¿SOMOS HUMANOS? O ¿SOMOS ESPAÑOLES?

Lo hablo muchas veces con mi mujer. A ver si es que va a ser que nuestros políticos son así porque así somos nosotros. Y me explico.
No sé cuántos años llevo preguntándome qué nos pasa para que, gobierne quien gobierne y donde gobierne salgan chanchullos, pufos, dineros malgastados a espuertas, subvenciones dadas alegremente e inútiles contratados por ser “hijo-cuñado-hermano-primo de”. A poco que rasques, empiezas a darte cuenta de que el problema está metido como con pistola de presión en la manera que tenemos de ser, de vivir y de comportarnos los españoles.
Que levante la mano aquel que nunca ha participado de manera activa o pasiva en algo de esto:
Nos parece normal engañar para conseguir llevar a los niños a un cole al que no tenemos derecho. Si tenemos un amigo que consigue no pagar ni una multa o defraudar un poquillo es un tío listo y un modelo a seguir. Si otro amigo trabaja en la Sanidad, con frecuencia se convierte en una farmacia ambulante que provee de productos a los cercanos. Si nos dicen al pagar “¿Sin IVA?” decimos muchas veces sí. Si nos enfrentamos a la burocracia, rezamos para tener algún amigo o familiar que nos auxilie para reducir el tiempo de espera. Y no nos parece un valor decir la verdad. Si uno consigue algo engañando a lo grande o a lo pequeño, lejos de recibir reproches de las amistades, escucha cerradas ovaciones y gritos de “Es mi campeón”.
Yo, desde luego, y me da vergüenza reconocerlo, no podría levantar la mano.
Es una picaresca que está embutida en nuestro ADN como un pequeño chorizo. Y no es una analogía tomada al azar. Es que todos somos un poco choricillos. Y mientras no nos demos cuenta, no lograremos acabar del todo con la corrupción. Muchos podrán decir: “Bueno, no es sólo España. Corruptos hay en todos sitios. Es la condición humana.” Indudablemente. Pero en España esa condición humana desbarra mucho más que en otros países del mundo serio. Y yo creo que es porque, en el fondo, todos somos un poco corruptos.
Es como lo de Urdangarín. Desde luego que no voy a defenderle, pero a mí me parece incluso más grave que lo del yerno del Rey lo de las decenas de cargos públicos que le dieron dinero a espuertas sin que les temblara un músculo. Imagino que en aquellas decisiones en las que se le daba una millonada por una semana de conferencias, habría varias personas implicadas. ¿Es que no hubo nadie con el sentido común y el valor de preguntar en voz alta?: “¿Estamos tontos?”. No discuto que a Urdangarín, si se prueba que delinquió, haya que meterlo en el trullo, pero ¿Y los bobo-pelotas que le soltaron la morterada? ¿Se van a ir de rositas? Me temo que sí. Pero, claro, es que no son sólo casos tan gordos como el de Urdangarín…
Para mí uno de los principales cánceres del Estado, de las autonomías y de las administraciones locales es la legión de cargos de confianza que puede contratar, sin dar explicaciones, cualquiera que, desde la política, llegue a un cargo medio-alto. Hay que ser un santo, sobre todo en los tiempos que corren, para no contratar a tu hermano-cuñado-primo-sobrino que está pasando un mal momento, o que es tirando a inútil y, “pobre, no va a encontrar quien le dé un trabajo”. Esa es la pregunta; ¿No haríamos nosotros lo mismo que las decenas de miles de cargos medio-altos que contratan a decenas de miles de personas de confianza? Yo creo que, la mayoría, lo haríamos. Y mientras no tengamos la certeza de que contestaríamos NO, seguiremos siendo, en el fondo, unos choricillos. También es verdad que debería haber una ley que protegiera a las administraciones de este tipo de contrataciones a dedo, pero el problema es que los que mandan en esas administraciones son los mismos que han de cortar el grifo y claro “No voy a ser yo el tonto que acabe con el chollo”.
Pues eso. Que no nos podemos quejar. Que tenemos lo que nos merecemos. Y que no nos vendría mal auto-intervenirnos quirúrgicamente para extirparnos ese choricillo que llevamos todos enganchado al ADN como una garrapata más musculada que el deltoides del Increíble Hulk.

