra de la imagen, la tienen perdida de inicio contra los impecables conductores que van de punta en blanco, te dan un agua, te preguntan qué música quieres y que no te timan. O sí. Porque uno de los argumentos contra el taxi es que los que bajan bandera timan (a mí me ha pasado varias veces y todo el mundo tiene alguna anécdota que contar sobre el tema), que huelen mal y que son maleducados. Y, hombre, pues hay de todo. Es cierto que yo me he montado en taxis apestosos, que he tenido deseos de matar a tres o cuatro taxistas y que cuando no existían los móviles no había manera de quitarse de encima a un interlocutor pesao. Ahora; si no te apetece hablar haces como que te están llamando y le dices: “¡Huy!, disculpe, que me llaman”. Pero también es cierto que en los pocos meses que llevo usando Uber y Cabify, ya me han timado una vez en un Uber en Cannes y, en el último mes, me he montado en dos Cabify en los que el conductor olía mal y, además, no le quedaba agua. Que claro; igual que no todos los taxistas son unos hijosputa timadores malolientes, tampoco todos los de Uber y Cabify son unos santos varones perfumados de incienso y vestidos más bonitos que un San Luis.

Pero hasta el mejor defensor de los taxistas deberá reconocer que han perdido la guerra de la imagen. Yo lo pensaba anteayer, cuando me hice la foto que encabeza esta Cabra. ¿A qué otro sector se le permite que, de manera impune, corte durante días calles y carreteras sin que pase nada? Porque ayer ya se vieron algunos porrazos de la policía, pero, durante días en esta huelga y en la anterior, han estado cortando arterias y autovías de entrada y salida de Madrid sin que nadie les tosiera. Yo imagino que, por ejemplo, miles de periodistas cortáramos calles y carreteras para protestar por la invasión en las noticias de los vídeos grabados con sus móviles por la ciudadanía, y estoy seguro de que nos correrían a gorrazos desde el minuto 3. Sin embargo, los taxistas ahí han estado durante días y noches montando pollos y alterando las vidas de millones de personas mientras las distintas administraciones se van tirando unos a otros las pelotas diciendo que “esto que lo arregle ese, que es al que le toca”.

Y todo esto es cierto; porque además, da gusto coger tu móvil, abrir la aplicación, pedir un coche, que te digan: “te va a costar 11.20€” y esperar unos segundos a ver si “Kevin Jesús acepta el viaje”. Y ya. Y no tienes ni que sacar la tarjeta. Y te dan un agua. Y tal. Pero tenemos que reconocer que los taxistas tienen razón en un par de cosas. Hay pocos sectores más regulados que el del taxi. Número de días que se trabajan, mil homologaciones, precintos, seguros de responsabilidad, taxímetro… Algunas de estas cosas son imposiciones, pero, otras, como que el taxímetro corra por kilómetros y por tiempos, fue una exigencia del gremio. En cualquier caso, la queja del taxista está cargada de razón en el sentido de que a ellos los masacran a reglamentos y los VTC no tienen que cumplir prácticamente con ninguno.

Así que, como me sucede con la mayor parte de las cosas que pasan a mi alrededor, pues no lo tengo claro. Lo que sí sé es que, si yo fuera taxista, me enfrentaría a esos líderes que les están llevando a un callejón sin salida muy oscuro. Que también tiene su gracia; con lo fachas que son, en general, los taxistas, es chocante ver a sus líderes con el megáfono en la mano y el puño cerrado, como si fueran estudiantes rojísimos acabados de salir de una asamblea de la facul. Muchos de los taxistas son autónomos y/o empresarios y en algún momento se darán cuenta de que ese camino no les conduce más que a seguir perdiendo pasta y a que yo, que no les tengo inquina y que era cliente de Radio Teléfono desde hace años, lleve muchos meses sin coger un taxi y usando siempre Cabify. O sea; que le deberían dar una pensada. Y luego, pues se ven cosas como la de anteayer y te cabreas. La noticia, inicialmente, era que un VTC había arrollado a un taxista en una de las manifestaciones. Así dicho, uno piensa: “Qué cabrón el del coche”. Hasta que vi las imágenes; el taxista se lanza sobre el parabrisas del coche asumiendo que el conductor va a parar. Y no lo hace. Lógicamente el taxista sale despedido y, al caer, tiene la mala suerte de golpearse de mala manera en la cabeza. Y al hospital. Pero en esa visión torcida que tenemos a veces de la realidad, nos enquistamos y no sé yo quién les va a sacar de su error.

