TENÍA QUE CONTARLO

Hay cosas que nos cuesta contar. No sé por qué, pero es cierto que, cuando alguien nos hace algo bueno, por lo general, tenemos menos urgencia en compartirlo con otros. En cambio, cuando se nos hace una afrenta, habitualmente, corremos a relatarlo en cada esquina para obtener ese sosiego que nos produce la escucha de nuestro padecimiento. Es verdad. Ignoro por qué nos sucede, pero experimentamos una especie de alivio tonto cuando relatamos nuestra desdicha. Y ese alivio se puede convertir en verdadero bálsamo si además nuestros interlocutores dicen: “Qué pedazo de cabrón”. Y tú, asintiendo, con un extra de autoestima, dices: “Sí, un hijoputa”. Lo que pasa es que, cuando alguien nos hace algo bueno, por lo general, se nos olvida mucho más rápido y rumiamos menos las bondades que las afrentas. Por eso es muy poco frecuente leer cartas al director de alguien dando gracias, o diciendo lo buena que había sido su experiencia en tal o cual lugar. Lo normal es que, esas cartas, sean ácidas y no digo ya si hablamos de Twitter, donde el anonimato hace que la gente tenga una mala leche incontrolada y suelte una bilis muy desinhibida incluso sin necesidad de que nadie le haya hecho nada.
Cuento esto porque hace unas semanas me sucedió una cosa buena que tuvo, en su origen, una cosa mala. Estábamos grabando mi programa de Seguridad Vital en los pueblos de la Vera cacereña. Hicimos una entradilla en un tramo de una carretera comarcal y, al acabar, nos pusimos a recoger el equipo en un cruce del que salía un camino asfaltado. En un despiste típico de las prisas de los rodajes, nos dejamos las petacas receptoras de dos de los micrófonos a un lado del camino, nos montamos en el coche y nos fuimos. Cuando habíamos recorrido no más de dos kilómetros, uno de nosotros temió haber olvidado algo y nos hizo detener el vehículo para buscar las petacas en el equipaje. Pero ahí no estaban; se habían quedado en la carretera. Dimos la vuelta, con el corazón en un puño, y, en menos de diez minutos estábamos de regreso en el cruce en cuestión. En esos escasos minutos alguien había pasado por allí, había cogido las petacas y se había ido. Le dimos la vuelta al cruce setenta veces, peinamos los alrededores y las puñeteras petacas no aparecían. Subimos por el camino asfaltado, que conducía a un pequeño pueblo y, en plena desesperación, pedimos a los empleados de un bar y a los de la piscina municipal que, por favor, si aparecía alguien con dos petacas negras, del tamaño de un paquete de tabaco, que nos llamaran. Los paisanos, muy majos, viéndonos angustiados, tomaron nota de nuestros teléfonos, mirándonos con esa mirada de conmiseración y de pensar “estos tíos de la tele están tontos”. Y nos fuimos.
Seguimos grabando un rato más con micrófonos alámbricos y, una vez que habíamos terminado, ya cayendo la tarde, regresamos al cruce con esa mezcla de angustia, cabreo y pena que se te pone en el estómago al perder algo valioso. Volvimos a mirar por todos sitios y encontramos uno de esos tendederos plegables que alguien había tirado en mitad del campo. A mi socio Jesús, el tendedero le pareció un buen soporte publicitario y se le ocurrió poner un cartelito agarrado con cinta americana a la estructura del tendedero y dejarlo ahí en la orilla del cruce por si volvía a pasar la persona que se había llevado las petacas. El cartel daba una pena inmensa. Tanto por la confección como por el mensaje lastimero que pedía que se nos llamara si alguien hubiera visto algo que, para nosotros, tiene un valor tremendo y, para el que lo encuentra, no sirve ni para calzar una mesa. Al menos, lo grotesco del cartel y del momento nos dio el único motivo de risa en una tarde amargante. Nos fuimos de allí con las orejas gachas convencidos de que jamás íbamos a volver a ver nuestras petacas, que cuestan la friolera de 600 euritos cada una.
Y aquí empezó lo bueno. Nuestra directora de producción se puso a buscar por Extremadura alguna productora que nos alquilara unos micrófonos inalámbricos, porque, al día siguiente, teníamos que seguir grabando en Plasencia. Para que veamos que sigue habiendo gente buena, precisamente en Plasencia, encontramos a Sergio, el dueño de los talleres “Martín Andrade”, que hacía de vez en cuando grabaciones y que nos alquiló un micrófono inalámbrico. Cuando fuimos a devolverle el micro y a pagarle el alquiler nos dijo que no quería cobrarnos nada. Que seguro que nosotros haríamos eso mismo por otro compañero si algún día le pasara algo así. Un bendito. Desde luego. Y espero que algún día la vida me permita devolverle el favor.
Pero esto, siendo bueno, no fue lo mejor. Cuando regresamos a Madrid nos dimos cuenta de que la pérdida de las petacas era un verdadero problema. Había que gastarse 1.200 euros y anduvimos buscando cosas de segunda mano y diferentes marcas para intentar reducir el golpe para la tesorería de una empresa pequeña como la mía. Hasta que, dos días más tarde, pasó. Arturo, nuestro cámara, nos llamó emocionado. Que, a primera hora de la mañana, cogió el teléfono viendo un número que no conocía. Cuando preguntó quién era, una voz con acento extremeño le dijo: “¿Sois vosotros los que habéis perdido unos micrófonos?”. Era el buen samaritano Javier Clemente. Un vecino de Talaveruela de la Vera que encontró en aquel cruce las petacas y las cogió pensando que alguien las habría tirado. Cuando, dos días más tarde, pasó por allí y vio nuestro lamentable cartelito, debió sentir pena porque nos llamó de inmediato y nos dio la dirección del Bar “La Cerradilla”, en el que trabaja, para que recogiéramos allí las petacas. Para que quede claro que hay gente buena en el mundo, cuando le insistimos en que cogiera los 50€ de recompensa que habíamos ofrecido en nuestro tendedero, nos dijo que para él la recompensa era ver la alegría que nos habíamos llevado con su llamada.
No sé a ustedes. A mí estas cosas me reconcilian con la vida y me hacen sorprenderme aún más de que, teniendo un pueblo tan majo como el español, sea posible que nos hayan salido unos políticos tan penosos. Y que les sigamos votando.