LA TETA DE MAS

No pensaba publicar hoy ninguna cabra. Es más; mis amigos se reparten entre los que consideran que debería publicar algo a diario y los que me aseguran que, la clave del éxito para un bloguero, es tener un día fijo a la semana para que las masas esperen ansiosas tu artículo.
No sé. Igual me equivoco, pero después de haberle dedicado una cabra enterita a Artur Mas (aquella de “Mas madera”) hoy tengo que decir algo. Aunque sea brevemente.
Es que vaya leche se ha pegado. Esto se puede endulzar, valorar de diferentes maneras, buscar los más sesudos análisis. Pero es que Mas se ha dado una nata que, si hubiera sido en mi colegio cuando yo tenía 11 años, estarían todavía a estas horas dándole collejas entre carcajadas de la concurrencia. El problema es que la cosa tiene poca gracia.
No sé qué burrada han costado estos comicios. ¿Veintitantos millones de euros? Pero no es sólo el dinero. No sé qué burrada ha costado tener un Parlament Catalá más débil. No sé qué burrada ha costado crispar a la sociedad catalana y a la sociedad española. Y no sé qué burrada ha costado conseguir que muchos españoles de los que no viven en Cataluña suelten con frecuencia frases del estilo de “Coño, pues que se vayan”.
Yo decía en aquella cabra que Mas se veía a sí mismo como la Liberté de Delacroix guiando al pueblo catalán con una teta fuera y que podía acabar pareciéndose a Sabrina Salerno, cuando se le escapó una ubre en aquella Nochevieja inolvidable. Pero el derrape de Mas le ha llevado más lejos. La teta de Mas puede que se parezca a una de Sabrina, pero en la Nochevieja de 2052 con la italiana intentando reverdecer laureles. Y no tengo nada en contra de las octogenarias, pero debemos reconocer que pensar en esa visión sobrecoge.
Bueno, me sobrecoge a mí. Porque Mas ahí estaba anoche como si no hubiera pasado nada. O casi nada. Claro, claro. No ha pasado nada, Artur, pero qué poco me habría gustado ser tú esta madrugada cuando en la cama cerraste los ojos intentando quedarte dormido.

Y ME GUSTAN LOS TOROS

Muchos de mis amigos y conocidos se sorprendieron cuando en mi declaración de intenciones cabruna no dije que me apasionan los toros. Y eso que en mis años mozos llegué a trabajar con los maestros Matías Prats padre, Vicente Zabala padre (que en paz descansen ambos) y Pedro Javier Cáceres. Pero, y mira que me gustan los toros, me dio una pereza cósmica meterme en ese mundillo. Me sucede siempre. Sobrevuelo los sitios por los que paso sin acabar de meterme del todo en ninguno de ellos. Por eso casi nadie me considera “uno de los suyos”.
Pero yo, además de cabruno, me siento taurino. Empecé a ir a los toros cuando casi no andaba. Mis padres contaban que, dos días después de cumplir 2 años, le eché encima una Fanta de naranja a una señora bien en la Goyesca de Ronda. Por eso los toros, la lidia, los toreros, el lenguaje, el olor a chiquero mezclado con el aroma de los puros forman para mí un mundo en el que me siento a gusto.
Veo morir en el ruedo cada tarde seis toros sin sentir repelús, excepto en días aciagos de los toreros, pero cuando veo un gato atropellado me pongo malo. O sea que entiendo a los que piensan que los taurinos somos unos monstruos sin sentimientos. Pero les aseguro que la tauromaquia tiene poco que ver con los monstruos, salvo cuando alguien se refiere así a un torero, como le pasó a Manolete; “Er Montruo”. Y hay mucho sentimiento. No voy a decir que el toro no sufre. Claro que sufre. Pero ninguna de las cosas que se le hacen en el ruedo, es mortal, salvo, y lamento ponerme obvio, la estocada. Hasta ese momento, si se hacen bien las suertes, el toro padece un castigo del que puede recuperarse en unas semanas si tiene la rara fortuna de recibir el indulto.
Yo jamás he intentado convencer a un antitaurino para que deje de serlo. Primero por respeto y, segundo, porque lo veo tan imposible como que yo haga el camino en el sentido contrario. Pero sí me gustaría que, antes de ponernos a parir, algunos se informaran un poco. No es verdad que haya aficionados que van a la plaza con el ánimo de ver sufrir a un animal. Al revés. Cuando un matador, un banderillero o un picador hacen al toro un daño innecesario, se llevan unas broncas de aúpa. Tampoco somos todos unos insensibles. A mí se me han saltado las lágrimas viendo a Curro Romero salir por la Puerta Grande, o después de un quite arrebatado de Morante, o cuando he visto a un tío dejarse partir por la mitad para sacarle unos naturales a un toro que, el cabrón, no tragaba por el izquierdo. Y me he emocionado aplaudiendo a héroes como Padilla que torea con un solo ojo o a cualquiera de esos toreros sin gran cartel que salen a cada plaza sabiendo que si no están bien, mañana están muertos.
Y lo del ecologismo. Deberían muchos ecologistas pasarse por alguna ganadería brava. Porque allí encontrarán amor y respeto a los animales y a la naturaleza. Aunque luego manden a sus toros a morir en la plaza. Es que están criados para eso. Y, lamento ponerme otra vez obvio, si se acaba la tauromaquia, se acaban los toros. Porque, entre otras cosas, resulta que los toros pastan justo donde nosotros vamos de merienda. Y no creo que a nadie, por muy ecologista que sea, le guste que un morlaco de 600 kilos le salude con el morro mientras le hinca el diente a un bocadillo de Nocilla.

