DE-MO-CRA-CIA

Igual hay que deletrearlo. Porque, claramente, ni Puigdemont ni los cientos de miles (o millones) de catalanes que le apoyan parecen saber de qué va esto. Porque, como les ocurre a muchos liberticidas, utilizan estos conceptos sagrados para quitarse la mala conciencia y los pervierten. Escuchar a los de la CUP dándonos lecciones de democracia, ver a Junqueras enarbolando la bandera de la concordia o ser testigo, anoche, de cómo un golpista responde al Rey desde las televisiones en primetime, daría risa si no fuera patético, triste, indignante, preocupante y gravísimo.

Nunca pensé que fuera a citar por lo positivo a Alfonso Guerra. No está el ex-dirigente socialista entre mis políticos favoritos, aunque siempre me haya hecho mucha gracia. Pero ayer dejaba clarísimo lo que está pasando en Cataluña y citaba a uno de mis escritores preferidos; Stefan Zweig. Zweig se tiró media vida alertando de los horrores del nazismo, diciéndole a quien le quería oír que lo que estaba pasando en Alemania a finales de los años 20 y principios de los 30 iba a acabar en una tiranía de consecuencias imprevisibles. Zweig decía que, cíclicamente, los pueblos se entregan a los tiranos que les ofrecen el cielo, la gloria y la certidumbre, siempre con discursos trufados de lirismo, épica y valores elevadísimos. Y la teoría de Zweig era que la masa acaba renunciando a su libertad y a muchos de sus derechos esenciales a cambio de que alguien les ilumine el camino hacia un futuro mejor y lleno de dicha. Según el pensador austríaco, esa entrega al líder es una especie de vuelta a la infancia; una búsqueda del padre y la madre, que nos dan todas las certidumbres, la protección y la seguridad que necesitamos para apartar de nuestras vidas la angustia.

El tirano hoy en Cataluña no es el juez que ordena a la policía que se cumpla la Ley. Ni es el Rey. Ni es Rajoy. Los tiranos hoy en Cataluña son estos políticos que, utilizando unos medios serviles a lo Goebbels, han llevado a miles de catalanes al delirio, vendiéndoles la tierra prometida de la Independencia en la que no habrá más penurias y en la que los españoles, tan malditos hoy para el independentismo, dejarán de robar, de oprimir su libertad y de maltratarles en cargas policiales inaceptables. Y en ese acompañamiento en el delirio, cientos de miles de personas inteligentes están convencidas de que tienen razón. Y si les dices que se están saltando la Ley te miran como si fueras el peor fascista; con esa mirada entre el desprecio y la superioridad, porque no te das cuenta de que uno se puede saltar la Ley si eso es lo que el Pueblo quiere. Aunque ese Pueblo, cada vez que se le ha preguntado con todas las garantías democráticas, en un proceso electoral serio que no fuera como el Refemiérdum del domingo, les ha dicho a estos que NO.

Hace poco leí una versión comentada de “Mein Kampf”, ese librito encantador de Adolf Hitler en el que se leen cosas que recuerdan tremendamente a algunos discursos de los que promueven el golpe de Estado de Puigdemont. Y en ese libro se dan algunos datos que dejan claro que no siempre el Pueblo tiene razón. Porque en 1946, en Alemania, no quedaba un nazi. No es que los mataran a todos o que se hubieran ido al exilio. Es que nadie reconocía que había apoyado a los de la Cruz Gamada. Pero ¿saben cuántos educadores formaban parte en 1934 de la Liga Nacionalsocialista de Profesores? ¡¡¡240.000!!! ¿Saben en cuántos hogares había un ejemplar de Mein Kampf en 1939? En 12 millones y medio. Y podría seguir dando datos del enooooorme apoyo popular con el que contaba el nazismo en Alemania incluso antes de la llegada al poder de Hitler. Y Hitler, como está pasando hoy en Cataluña, pervirtió las instituciones para quedarse solo. Llegó al Parlamento alemán sin una mayoría absoluta y, abusando de la democracia, acabó con la democracia. Y eso, y no otra cosa, es lo que está pasando en Cataluña.

La Ley es mucho más importante de lo que nos puede parecer cuando, lo que nos apetece, es pasárnosla por el escroto. A todos nos ha sucedido. Nos parecen bien las normas, las multas, las leyes, hasta que se nos aplican a nosotros. Y cuando esto sucede, por lo general, pensamos que las leyes son menos justas. Y, si alguien desde el gobierno nos abriera la puerta a la insumisión, si se nos dijera: “no paguéis, no cumpláis, que no va a pasar nada”, aquí no aceptaría las leyes ni Dios. Esto es lo que está pasando en Cataluña. ¿Estoy yo negando que haya un apoyo popular incontestable? No ¿Estoy yo negando la posibilidad de que alguien cambie nuestra Constitución e, incluso, eche a nuestro Rey usando la Ley? No. Lo que estoy diciendo es que, cuando le abres la puerta a la turba nunca sabes quién va a tener cojones de cerrarla. Y empieza a haber ejemplos que erizan los pelos de la nuca. Los escraches a Guardias Civiles y policías, los insultos a los que no opinan como los de la manifa y el acoso a los periodistas que informan de lo que pasa. Es curioso; incluso han acosado a un referente de uno de los medios que han sido más complacientes con Puigdemont y con el entorno indepé. Ayer Antonio García Ferreras comprobó en carne propia, afortunadamente sin consecuencias, que, cuando se abre la puerta a la insurrección, parar el Tsunami puede ser complicadísimo.

Y no quiero ni imaginar lo que va a ser cuando detengan y pongan a disposición judicial a Puigdemont, Junqueras y Forcadell, que es lo que espero que suceda antes de que sea demasiado tarde.

FASCISTAS

La primera vez que me llamaron fascista fue en una asamblea en la Facultad de Periodismo de la Complutense. Se debatía sobre una huelga de estudiantes. Se levantó uno que era un anticipo de Pablo Iglesias para pedir poco menos que la hoguera para todos los esquiroles que intentaran sabotear la huelga. A mí, que siempre he sido un romántico, se me ocurrió incorporarme a reclamar que respetásemos el derecho de los que no querían hacer la huelga. En qué momento. El muchacho que iba, como yo, disfrazado de Trotsky, levantó a las masas contra mí diciendo que yo habría estado mucho más feliz en Chile, con Pinochet y me acusó con su dedo índice: “¡¡¡Fascista!!!”. Con lo rojo que yo era.

Es una cosa curiosa que merecería un análisis más profundo que el de una Cabra de dos folios. Pero me ha resultado siempre chocante cómo utilizamos en la vida diaria la palabra fascista como un insulto al que no opina como nosotros, aunque ni sus ideas políticas, ni sus modos, tengan que ver un pimiento con esa ideología política que llevaron a su culmen, primero, Benito Mussolini, luego el nazionalsocialismo de Adolf Hitler y, posteriormente en España, el nacionalcatolicismo de Francisco Franco.

Probablemente muchos sepan que, en la última semana, miles de catalanes han calificado como fascista a Joan Manuel Serrat porque se le ocurrió decir que el referéndum no era transparente. Pobrecillo. Le ha caído la de Dios y, quizás lo peor para él, es que, sin quererlo, se ha convertido en un símbolo para los del otro lado y gentes que, probablemente a Serrat no le gustan un pelo, ponen hoy su “Paraules d’amor” como se ponía durante la dictadura “L’Estaca” de Lluis Llach.

