CERCA

Llevo varios días revuelto. Y no es porque me dé miedo la ultraderecha (me da el mismo que la ultraizquierda, por cierto), porque me flipe la penosa situación política del país, o porque, si tuviera tres testículos, estaría hasta los 3 huevos del tema de Cataluña. No.

Hace 7 días hablaba sobre lo cerca que te pasan a veces las cosas y contaba lo que me impactó la muerte de la pobre niña Marta en el coche de su padre en Madrid. El problema es que ha sido una semana llena de sucesos estremecedores y anteayer también nos espantábamos con la noticia desoladora del hombre que tiró por una ventana a la hija de sus amigos justo antes de tirarse él. Que con este desequilibrado (o malvado) me ha pasado como con los maltratadores que matan a sus mujeres y luego se suicidan. Coño; ¿por qué no invertís el orden?

Ayer el dolor nos llegó del este. Desde Baleares. 10 muertos y un niño desaparecido ¡¡¡en 2018!!! por unas tremendas inundaciones en Mallorca. Y una de las imágenes del día fue la del tenista Rafael Nadal ayudando a los vecinos del pueblo de al lado a quitar el barro y los escombros tras la riada.

No sé si a estas alturas habrá salido ya algún gilipollas a criticar a Rafa por remangarse y ayudar, como en su día criticaron a Amancio Ortega por dar muchísimo dinero a los más necesitados. Pero yo me quiero quedar con lo que me parece obvio. Rafa Nadal, a pesar de todas las cosas, es un buen tío. Es un deportista legendario y es multimillonario, se lo rifan las marcas para que sea su imagen y, si chasqueara los dedos, tendría a mil mozas estupendas rendidas a sus pies. Pero él sigue con María, su novia de toda la vida y, en sus vacaciones, se pega algún lujo, pero luego se le puede ver pescando al lado de su pueblo. Como siempre. Porque Rafael se sigue sintiendo un vecino más de Manacor y así le hacen sentir los que están junto a él cuando vuelve a casa. Yo he tenido la suerte de verle de cerca allí rodeado de decenas de chavales de su circuito infantil, sin negarle un autógrafo, un cariño o una foto a nadie. Y, cuando se va la marabunta, es uno más del grupo, de los amigos, de la familia o del vecindario. Por eso ayer por la mañana Rafael decidió que lo mejor que podía hacer era irse a ayudar. Porque siente que lo que les pasó a los miles de vecinos afectados, lo que padecieron los 10 desdichados que murieron, lo que debió sufrir el niño desaparecido, le podía haber pasado a él o a cualquiera de su familia o de sus amigos. Y, cuando desde el epicentro de un drama cercano, miras hacia fuera, te das cuenta de que, efectivamente, nuestra felicidad es muy frágil.

Cuando decía al comienzo que estaba removido, no solo es por todas estas noticias terribles. Es porque se acerca el 2º aniversario de algo que me pasó en el campo de golf de El Fresnillo, a un par de kilómetros de la Muralla de Ávila. Estábamos jugando mi mujer y yo al golf el día 30 de octubre de 2016. Hacía un día espléndido y yo, que soy más malo que la quina, llevaba 2 pares y un bogey. En el hoyo 4 dimos dos golpes buenísimos y yo estaba a 4 metros de bandera para birdie y mi mujer a 3 metros para hacer par. Pero al llegar al green nos encontramos una situación angustiosa. Uno de los jugadores del partido anterior al nuestro estaba tumbado en el suelo, de lado, junto al green. Sus amigos muy impresionados, habían llamado a emergencias porque se llevaba quejando un par de hoyos de dolor en el pecho y llegó un momento en el que no pudo seguir. Yo les pregunté si habían llamado a la casa club para saber si había algún médico en el campo y me dijeron que no. Llamé al gerente del club y me confirmó que un matrimonio de médicos acababan de empezar a jugar. Mi mujer se fue a su encuentro.