RAZONES PARA LA HUELGA

Pues me van a poner a parir. Pero, qué quieren que les diga. A mí me parece que los empresarios teníamos muchos motivos para haber hecho huelga anteayer.
Indudablemente parados y trabajadores tienen muchos argumentos para acordarse de los antepasados de Rajoy, pero tampoco nos faltan razones para estar quemados a los que nos dedicamos a crear empleo, a invertir y, en definitiva, a generar riqueza en España.
Yo creo que España no merece una huelga. Y aún menos una huelga apoyada por un partido que ha hecho bastante para que estemos en el hoyo. La coyuntura internacional, la burbuja inmobiliaria y la mala conjunción de los planetas (Pajín dixit y pixit) también influyeron. Pero deberían reconocer los que estuvieron 8 años gobernándonos que lo hicieron como el culo. Y que Dios me perdone por decir estas cosas. Pero me quedé de piedra cuando vi a Rubalcaba anunciando que el PSOE iba a apoyar la huelga general. Es como si un pirómano convoca a las masas para protestar contra el gobierno por no saber prevenir ni extinguir los incendios que él mismo provoca. Y además salen ahí a decirle al pueblo que ellos, los socialistas, no van a abandonarles. ¡¡Olé tus criadillas!! En cualquier caso, me estoy despistando del objeto principal de esta cabra.
Es que ser empresario en España es un dolor. Puede parecer una frase dramática viniendo de un optimista existencial como yo. Pero ser empresario en España es un dolor. Yo sólo puedo hablar de los últimos ocho años y medio de nuestra historia, que es el tiempo que llevo con mi empresa en pie. Pero, en todos estos años, los gobiernos que nos han dirigido no han tomado ni una sola decisión que nos ayude a mantener el empleo que tenemos, a generar más puestos de trabajo y a invertir.
Se suponía que el nuevo gobierno del PP iba a ser un gobierno que ayudara a los empresarios. Que dejaríamos de ser esos cabrones chupasangres en que nos habíamos convertido con la ayuda inestimable de los discursos de los distintos gobiernos de ZP. Es un cliché metido a fuego en nuestros cerebros. Le dices en un test rápido al 90 por cien de la población: “¿Empresario?” y te sueltan: “millonario cabrón”. Y si pides que te hagan un dibujo tipo, te sacan a un tío gordo con traje, gafas negras y puro como en las viñetas del maestro Forges. Y puede que haya empresarios gordos, ricos y bien vestidos que se fuman un puro mientras sufren sus trabajadores. Incluso acepto que haya empresarios cabrones. Pero la mayoría somos gente como usted y como su primo el de Murcia. Gente normal que tenemos vocación de generar riqueza, de crear empleo, de levantar los proyectos que nos apasionan y, a ser posible, ganar dinero. Incluso mucho dinero. No conozco a ningún empresario que monte su empresa para despedir a gente. Y estoy seguro de que la mayoría de nosotros queremos tener a nuestros empleados felices y sin ganas de irse a trabajar a la competencia. Pero, lamentablemente, no se nos pone fácil. En los meses que lleva el PP gobernando no se ha aplicado ni una sola de las reformas que, se suponía, nos iban a ayudar. Se nos ha puesto más fácil despedir, pero nada más. ¿Apoyo a la inversión? Cero pelotero. ¿Excepciones para no pagar el IVA hasta cobrar las facturas? Cero Zapatero. ¿Ayudas extraordinarias para crear más empleo? Cero cascabelero.
Me lo pregunto millones de veces. Por ejemplo; ¿Por qué no le da el gobierno el 50 por ciento de lo que cobra un parado a un empresario para que contrate a ese parado? Imaginemos que Manolita C. recibe una prestación por desempleo de 1.000 euros. ¿No creen que si le dieran a un empresario que pudiera necesitar a Manolita 500 euros mensuales para contratarla la contrataría? Yo creo que sí. El estado se ahorraría 500 euros y tendría a Manolita produciendo, pagando IRPF y seguridad social y encontraría a un empresario 500 euros menos jodido. Igual no es tan fácil. Pero, córcholis, es que no han tenido en estos meses ni una puñetera idea para crear. Todas las que yo he visto han sido para sacar la tijera o para destruir. Y, hombre, no digo que la situación no requiera sacar la guadaña, pero quizás harían bien en darle también de vez en cuando a la mollera con un punto creativo.