Y vuelvo al comienzo de la Cabra porque, como les decía, ese empecinamiento de los taxistas, me recordó a una discusión que tuvieron mi padre y mi tío Pepe cuando nació mi hermana Maravillas. Mi tío era ginecólogo y estaba atendiendo el parto de mi madre. Y le preguntó a mi padre que cómo iban a llamar a la recién nacida. Cuando mi padre dijo que: “Maravillas”, mi tío se opuso frontalmente. En Málaga no era un nombre muy tradicional, pero era un nombre muy querido en la familia de mi padre. Viendo que no había manera de sacar a mi padre de su error mi tío le argumentó así: “Javier, ¿no te das cuenta? ¡¡Maravillas!! ¡Imagínate que la niña sale fea!.” Dado que mi progenitor persistía, mi tío hizo el remate dialéctico con la sutileza que le caracterizaba: “Es como si la llamas Inmaculada y te sale puta.” A pesar de que el argumento de mi tío tenía su puntillo, mis padres acabaron llamando a mi hermana Maravillas y, tendremos que reconocer, que la niña, fea, no era.

 

PENSAMIENTO MÁGICO

Dolor físico. Literal. Es el que siento cuando pienso en que a uno de mis hijos le hubiera podido suceder lo que le ha pasado al pobre Julen. Es malagueño, como yo. Y yo, y mis hermanos, y mis hijos, y mis primos, y mis amigos, hemos corrido, a los dos años, con toda la tranquilidad del mundo por fincas como esa de Totalán en la que el agujero de un pozo se lo tragó. Y no sé si me genera más angustia pensar en el pobre niño muerto o en el que el pequeño esté aún vivo sin entender lo que le está pasando.

Comprendo muy bien a su padre. Ver esa desolación, ese desgarro sereno y esa esperanza en que hay un ángel que está protegiendo a su niño. Imagino que saben que un hermano de Julen, Oliver, murió hace poco más de un año y los padres tienen fe en que ese ángel que tienen en el cielo esté velando por su hermano. Yo les voy a confesar que, durante muchos años, tuve un pensamiento mágico que debe ser parecido al que tienen los padres de Julen. Creo que ya he contado en alguna ocasión que una hermana mía, Maravillas, murió en 1966 a los 4 años, tras caerse en la escalera de casa. Fue un drama de esos inasumibles que mis padres superaron gracias a su fe en Dios y a que eran dos personas con una fortaleza y un ánimo probablemente superior a la media. Quizás les suene raro, pero, durante toda mi infancia y buena parte de mi edad adulta yo he pensado que era imposible que a mis hermanos o a mí nos pudiera pasar algo malo de verdad. Y yo he vivido situaciones en las que he visto pasar la muerte a mi lado a cámara lenta y le he podido decir adiós con la mano. Me parecía inverosímil que, después de haber sufrido lo que sufrieron mis padres, la vida les volviese a poner ante un trago semejante.

Y algo similar siento al pensar en Julen y en sus padres. Cómo puede pasar que a un matrimonio se le junte tanto infortunio. Y me vuelve aquel pensamiento mágico aunque sé que el paso de las horas, el lugar en el que está el pobre niño y la lógica nos digan que el desenlace pueda ser fatal. Así que rezo por el niño y por sus padres a ver si se produce el milagro.

Y no crean que eso del pensamiento mágico es exclusivo mío. Yo tengo la sensación de que la ex presidenta de Andalucía Susana Díaz y buena parte de sus correligionarios tenían ese mismo sentimiento: “Es imposible que perdamos el gobierno en Andalucía y que el pueblo andaluz permita que gobiernen los fascistas”. Porque, en mi tierra, todo aquel que no es del PSOE, de IU o de Podemos, es un fascista. Me ha parecido un avance que, en el discurso de oposición a la investidura de Moreno Bonilla, Susana Díaz haya centrado la herencia del franquismo en los de VOX. Porque, hasta hace dos días, los herederos del franquismo eran también los del PP. Pero no. Ahora el coco es VOX, aunque resulte igual de excesivo llamar a los de Abascal herederos del franquismo, como llamar a Iglesias y a los suyos herederos del Leninismo.

Yo entiendo que esto escueza a los que pensaban que era IMPOSIBLE que el PSOE saliera de San Telmo. Pero, como demócrata, creo que lo que pasó ayer en el Parlamento andaluz es bueno para la democracia. No me gustaría ver en la presidencia de un gobierno a un político ni de VOX ni de Podemos, porque ya he explicado varias veces que llevan en sus programas cosas que me resultan inquietantes. Pero sí considero que es bueno que los partidos más centrados se vean obligados a pactar con otras fuerzas para poder acceder al gobierno. Pienso que el PP, que está que no se lo cree, ha perdido en Andalucía la oportunidad de hacer acto de contrición después de la gran leche que se dieron en las urnas. Pero, lejos de hacer reflexión por la pérdida de votos, están en el séptimo o en el octavo cielo abriendo, históricamente, el primer gobierno no socialista de la democracia en Andalucía.

