EL SENY

Da pereza. Es una de las cosas que han conseguido los independentistas y todos los pesados del procès. Que estemos aburridos y que, probablemente, a muchos de ustedes la simple lectura del titular de esta Cabra les haya dado un motivo para no seguir leyendo. Y mira que me da pena, pero es que, al menos yo, estoy, como se dice en mi tierra, con un “jartón” que no puedo ya más con los nacionalistas catalanes. Y eso que no nos hemos puesto a hacer cuentas, pero tanto decir que la Independencia catalana podría costar no sé qué burrada de miles de millones de euros y que iba a suponer un palo durísimo para el PIB y me gustaría saber la cantidad de dinero, tiempo, energía e inversiones que se han perdido en estos últimos 5 ó 6 años de una tontada detrás de otra.

Esto del “seny” no sé cómo se puede traducir, pero quizás lo más sencillo sería tirar por la raíz y hablar de señorío. Que, claro, piensas en el señorío y miras a Torra y te congestionas de la risa. Quim Torra piensa que “el seny” es uno de su pueblo que se apellida Senillosa. Y no es el único que ha mostrado que el señorío no es lo suyo. Artur Mas, probablemente, debe estar buscando el seny entre las cajas de antidepresivos. Él, que se veía con un busto en el Parlament como un Mandela del Priorat, y ha acabado siendo el panoli que defenestró CiU; el botarate que acabó con un negocio más que rentable para sus colegas de partido. Por no hablar de su sustituto, Puigdemont, que claramente se dejó el seny en las zurraspas de los calzoncillos que llevaba aquel día glorioso de la DUI metisaca-solo-con-la-puntita-y-ya.

Lo que ocurre es que esto del “seny” siempre me ha sonado a algo con un poco de falsete y para mí el mayor representante del “seny” es Jordi Pujol. Un político al que pillaron con las manos en la masa de una manera flagrante con lo de Banca Catalana y el tío no solo es que salga indemne, es que logra que pongan bajo sospecha al fiscal que le acusó y consigue convertirse en el paradigma del gran estadista. De sabio y fino negociador que tenía contento al Estado Español, al catalanista más convencido y, por supuesto, a todos los que se estuvieron forrando durante años en su entorno. Los únicos que no estaban tan contentos eran los empresarios que soltaban el tres per cent, pero, a esos, que les den pomada. Que es una frase muy de políticos.

Hay un ejemplo perfecto de ese tradicional desdén hacia los empresarios en muchas de las decisiones sobre política económica que está tomando el gobierno de Pedro el Infalible. Nuestro presidente del gobierno, como muchos otros políticos de izquierda, piensa que el que genera empleo es el Estado. No solo con la oferta de empleo público, sino permitiendo que las sabandijas de los empresarios nos forremos a base de explotar a los trabajadores. Es curioso cómo en vez de considerarnos los socios con los que conseguir generar empleo digno, nos miran como el enemigo al que hay que tener controlado porque somos unos hijos de puta. Y por eso la mayoría de las medidas sociales que está tomando el gobierno no van contra el lomo del Estado, sino contra el de los empresarios (cabrones) que nos forramos a costa del sudor de nuestros trabajadores.

Y no sabe Pedro el Luminoso que la mayor parte de los empresarios que yo conozco lo que quieren es generar actividad y empleo y riqueza. Y, si es posible, mucha riqueza. Y, si es posible, forrarse. Claro que sí. Pero aunque Pedro el Resplandeciente no se lo crea, los empresarios no somos unos hijos de puta. No queremos tener a los trabajadores descontentos y uno de nuestros objetivos, cuando estamos generando riqueza, es que el equipo con el que la estamos generando se mantenga con nosotros y que estén felices. Y eso solo lo puedes conseguir tratando bien a la gente. Y claro que hay empresarios cabrones y explotadores, pero la mayor parte de los que yo conozco son gente como usted y como yo que tienen una vocación de crear cosas de la nada, de promover actividad económica y, por tanto, empleo, y de generar riqueza para el país, para su plantilla y para ellos mismos. Y eso, con muchas de las medidas que está tomando el gobierno, nos lo están poniendo difícil. La última, lo de que tengamos que instalar puestos de control de la entrada y salida de los trabajadores. Que no me parece mal, pero si va acompañado también de que nos permitan controlar si el 100% del tiempo que el trabajador está dentro de la empresa, está dedicado 100% a su trabajo, pero solo por poner por escrito este pensamiento, no sé por qué ya me da la sensación de que me estoy convirtiendo en un fascista. Porque, obviamente, los empresarios somos todos unos hijos de puta, pero los trabajadores, todos, son cumplidores y jamás en su puesto de trabajo hacen gestiones personales, mandan emails a los amigotes o entran en sus redes sociales. Que, por cierto, ¿saben cuál es la hora en la que internet lo peta en España? Entre las 9 y las 10 de la mañana, hora a la que, como todo el mundo sabe, los españoles estamos en nuestra casa tomando café.