BARDEM

Conste que no conozco de nada a Javier Bardem. Bueno, en los últimos años se ha hecho conocidísimo, pero quiero decir que nunca le he saludado personalmente. Vaya, que no somos amigos.
Digo esto porque me resulta sorprendente la tremenda inquina que levanta el actor entre mis amigos de derechas. Es curioso, porque es una inquina directamente proporcional a la irrefrenable pasión que Javier Bardem despierta entre mis amigos de izquierdas.
Contra la pasión sin freno no tengo casi ninguna pega, pero sí se me ocurre alguna contra ese odio visceral hacia un actor que a mí me parece magnífico.
Viene esto a cuento porque el otro día vi la última película que ha protagonizado el hijo de Pilar Bardem (otro coco para mis amigos de la diestra). Era la última de la serie de James Bond. La vi con mi hijo y lo pasamos en grande. A mí me pareció que Bardem estaba majestuoso y que era de esos malos-malísimos que te erizan los pelos de la nuca cuando los ves en pantalla grande. Es más creo que vuelve a hacer, en otro registro, una interpretación para llevarse decenas de premios. Probablemente le cueste que le den galardones, porque está en el reparto de una de 007, y eso como que mola menos, pero el Bardem, de verdad, se sale.
La cuestión es que no han sido ni uno ni dos los amigos que me han asegurado que ellos no piensan ir a ver esa peli. Cuando les preguntas por qué, las contestaciones oscilan desde la muy conciliadora: “yo no le doy dinero a ese gilipollas”, hasta la más enternecedora: “Que le vayan a ver su madre, Pe y ZP”.
Yo comprendo que Javier Bardem pueda no caer muy bien entre cierto electorado; que sus apoyos a determinadas posiciones políticas puedan levantar alguna ampolla, o que su defensa de ciertas ideas le genere enemistades. Hay que reconocer que tampoco es que él haya hecho mucho por congraciarse con los que no son de su cuerda. Y también es verdad que a Bardem sólo se le ve en manifas cuando son contra el PP y quizás podría manifestarse de cuando en cuando contra algún gobierno del PSOE. No lo hace. Pero, que yo sepa, Javier Bardem no ha matado a nadie, no es un maltratador, no roba y ni siquiera ha sido tertuliano de Sálvame. Razones, todas ellas, que podrían provocar esa furia. No. Sencillamente, a Bardem le dan hasta en el DNI porque, de una manera vehemente y un punto provocadora, opina distinto a los que le odian muy cordialmente. Y a mí ese es uno de los sentimientos que me aparcan en el garaje junto a la cabra. ¿A qué punto hemos llegado, que resulta que no vamos a ver a un actor porque hace campaña por tal o cual, o porque defiende al muy demagógico y desparramado Alcalde de Marinaleda?
Yo, personalmente, creo que Bardem haría mejor en no meterse en esos charcos de los antipepé y del Sánchez Gordillo, pero pienso que debería tener absoluta libertad para hacerlo sin que media España lo considere por ello enemigo público namberguán y deje de ir a sus películas. Por supuesto que esa media España tiene todo el derecho a despreciar a Bardem y a no ir a verle actuar, pero creo que en esa inquina reside una gran parte del problema que tenemos hoy encima. Han sido muchos años de dos partidos nacionales y unos cuantos nacionalistas echándose mierda unos a otros a paladas. Han sido muchos años de apertura de brecha, de escarbar en una zanja en la que hoy estamos de barro hasta las ingles. A lo mejor deberíamos mirar afuera y salir de ella. Hay un estupendo dicho inglés que reza: “When you’re in a hole, stop digging”. O sea; si estás en un hoyo, deja de cavar. Quizás, que mis amigos los de derechas se vayan a ver el papelón de Bardem sea una manera, tonta, pero una manera de que vayamos soltando de una vez el pico y la pala.
P.D. En otra cabra diré cómo se me ocurre que pueden ir soltando el pico y la pala mis amigos de izquierdas, que creo que también cavan lo suyo.