Y Susana Díaz, a la que en estos días hemos visto varias veces con esa risa nerviosa del que está intentando no ponerse a llorar pataleando, pues imagino que, poco a poco, se irá tragando ese pedazo de sapo de siete patas y cinco cabezas que es haber perdido, en menos de 2 años, la posibilidad de ser candidata a Moncloa y el gobierno en el gran último reducto de su partido. La desdichada Susana me recordó en su estupefacción a mi padre cuando le regalamos su primer ordenador portátil hace unos 10 ó 12 años. Estaba trasteando con él y empezamos a notar que se estaba angustiando. Comenzó a rezongar hasta que llegó un momento en el que, cabreado como una mona, gritó: “Pero ¿esto cómo es?”. Cuando mis hermanos y yo fuimos en su auxilio nos preguntó: “Pero ¿cómo se apaga esto?” Y nosotros, en nuestra suficiencia de hijos digitales le dijimos: “Pues haces click en Inicio y cuando se abre esta ventanita te pone Apagar. Y le das”. Y mi padre, con toda la razón del mundo y cagándose en Bill Gates nos dijo: “Pero, ¿A quién se le ocurre que para apagar algo le tengas que dar a Inicio”?

Pues eso. Que Susana Díaz, como mi padre, aún no sabe que va a tener que darle otra vez a la tecla de inicio. Aunque no sé por qué me da que sus colegas de Ferraz no le van a dejar que la apriete.

DENSE UNA VUELTA

No sé cuántos de ustedes han estado en la exposición sobre Auschwitz del Canal de Isabel II en Madrid. Hicimos ese plan familiar durante estas Navidades y creo que todos deberíamos pasar por esas salas y vivir con intensidad las 3 horas o 3 horas y media que dura el recorrido. Todo impresiona mucho; el análisis del por qué de la llegada de los nazis, el estudio de los que se convirtieron en sus víctimas, los testimonios sobre los primeros años de la persecución y la congoja de ver cómo toda aquella locura iba derivando hacia un drama inaceptable a partir de 1939.

Hubo dos cosas concretas que me dejaron varios días jodido; la primera, ir mirando las caras de todos los que estábamos allí. Me ha pasado pocas veces tener la sensación de que todo el mundo estaba con el mismo nivel de dolor y de sobrecogimiento y de no entender que el ser humano pueda llegar a ese grado de abyección. Quizás cuando el asesinato de Miguel Ángel Blanco o cuando el 11-M. La otra fue comprobar que los asesinos y sus víctimas eran personas normales. Como usted y como yo. Hoy parece que los nazis fueran unos monstruos que vinieron de otro planeta y echaron un veneno en la comida de algunos alemanes para cambiarles la voluntad, pero que, realmente, el pueblo alemán de verdad, no tuvo nada que ver con el espanto. Y no. Aquellos desalmados eran cualquiera de nosotros. Y sus víctimas, también. Los pasillos finales de la exposición emocionan horriblemente y lo que se muestran son, simplemente, fotos de familias normales, haciendo cosas normales, en los años normales anteriores a la profunda anormalidad del nazismo.

Evidentemente no quiero yo comparar a los líderes de los dos partidos populistas españoles, Pablo Iglesias y Santiago Abascal, con Stalin y con Hitler, por poner dos ejemplos de populistas hijos de puta aniquiladores de los que no eran como ellos. Pero sí creo que les vendría bien darse una vuelta por la exposición, porque en los discursos de los líderes de Podemos y Vox se adivinan muchas de las cosas que decían los caudillos bolcheviques y nazis en sus discursos encendidos en el primer tercio del Siglo XX. La suerte para nuestra democracia es que hoy no tenemos, ni mucho menos, la situación económica y social de la Rusia de 1917, ni de la Alemania de 1929, pero sí hay mucha gente pasándolo mal y recibiendo con los brazos abiertos discursos excluyentes en los que los malos no son los judíos, sino los inmigrantes, ni los propietarios de la tierra, sino los de la casta, o los españoles. Porque ese discurso populista también cuajó en Cataluña y hoy, para muchos catalanes, los españoles somos unos explotadores, malas personas y, aquellos que se creen las arengas delirantes de Torra o de Mas, nos consideran unos seres inferiores o unos vagos que chupamos de la teta catalana mientras ellos se desangran.