Y, ya que hemos empezado hablando de señorío, quiero cerrar con una elegantísima caja de dulces que me encontré en una cafetería jienense hace unas semanas. Venden tetillas de monja, dulce irreverente donde los haya. Pero lo malo no es el nombre del pastel, que viene de antiguo, lo chocante es la foto que acompaña al producto. En la imagen principal hay un dibujo de una monja que, llámenme pervertido, pero a mí me da que, más que una religiosa, parece la portera de un lupanar pidiendo guerra. Y que Dios me perdone por este pensamiento…

 

ONANISTAS MENTALES

O, directamente, pajilleros. Pero me parecía mal poner este palabro en el titular de una Cabra. No sé si soy el único al que le sucede, pero, cada año más, tengo la sensación de que estamos yendo hacia atrás. Ayer lo dijo con la serenidad, la sensatez y la inteligencia que muestra siempre mi paisano Antonio Banderas: “Me da la sensación de que en 1985 ó 1986 llevaba Franco más tiempo muerto que ahora”.  No se puede decir más claramente. Y luego dedicó un minuto a reflexionar sobre algo tan básico para la convivencia como el perdón. Que ignoro dónde nos lo hemos dejado.

La foto que abre esta Cabra es para mí el paradigma de todo esto. En el año 2019 unos jóvenes madrileños escriben en un muro cercano a mi casa semejante frase: “Blas Piñar Presente”. ¿Pasa esto porque sí? ¿O ha habido alguien que ha resucitado viejos odios y le ha quitado unos puntos a la cicatriz de la transición? Conste que no digo que, quien quiera enterrar a los suyos, no pueda hacerlo (mi mujer no sabe dónde está enterrado su abuelo), pero opino que la Ley de Memoria Histórica es un texto bien intencionado, que ha resultado penoso para la convivencia. Porque no es una Ley de Malos y Malos. Es una Ley en la que los buenos son unos y, los malos, otros. Y ahí, desde mi punto de vista, nace el onanismo mental en el que hoy nos encontramos.

Esa confusión que conduce a los de un bando a pensar que la República fue un feliz período de democracia en España. De respeto al diferente. De paz social. Y claro que se hicieron muchas cosas buenas en educación, igualdad, cultura… Pero es innegable que hubo un descontrol tremendo que desembocó en una Guerra Civil cruenta, larga y, visto lo visto hoy, sin acabar de cerrar.

Esa confusión conduce a los del otro bando a pensar que Franco no fue un dictador muy duro. La tontada de la dictablanda se la podrían contar a los cientos de miles de exiliados, a los miles de represaliados con la cárcel o con las condenas a muerte, a los millones de españoles que pensaban de un modo distinto y que tuvieron que vivir en una España que apestaba a naftalina, a incienso cardenalicio y a fascismo paternalista.

No sé dónde comenzó a gestarse nuestra guerra civil. Desde luego no en 1936. Quizás en la dictadura de Primo de Rivera, quizás en la salida atropellada del Rey tras el 14 de abril del 31. Quizás en la cantidad de burradas que se hicieron durante los últimos años de la República. Quizás con el intento de Golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Y sí. Digo intento de Golpe de Estado porque lo que pasó aquel día es que un grupo de militares se levantaron en armas contra su gobierno, pero, desde luego, y como es obvio, no triunfaron. Que eso es un Golpe de Estado; una acción militar violenta, rápida y concreta en la que los golpistas se apoderan de los resortes del gobierno de un Estado. Y eso no pasó en 1936.