Otro momento reciente fue cuando el penoso espectáculo del Parlament aprobando deprisa y corriendo la Ley de Transitoriedad. Me sorprendió ver a muchos calificando a los de Junts Pel Sí y de la CUP como fascistas. No dudo de que, entre los de Junts Pel Sí haya algún ex-CiU que levantara el brazo de pequeño al son del “Cara al Sol”, pero entre los de la CUP si abunda algo son los comunistas y los antisistema. Pero, claro, a nadie se le habría ocurrido gritar como un insulto: “¡¡Comunistas, que sois unos comunistas!! Y eso yo creo que es porque una de las cosas que tuvo la dictadura de Franco es que, a los ojos de los españoles, hizo mejor al comunismo que al fascismo. En aquellos años oscuros, los comunistas fueron los únicos que, desde la clandestinidad, trabajaron de verdad contra el Dictador. Para afiliarse al PCE clandestino, no era necesario comulgar con el marxismo, sino, sencillamente, querer que en España hubiera democracia. Y allí estaban afiliados comunistas puros de hoz y martillo, con socialistas, liberales y hasta con demócratas-cristianos. Este hecho y el regreso de Carrillo mostrando que los comunistas no tenían rabo, ni cuernos, ni la piel roja llevaron a que, en España, no suceda como en otros países en los que el comunismo está igual de mal visto que el fascismo. De hecho, uno de los momentos cumbre de nuestra transición, quizás la puerta que abrió definitivamente España a la democracia fue, precisamente, la legalización del PCE.

La cuestión es que, en España, el comunismo tiene una imagen mil veces mejor que el fascismo, aunque debamos reconocer que, en el número de sátrapas a los que han soportado, ambas confesiones políticas están empatadas. Es obvio, también, que fascismo y comunismo están a la par en su odio cerval al disidente y a todos los que no siguen a pies juntillas la ideología oficial. Y ambos movimientos políticos tienen un número análogo de muertos en el zurrón. No pretendo con esto que recuperemos el insulto tan de la época de Franco de: “¡Comunista!”, pero sí que intentemos entre todos llamar a las cosas por su nombre y no confundir, como decía una amiga mía “churras con meninas”. Claro que el campeonato mundial de confundir cosas no se lo habría llevado esta amiga que no sabía de ovejas, sino una señora, de Barcelona precisamente, que vino hace unos años a Madrid pasar unos días en casa de unos amigos míos sin su marido ni sus niños. Caminando por el centro con mis amigos, la pobre se comió un bolardo de esos de un metro y pico de alto que ponen para impedir que los coche aparquen. El bolardo se le incrustó en salvo sea el sitio y esta mujer estuvo unos segundos retorciéndose de dolor agarrándose la zona pélvica. Cuando pudo articular palabra no fue para reclamar asistencia sanitaria, o para cagarse en el alcalde de Madrid, o para lamentar su despiste. No. Entre suspiros de dolor, con singular angustia, sólo pudo balbucir: “¿Y cómo le explico yo a mi marido este hematoma?”

 

PERIODISMO QUE HACE DAÑO

Lo reconozco. Esta Cabra la escribí anteayer con mucha mala leche en el cuerpo. Y a las cosas conviene darles reposo. No es que sea yo muy reposado, pero suelo pasar mis Cabras más complicadas a amigos y familiares inteligentes y, afortunadamente, me advirtieron de que se me veía la vena desde cinco kilómetros y con niebla. Y le hice una rebaja de tono considerable.

Digo esto porque yo confieso que, como la mayoría de los que hemos practicado algún deporte con fruición, muchas veces soñé con ser portada de As o de Marca. Quién me iba a decir que, a los cuarenta y tantos, iba a conseguirlo en ambas cabeceras, a cinco columnas, después de una inolvidable cena entre amigos, que se acabó convirtiendo en una más que olvidable sucesión de traiciones entre periodistas.

Se han dicho muchas cosas sobre lo que sucedió en aquella cena del mes de febrero de 2008. ¡He oído tantas gilipolleces! La más delirante, que la cena fue urdida por Ramón Calderón para aplastar a Enrique Cerezo y, de paso, hacerle daño a Ángel Villar. Lo que es no tener ni idea de las cosas y no dedicar ni un minuto a contrastar las noticias.

Aquella cena era una más de la “Peña el Asador Donostiarra” que montamos Gaspar Rosety y yo cuando servidor presentaba el programa “Fútbol es Fútbol” de Telemadrid. Un día quise llevarme a cenar a los tertulianos al Asador. Lo pasamos muy bien y Gaspar y yo decidimos organizar cada mes una cena e invitar a algún personaje. Normalmente, al famoso de turno le regalábamos una caricatura en barro que yo encargaba a unos artesanos de Valladolid. Siempre era algo afectuoso, con un puntito de mala leche y, en general, el personaje quedaba contento con el detalle. Aquel día el invitado era Ángel Villar; yo esa semana estaba hasta arriba de trabajo y no me dio tiempo a encargar la caricatura. Por la mañana hablé con Gaspar, que entonces trabajaba en el Real Madrid, y le dije que no había encontrado tiempo para pedir la figurita y que teníamos que pensar un regalo para nuestro invitado. No recuerdo si a Gaspar o a mí, se nos ocurrió que, dado que Villar alguna vez sonó para jugar en el Madrid, le íbamos a regalar una camiseta madridista con el 8, que fue su número en el Athletic y en la Selección. Cuando nos estábamos despidiendo, Gaspar cayó en que esa noche, a las 12, comenzaría el sexagésimo cumpleaños de Enrique Cerezo y decidimos que, en plan coñón, le íbamos a regalar también a él una camiseta, no con el 60, sino con el 1. Y por la noche tuvimos nuestra cena. Como siempre con un ambiente estupendo y, como siempre, hicimos el numerito final del regalo al invitado. Por sorpresa, Gaspar anunció que era además el 60º cumpleaños de Enrique y empezamos todos allí a cantar el cumpleaños feliz mientras algunos pedían a Ángel Villar que se pusiera la camiseta del Madrid. Ángel accedió sin problemas y hubo enorme cachondeo cuando Gonzalo Miró le dijo a Cerezo: “Presi, a ti ni se te ocurra ponértela”. Y allí posamos entre risas todos con ellos; junto a los peligrosísimos delincuentes que hoy aparecen día sí, día no en los periódicos.

Y se hizo la maldita foto que, oh sorpresa, ha publicado el diario El Mundo dos veces en los últimos días adornando una información sobre el caso Soule, que llevó a Ángel María Villar a prisión eludible bajo fianza. Por cierto, queridos compañeros de El Mundo, ¿Me queréis contar qué pinto yo, dos veces en una semana, en una foto de hace 9 años que apoya una noticia sobre presunta corrupción actual?

Decenas de amigos me han llamado para decírmelo. ¿Se hablaba de algún aniversario de aquella cena? No. ¿Se trataba de contar que los 4 de la foto emprendíamos juntos un proyecto empresarial? No. ¿Había muerto alguno de los 4 y convenía recordar este momento cumbre de nuestras biografías? Tampoco. Quizás si los periodistas que firmaban la noticia se hubieran hecho estas preguntas JAMÁS habrían publicado esa foto acompañando a una noticia sobre presunta corrupción.