Y probablemente muchos de los partidarios de Podemos, de Vox o del independentismo catalán me digan que esos líderes tengan todo el derecho a hacer esos discursos encendidos que buscan el intestino del votante cabreado. No lo niego; el problema es que, cuando haces esos discursos, sabes cómo los has lanzado tú. Sabes que tú quizás has encendido una pequeña fogata, pero nunca cuentas con que puede haber decenas, cientos o miles que entienden que lo que para ti es una fogata, debe ser una hoguera y que, ya puestos, por qué no quemamos un edificio. Y así han sucedido cosas que, lógicamente, ninguno de estos líderes asumen como suyas. Pero hemos asistido en las últimas semanas a intentos de linchamientos de un asesino violador en Huelva o de unos ladrones rumanos en Sevilla. ¿Ha pedido alguna vez Vox el linchamiento de los violadores o inmigrantes que delinquen? Rotundamente no. Pero cuando en tus discursos con la vena hinchada hablas de violadores en libertad o de inmigrantes que delinquen sin que se les eche, o de la casta que se enriquece mientras hay desahucios, el problema no es lo que tú dices, sino cómo recibe ese mensaje la masa. Y si, encima, esas arengas rumiadas cuentan con un apoyo electoral como el de Podemos en varios de los últimos comicios o como el de Vox en las últimas andaluzas, pues esa masa puede sentirse legitimada para tomarse la justicia por su mano en intentos de linchamiento, en escraches más o menos violentos contra miembros de la casta elitista, o en enfrentamientos contra los hideputas españolistas que provocan poniendo banderas españolas o quitando lazos amarillos.

Pues eso; que Iglesias, Abascal o Torra, o sus votantes, se den una vuelta por la exposición de Auschwitz, que quizás se les desinflame la vena, aunque eso les suponga perder votos. De hecho, desde que Pablo Iglesias se está “acastizando” con el peaso chalé y con su discurso cada vez más socialdemócrata, está empezando a bajar su soufflé.

Y, si me lo permiten, voy a acabar con un réquiem por unos compañeros que, si nada lo remedia, se van a quedar sin trabajo. Y esto, siendo un problema gordo, no es, para mí, lo peor. Hablo de la inminente desaparición de los informativos de Cuatro. Creo que es una noticia muy triste para todos los españoles. Para los que veían Cuatro y para los que no. La desaparición de un medio informativo es solo una buena noticia para aquellos poderosos que prefieren que nadie les moleste. Para todos los demás estos deben ser unos días de luto. Aunque seamos críticos y pensemos que los informativos de televisión, en los últimos años, se han convertido en un Impacto TV con tres o cuatro políticos hablando al comienzo, es mejor tener esas ventanas de información abiertas y no cerradas.

Así que, con tristeza, mando desde aquí todo mi apoyo a esos compañeros, un abrazo especial para mi amigo Roberto Arce y mi pésame a los espectadores de las noticias de Cuatro que, cuando se apaguen las cámaras de esos platós, serán algo menos libres.

 

 

LA PENA

No soy un duro del Oeste. Tampoco es que llore con los anuncios de Mimosín, como las mujeres de mi familia, pero, por lo general, cuando algo me parece muy triste, o muy alegre, o muy emocionante, no intento contenerme si me salen unas lagrimillas o si, directamente, lloro a moco tendido. Ayer, sin embargo, tuve que controlarme. Presentaba por la mañana la Gala anual de la federación española de Golf y recordábamos que, en 2018, han desaparecido varias personas importantes para todos los que estábamos allí reunidos; Emma Villacieros, Cristina Marsans, Manuel Beamonte, Ricardo Goytre y, muy especialmente, Celia Barquín. Hubo tres momentos de lagrimón; dos de ellos cuando los padres de Celia (ver ANORMAL) recogieron las medallas de Oro y Olímpica que la RFEG y el COE han otorgado a su hija asesinada hace unos meses en EEUU. El otro fue cuando subieron las amigas de Celia y una de ellas, Ainhoa Olarra, leyó una carta conmovedora recordando a “Celius”. Y me costó no llorar, sobre todo, porque venía yo de un fin de semana duro. Muy triste.

El domingo despedimos a un buen amigo mío; a Julio Laria. A Julio le diagnosticaron hace poco más de un año un cáncer de páncreas y, a pesar de que ha aguantado carros y carretas y de que ha pensado hasta el final que podía curarse, esta puta enfermedad se lo ha llevado por delante. Y es una de esas personas que aparecen en tu vida y que, sin que sean tus amigos y sin pedirte nada a cambio, te apoyan como si, por ayudarte, fueran a recibir un premio extraordinario. No sé si a ustedes les ha ocurrido. A mí, afortunadamente, me ha pasado varias veces con jefes y con directivos de empresas con las que he ido trabajando a lo largo de los años. Y son unos cuantos; Adolfo Gross, Jorge del Corral, Jesús Hermida, Siro López, Hugo Costa o Paco Díaz Ujados, que fueron mis jefes y amigos. Jacinto Álvaro, de Groupama Seguros o Felipe Martín, primero en Banesto y luego en el Banco Santander y, desde luego, en Mapfre, Julio Laria. Salvo a Adolfo Gross, a ninguno de ellos lo conocía de nada y todos se portaron conmigo como si, al hacerlo, sus vidas fueran a ser mejores. Y yo creo que, cuando alguien así aparece en tu camino, le debes agradecimiento eterno. Y con unos mantienes un vínculo de afecto para siempre, aunque sea a cierta distancia, pero con otros esa sintonía hace que se conviertan en algo más que unos buenos amigos.