GILIiPHONES Y BLACKBERRYPOLLAS

Dicho, por supuesto, con todo respeto. Pero cómo me queman los listos que utilizan sus teléfonos móviles en los aviones cuando se ha pedido muy expresamente por megafonía que se apaguen.
Me he tirado los últimos 3 años de mi vida viajando en avión no menos de 2 veces por semana. Juro, y no suelo jurar en vano, que no ha habido ni un sólo vuelo en el que no me haya encontrado con algún ser que decide que las órdenes se dan para los simples que hacemos caso y no para ellos, que son mucho más listos que los demás. Y no sólo es que sean mucho más listos, es que ellos, lógicamente, tienen mucha más urgencia por hablar, por mandar correos, esemeeses y guasaps que los restantes pasajeros. Me lo he preguntado cientos de veces al ver a estos giliiphones, blacberrypollas o tontolnokias. ¿De verdad les va a cambiar la vida el hecho de llamar o mensajear dos, cinco o diez minutos más tarde? Porque, según dicen pilotos y tripulantes, lo que sí te puede cambiar la vida es que la prisa de uno de estos cagasamsungs provoque interferencias con el instrumental de vuelo y un avión acabe empotrado contra un finger porque ha perdido el radar. Al menos me podría quedar el consuelo de que el cretino en cuestión se tragara el celular como consecuencia del impacto.
Que esa es otra. Si es tan peligroso utilizar el móvil en un avión, ¿Por qué no se dice más tajantemente? ¿Por qué no se le impone una multa de defecarse por las canillas al insumiso que utiliza su teléfono? Tengo un amigo piloto que me ha contado varios episodios de situaciones de peligro provocadas por las interferencias de los móviles. Cosas como que se le quedó el avión sin frenos rodando por la pista, o que se le fueron a negro todas las pantallas del avión en pleno vuelo. Y yo he tenido alguna experiencia al menos rara. Hubo un día, despegando de Barajas, en el que el avión en el que yo viajaba tuvo una especie de pérdida de potencia iniciando el despegue. Yo he volado mucho y fue algo realmente extraño. A los pocos segundos de que se produjera ese movimiento inquietante del avión, el sobrecargo se levantó y, hecho una fiera, gritó por megafonía que por favor todo el mundo apagase sus móviles. Cuando salió de la zona en la que estaba el micrófono, iba con el rostro congestionado y creo que si hubiera visto al asno con el móvil en la mano le habría calzado dos leches. Merecidas, por cierto.
Por eso no lo entiendo. Si no es peligroso, que dejen que todo el mundo hable, chatee y mensajee. Si es verdaderamente peligroso, como parece, es de una irresponsabilidad cercana a lo criminal el que no se persiga a los imbéciles de los aparatitos. Y perdonen que hable así de ellos, pero es que son imbéciles. Ni una sola vez de las que he pedido por favor a alguno de estos panolis que apague su móvil me ha dicho: “Ah, perdone, no me he dado cuenta”. Jamás. En todas las ocasiones; en todas, y no han sido pocas, me he encontrado con rostros chulescos, retadores que te miran como diciendo: “¿Tú de qué vas?”. En ocasiones el señor acémila acaba apagando el móvil, pero otras veces la situación termina siendo realmente desagradable y, sin llegar a las manos (no me he pegado en mi vida con nadie) ha tenido que intervenir la tripulación para que yo no acabara metiéndole el móvil por el recto al estresado tecnológico que no puede respirar sin su móvil encendido.
Pues eso. Creo que alguien tendría que hacer algo. No tanto para que yo no tenga broncas en los aviones, que puedo vivir con ello, sino para que no seamos tan bobos de tomar medidas cuando no haya remedio. Vaya, cuando tengamos cien cadáveres en un hangar después de que un avión se haya estrellado porque había a bordo un imbécil que no podía esperar diez minutos.