El primer día, El Mundo transcribía una conversación entre Enrique Cerezo y Gorka Villar hablando sobre las elecciones en las que varios presidentes de federaciones no apoyaron a Ángel Villar, sino a su rival, Jorge Pérez. Y entrecomillaban alguna frase gruesa del presidente del Atleti hablando de estos directivos y de dónde debían ir a hacerle no sé qué cosa al presidente de la LFP, Javier Tebas. En las siguientes líneas relataban, basándose en las transcripciones de las grabaciones de la Guardia Civil, que el hijo de Villar había pedido a la secretaria de su padre en la RFEF que le enviaran jamón y tortilla, diciendo que eran para el Presidente. Hace tres días, de nuevo, reproducen una conversación entre Villar y Cerezo en la que ambos comentan la detención del ex-presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González. Y dice Cerezo: “Ese juez es de cuidado”, refiriéndose al juez Eloy Velasco, que fue el que envió a la sombra a González.

No niego que mis dos compañeros de El Mundo puedan optar algún día a un Pulitzer. Asumo que, para ello, tendrán que convencer al jurado con material de mayor peso que el que han mostrado, al menos, en las dos noticias en las que yo salgo. No voy a entrar en el hecho, para mí obvio, de que creo que ni el Papa soportaría un pinchado de su teléfono. ¿Mantendríamos cualquiera de nosotros nuestra credibilidad, la estabilidad de nuestras parejas y/o nuestras declaraciones ante Hacienda si alguien escudriñara y sacara de contexto nuestras conversaciones como están haciendo ellos? Porque no sé cómo es el juez este, ni sé si se puede considerar corrupción que alguien le pida a la secretaria de su padre jamón y tortilla. Lo que sé es que frases gruesas sobre jueces, políticos, empresarios, familiares y compañeros, las decimos todos y llevar conversaciones de este tipo sacadas de contexto a los titulares, puede que dé gustito periodístico, pero quizás cueste que lleven a nadie al trullo.

Hace tiempo hablé de las lecciones de periodismo que me dio Jesús Hermida pidiéndome siempre que, antes de publicar una noticia, me preguntase si esa información, o la manera en la que yo la contaba podía herir a alguien. Estoy seguro de que estos dos periodistas han debido tener maestros. De hecho conozco a unos cuantos buenos que les han pasado cerca. Lo que es obvio es que, en este caso, no dedicaron ni un minuto a preguntarse si tenía sentido publicar esa foto como ilustración a una noticia como esa, ni si tenía sentido meter en el saco a Ramón Calderón (imagino que les importó un pepino porque es uno de esos malos oficiales y es personaje apaleable) y a mí mismo. Al margen de que ambas noticias abundan en intentar socavar, tacita a tacita, la presunción de inocencia de Ángel María Villar, a la que, aunque les sorprenda, tiene derecho.

En fin, menos mal que, como siempre, se me quitan los malos humos cuando llego a casa. Sobre todo cuando mi hija la pequeña nos suelta, así, sin anestesia: “mañana me dan en el colegio una charla sobre sexo y efectividad”. Después del atragantamiento por sobrecogimiento grave, al ver nuestras caras, Macarena rectificó y dijo: “¡¡Que noooo, que noooo, perdón!!; de sexo y afectividad”. He de reconocer, aunque suene mojigato, que el cambio de la vocal nos dejó mucho más tranquilos.

SUEGROS

Reconózcanlo. Han pensado mal al leer el título de esta Cabra: “Suegros”. Han dicho para dentro: “pero qué cosa mala le habrá pasado a este pobre hombre con los padres de su Santa”. Porque siglos de convivencia familiar no siempre cordial han conseguido que parezca fea la palabra. O, al menos, que nos suene espantosamente. Es como féretro o sepulcro que, para mí, son palabras bonitas, pero, por lo que implican, acaban resultando desagradables. Pues con suegro sucede igual. Bueno; es más con suegra porque, en el imaginario popular, la suegra es una señora insoportable que se mete en tu vida como un tumor y la única manera de extirparlo es con la muerte. Yo habré tenido suerte, porque ambos, mi suegro y mi suegra, han sido todo lo contrario a lo que la pronunciación de estas 6 letras genera en la mayoría de los cerebros de las personas.

Los seguidores más fieles de La Cabra habrán notado que dejé de escribir semanalmente en febrero. El día 13 de aquel mes, mi suegro estuvo a punto de morir y, desde entonces, el pobre ha estado varias veces más cerca del féretro y del sepulcro, que del mundo de los vivos. Y, en estos doscientos y pico días, la verdad, me ha dado tiempo a pensar mucho y a valorar la importancia de dos personas que llegan a tu vida sin elegirlas, en el pack matrimonial que adquieres cuando te casas. No puedo decir que quiera a mis suegros como a mis padres, porque mentiría. No se puede querer a nadie como se quiere a un padre y a una madre. Pero sí puedo decir que les quiero mucho y que ambos han ayudado a que mi mujer y yo tengamos una vida mejor. Uno de los días en los que peor estaba mi suegro coincidió con un debate parlamentario muy enconado. No recuerdo de qué tema se hablaba, pero, como suele pasar en la política española desde hace demasiado tiempo, ahí estaban todos tirándose mierda los unos a los otros. Que si corrupción, que tú más, que eres un fascista, un bolivariano, que si la Ley de Memoria, que si las cunetas, que si referéndum, que si independencia. Y pensaba en que muchos de los que hoy se dedican a la política, deberían haber tenido un par de conversaciones con mi suegro. Mi “Padre en la Ley”, como dicen los británicos, es de los hombres más tolerantes que he visto. Es un español de contrastes porque tiene un carácter difícil, pero es de los tíos más afectuosos que conozco; no se le escapa un cumpleaños y, siempre, dedica un rato de su vida a comprar un regalo con el que agasajarte. En los niños, su carácter hosco y su voz potente y algo cascada, generan dos sentimientos; o el espanto más absoluto, o la admiración más rendida. Ningún niño es indiferente a mi suegro. Ni tampoco ningún adulto, porque es un tío gruñón y a la vez una de las personas más generosas que he visto en mi vida. Es muy inflexible y rígido para algunas cosas y, sin embargo, es un liberal profundo, aunque lleva en el ADN y en sus primeros años de vida una herida que le podría haber hecho un crispado de los que tanto gritan hoy en la tertulias. Cuando él tenía dos años escasos se llevaron a su padre a Paracuellos. En pijama. Y nunca mas lo volvió a ver. Y mi suegro aceptó ese espanto. Y aceptó que tras la muerte de Franco pudieran hacer política aquellos a los que se acusaba de la muerte de su padre. Y, curiosamente, tiene una visión de la vida, si acaso, más cercana a esa ideología que acabó con su padre que a la de los que eran de su supuesto bando. Y si alguien como él es capaz de exigir tolerancia, concordia y respeto para los que opinan diferente a nosotros. ¿No podemos hacer el esfuerzo, 80 años después, aquellos a los que no nos pasó nada? Pues parece que no. Y ahí estamos enredados y sin capacidad, ni gana alguna, de salir de la enorme madeja en la que nuestros políticos nos tienen atrapados desde hace ya años.