Eso me pasó con Julio. Hace once o doce años aparecí en su despacho de la Fundación Mapfre, donde dirigía el Instituto Mapfre de Seguridad Vial. Le conté el proyecto de Seguridad Vital y se entusiasmó de un modo que parecía que yo le iba a ceder una parte del beneficio que obtuviera mi empresa. Se lo tomó como algo casi personal y peleó para que Mapfre apoyara la emisión de 13 capítulos del programa en la 2 en el año 2009. Cuando el programa murió, intentó una y otra vez retomarlo y su apoyo volvió a ser esencial para que, en 2015, TVE se volviera a plantear su emisión esta vez en TVE1. Y no solo es que nunca me pidiera nada a cambio, es que, cada vez que yo le agradecía el apoyo, cada vez que le invitaba a comer por haberme ayudado tanto, cada vez que, en Navidad, le mandaba algún detalle para felicitarle, siempre me decía lo mismo: “no es necesario. Yo no he hecho nada”.

Esa es la grandeza de los generosos de corazón. Que te dan mucho más de lo que sería razonable y ellos tienen la sensación de que eso que están dando va en un sueldo imaginario que les hace mejores a ellos y hace más felices a los que tienen alrededor. Yo creo en Dios y estoy convencido de que hoy Julio está en el Cielo y que allá arriba le están pagando ese “salario” por tantos y tantos a los que él ayudó. Cuando el sábado le comuniqué la muerte de Julio a varios amigos comunes, no hubo ni uno solo que dijera simplemente: “lo siento”, “¡qué pena!” o “DEP”. Todos añadieron algo haciendo referencia a lo cariñoso que era, a lo que se hacía querer, a su generosidad y a su disposición siempre para ayudar al que lo necesitara.

Y por eso este fin de semana tenía esa mezcla de pena y cabreo que, al menos a mí, me producen las muertes de amigos con cáncer. Que llevo unos cuantos. Esas preguntas que te vienen a la cabeza de si tiene sentido tanto sufrimiento para que luego la enfermedad o los terribles tratamientos, te acaben llevando por delante. Y, en la pena por la pérdida del amigo, te llegan arrebatos de cabreo preguntándote si no hay una parte comercial de esa enfermedad que podríamos ahorrarnos todos. Lo sé. Puede sonar a reflexión de la vieja de los gatos, pero cada vez más me pregunto si no se le podría ahorrar al enfermo, a la familia y a la sociedad parte del sufrimiento y el gasto al que los someten. No sé. Igual estoy suspicaz, pero yo le daría una vuelta.

Que, por cierto, ya que hablamos de pena; terrible también la aparición del cadáver de la pobre Laura Luelmo en Huelva. Y en la congoja por lo que parece que ha sido una muerte violenta, se me mezcla también algo de tristeza por la deriva que está tomando el periodismo. He leído varias noticias, en varios medios, prácticamente dando por hecho que el asesino de Laura ha sido su vecino de enfrente; un hombre que acababa de salir de prisión, precisamente, por asesinato y asalto a otras dos mujeres. No sé a ustedes. A mí me parece que desde la prensa seria se debe defender hasta el último extremo la presunción de inocencia. Mientras no haya un juicio, con titulares como esos, lo que estamos haciendo es darle combustible a los vecinos del pueblo para ir a quemar la casa del susodicho, o la de sus padres, y para darle una paliza al tal L. que, además de antecedentes penales, tiene en su contra que resulta que es gitano.

PREGUNTAS SOBRE ANDALUCÍA

Yo aún estoy que no me lo creo. Y no me creo varias cosas. Pero en vez de ir haciendo afirmaciones, voy a ir haciéndome preguntas.

¿No les parece increíble que, por poner dos ejemplos de corrupción sistémica, tras los ERE y la GURTEL, PSOE y PP sigan siendo las dos fuerzas más votadas en Andalucía?

¿No piensan que quizás Susana Díaz debería haber dedicado al menos unos segundos a hacer algo de autocrítica en su discurso posterior a la hecatombe?