En 1936 había millones de españoles que deseaban que hubiera un cambio. Y cuando Franco y los suyos se levantaron, no lo hicieron solos. Escuchando hoy a la izquierda, da la sensación de que aquella guerra la hicieron los militares contra la población civil, que apoyaba a la República. Y eso es tan falso y tan ridículo como decir que no hubo otros millones de españoles que detestaban lo que estaban haciendo los nacionales y pelearon con energía para defender a la República. Fue, desgraciadamente, un enfrentamiento civil dirigido por militares. Y no digo que no hubiera, en ambos bandos, gente no convencida que iba al frente por obligación. Lo que afirmo es que aquel conflicto bélico no fue un Golpe de Estado. Fue una tristísima guerra civil. Por mucho que hoy haya decenas o cientos de escritores, pensadores, historiadores o políticos que pretendan convencernos de lo contrario.

¿Se habría convertido España, como dicen los del bando nacional, en una dictadura bolchevique si no hubiera ganado Franco? No lo sé. ¿Habría sido esto diferente si Franco hubiera hecho volver al Rey y hubiera instaurado una Monarquía Parlamentaria como la que tenemos hoy? Vamos; es que hasta me da la risa de pensar en Franco llamando al Rey. Lo que es innegable es que, para millones de españoles, la victoria de Franco fue una liberación. Y no solo porque terminara la guerra. Hubo millones de civiles que celebraron que ganara ese bando. Igual que hubo millones que lo lamentaron. Lo que nadie puede pretender vendernos hoy es que en 1939 Franco comenzó una dictadura militar aplastando a todos los españoles. Porque media España, si no más, estaba feliz con su victoria. Igual que, al final de su autocracia, España casi entera estaba deseando que se muriera para que pasara algo nuevo.

Y ese algo nuevo fue un Rey, criticadísimo hoy, que se inventó una nueva España. Que apostó por la reconciliación, por la concordia. Por que pudieran hablar Suárez y Carrillo o Fraga y La Pasionaria. Por que tuviéramos un país que mirara hacia delante y por construir una Constitución de todos que nos ha traído hasta aquí. Pero quizás lo más significativo para mí de aquel período es ese PERDÓN del que hablaba ayer Banderas. Y no voy a ponerme meapilas y pedir que aprovechemos la Cuaresma para practicar la principal aportación de Cristo a nuestra Historia; el Perdón. Pero igual no nos venía mal a todos sentarnos, mirarnos y hablar sin tener especiales ganas de convencer al de enfrente.

SAN PEDRO DE LA MONCLOA

Ya no es solo Pedro “El Guapo”, como se autodenomina y como, con mala leche, le dicen sus rivales. Ahora no se me acaban los adjetivos para calificar a nuestro Presidente del Gobierno. Desde que decidió adelantar las elecciones, Pedro Sánchez ha pasado a ser Pedro el Bueno, el Generoso, el Tolerante, el Pacificador o, ¿por qué no? El Santo.

Cada tarde, a eso de las 20.30, me dan ganas de sentarme ante el televisor para ver cuáles son los nuevos motivos que nos va a dar el Primer Ministro para pedir al Papa su beatificación o, ya puestos y dado que le queda poco tiempo antes del 28-A, que le hagan un proceso de esos de “Santo Súbito”.

Hay varios medios que trabajan con denuedo para vendernos esa imagen de hombre moderado, que trabaja por España con una sonrisa humilde, que habla a sus adversarios con sosiego y cuya única preocupación es tomar decisiones para ayudar a la gente. No hace esos decretos para ganar votos, como le acusan sus malévolos enemigos, no. Él lo hace porque es bueno, coño. Un buen tío, apaleado por los fascistas que quieren llevarnos de nuevo a una oscura caverna de otros tiempos.

