PEQUEÑEZA

Pues oigan, que el palabro existe. Creía yo que iba a ser una de esas creaciones de los lingüistas más finos; uno de esos momentos en los que uno piensa: “debería existir esta palabra”. Y la sueltas. Lo que pasa es que, como suelo escribir con el diccionario de la RAE abierto, me ha dado por mirar. Y ahí estaba. “pequeñeza: f. desus. pequeñez.” Y estoy seguro de que todos saben por qué, en estos días de tribulación, me ha venido a la cabeza este antónimo de Grandeza.
Dice el diccionario en su sexta acepción que “grandeza” es “elevación de espíritu, excelencia moral”. Por tanto, define “pequeñeza” como “mezquindad, ruindad, bajeza de ánimo”. Creo que hay pocos términos que definan mejor lo que está pasando en España en los últimos tiempos. Se supone que, en el Parlamento de la Nación, deberían estar los mejores de los nuestros; aquellos que muestren una mejor manera de conducirse, una inteligencia que les haga vencer dialécticamente al oponente, una finura que les permita afrontar situaciones delicadas y una grandeza que les lleve a pensar en su país antes que en ellos o sus partidos. Joder; es que casi no se salva ni uno.
Imagino que a ustedes, como a mí, les habrá dado la risa buscando las caras que debían acompañar a esas características que he enumerado. Vamos uno por uno analizando a los líderes.
Rajoy. Si yo ya pensaba que era un líder amortizado antes de las elecciones, los resultados del 20D y todas las cosas que están saliendo, por ejemplo, desde Valencia, le deberían haber hecho decir: “Muchachos: me voy y que venga otro a ocupar mi lugar”. Es además lo que reclaman todos los partidos para sentarse a negociar con el PP: “vale, pero sin Mariano”. Hay que decir en descargo del presidente en funciones del gobierno que, al menos, no se ha visto que haya escrito en estos días un sms diciendo “Sé fuerte, Rita”.
Pedro Sánchez. Buff. Puede que lo mejor que haya leído últimamente sobre el líder socialista sea lo que escribió el gran Pérez Reverte en un tweet: “En comparación con Pedro Sánchez, Zapatero va a parecernos Churchill”. Es brutal. Pero es exactamente lo que pienso. Si el destino de España va a depender de lo que consiga negociar este líder político, vamos aviados. Su incapacidad para la Grandeza es análoga a la de Rajoy y es la que ha impedido a ambos sentarse el uno con el otro para llegar a un acuerdo pensando en España.
Pablo Iglesias. Es el perfecto ejemplo del vendedor de elixires. Una verborrea cansina, pero increíblemente eficaz, le ha llevado a las puertas del cielo. Yo pensaba que a estas alturas ya se le verían las vergüenzas, pero no. Aún sigue habiendo mucha gente inteligente que le apoya y que no opinan, como opino yo, que es un tipo peligroso y que, como todos los populistas de la historia, se ha aprovechado de los que menos tienen. Es la base del populismo; haces un discurso delirante y mentiroso, convences a la gente más jodida de que todo lo que él promete se va a cumplir y que, con Podemos en el gobierno, vamos a tener todos un sueldo aunque no hagamos nada, los bancos no van a obligarnos a devolverles los créditos y los cabrones de los ricos van a repartir su riqueza. Dan ganas de votarles y confiar en ellos si no fuera porque, como dijo aquella brillante guatemalteca, “el populismo ama tanto a los pobres, que los multiplica”.
Albert Rivera. Se equivocó al hacer una campaña para no perder lo que le daban las encuestas y ahora se le nota remontando tras la enorme decepción de la noche electoral. Yo confío mucho en él, y creo que es de los pocos que pueden mostrar esa Grandeza, pero se le nota aún aturdido por el estupor y ha perdido parte de esa soltura, de esa confianza en sí mismo que le hacía encontrar siempre el mensaje sensato con las palabras adecuadas.
Y podría seguir hablando de otros líderes políticos, pero me da pereza. No sé lo que tardaremos en tener gobierno, pero sé que le viene a España un tiempo en el que, por desgracia, nos va a faltar Grandeza y nos va a sobrar, como para llenar un transatlántico, pequeñeza. Quizás habría sido diferente si alguno de estos hubiera conocido a mi amigo Rafael Benedito, que murió hace unos días. Era, para mí, un buen ejemplo de Grandeza. Fue una de las estrellas de Antena 3 Radio y hacía un programa de música clásica que se llamaba “Concierto para empezar el Domingo” en el que unía su pasión por la música y su pasión por el periodismo y en el que aguantaba, cada noche, las coñas de los “Gomaespuma” que aseguraban que Rafa dormía en un féretro y se despertaba justo unos minutos antes de que sonara la cabecera de su programa.
Por esos giros de la vida, acabé siendo su jefe cuando hice el informativo de las 7 de la mañana en Antena 3 Televisión. Yo, que tenía 30 años escasos y un cascarón bastante pegado aún al culo, tenía que dar órdenes y corregir textos al mismísimo Rafael Benedito. Y qué fácil fue. Rafa, que ya no era un jovencito, trabajaba como redactor de 12 de la noche a 7.30 de la mañana con un entusiasmo admirable, desayunaba con el equipo y se iba, casi sin parar, al Conservatorio en el que daba clases hasta la hora de comer. Y así día tras día. Trabajando como un loco, siempre con una sonrisa y contándonos anécdotas de una vida intensa en la que le había pasado de todo. La última vez que le vi estaba ya incubando el cáncer que se lo ha llevado. Y quedamos para vernos sabiendo, como intuimos todos, que la prisa, el aturullamiento y la vida esta que llevamos nos iba a impedir volvernos a encontrar. Y ya lo siento. Ni siquiera pude ir a verle al tanatorio porque, en un detalle muy Beneditesco, Rafa decidió donar su cuerpo a la Ciencia y se lo llevaron a una Facultad de Medicina. No sé si esos futuros doctores serán conscientes, cuando trabajen con él, de que estarán aprendiendo medicina con un hombre cuya Grandeza, probablemente, no le cupiera en el pecho.