Cuando colgué el teléfono me di cuenta de que Vicente, que así se llamaba, estaba fatal, con una respiración muy agitada. Me agaché para preguntarle cosas y ver si estaba consciente y, unos segundos más tarde, dejó de hacer ruidos. Le giré y el pobre Vicente estaba con la mirada perdida y, claramente, en parada cardiorrespiratoria. Yo no tengo ni idea de primeros auxilios. Lo que vemos en las películas. Pero empecé a gritarle y, viendo que no respiraba, comencé a hacerle un masaje cardíaco. No reaccionaba, de manera que le golpeé el pecho con el puño y, de repente, se movió, abrió los ojos y comenzó de nuevo a respirar con mucha dificultad. Al cabo de un par de minutos volvió a pararse y repetí la operación. De nuevo reaccionó y recuperó el pulso justo en el momento en el que llegaron los dos médicos a los que había ido a buscar mi mujer. Estos doctores mantuvieron a Vicente con un hilo de vida hasta que, 10 minutos después, aparecieron los de la ambulancia. Estuvieron casi 45 minutos intentando, sin éxito, salvarle la vida en una imagen que no se me olvidará jamás; en un paraíso como es un campo de golf, había una ambulancia, tres miembros del Samur, dos médicos más, los amigos de Vicente y mi mujer y yo intentando salvar a un hombre con todos los instrumentos de emergencia desperdigados alrededor. Y, muy cerca, al fondo de todo ese escenario de la hecatombe, a diez metros, me di cuenta de que estaban ahí, todavía, colocadas perfectamente, la bandera del Green del hoyo 4, con mi bola y la de mi mujer que, una hora antes, en una mañana soleada de otoño, felices, habríamos estado tirando para par y para birdie.

 

6 pensamientos en “CERCA

    • Gracias, Manolo. Fue de esas experiencias que te dejan jodido un tiempo. Los médicos que encontró mi mujer, cuando terminó todo nos dijeron: “Y ahora nos vamos a jugar al golf”. Y nosotros les dijimos que era imposible. Que íbamos a estar con el coco comido y los médicos nos dijeron: “Así vais a estar en cualquier caso, así que mejor os quitáis la angustia paseando y le dedicamos algún birdie a Vicente”. Al pobre de Vicente no le pude dedicar más que dos triples bogeys y un cuádruple y, al pasar de nuevo por la casa club, nos salimos del campo. Luego lo pensaba y decía: “pues mira; es una putada morirse, pero este pobre al menos se murió mirando a un cielo azul intenso mientras jugaba al golf con los colegas”. No es consuelo, desde luego, pero mejor así que en un hospital conectado a siete máquinas… Un abrazo

  1. Querido Carlos:
    ¡¡Menuda experiencia!!

    Tanto la historia que cuentas como lo de Mallorca no hacen más que mostrar que, por mucho que nos empeñemos en querer tener todo controlado, o que creamos que con la hipertencificación en la que estamos inmersos en el primer mundo está todo medido y aquilatado, es muy falso.
    Vivimos en la provisionalidad y en la inestabilidad, que son consustanciales a la vida. Y le damos la espalda a eso continuamente.
    La inmediatez de Internet, la interconexión maxima, la inmediata disponibilidad de todo nos hace olvidarnos de la innata imprevisibilidad de la naturaleza y la vida.
    Si tuviéramos eso claro, soportaríamos mucho mejor como sociedad los avatares que suceden.

    Un abrazo enorme.

    • Gracias, querido Copi. Es tremendo lo provisional que es todo y lo poco conscientes que somos. Yo, por eso, intento disfrutar de cada cosa, aunque a veces la prisa y el barullo y el ruido nos impidan pararnos y mirar. Un abrazo

  2. Lo que es increíble es que todavía la mayoría de las personas no sabemos cómo atender en estos casos, cuando los primeros auxilios en parada respiratoria, no son difíciles, pero sí, hay que aprenderlos y no se enseñan en colegios, ni en centros de trabajo. Gracias Carlos por ayudar a concienciarnos.

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