RAFITA

Es una desgracia que nuestros nombres, nuestras ciudades, nuestros países o nuestras profesiones, queden en ocasiones marcadas por el espanto.
Apellidarse Hitler o haber nacido en Puerto Hurraco, es una losa dialéctica que los portadores del apellido o del lugar de origen tienen que soportar cada vez que han de pronunciarlo. “¿Tiene usted algo que ver con Adolf?” o “Anda que la liaron bien parda aquellos hermanos” son preguntas y comentarios que caen así, como sin querer.
Algo parecido sucede con el nombre de Rafita. Hasta hace unos días, para mí, Rafita era un nombre que inevitablemente asociaba a algo malo. A ese nudo en el estómago que se le pone a cualquier padre si piensa en que alguien pueda hacerle a su hija lo que el tal Rafita y sus compinches le hicieron a la pobre niña Sandra Palo, que en paz descanse.
Rafita era para mí una punzada de angustia, hasta que conocí a “mi” Rafita. Rafael Ballester Enrique es una persona con autismo. Sus padres, Rafael y Loli, luchan desde hace años contra un trastorno que tiene escondida una parte de su hijo, pero pelean cada día por ser felices junto a él a pesar de todo. Y en ese combate diario por la normalidad ellos van encontrando a su hijo.
El padre de Rafita juega al golf. Su hijo le acompañaba en ocasiones y se aficionó a ver junto a él los torneos de profesionales que dan por la tele. Con esa perseverancia de los que tienen una inteligencia diferente, Rafita intentaba imitar los movimientos que veía en los grandes jugadores y en su padre. Hasta que un día cogió un palo. Rafael padre no podía creerse que Rafita fuera capaz de hacer un swing sin que nadie nunca le hubiera dicho cómo coger el palo y cómo moverlo para darle a la bola. Pero él lo había aprendido mirando. Desde aquel primer día ambos empezaron a ir a la cancha de prácticas y pasado un tiempo salieron al campo. A Rafita le importa un pepino el resultado. Él se pone a la bola, su padre le da el palo adecuado y le dice: “Rafita, dale flojo” o “Rafita dale fuerte”. Y Rafita hace el swing y la bola en muchas ocasiones va donde Rafita y su padre quieren.
La madre de Rafita preside la Federación Autismo de Madrid y, desde esa posición, Loli se empeñó en organizar un torneo en el que personas con autismo o con cualquier discapacidad, compartieran campeonato y partida con personas sin discapacidad. Y logró ponerlo en pie el pasado 23 de octubre en el Club de Campo Villa de Madrid. Loli movió Roma con Santiago, lió a empresas que, como John Deere, dieron su nombre al torneo y consiguió poner en el tee a 70 personas para demostrar que se podía.
Y Rafita salió al campo. Jugaba con su padre, con la profesional Itziar Elguezábal y con Antonio, un amigo de la familia. Yo iba justo en el partido de delante de ellos y daba gusto ver sonreír a Rafita cada vez que le jaleaban un buen drive, cuando hacía un buen golpe cerca de green o cuando embocaba un putt. Yo, la verdad, pensaba que gran parte del jaleo era para animar a Rafita, más que por el hecho de que, verdaderamente, el muchacho estuviese haciendo bien las cosas. Pero fue una de esas veces en las que nos equivocamos cuando nos ponemos condescendientes con las personas que tienen alguna discapacidad.
Porque resulta que su equipo ¡¡ganó el torneo!!. Y el golpe que hizo que ganaran lo dio un joven de 33 años; un hombre con autismo profundo que juega a un deporte que el cien por cien de la gente cree que es imposible que juegue alguien como Rafita.
Yo creo que aquella mañana de sol espléndido en Madrid sirvió para muchas cosas. Como pretendía Loli, para dar visibilidad al problema del autismo y lograr que personas con diferentes capacidades compartieran el mismo deporte, en el mismo terreno de juego y en el mismo momento. Es un paso. Y me parece importante la promoción y el que todos nos enteremos de que hay muchos Rafitas que no tienen que estar guardados en ningún sitio. Eso es muy importante. Pero yo con lo que me quedo es con el hecho de haber visto disfrutar a un hombre que no está acostumbrado a dar respuesta a los estímulos que le rodean. Cuando juega al golf Rafita sale de su escondite. Sonríe. Y parece que es feliz.