Sé que el tema da una pereza cósmica, pero es que acabo de oír en RNE a la portavoz de Podemos Irene Montero diciendo que “los ciudadanos y las ciudadanas catalanas lo que quieren es expresarse y hacer algo tan democrático como votar”. Y seguimos con que si la abuela fuma cuando los ciudadanos catalanes, que yo sepa, fueron convocados a las urnas 3 veces en 5 años por un President que pedía suficientes votos para plantear el “gran repte” y, por 3 veces, esos catalanes para los que hoy pide el voto Montero, le hicieron una enorme peineta a los independentistas y les han dicho que se monten y pedaleen. Pero no. Queda mucho mejor invocar la democracia, la libertad y el derecho a expresarse aunque, cuando el pueblo se expresa, si no dice lo que a ti te gusta, pues te parece mal y, como está pasando ahora, haces lo posible por pervertir la Ley para poner el terreno de tu parte.

En fin. Que dan ganas de mandar a todos estos a la habitación del hospital en la que está mi suegro (ya sentiría hacerle semejante faena) a ver si les daba a todos unas lecciones de democracia, de tolerancia y de liberalismo de verdad. O no. Para qué. Iba a servir para poco porque los políticos tienen tanta tendencia a modelar la realidad para adaptarla a su antojo que me recuerdan a la madre de un amigo mío que, a pesar de peinar muchas canas, seguía conduciendo como una loca por las carreteras de España. Un día, hace ya años, hizo un trayecto de 400 kilómetros en tres horas escasas. Cuando llegó al destino, su hijo le regañó y le dijo: “Pero, por Dios, ¡no puedes conducir tan rápido!”. Su madre, con la sinceridad que da la vejez, como si fuera la portavoz de cualquiera de nuestros partidos, le dijo: “Te juro, hijo, que no he pasado de 170”.

HALA, PUES YA ESTÁ

Decíamos ayer que es una extraña mezcla de cabreo, de pena, un pelo de angustia, otro poco de búsqueda de culpables y, como si fuéramos tertulianos, otro poco de “ya lo decía yo”. Pues ya lo tenemos aquí. Tanto hablar de que se rompía España y lo que está hoy roto, partido en dos, o en más pedazos, es Cataluña. Y no sé quién, ni de dónde, va a sacar el pegamento para recomponer la pieza. Es cierto que llevamos años en los que, pertinaces, hemos ido ayudando para que esto llegue; una Constitución malparida, unas transferencias delirantes, unos gobiernos de la nación en minoría cediendo lo que hiciera falta a Pujol and friends, una gestión de todo lo que rodeó a la reforma del Estatuto bien cagada primero por ZP y luego por Rajoy… Pero, entre los que han ayudado, también están todos esos catalanes que dicen que se sienten españoles y que, aún hoy, siguen metidos en ese enorme armario para que nadie les tilde de fascistas por no reírles las gracias a los independentistas. ¿Cuántos que se sienten españoles sonreían en el Camp Nou al ver aquellos carteles de “Catalonia is not Spain”? ¿Cuántos de ellos no han coreado alguna vez el “Independencia” en el minuto 17 de los partidos del Barsa, o han compartido felizmente los eslóganes grotescos de los indepés en las últimas Diadas? O, es más, ¿cuántos de ellos colgaron su bandera de España en los días en los que todo Dios colgaba en sus balcones su estelada, su senyera o, para que no te llamaran fascista, tu bandera de Andalucía, Euskadi o Extremadura? Porque hace 4 ó 5 años te paseabas por Barcelona y te daba la sensación de que TODO EL MUNDO quería la independencia. Y ahí es donde entra esa comparación que algunos hacen de un modo grueso al decir que en todo este proceso hay tics nazis y totalitarios. Evidentemente es un exceso comparar a los independentistas con los nacionalsocialistas, pero hay en ese apartheid, en ese obligar a no pronunciarse en público al que no siente como ellos, una parte de la depuración que con tanto éxito practicaron los nazis en Alemania o los Bolcheviques en todos los países en los que se impusieron. Es cierto que, de momento, no se han establecido campos de concentración ni Checas en Cataluña, pero viendo los modos que gastan y los discursos que pronuncian algunos de ellos, es legítimo que algunos lo teman.

Porque no creo que haya nadie que pueda negar que, en los últimos años, los catalanes que se sentían españoles han sido menos libres. Reconozcamos que, cuando todo tu vecindario está colocando senyeras y esteladas, hay que tener muchos cojones para colocar una bandera de España en tu balcón. Porque es una de las cosas que más me molestan como español, andaluz y malagueño de nacimiento, como madrileño y ginebrino de adopción y como gaditano de vocación. ¿Por qué tanto los de derechas como los de izquierdas y los nacionalistas varios me han robado mi bandera? Entre mis amigos muy de derechas existe la convicción de que la bandera y el himno son más suyos que de otros. Entre mis amigos muy de izquierdas existe la convicción de que es mejor y más legítima la bandera tricolor de la República que la del águila franquista. Y ambas son hoy igual de inconstitucionales. Ese abuso de la bandera y de los símbolos que representaban a España durante la dictadura, hizo que muchos hoy sigan uniendo la rojigualda y la Marcha Real con una visión fascista de la vida. Por eso nos parece normal la anormalidad absoluta de que se pite nuestro himno y nuestra bandera. En ningún país del mundo sucede esto. Y, desde luego, lo que jamás pasa entre personas educadas es que alguien pite un himno y tú te pongas a sonreír henchido de satisfacción como hacía el GRAN IRRESPONSABLE Artur Mas junto al Rey cuando oía al Nou Camp silbar el himno de España.

Aunque puede que todos estos líderes independentistas dejen de tener esa sonrisilla de superioridad cuando se empiece a aplicar la Ley. Ya ayer, probablemente, Artur Mas tuviera menos ganas de reír, cuando se enteró de que le van a embargar sus bienes para pagar la tontá del 9-N. Lo más gracioso de todo es que Mas, mostrando una inconsciencia sin límites, se ha dedicado a pedir algo parecido a una cuestación popular para ayudarle a pagar lo que debe. Ja. Al final, imagino que será esto lo que baje el suflé de los independentistas. La aplicación de la Ley. No sé si alguno acabará en el calabozo, pero el simple hecho de poner precio a sus desvaríos ya hará que empiecen a recular. Porque en la vida hay muchos que necesitan una amenaza real para darse cuenta de que están metiéndose en terreno pantanoso. Todo lo que está a punto de empezar a pasar me recuerda a un partido Atleti-Real Madrid en el Calderón a finales de los 70. El padre de mi amigo Roberto Arce nos llevó a Rober y a mí al estadio. Los tres éramos más del Madrid que la familia Bernabéu. Y allí estuvimos discretamente disfrutando porque el Madrid iba ganando 0-1. En un momento en el que las cosas se enconaron en el terreno de juego, un señor que estaba justo detrás de nosotros, y que no paraba de meterse con el Madrid, los madridistas y las madres que nos parieron, gritó: “¡¡¡Todos los del Madrid son unos mariconeeeeeessss!!!” El padre de Rober, que era un señor muy tranquilo a la par que un armario de tres puertas, se levantó y le dijo muy pausadamente al susodicho: “Eso no me lo repite usted a la cara”. El pobre hincha al ver a semejante madridista frente a él, reculó. Pero lo hizo con mucha gracia y dijo: “Todos los madridistas son unos mariconeeeeeessss… Salvo este señor” Fue tal la carcajada que provocó, que al padre de Rober y a todos se nos pasó el disgusto, se rebajó la tensión y acabamos el partido con un 1-1 tanto en el campo, como en la grada.