¿No les resulta raro que los del PP, con un resultado electoral cercano a la catástrofe, estuvieran ahí tan felices en Sevilla y en Madrid dando por hecho que Moreno va a ser Presidente y sin ni un solo dirigente preguntándose: “Qué hemos hecho mal para perder más de un 20 por ciento de nuestros escaños” ?

Que Albert Rivera propusiera un pacto tan aparentemente poco posible como el de que gobierne Ciudadanos con el apoyo de PSOE y PP ¿es una manera de ir poniéndose la venda antes de la herida de tener que votar un gobierno del PP con los de VOX?

Siendo Ciudadanos el partido que más crece (junto con VOX), ¿Por qué muchos anoche tenían la sensación de que el partido naranja fue uno de los derrotados?

¿No les parece sorprendente la falta de autocrítica de Pablo Iglesias y Teresa Rodríguez después de perder 3 escaños?

¿Por qué todos hablamos de VOX como la Extrema Derecha (¡Huy! ¡qué miedo, qué miedo!) y ninguno nos referimos a PODEMOS como la Extrema Izquierda (¡Huy! ¡qué majos que son!)?

¿Cuántos de los que hoy dicen que VOX es extrema derecha se han leído el programa electoral de VOX?

¿Cuántos de los que hoy dicen que PODEMOS es extrema izquierda se han leído el programa electoral de PODEMOS o de ADELANTE ANDALUCÍA?

¿No será que muchos van de oído?

¿Es el Karma el que puede provocar que el PP de Juanma Moreno llegue a gobernar en Andalucía con 26 exiguos diputados para compensar el hecho de que el PSOE gobierne en España con 85 exiguos diputados?

Que un leninista amable como Pablo Iglesias proclame una “Alerta Antifascista” y convoque a las masas a defender la democracia, ¿debe darnos risa? ¿Debe acojonarnos? ¿Deberían enviarle a los GEOS?

¿Se imaginan la que se hubiera liado si el líder de VOX ayer hubiera llamado a sus militantes y votantes a salir a la calle por la “Alerta Anticomunista” dado que la coalición que los acoge obtuvo 17 escaños?

¿Cuántos de ustedes pensaron anoche que Ábalos iba a terminar su discurso sacando un sable y sacrificándose como un samurái, tal era su cara de profunda angustia?

¿El hecho de que Pedro Sánchez anoche hiciera mutis por el foro es porque es incapaz de poner cara de circunstancias dado que, desde que llegó a Moncloa, está con una sonrisa que no se le cae de la cara?

¿Los resultados de anoche son un bofetón al Presidente Sánchez? ¿O ha sido, sencillamente, un fracaso de Susana Díaz?

¿Debemos alegrarnos, como demócratas, de que llegue a Andalucía la alternancia y de que salga de la Junta un partido que llevaba casi 40 años de poder omnímodo? ¿O debemos estar tristes porque puede que eso ocurra con el apoyo de un partido que tiene en su programa propuestas no constitucionales?

¿Por qué parecen más peligrosas las propuestas no constitucionales de VOX que las de PODEMOS?

Si alguno de ustedes tuviera que apostar su dinero ¿Por qué presidente apostarían? ¿Del PSOE? ¿Del PP? ¿De Ciudadanos? ¿De Adelante Andalucía? ¿De Vox? ¿Un Independiente?

Y, la última, ¿Después de los resultados de anoche, la posibilidad de elecciones generales se acerca o se aleja?

Hala, a responder cada uno como pueda. Si a alguno se le ocurre una pregunta más, queda abierto el foro de la Cabra para que, quien quiera, las haga.

FOLLAR

Lo siento. Sé que no son modos de comenzar un artículo. Ni nada. Pero es el verbo que utilizó anoche un joven desgarbado, que parecía que estaba imitando al Neng, en un programa familiar en horario de máxima audiencia en la 1 de TVE. “Operación Triunfo” es un programa espléndido. Espléndidamente producido por Gestmusic, espléndidamente presentado por Roberto Leal y espléndidamente gestionado de pe a pa.

Cada miércoles por la noche, las mujeres de mi casa obligan a verlo y me acabo enganchando a la fórmula de las buenas actuaciones de unos muchachos talentosos, el morbo de las nominaciones y unos espectáculos de nivel. Me sobran algunas cosas, como esa necesidad de estar todo el rato interpretando un papel; el de ser los más políticamente correctos en los cánones de la progresía de salón, a veces, hasta el absurdo. Me parece estupendo que se busque la transmisión de mensajes de igualdad, de solidaridad, de inclusión, pero en ocasiones dan la sensación de estar sobreactuando. Y, claro, en medio de todo ese almíbar de progresía fetén, te aparece desparramao el novio de una de las concursantes y te derriba el kiosco con dos patadas y un agarrón de culo bochornoso.