Claro, hay que reconocer que los de enfrente a Pedro el Magnánimo le dicen de todo menos bonito. Y mira que es guapo, el cabrón. Porque si escuchas los discursos de Abascal, Casado y, en menor nivel, de Rivera, te da la sensación de que PS ha sido una termita que ha estado a punto de socavar nuestro Estado de Derecho, un vendepatrias y un irresponsable que ha puesto en riesgo nuestra felicidad por quedarse un ratito más en Moncloa. Y yo, en líneas generales, estoy bastante de acuerdo con estos fascistas, pero creo también que les sobra grosor en las formas y les falta finura en el fondo. Pero estamos en campaña y tanto Pedro el Misericordioso como sus rivales se han puesto ya los diferentes disfraces que les van a llevar a la noche electoral del 28 de abril. Y hasta entonces les vamos a ver en el teatrillo dándonos la sensación, con frecuencia, de que piensan que nos da todo igual o que no somos muy inteligentes. Y algo de razón deben tener cuando, en Andalucía, con lo que les ha caído a PSOE y a PP en los últimos años, y pese a las respectivas debacles, ambos partidos han vuelto a ser los más votados. Cuidado; con esto no estoy diciendo que los que votan a PP y a PSOE sean bobos. Digo que me sorprende que, con la cantidad de errores que han cometido y con la cantidad de caquitas que les han salido, les sigamos comprando el discurso sin que nos dé la risa ni a nosotros ni a ellos.

Pero realmente hoy no quería hablar de Pedro el Noble. O un poco sí. Porque no sé si han visto el magnífico vídeo que ha elaborado el Mago More para pedir que no se cierren los Centros de Educación Especial en España.

https://youtu.be/XAfVPkEA86M

El Mago More con Gonzalo Serra, alumno del Centro de Educación Especial de la Fundación Bobath

Si usted habla con cualquier político, por ejemplo, con la Ministra de Educación, Isabel Celaá, por supuesto te dicen que, ni su nueva Ley de Educación, ni ninguna otra, piensa cerrar esos centros que acogen a personas con discapacidad que no pueden ser educadas en cualquier colegio. Y es verdad. Yo me he leído la Iniciativa Legislativa que promueve que los colegios de España sean inclusivos y es cierto que, en ningún lado se dice que se deben cerrar esos centros especiales. Pero sí parece obvio, leyendo la ingente cantidad de documentación que me he leído en los últimos días, que los van a asfixiar económicamente hasta llevarlos a la desaparición. Que no es lo mismo que decidir cargárselos en una Ley, pero se parece un huevo. De hecho el objetivo inconcebible del CERMI, el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (me gustaría saber quién les ha enseñado a hacer acrónimos, porque a mí me saldría el CERPD) es que se cierren esos Centros de Educación Especial porque, según ellos, orillan y excluyen y segregan a esas personas diferentes.

Y lo que explica More con una sensatez meridiana es que no es lo mismo un ciego, un sordo, un tetrapléjico o una persona con algún trastorno del espectro autista, que un muchacho con una parálisis cerebral que le impide, de una manera absoluta, estar en cualquier colegio de cualquier ciudad. Y no solo porque sea malo para el joven discapacitado, sino porque haría muy difícil crear un ritmo y un ambiente de aprendizaje razonable para el resto de sus compañeros. Muchos de estos chicos y chicas necesitan terapias físicas y psicológicas muy específicas que es imposible que se les ofrezcan en un colegio no especial. More utiliza dos ejemplos perfectos; no puedes meter a un canario en una pecera llena de agua. Puede que flote un rato, pero al final del día el canario ya no estará entre nosotros. Y dice, con razón, que si necesitas un trasplante de hígado, puedes agradecer mucho que un donante te dé su corazón, pero no te va a servir de nada.

Hay una web en la que explican todo esto magníficamente y en la que piden a los gobiernos autonómicos y al Central que ni cierren ni conduzcan al cierre los Centros de Educación Especial. Que puede que no los vayan a eliminar, pero, utilizando el acuario del que habla More en su vídeo, si a tus 25 peces les quitas gran parte del agua, tú no estás cerrando la pecera, pero les estás jodiendo la vida a los pececillos. Y algo muy parecido a esto es lo que está pasando.

https://www.inclusivasiespecialtambien.org/

NO ME LA PUSE

Con mi padre celebrando la 7ª Copa de Europa del Madrid

Acto de contrición. Con vergüenza. Hace 21 años le robé una camiseta del Madrid a un sobrino mío. Él no lo sabe. Y puede que hoy, con mi confesión a pecho descubierto, comience una disputa familiar de consecuencias imprevisibles.