Lo que pasa es que, por mucho que pienso, no se me ocurre quién le va a poner gracia a todo esto que está pasando. Igual podría ser Joan Tardá que el otro día, en un alarde de fino humor, dijo en el Congreso que los catalanes quieren irse de España para acabar con la corrupción. Y lo más curioso es que consiguió terminar la frase sin descojonarse.

BUEN VIAJE

Buen viaje, Cristi. Anoche despedimos a la hija de unos buenos amigos. Quizás recuerde alguno una Cabra en la que hablé de la Fundación Contra la Hipertensión Pulmonar. Contaba que yo comencé a colaborar con ellos a través de unos amigos míos cuya hija, de la misma edad que mi hija Macarena, padecía este mal que, a día de hoy, es incurable. El trabajo de la FCHP y la dedicación de muchos médicos y científicos están haciendo que los enfermos tengan una vida mejor y más larga, pero, ahora mismo, todavía cada año mueren muchas personas después de un padecimiento tremendo para ellos y para sus familias.

Este fue el caso de Cristi, que tuvo la suerte de caer en la familia que habían formado sus padres, Puchi y Santiago, y sus hermanos, Santi y Juanpa. Estos 4 héroes han estado acompañando a Cristi desde que nació, muy prematura, hasta que anteanoche su corazón se detuvo. Cristi necesitaba cuidados constantes y tanto sus padres como sus hermanos se los dieron siempre con una sonrisa y convencidos de que con la ayuda de Dios, con el trabajo de los médicos y con los avances de la ciencia iban a conseguir que Cristi se curara. Pero hace unos meses esta niña, ya casi una mujer, que también ha sido una heroína, entró en un estado físico tan débil que ha sido imposible salvarla.

Y ayer en el Tanatorio estábamos muchas personas intentando dar apoyo a una familia que, con toda la emoción y el dolor del momento, están convencidos de que Cristi ha pasado a una vida mejor y que, hoy, ellos tienen en el Cielo a un ángel que les cuida. Y estoy seguro de que ayer, en esa isla de dolor y silencio que es un Tanatorio, hubo muchos que dijimos frases hechas y caímos en lugares comunes y se nos escaparía algún tópico. Yo ayer pensaba en que me estuviera pasando a mí lo que han padecido ellos y, literalmente, me partía por la mitad. Llego a sentir un dolor físico si pienso, de verdad, en que muera un hijo mío. Y ese dolor inconcebible ante la pérdida de un hijo es el que nos hace intentar aceptar las muertes como cada uno pueda. Y el que nos lleva, cuando nos acercamos a la familia, a buscar palabras que nos aproximen a ellos y que les den consuelo.

Probablemente muchos sepan por qué he titulado la Cabra con ese “Buen viaje”. Hace unos días, después de luchar como una jabata contra el cáncer, murió en Madrid la artista Bimba Bosé. Su tío Miguel publicó un mensaje muy sentido en Twitter diciendo: Buen viaje Bimba, mi cómplice, mi compañera, mi amor, mi hija querida. Guíame.” A mí me pareció una manera preciosa de despedir a una sobrina a la que Bosé quería como a una hija. Pero hubo un periodista, al que yo admiro mucho, Antonio Burgos, al que no le pareció tan bien. Y, con una falta de sensibilidad que no le pega, publicó otro mensaje en Twitter diciendo: “Buen viaje ¿ dónde ? Vaya con el laicismo de la moda del “donde quiera que esté”…” Me sorprende que alguien pueda mostrar tal ausencia de compasión, tal crudeza ante el padecimiento de otros, tanta escasez de finura, sobre todo cuando Burgos es un buen poeta y sabe que, en ocasiones, las palabras nos ayudan a explicar cosas inexplicables. Las imágenes literarias nos permiten expresar sentimientos que, sin esas metáforas, hipérboles o perífrasis no seríamos capaces de compartir con los demás. Pero yo creo que Burgos actúa cegado por algo que nos sucede a todos de vez en cuando; que no entendemos al que opina o siente diferente a nosotros. Del mismo modo que mucha gente de la izquierda siente con frecuencia que su altura moral es superior a la de los que no son como ellos, nos pasa a veces a los católicos que consideramos que los que no sienten como nosotros están equivocados. Y tendemos a tener con ellos una postura como paternalista y, si estamos con ánimo, nos empeñamos en sacarles de su error. Aunque, hay que reconocerlo, el Antiguo y el Nuevo Testamento son libros llenos de imágenes literarias que ayudaban a los que los redactaron a explicar cosas inexplicables. Es más; hay imágenes mucho más chocantes que el sincero y sobrecogido “Buen viaje, Bimba” de Miguel Bosé. Pero nuestra fe, y todo lo que la rodea es lo que nosotros creemos, y lo que se ha creído toda la vida de Dios, y a algunos, como Antonio Burgos, les parece mal que nos arrebaten las parábolas y las metáforas esos laicos que están tan equivocados. Los pobres.

Esas imágenes son las que hicieron, por ejemplo, que yo, que era un niño con cierta tendencia a la dispersión, evocara cosas muy diversas cuando estaba en misa. Creo que ya conté en una ocasión que yo, en las preces, entendía “Robemos al señor” y me imaginaba a toda la cristiandad afanando en el Cielo y avisando a Dios: “Te robamos, óyenos”. En las lecturas, los salmos y las parábolas me llevaban a imaginar cosas que, probablemente, en el siglo XVII, me habrían conducido a la hoguera. Incluso los fallos gramaticales me daban juego. No sé si recuerdan que el “Padrenuestro” de hace unos años incluía un leísmo lamentable y se decía “El pan nuestro de cada día, dánosle hoy”. Yo, niño malagueño en territorio no leísta, entendía “El pan nuestro de cada día, danos de hoy” y me preguntaba cómo era posible que, en algún momento, esos curas que a mí me parecían tan respetables fueran capaces de darle a su feligresía los restos del pan de ayer.

Yo, algo más crecido que aquel niño del pan pasado, hoy quiero creer que existe Dios y que Bimba y Cristi están, de verdad, en un lugar mejor y en Paz. A su memoria y a sus familias me gustaría dedicar hoy esta Cabra.

BÉSAME, TONTA

Vaya. Ahora que lo veo escrito con negrita y al tamaño 20, me da que alguno y, sobre todo, alguna puede malinterpretarme.

No estoy pidiendo a ninguna moza de limitado intelecto que me bese. Parafraseando al gran Gurruchaga, voy a meterme en un jardín del que puedo salir trasquilado porque con esto del feminismo, como con tantas otras cosas, uno siempre se queda corto o se pasa de frenada. Con las feministas sucede como con los que nos informan del cambio climático. En ocasiones son tan histéricos, tan extemporáneos y tan desaforados que pierden credibilidad. Y claro, eso da alimento a los radicales del sentido contrario que descalifican cualquier mensaje que llegue desde el feminismo o el ecologismo aunque esté cargado de razón. Ha pasado con la decisión de una vuelta ciclista de Australia de eliminar a las azafatas que dan el patético besito a los ganadores de etapa en las competiciones ciclistas.