La concursante se llama María. El novio, no me acuerdo. Pero entró en el escenario, agarró a su novia por las nalgas y, en menos de 3 minutos, ofreció un curso exprés de “cosas que no hay que hacerle nunca a tu pareja”. Cierto es que el ejemplo, que nos dejó a toda la familia con la boca abierta, sirvió para abundar en los mensajes que mi mujer y yo soltamos constantemente a nuestros hijos. El respeto. Respeta a tu pareja. Y exígele que te respete. Y, si no te respeta, mándale (a él o a ella) a la mierda sin miramientos.

Ayer, este impresentable le dijo a su novia que lo que más echaba de menos de ella era “su culo” (que le había tocado con fruición, segundos antes, delante de toda España) y que lo primero que quería hacer con ella al salir era “follar”. Y todo esto en medio de palabras mal dichas, atropellado, aturdido, como si al infeliz le hubieran dado alergia los anti-gripales. Imagino que, después de lo de anoche, este muchacho habrá pasado a la categoría de ex, pero no me puedo creer que, en un equipo tan experto como el de OT, no hubiera nadie capaz de predecir que este futurible ex–novio iba a montar un chicken del tamaño de un elefante del parque Kruger.

Me dio rabia el asunto. No sólo porque manchó un programa magnífico, sino porque me ha comido media Cabra. Yo pensaba dedicar el artículo de hoy a algunos de mis vecinos. Y no a los buenos, que son abundantes, sino a los que hacen cosas sin darse cuenta de que molestan a otros. O a los que se dan cuenta y les importa entre 3 y 4 pares de cojones. Y eso que, en las últimas semanas, hemos tenido la felicísima noticia de que nuestro moroso ha vendido ¡¡por fin!! su piso, nos ha pagado lo que debía (tras años sin abonar los gastos de comunidad) y se ha ido a no pagar a otro sitio. Pena me da el desdichado que le alquile la casa, porque tiene las mismas posibilidades de cobrar que los acreedores del moroso de la 13 Rue del Percebe de Ibáñez.

También quería hablar del espanto que es el otoño en nuestro barrio. Ya conté en una Cabra hace seis años (ES LA CHICA) que en mi vecindario abundan los perros. Eso no es malo, en sí mismo. Lo malo es la cantidad de dueños de canes que van dejando que sus chuchos orinen y defequen donde quieran. Todas las esquinas del porche y del jardín de mi casa están como si hubiera pasado alguien echando ácido sulfúrico. Miles de meados año tras año, me hacen temer que algún día una columna se deshaga. Eso, siendo un problema, me parece algo menor al lado de la profunda repugnancia que me produce caminar dando saltos para no pisar las cacas que los dueños de perro van dejando por ahí. Que, no sé ustedes, pero yo, con tanta hoja caída sobre las aceras soy incapaz de identificar las tordas y, cada otoño, acabo pisando por lo menos tres o cuatro catalinas. O cinco.

Aunque el vecino que más nos está torturando últimamente ni siquiera vive en casa. Y la única vez que le hemos visto estuvo encantador. Acaba de comprar el piso de abajo, están haciendo obra y nos dijo hace dos meses y medio: “Disculpad por el ruido, pero no os preocupéis, que nos han dicho que, en menos de un mes, tienen ya todo tirado y podréis estar tranquilos”. Y yo no sé si es que en realidad están haciendo un túnel con fines terroristas, o si están derribando la casa con un martillo de dentista con amplificador de sonido sensurround, o si han montado abajo una escuela de albañilería. Pero, cojones, han pasado 75 días y cada mañana y, durante horas, suenan taladradoras, sierras, motores de diversas potencias y cientos de golpes. Creo que, si no terminan en una semana, llamo a la policía, no vaya a ser que se esté preparando un magnicidio y nosotros, aquí, sin saberlo.

Que, por cierto, volviendo al verbo malsonante con el que comenzaba este escrito; puede que el novio híper-hormonado de María la de OT cumpliera su deseo de fornicio, porque a su novia, la pobre, la echaron del programa precisamente ayer.