Pero lo hice. Fue en la Navidad de 1997. Madrid y Atleti jugaban una pachanga benéfica en el Palacio de los Deportes y yo, que entonces era un famoso serie A, presentaba el evento. Una prima mía cordobesa me había pedido si yo podía conseguirle una camiseta de Fernando Hierro para su niño. Mi paisano era su ídolo y el niño quería tener en su cuarto una camiseta de Hierro de las de verdad. Sudada. Y aunque me dan cierta vergüenza estas cosas, le pedí a Fernando su camiseta. Supongo que le explicaría que era para un sobrino, pero lo importante es que (tío majo) me la dio. Con el lío de presentar y tal se me olvidó pedirle que me la firmara. Pero me llevé la camiseta como un tesoro para dársela a mi prima en cuanto nos viéramos. Entre mi despiste existencial, que mi prima vive en Córdoba y que el niño no se puso pesado, llegó el día de la final de la Champions de Amsterdam; el 20 de mayo de 1998. Vinieron mis padres a ver el partido y yo, que tengo mis cosillas supersticiosas, me puse la camiseta del 4 convencido de que nos iba a dar suerte. Y ¡¡¡¡¡ganamos la 7ª!!!!! Después de aquello hice algo que me avergüenza, pero me dije: “vamos; o viene el niño llorando de rodillas desde Córdoba o esta camiseta se la queda el chache (o sea, yo) y va a ser la camiseta talismán”. Y hasta hoy. No ha habido ni un partido del Madrid que yo haya visto con esa camiseta y que no hayan ganado los blancos. Ninguno. Y lógicamente solo me la he puesto en ocasiones muy especiales. Mi mujer, cuando digo estas cosas, piensa que estoy de cachondeo y me mira con esa cara a medias entre: “no sé si mi marido es muy gracioso o si es subnormal”. Va ganando subnormal.

La cosa es que anoche no me la puse. Lo pensé. Pero no me pareció que una semifinal de Copa mereciera gastar la magia de esa vieja camiseta con publicidad de Teka. Y, a pesar de que el Madrid jugó mucho mejor que el Barsa y de que tuvo varias ocasiones clarísimas, nos volvieron a dar por ahí mismo.

Los que sí se ponen su camiseta a diario son todos los que van al coñazo del juicio del Procès de los cojones. Perdonen que me pongan tan bajondino, pero es que no sé si estoy del juicio hasta el huevo izquierdo o hasta el derecho. Estoy harto de la obviedad. De pensar cada vez que veo o escucho a cualquiera de los procesados o sus adláteres que es inexplicable que creyeran que podían pasarse por la entrepierna nuestro Estado de Derecho sin que tuviera consecuencias. Y, por supuesto, todos los que van por la parte contraria, también llevan su camiseta y no se salen ni una mijita de su guión. Que, por cierto, con matices, es bastante parecido al mío.

Lo que me pasa, y quizás alguno de ustedes comparta mi reflexión, es que desde hace mucho tiempo pienso en la cantidad de tiempo, energía, talento, esfuerzo y dinero que estamos desperdiciando en esto del “Procès”. Desde que arranqué la Cabra, allá por 2012, Artur Mas empezó a dar por saco; convocó dos procesos electorales para ver si el pueblo le daba el apoyo que aún no había conseguido y, en el trayecto, perdió decenas de escaños, destruyó CiU y jodió para siempre la convivencia en Cataluña. En estos seis años y pico es incontable la energía que hemos desperdiciado en Cataluña y en el resto de España. Y eso, por desgracia, no sale gratis.

Si uno mira desde hace años los informativos de las televisiones españolas es indecente la cantidad de minutos que cada día se dedican y se han dedicado a este asunto. Que no digo que no sea importante. Pero es que esta letanía impide que se informe de otras muchas cosas que pasan en España. ¿Cuándo se dan noticias de Andalucía, de Asturias, de Galicia, de Castilla-La Mancha… si no es por un suceso truculento o por alguna corrupción? Injusticias de las que nadie habla, problemas igual de graves que la pseudo-independencia que parece que no existen, empresas que trabajan en proyectos impresionantes de los que nada se sabe, personas que hacen cosas extraordinarias de las que se enteran sus íntimos, artistas que arriesgan sin que nadie les tome en cuenta, deportistas que son héroes en sus disciplinas y ganan medallas con el aplauso de unos cientos de admiradores. De todo eso no se habla en los informativos españoles.