Aquí les copio un tweet que publiqué hace unos meses. Mi hija Macarena, que entonces tenía 14 años, estaba conmigo viendo una noticia sobre el Giro de Italia en el Telediario. Cuando llegó el momento de la entrega de premios y el ósculo de las azafatas al ganador, dijo: “Cómo me cabrea esto; ¿Por qué no ponen a 2 tíos a darle el besito?”. Yo publiqué aquel tweet y provoqué una interesante polémica entre mis amigos y seguidores.

La decisión de quitar a las azafatas mollares y hacer una entrega normal y corriente sin besitos ni poses ridículas, lógicamente, ha abierto un debate y los organizadores de varias vueltas han anunciado que ellos no piensan seguir la corriente australiana. Decía anteayer el Director de Unipublic, la empresa que organiza la Vuelta, que en España jamás se da a las azafatas un trato denigrante y que se respeta su dignidad. Hombre, sí; nadie les toca el culo, ni se las pone con transparencias agarradas a una barra de Night Club con cara de guarrillas. Pero a mí me parece denigrante que dos chicas besen, a la vez, a un tío sudado por el hecho de que haya ganado una etapa. Es una imagen que tenemos metida ahí con cemento. Pero pensemos un momento en cualquiera de nuestros trabajos. ¿Podrían imaginar a un directivo que acaba una presentación exitosa y, al finalizar, las dos tías más atractivas de la oficina, vestidas apretás y con poca ropa, le dieran dos besos entre gestos coquetos y mostrando un inusitado interés por yacer junto al susodicho? ¿O a mí mismo si, presentando un programa, al terminar, se me acercaran Susanna Griso y Ana Blanco embutidas en shorts y camisetas ajustadas y me plantaran  un beso en cada mejilla con cara de querer más guerra que Benny Hill en un vestuario femenino? Ridículo ¿verdad? Pues es lo que pasa cada día en cada etapa de cada vuelta ciclista, o en cada combate de boxeo, con la merdellonada* de las chorbas esas mostrando el numero del asalto que va a comenzar. O con las mozas de las carreras de coches y motos…

No estoy diciendo con esto que no se contrate a jóvenes bien parecidos para tener una buena presencia ante quienes acuden a un congreso o participan en una competición deportiva. O que se contrate a camareros y camareras por su físico. Lo que me parece patético es que esos papeles obliguen a la mujer a adoptar un rol de sumisa geisha a disposición del superhombre que acaba de ganar una etapa. Hecho este que le provoca a la moza tal baile hormonal, y tan rendida admiración, que la azafata no puede reprimir darle un beso.

Muchos hoy tienen la coartada de que también lo hacen con azafatos hombres cuando hay competiciones femeninas. Pero eso es una gilipollez. Los tíos no hemos sido tratados como carne o como una mercancía que debe tener buena pinta durante siglos y no tenemos ninguna necesidad de que nadie nos demuestre que no somos una “cosa”. Las mujeres llevan décadas luchando por quitarse de encima clichés que hacen mucho daño y que han convertido a la mujer en objeto. Y no sólo eso; aún las niñas de hoy sienten que deben buscar un ideal de belleza que hace sufrir, cada día, a millones de mujeres que se ven, constantemente, gordas o no lo suficientemente guapas. Y podemos pensar que esto es una tontada sin importancia o hacer algo y, de verdad, decir en voz alta que lo que es ridículo, lo que nos acerca a la categoría de gilipollas, es que sigamos utilizando al sexo femenino de esta manera.

Las mujeres hoy deberían levantarse contra esto, contra las dietas chorras y contra la moda de la talla 38, aunque, sorprendentemente, he leído en estos días a algunas señoras defendiendo la presencia de las azafatas al final de las etapas ciclistas. Quizás con respecto a la comida, muchas deberían aprender de mi tía Amelia. Era una hermana de mi abuela que enviudó muy joven y nunca volvió a casarse. Era una mujer muy peculiar y adorable para los niños porque siempre llevaba el monedero lleno de pesetas para repartir entre sus sobrinos nietos. Poco antes de que perdiera la cabeza, empezó a tener algunos problemas con la tensión y el médico le puso un régimen sin sales, grasas, fritos, ni harinas. Hoy estas cosas están muy sabidas, pero en el año 76 era una novedad y mi tía Amelia no tenía muy claro el concepto. En una celebración familiar comenzó a hincharse de picar choricito por aquí, jamón por allá, sus picos, un poquito de tortilla. Hasta que alguien se dio cuenta y le gritó todo indignado: “Pero tía Amelia, si estás a régimen”. Y ella, con esa seguridad que dan los años y la experiencia, contestó rotunda y con su grasia andalusa: “Pero si yo mi réhimen ya me lo he comío!!” Como dando por hecho que su régimen consistía en comer obligatoriamente la dieta señalada y, a partir de ahí, ya ponerse púa* si fuera necesario.

 

*Merdellonada: Acto realizado por un merdellón que, en Málaga, es una persona ordinaria y muy hortera.

*Ponerse púo o púa: En Málaga, comer hasta hartarse, ponerse como el Quico.