 

EL DISCAPACITADO

Llevo desde ayer por la mañana buscando el adjetivo para calificar al diputado Rufián. Y juro que no quiero utilizar palabras gruesas, para no caer en su juego de adolescente provocador. Gabriel Rufián vive con la constante presión de cumplir con su papel de nen terrible del independentismo comunista. Imagino que todos saben la que se lió ayer en el Congreso con su señoría de ERC llamando “hooligan” a Borrell o “fascistas” a todos los rivales políticos que se atrevieran a llamar “golpistas” a los políticos catalanes que están en prisión o con procesos judiciales en marcha. De lo que se deducen dos cosas: que Rufián no sabe lo que es un fascista y que este Excelentísimo señor no tiene ni repajolera idea de de lo que es un golpista. Porque si se detiene a leer sobre el Fascismo, Rufián estará de acuerdo con nosotros en que no hay hoy, afortunadamente, ni un solo fascista en el Congreso de los Diputados. Del mismo modo que, por mucho que a él le parezcan unos héroes sacrificados por su pueblo, los políticos catalanes que están en prisión pretendieron cambiar el Estado en el que viven de una manera no legal. Eso, aquí y en cualquier país democrático del mundo, se llama Golpe de Estado, aunque no haya militares de por medio. Otra cosa es que tú opines que tienen razón, pero parece bastante obvio que son unos políticos que se saltaron las leyes establecidas y que intentaron dar un Golpe de Estado.

Lo que pasa es que me da la sensación de que decirte esto a ti es perder el tiempo, porque anoche me di cuenta de que, realmente, lo que te sucede, Rufián, es que tienes un problema. Ayer por la tarde tuve la enorme suerte de escuchar a Ramón Arroyo. Para quien no sepa su historia, contaré que es la persona en la que se basa el peliculón “100 metros” de Dani Rovira y Karra Elejalde. A Ramón le diagnosticaron en 2004 Esclerosis Múltiple. Después de unos años sin tomar conciencia de lo que le pasaba y tras varios brotes en los que la enfermedad fue avanzando y haciéndole daño, Ramón decidió tirar para adelante, afrontar la enfermedad, intentar seguir haciendo su vida “normal” y comenzar a correr. En 2013 acabó el Ironman de Barcelona y, poco tiempo después, llegaron, primero, un “Informe Robinson” contando su historión y, algo más tarde, la propuesta para llevar su vida al cine. Yo recuerdo el día en el que vi aquella película, que acabé llorando como una magdalena.

Ayer Ramón nos tuvo a todos los que le escuchamos, durante hora y pico, con una mezcla de corazón encogido y corazón expandido. A mí se me saltaron las lágrimas varias veces y hubo determinadas cosas que dijo Ramón que se me quedarán siempre en la memoria. Pero destacaré dos. La primera; que Ramón ha sido capaz de aprender a escribir ¡¡dos veces!! después de que le diagnosticaran la Esclerosis. Y sabe que puede que tenga que aprender de nuevo. La segunda; que este héroe asegura que todos tenemos una esclerosis oculta. Y quizás ese es el problema de Rufián. Que tiene algo así como una esclerosis mental y no lo sabe. Tiene gracia que el propio Ramón hable de él mismo como “discapacitado”, cuando es evidente que, si algo ha demostrado en los últimos años de su vida, es que tiene muchas y muy diversas súper capacidades. Sin embargo a mí desde ayer, me parece que el que tiene una discapacidad no sé si en la mente o en el alma es Gabriel Rufián. Siempre tan sonriente, pero siempre tan enfadado. Cada día repartiendo carnets de demócratas comme il faut a los que le ríen las gracias y negándoselos a los fachas que no opinan como él. Que claro, tanto que se mete con los fascistas y, si hay un pensamiento político que sea parecido al Fascismo en intransigencia, intolerancia, persecución al disidente, falta de sentido democrático y totalitarismo, ese es el Comunismo del que él, como marxista, se declara fan.

Quizás la solución sería que juntásemos una semana en una isla desierta a Rufián con Ramón o con otro discapacitado multi-capaz que, precisamente esta semana, me enviaba un documental que le han hecho y que les recomendaré en cuanto esté disponible. Hablo de Eduardo Valcárcel. Edu perdió la pierna izquierda cuando tenía un año y medio en un accidente de tráfico en San Sebastián. ¿Saben a qué ha dedicado prácticamente toda su vida? Al fútbol. Desde que tuvo uso de razón amó este deporte y, como no podía jugar, se empeñó en ser entrenador. Y fue superando una a una todas las barreras que tenía delante para convertirse en la primera persona con discapacidad que obtuvo el título nacional de entrenador. Otra de las pasiones de Eduardo es educar a niños y, desde hace unos años, unió sus dos pasiones y hoy es el director de la Escuela de la Fundación de la Real Federación Española de Fútbol.

Lo mejor de Edu, como le pasa a Ramón, no es la tenacidad, la capacidad de superar lo que les pongan por delante o la fortaleza de espíritu. Para mí lo mejor de ambos es esa naturalidad con la que afrontan todo y el sentido del humor que hace que Edu te diga, por ejemplo, que él es un tío feliz porque jamás se levanta con el pie izquierdo.