En los últimos años, en las noticias de TV se ha dedicado un 50 por ciento entre Cataluña, corrupción y los distintos gobiernos débiles que hemos padecido, otro 30 por ciento a dar noticia de horribles sucesos y el 20 por ciento restante se reparte entre el fútbol, algún deportista de otra modalidad al que se le ha escapado un pedo/culo/teta/pis en el ejercicio de su disciplina y alguna cosilla de Internacional.

Ayer almorcé con 5 periodistas antiguos. Unos más viejos que otros, pero todos con unas cuantas décadas de ejercicio en las espaldas. Y nos quejábamos de esto y de la ligereza del periodismo actual y de que estamos contando lo que quieren que contemos los gabinetes de comunicación de partidos políticos y empresas. Pero lo que más nos preocupaba no era esto. Lo que nos resulta de verdad inquietante es que, mientras nosotros estamos con el Procès, la corrupción y elecciones tras elecciones, en Asia están con las máquinas a toda presión creciendo a un ritmo imparable. Y no nos enteramos. Ni nosotros ni nadie. Cada uno con sus mamonadas; llámenla Brexit, los líos en Francia e Italia… Los únicos que medio se enteran son los alemanes. Y, en este tiempo, los chinos comprando medio mundo, los indios produciendo como si no hubiera un mañana y el sureste asiático echándole combustible a una máquina que va tirando de mil vagones a 200 por hora. Y nosotros, para parar a esa máquina estamos mirando si tiene pilas nuestro Ibertren*.

 

*Ibertren era un tren eléctrico de juguete de los 60-70

LOS AFORTUNADOS

No hablo de aquellos a los que les ha tocado la lotería. Quería hablar de los que hemos tenido la fortuna, en nuestras vidas, de cruzarnos con una persona con síndrome de Down. Pero voy a dejar para el final una reflexión que le quiero dedicar al equivocadísimo Arcadi Espada. Porque anoche, cuando pensaba sobre lo que iba a escribir en esta Cabra, se me cruzaron unas cuantas personas que yo considero que han sido tocadas por la fortuna, quizás, sin merecerlo.

Le daba vueltas, por ejemplo, a la marciana propuesta de otorgar el Nobel de la Paz a Donald Trump. Es que da risa solo leerlo. No debería sorprendernos dada la cantidad de veces en las que los académicos han actuado como una troupe de humoristas con sus Nobeles de la Paz y de Literatura. Pero, en el caso de Trump, es como un redoble de tambores en la mismísima trompa de Eustaquio que, quizás en el libro de Pedro Sánchez (que aún no me he leído) sea confundida con la trompa de Falopio.

Que tela lo del libro del Presidente del Gobierno. Ese es otro afortunado. Él, que tiene un altísimo concepto de sí mismo, considera que lo suyo es resiliencia, capacidad de resistir. Yo opino, humildemente, que es un tío con una chamba espectacular. Que me cuenten cuándo va a volver a pasar, que un político con 84 diputados llegue a Moncloa sin estar siquiera en el Congreso de los Diputados. Suerte, potra, azar, fortuna, casualidad o, simplemente, chorra marinera. Ojo, que no digo que sea ilegítimo, ni le calificaré jamás de okupa. Pero chorra marinera, sí. Enorme.

Pues este afortunado Pedro Sánchez ha tenido también la suerte de recibir el encargo de escribir un libro para la editorial Planeta. Que nadie sabe lo que va a cobrar por ello el inquilino de Moncloa, pero es indudable que más de lo que gana anualmente por dormir en su colchón de estreno en ese Palacio. Lo único malo es que patinó al elegir a quien le “ayudase” con la redacción.