157

No. No es el número de veces que he pensado en las últimas 24 horas en la pobre niña Nadia Nerea a la que dediqué la última Cabra de 2016. 157 tampoco es la cantidad de ocasiones en las que ayer se me erizaron los pelillos de la nuca al escuchar la rueda de prensa del presidente electo de los EEUU, Donald Trump. Ni son las pulsaciones por minuto a las que se me puso el corazón al oír, otra vez más, a un político catalán haciendo ostentación en público de que va a pasarse la ley, y a los jueces, por el arco escrotal en nombre de no sé qué gloriosa cruzada democrática por la Independencia.
Porque esto es así. Ayer la Fiscalía del Supremo anunció que pide 9 años de inhabilitación para el ex-consejero de presidencia de la Generalitat, Francesc Homs, por prevaricación y desobediencia en los días de aquella consulta soberanista del 9-N. Y, lejos de mostrar arrepentimiento, el político sale a los medios a decir que no sólo se la sudó en su día lo que dijeran los jueces. Es que se la sigue sudando hoy. Y se la sudará mañana. Porque él tiene razón. Es lo malo cuando en la política entran la testosterona, el totalitarismo nacionalista y el delirio de la gloria heroica de los mártires por la causa. Sueltas un par de perlas de “defensa de la democracia”, introduces dos o tres elementos de paranoia nacional (“Espanya ens roba” o “no nos dejan votar”), pones cara de Juana de Arco entrando en la hoguera y haces que un tío como Homs deje de ser un irresponsable que se salta la Ley, y pase a ser un épico líder del pueblo oprimido. Vaya; un Braveheart del Penedés con la cara pintada, no de azul, sino con las bandas de la senyera.
Esto podría tener gracia si no fuera porque ellos van en serio y porque los que hacen esto acaban siempre en el totalitarismo. Quien se pasa la ley por la entrepierna da un mensaje siniestro a sus ciudadanos, que pueden acabar pensando: “¿Si ellos lo hacen por qué no lo voy a hacer yo?”
Lo malo es que en el éxtasis nacionalista, aquellos que ganaron las elecciones de manera exigua y tuvieron que hacer un pacto contra natura entre comunistas y capitalistas, dan la sensación de que TODO el pueblo catalán está con ellos y que se saltan la Ley siguiendo el mandato inmaculado de la unánime voluntad popular. Y viendo estas cosas, por ejemplo y salvando las distancias, me acuerdo de los nazis que, como los independentistas catalanes hasta ahora, nunca tuvieron mayoría absoluta en unas elecciones limpias. Una vez en el poder pervirtieron la ley abusando de la democracia e impusieron a los demás su ideario y su delirio. Porque, hombre, es cierto que, de momento, los independentistas no han planificado que se gasee a los que no opinan como ellos, pero en Cataluña hay unos partidos que están intentando pervertir la ley desde un parlamento democrático y allí ya hay hoy algo parecido a un arrinconamiento del que no piensa comme-il-faut. Yo he estado recientemente en Cataluña tres veces. ¿Saben cuántas banderas españolas he visto en los balcones de la gente? Ninguna. Ahora, esteladas y senyeras había miles. Pareciera, al ver eso, que el dato de que más de la mitad de los catalanes no quieren la independencia fuera falso. Porque, si uno ve los balcones, tiene la impresión de que el 80-90 por cien de los catalanes quieren la independencia. Y no ves a nadie manifestar públicamente su amor a España. Y eso es un síntoma de enfermedad. ¿Alguien cree de verdad que el que se siente español es hoy un hombre libre en Cataluña? Yo creo que no. Y cada vez que uno que se siente español en Cataluña ve a un político independentista pasarse la ley por la entrepierna, debe sentir que su derrota definitiva está más cerca y que sufrirá el desprecio entre sus vecinos. ¿Quién tiene pelotas hoy de colgar una bandera de España en un balcón de cualquier ciudad o pueblo catalán?
Mientras, podemos seguir todos mirando para otro lado como si allí no pasara nada. Pero pasa y creo que parte de la culpa la tienen esos millones de catalanes que quieren seguir en España. Pero claro, no se le puede pedir a nadie la inmolación social. Porque los del pensamiento único generan miedo y, el que no va con la corriente aparentemente mayoritaria, sabe que, si se manifiesta en público, está jodido.
Pero vaya. Que me he liado y me he desviado del inicio de esta Cabra. 157 es el número de palabras consecutivas, sin un solo punto, que he encontrado en un escrito que le ha dirigido Hacienda a un amigo mío. Lo copio aquí abajo. Es el delirante texto en el que le contestan a una reclamación. Si alguno de ustedes es capaz de entender lo que pone, le ruego que me lo diga para explicárselo a mi pobre amigo porque está que no le llega la camisa al cuerpo pensando en que pueda entender mal y equivocarse y que le caiga una multa o un recargo por cometer un error. Yo, mientras tanto, le voy a escribir a Montoro para ofrecerme como profesor de redacción para sus funcionarios. Al margen de lo ininteligible, hay en el texto, al menos, dos fallos de concordancia de número y de género. Esos errores gramaticales y ese estilo farragoso ¿Son casuales? Porque uno puede ponerse ingenuo y pensar que sí. O ponerse suspicaz y empezar a sospechar que lo hacen aposta para que nadie entienda un pimiento.

POBRE NIÑA

No sé cuántos se han acordado de ella en estos días. Porque a mí no se me quita de la cabeza la pobre Nadia Nerea. Una niña enferma a la que la presunta avaricia de su padre condujo a un festival de locura colectiva del que ella difícilmente va a escapar.
De momento, que sepamos, una pequeña de 11 años que hace dos semanas iba de plató en plató recibiendo afecto, sonrisas, regalos y todo tipo de frases alentadoras, hoy está sin sus padres, en casa de una tía y viviendo un terremoto que espero que no le deje secuelas para toda la vida. Por muy protegido que esté, un niño de esa edad, hoy en día, se entera de todo lo que está pasando a su alrededor e imagino que Nadia estará asistiendo estupefacta a las ausencias de sus padres, a la mirada esquiva de sus vecinos y amigos y a los cuchicheos. Y estará escuchando las referencias gruesas a su padre y padeciendo el torrente de agua en contra que les lleva arrasando desde que, hace 13 días, a dos periodistas de El País, les dio por hacer lo que debían haber hecho todos los que se entregaron en cuerpo y alma a ayudar al padre de Nadia a sacar dinero para curar a su hija. La historia yo la leí, y no quiero ir de Pepito Grillo, pero hubo dos detalles que me resultaron chocantes y me condujeron, por ejemplo, a no compartir el reportaje de El Mundo en mis redes sociales, a pesar de que decenas de amigos me lo solicitaban.
Aquel reportaje titulaba de una manera muy llamativa con el hecho terrible de que un padre renunciase a curarse para poder luchar por la vida de su hija. Lo empecé a leer sobrecogido, hasta que esos dos detalles me quitaron el sobrecogimiento y lo cambiaron por sospecha; según la noticia, Fernando Blanco llevaba 3 años luchando contra un supuesto cáncer de páncreas y había decidido dejar la medicación a pesar de que le había aparecido una metástasis en el hígado. Por desgracia, la vida me ha acercado al cáncer de páncreas en los últimos meses a través de las enfermedades de 4 buenos amigos. Y no cuadraba el relato, ni la apariencia física de Fernando, con lo que yo he visto padecer a esos cuatro valientes, dos de los cuales descansan en paz. Por otro lado, uno de los médicos esenciales para curar a su hija era un doctor al que el padre de Nadia encontró en una cueva de Afganistán. Coño. No dudo de que pueda haber grandes médicos en Afganistán, pero me chocó que pudiera nadie hacer allí investigación de vanguardia y, mucho menos, en una cueva. En los días posteriores me harté de ver a la pobre niña recorriendo platós, redacciones y estudios de radio para obtener fondos que permitieran curar su mal. Y claro, nada peor le puedes hacer a un periodista que, o fastidiarle una exclusiva, o hacerle quedar como un soplapenes. Y eso le ocurrió a más de media profesión. Y el mismo entusiasmo y falta de rigor que se utilizó para ayudar a recaudar cientos de miles de euros, se está utilizando ahora para dejar demolida la imagen del hombre que les engañó.
En estos días en la prensa, en la radio y en la televisión Fernando Blanco ha pasado a ser el coco y, salvo de la muerte de Manolete, se le ha acusado de casi todo. He oído que tenía en su casa desde 25 hasta 75 relojes de lujo. Las cantidades de dinero en metálico que ocultaba en su domicilio oscilan según dónde leas la noticia y cada información que sale del juzgado se repite sin contrastar. Para qué. Yo ayer estuve almorzando con unos amigos y todos teníamos diferentes informaciones (ninguna contrastada) sobre el padre, la madre, la tía, la supuesta no paternidad de Blanco… Pero ninguno sabíamos nada de lo que está sufriendo esa niña. Y mientras escuchaba a mis amigos hablar sobre el tema, empecé a pensar en Nadia y, no sé por qué, por esas cosas del cerebro, que corre que se las pela, me puse a pensar en otra niña que vi ayer por la mañana en un vídeo terrible sobre la huida de los civiles de la ciudad siria de Alepo. Quizás lo vieran. Un padre iba empujando una especie de carreta encima de la que llevaba algunos enseres, unas maletas y algún mueble. Y, en medio de los bultos, iban tumbados un niño y una niña de no más de cuatro años, durmiendo su feliz sueño infantil en medio del espanto, del desamparo, de la dejadez del resto del mundo y de la maldad insuperable de todos los que participan en esa guerra infernal. Y lo malo es cómo se nos va olvidando cada día lo que pasa allí. Hace unos meses escribí una Cabra diciendo que iba a hacer algo para ayudar a los refugiados y lo único que hice fue dar dinero a una asociación que trabaja para ayudarles. Y aquello no me tranquilizó la conciencia, pero al menos me quitó Siria y a los refugiados del primer plano de la cabeza. Hasta que vuelves a ver el horror tan delante, tan presente y tan cercano. Y piensas que cualquiera de nosotros podíamos ser ese padre que velaba por el sueño de sus hijos empujando una carreta destartalada. Y por eso doy tantas gracias a Dios de tener la suerte de que el problema en nuestro desayuno de ayer por la mañana en casa fuera que se habían acabado los cereales que les gustan a dos de mis hijos. O de ser tan afortunados como para que anoche nos partiéramos de risa al sentarnos a cenar con el comentario de mi hijo Carlillos, que está de exámenes y con una mezcla de canguelo y hartura que le produce cierto mal humor. Al ver en qué consistía la cena se puso mohíno; de primero un puré de verduras y, de segundo, una de las verduras más sobrevaloradas del planeta; Brócoli. Mientras se sentaba, mirando con desprecio esas coles verdes apretás, elevó su queja: “Los mejores momentos de mi vida, cuando estoy de exámenes, son las comidas. No podéis hacerme esto”. Y yo, lo suscribo.

