SER FAMOSO

Lamento ser así de directo y soez y quizás romper sueños infantiles de algún aspirante al Sálvame, pero ser famoso es un coñazo. Podría ponerme a buscar sinónimos y darles gusto a mi madre, a mi mujer y a mi tía Maravillas y decir que es un engorro, una lata, un fastidio, una pesadez o un tostón. Pero, mayormente, ser famoso es un coñazo.
Imagino que hay gente cuyo fin en la vida es ser célebre. Pero, cuando uno hace una carrera como es la de Periodismo, lo de que te puedas hacer famoso es una posibilidad, no un fin. Hombre, todos los que estudiamos periodismo tenemos un punto exhibicionista, vanidoso que hace que sintamos emoción, un cosquilleo, la primera vez que leemos nuestro nombre publicado o escuchamos a alguien darnos paso en una radio. Hay muchos de mis compañeros que lo niegan, pero casi todos los que nos dedicamos a esto tenemos un afán de protagonismo que no padece la mayoría de las personas normales. Eso, como digo, no significa que uno estudie periodismo para hacerse famoso, pero es algo que va unido a nuestro negocio. Y reconozco que al principio es hasta divertido. Los primeros días en que te reconocen por la calle, los primeros autógrafos, las primeras veces que alguien te trata especialmente bien porque sales por la tele… Bueno de eso uno no se cansa; aunque hay que intentar no ceder ante las invitaciones para no echarlas de menos el día en que dejas de salir, porque se acaban gradualmente. Mientras dura es estupendo y te proponen planes fantásticos, te regalan infinidad de cosas, te invitan a eventos en los que conoces a gente realmente interesante o te dicen que puedes irte con tu mujer y tus hijos gratis total a Eurodisney a cambio de hacerte una foto con Mickey Mouse. Yo, por suerte, tengo una mujer que odia el famoseo y siempre me ha dicho un NO rotundo cuando nos han propuesto cosas de estas. Y, de hecho, tenemos en casa setecientas fotos con Mickey, Goofy y hasta Chip y Chop, pero al viaje fuimos por nuestra cuenta y lo pagamos mi señora y yo con el dineral que ahorramos después de dejar de fumar.
Pero a lo que voy, que me desparramo, es a que esa emoción inicial va pasando; que te reconozcan deja de ser divertido y pronto te das cuenta de que perteneces a un club nada exclusivo en el que hay mucha gente valiosísima y una ingente cantidad de petardos personales. Y me explico. Es famoso Matías Prats y lo es también Karmele Marchante, y no me negarán que la diferencia de solvencia y seriedad entre ambos periodistas es notable. Es célebre Arturo Pérez Reverte y lo es, a un nivel parecido, la reciente autora literaria Belén Esteban. Y es una estrella mundial Javier Bardem y no le va a la zaga, en reconocimiento social en España, Coto Matamoros.
Y en ese totum revolutum nadan las celebridades de este país y da pena cuando, en algún evento reciente he coincidido, y no voy a dar el nombre, con uno de los grandes literatos de España. No le pedía autógrafos ni Blasete, ni le hicieron fotos porque estaban periodistas y público mirando hacia la calle, como esperando el Santo Advenimiento. Yo me acerqué a darle algo de palique y, al cabo de unos minutos percibimos decenas de flashes destellando a nuestras espaldas. No era que hubiera llegado el Príncipe Felipe, ni Rafa Nadal o algún famoso que hubiera hecho algo glorioso por el país. Era que, en ese preciso instante, estaba haciendo su entrada Paquirrín. Y, vaya, no tengo nada en contra del muchacho, pero este mozo no es famoso, como sus hermanos mayores, por haber hecho algo en la vida, sino por sus andanzas genitales. Sin embargo es capaz de eclipsar con su llegada a otra celebridad que se ha ganado el reconocimiento con su talento.
Por eso me pasma que esté tan valorado socialmente el hecho de ser famoso y no entiendo que las personas que se dedican a crear nuevas celebridades o a recuperar famosos del pasado insistan tanto para que vayas a sus programas. A mí, desde que me fui de Antena 3 me han llamado para salir desde en el “Mira quien Baila” hasta en algunas de las islas, selvas o granjas en las que famosos en taparrabos intentan ganar un premio en metálico. Y lo malo no es que te llamen, que puedes hasta agradecerlo porque ofrecen buen dinero. Lo terrible es que, cuando les dices que muchas gracias, pero que no te ves ahí, te sueltan: “pero si a ti te viene bien salir, que llevas mucho fuera de la tele nacional”. En fin. A ver cómo les explicas que tú eres feliz así, que ya no quieres ser más famoso de lo que eres y que, si algún día vuelves a estar en la tele nacional no quieres que sea porque te vea el país rascándote con una mano el escroto mientras con la otra intentas abrir un coco que se te resiste.
Pues eso, que, como decía al comienzo, lo de ser famoso acaba siendo un coñazo aunque, bien pensado, también te permite tomarte licencias que a la gente normal no se le toleran. Y un ejemplo reciente lo tenemos en Leo Messi. Hay que tener mucha autoestima para llevar a un acto público una americana como la que lució ayer cuando le entregaron en Barcelona la bota de oro de 2013. No sé si es que su estilista es altamente asesinable, o si, con lo de la multa de Hacienda, el pobre está pasando apurillos y se ha hecho la chaqueta en una modista, como en la postguerra, con unas cortinas robadas en la sala de un tanatorio.
P.D. 1 Quiero dedicarle esta Cabra a mi amiga Almudena, que está pasando un rato malo.
P.D. 2 Y todo mi ánimo para los demócratas venezolanos que sufren al Antofagasto Panocho de su país, Nicolás Maduro, cada vez más parecido a Adolf Hitler. Ayer, como Hitler en 1933, consiguió que el Parlamento de Venezuela le diera poderes absolutos para gobernar por decreto.