Lo más sorprendente de todo es que da la sensación de que PS no se ha leído su libro ni en diagonal. Siendo tan vanidoso, apuesto a que le habrá dado mil vueltas a la foto, pero habrá delegado, no solo lo de escribir, sino, por supuesto, lo de corregir. Que, vaya, que no se lo lea él, tiene un pase, pero que no se lo hayan leído los editores de Planeta es, o una cagada del tamaño de la Cibeles, o una señal de que deben cambiar algo en su equipo de correctores. Porque esa prisa por sacar el libro antes de que se agotara la legislatura ha hecho que parezca que lo ha escrito un alumno de la ESO hormonalmente despistado. Coño; es que da la sensación de que han ido sacando las citas de los Poppy Cards de El Corte Inglés. Que son monos. Monísimos. Pero como base para el libro de un primer Ministro, pues no están bien.

Afortunados. También se puede calificar como tal a Pablo Casado. Si hace un año le hubieran dicho que iba a estar siendo el candidato del PP a las Generales, creo que le habría dado el mismo ataque de risa que nos dio anteayer a todos con lo del Nobel de Trump. Pero la moción de censura y los movimientos anti-Soraya en el PP, le pusieron en una autopista que podría conducirle a Moncloa. Lo que sucede es que yo creo que Casado debería relajarse. Se le nota demasiado, por un lado, que está feliz. Y eso no es malo, pero, cada vez que habla se le percibe excesivamente sonriente y si yo fuera su asesor, le reduciría el tamaño y la frecuencia de la sonrisa. Por otro lado, el auge de Vox le está haciendo forzar el discurso ese de la “derecha sin complejos” que, a mí, francamente, cada vez que lo oigo, me pone los pelos de la nuca igual que cuando los de Podemos decían que eran leninistas amables. Casado se está destapando como un magnífico orador y un parlamentario con punch, de los que “sin papeles”, dan una nata al mentón del contricante cada dos frases. Pero igual le vendría bien relajarse un pelín.

Todo lo contrario de lo que considero que le pasa a Albert Rivera, que debería activarse y quitarse la empanada que le asoma desde la foto de Colón. Porque Ciudadanos es, hoy, más muñeco del PimPamPum que nunca. A la hora de definirles, ¿nos quedamos con lo que dicen desde la derecha; que son los pomelitos; naranjas por fuera y rojos por dentro? ¿O con lo que dicen los de izquierda que aseguran que son unos ultraderechistas disfrazados de cordero demócrata con los del trifachito o, en la delicadísima creación de la Ministra de Justicia, el trifálico? Que me gustaría oírles si Rivera, Casado o Abascal se refirieran a ella como una miembra de un trichóchico, tricóñico o, peor, tripotórrico. Pero es la ventaja de ser de izquierdas, que puedes hacer bromas que, si las hace cualquier otro, son de fascista hijoputa carpetovetónico.

Pero se me está pasando esta Cabra y no hablo de lo de Arcadi Espada. El columnista vino a decir que si uno decide alumbrar, por ejemplo, un hijo sabiendo que va a tener síndrome de Down, debe asumir las consecuencias económicas de su decisión y no cargar al Estado los costes que provoque tu hijo. Buff. Es que me flipa poner esto por escrito.

No me voy a poner grueso, porque ya bastante se le ha dicho e insultado. Simplemente me da pena. Yo ya he hablado en alguna ocasión de la suerte que tuve de convivir durante muchos años con uno de los hermanos pequeños de mi madre, Armando. Mi tío tenía síndrome de Down y puedo asegurarle a Espada, que no conozco a nadie que no guarde un buen recuerdo de él. Cuando yo era pequeño, mi abuela Julia siempre decía que Armando era la bendición de la familia. A mí me parecía una pose. Me encantaba jugar con Armando y era uno más de los sobrinos, pero me daba pena ver que había cosas que nunca iba a poder hacer. Y entendí la frase de mi abuela el día en el que tuve hijos. Los niños son la felicidad. Y Armando, como todos los síndrome de Down que he conocido, era un niño eterno. Y creo que solo se puede decir una frase tan equivocada y tan descarnada si no has conocido de cerca de alguien con esa trisomía 21.