CÓMO SOMOS

Cómo somos, entre otros, los periodistas. Y cuando digo esto no me refiero a los de uno u otro bando. Hablo, en general, de la pérdida de rigor que está arrasando las redacciones. Podría poner muchos ejemplos, pero me voy a centrar en uno que estuvo a punto de llevarme a meter la pata en la Cabra que publiqué el pasado jueves. Imagino que ustedes, como yo, habrán leído en la prensa y en las redes sociales la noticia de que el ayuntamiento de Madrid había empezado a cobrar un alquiler por el Pabellón de Cristal a las organizadoras del Rastrillo de Nuevo Futuro. Según las informaciones que fui leyendo, el ayuntamiento nunca había cobrado alquiler y, este año, las señoras de Nuevo Futuro se habían encontrado con un palo de 90.000€ para poder organizar este evento benéfico que trata de ayudar a niños en riesgo de exclusión social y económica. En torno a ese titular, la noticia se trufaba con las supuestas palabras de la alcaldesa Manuela Carmena calificando el Rastrillo como “Franquista”. Y, claro, podrán imaginar el entusiasmo con el que los no partidarios de la Carmena soltaron sus riendas para poner a parir a la alcaldesa de Madrid. Debo decir que ni la alcaldesa ni el partido que la apoya son excesivo santo de mi devoción, pero la noticia, siendo parcialmente cierta, no es veraz. Y me explico.
Yo intento no informar nunca de las cosas con una única versión. Cuando alguien me cuenta algo, por lo general, antes de comentarlo, compartirlo en redes o publicarlo en una Cabra, intento contrastarlo. Estuve un par de días intentando contrastar la información, pero sólo encontré gente que me confirmaba lo que decía aquella noticia que leí, inicialmente, en un medio muy conservador. Mis intentos con el ayuntamiento fueron infructuosos, pero necesitaba una fuente directa y tuve la oportunidad el viernes pasado de hablar personalmente con la Presidenta de Nuevo Futuro, Pina Sánchez. Y fíjense qué cosas. La noticia, en su titular, es cierta; el ayuntamiento no cobraba nada a Nuevo Futuro por el alquiler del espacio y este año ha empezado a cobrar 90.000 euros. Lo que no contaba el periodista era que, en años anteriores, las organizadoras del Rastrillo habían estado pagando al Ayuntamiento por multitud de servicios imprescindibles para la puesta en marcha del evento y que, el coste de los servicios, era, en cada edición, muy superior a esos 90.000€. La presidenta no me supo dar la cifra exacta, pero el Rastrillo, en años anteriores costaba más de 100.000€ en pago de servicios municipales y, en 2016, ha costado 90.000 con todos los servicios incluidos. O sea que el ayuntamiento de Carmena, tan roja ella, le está cobrando al Rastrillo “Franquista” de Nuevo Futuro, menos de lo que le cobraba la supuestamente “amiga” Ana Botella. Pina Sánchez, además, negó que la alcaldesa hubiera dicho la palabra “Franquista”, al menos delante de ella, y me confesó que había dado esta información a varios periodistas. Yo, no la he visto. ¿Han leído en estos días ustedes a alguno de los que retuiteó, compartió o comentó en Facebook pedir disculpas por haber creído y difundido una información inexacta? Yo no. O sea que, en el “Cómo somos” no solo me incluyo a mí y a mis compañeros de profesión, sino a todos los que comentamos y compartimos con ligereza cosas en las redes sociales sin pararnos un instante a cerciorarnos de que son ciertas. Nos pasa como a los grandes manipuladores. No importa tanto si lo que vas a decir es cierto; lo que importa es que te dé un buen titular, en el caso de que seas periodista o, si eres político, que te permita hacer una frase redonda para salir en los telediarios o ganar puntos en las tertulias. Y si eres un ciudadano cualquiera, lo que quieres, en el fondo, es reafirmar tus convicciones y quedarte con la autoestima mucho más tranquila porque lo que tú piensas lo refrenda un montón de gente al darte “me gusta”.
A mí me cabrean estas cosas. Será que me voy haciendo viejo, porque cada vez noto más el cansancio ante las tontadas. La muerte de Fidel Castro (Q.E.P.D.) por ejemplo, ha sido origen de un buen número de tontadas entre los partidarios y los críticos del dictador cubano. Para empezar, hay muchos periodistas y políticos que no han querido utilizar el sustantivo “dictador” al referirse al finado. Muchos de los que el otro día criticaban el abandono de Podemos ante el minuto de silencio por Rita Barberá, hoy incluso manifiestan alegría ante la desaparición del líder de la Revolución Cubana. Los de Podemos, que el otro día se negaban a guardar silencio por la Barberá, hoy lloran y se dan golpes en el pecho por Castro recordando que fue un gran estadista que hizo muchas cosas buenas por su pueblo. Y fue cierto. El problema de Castro y de la mayoría de dictadores, es que llegan porque no queda más remedio que lleguen y, luego, cuando les toca irse, les da la sensación de que lo mejor que le puede pasar a su pueblo es que ellos sigan ahí mandando porque los pobres de los ciudadanos, sin su liderazgo, van a perder el rumbo. Se olvidan de ese pequeño detalle que es la democracia, la soberanía y la verdadera libertad de los pueblos y perpetúan sus tiranías hasta que les echan o, como en el caso de Franco y Castro, hasta que la naturaleza les dice “Basta” y estiran la pata.
Y resulta curiosamente triste comprobar cómo se parecen los de la adhesión inquebrantable de uno y otro tirano. Los de Podemos en estos días de luto por Fidel me han recordado a aquellos nostálgicos del franquismo que defendían que fue una dictablanda, que en España en aquellos años hubo democracia y que la transición se hizo gracias a Franco y no a pesar de él. No está fácil con Raúl ahí, pero confío en que a los cubanos les aparezcan un Suárez y un Rey Juan Carlos (tan denostado) y puedan pronto decir, de verdad, que en la isla tienen algo parecido a una democracia.