Desde luego, poniéndonos prosaicos, si, algún día, alguien se tiene que plantear costes, por qué no empezar antes por los conductores imprudentes, por los fumadores, por los que beben alcohol en exceso o por los que comen de manera insana. Todos ellos, le cuestan al Estado muchísimo más dinero al año del que puedan costar, si es el caso, las personas con Síndrome de Down. Y no creo, Arcadi (no sé si fumas, bebes, comes mal o conduces imprudentemente), que fuera aceptable que nadie pidiese que tú, o alguno de tus familiares, tuvierais que haceros cargo de vuestros gastos hospitalarios en el caso de que, Dios no lo quiera, acabéis necesitando una asistencia sanitaria muy costosa.

Mi tío Armando y yo en el día de mi Primera Comunión.

LOS MIERDAS

A ver si va a resultar, Eva, que la facha eres tú. No sé si saben quiénes son “los mierdas”. Según la presentadora Eva Hache, los mierdas son los que #SíFueron a la manifestación de ayer en la Plaza de Colón.

Yo debo decir que no fui. Había muchos motivos que me animaban a estar allí, pero había otros motivos, casi igual de importantes, que hicieron que me quedara en casa. Y del mismo modo que mis amigos que acudieron respetaron mi ausencia, yo respeté, lógicamente, su asistencia. Pero en esa absurda trinchera en la que se está convirtiendo España para muchos, entre mis amistades de izquierda comenzó a gestarse hace unos días una especie de desprecio profundo hacia todos aquellos que se mostraban partidarios de la manifestación y de sus convocantes.

Si leías medios de izquierda o publicaciones de mis amigos más zocatos, parecía que aquello iba a ser un festival neonazi en el que la ultraderecha iba a mostrar su añoranza del Caudillo, en el que lo peor de la España rancia iba a sacar sus tripas y en el que la caverna fascista iba a demostrar, por fin, que nunca se había ido. Decenas de memes, frases ingeniosas con el trifachito y mensajes en los que, como de costumbre, mis amigos de izquierda se consideraban superiores intelectual, moral y personalmente a mis amigos de derechas.

Que es algo que cada vez me resulta más chocante. Por lo general, la izquierda siempre califica a la derecha como intransigente, intolerante, irrespetuosa con el que opina diferente. Si uno lee o escucha a la gente de izquierda, da la sensación de que, sin embargo, la izquierda, por el hecho de ser izquierda, está investida del espíritu de la transigencia, la tolerancia y el respeto por el que piensa de una manera distinta a ti. Hasta que se toca no sé qué fibra.

Porque últimamente, aunque de manera muy acusada desde el vuelco electoral en Andalucía, la izquierda está como despendolada. Y no solo se convocan alertas antifascistas y manifas para protestar contra los 400.000 votantes de un partido político, sino que se ha establecido una especie de consigna para que cualquier líder que no sea de los buenos (esto es; PSOE, Podemos o Independentistas catalanes), se convierta en el hazmerreír de todo aquel que se considera de izquierdas. A esto ayudan mucho las redes sociales. Yo llevo un tiempo mirando, como quien va al Zoo, el timeline del Twitter de Inés Arrimadas. No piensen que es por ningún tipo de voyeurismo, sino porque sirve para darse cuenta de parte de lo que pasa en Cataluña.

A mí les aseguro que me acojonaría leer cada día las cosas que le dicen a esta mujer cientos y cientos de los llamados haters, odiadores, en castellano. Y vaya que si odian. Pero cosa mala. Y todos esos que vierten su odio contra Arrimadas lo hacen convencidos de que la mala es ella y consideran que está, en el ranking de “malvadismo”, a la altura de Hitler o Mussolini. Pero, al fin y al cabo, esos haters o trolls, son la fauna típica de las redes sociales que, escondidas tras un nombre falso, dicen lo que quieren impunemente. Lo que es menos frecuente es encontrarse ese odio a cara descubierta y en la publicación de una mujer que es figura pública, que se supone que es una señora formada y que, probablemente, se considere a ella misma una buena persona.

Yo hoy me coloco en el centro-izquierda, pero cuando era joven era claramente de izquierdas y, de toda la vida, para mí ser de izquierdas era mirar más hacia delante que hacia atrás. Y la tolerancia y el respeto por el que no piensa como tú. Y la búsqueda de la justicia y de un reparto equitativo de la riqueza. Deben reconocer mis amigos de derechas que la mayor parte de los avances sociales, morales y políticos de la Historia se han producido gracias a personas progresistas, que deseaban romper el molde y mirar un poco más allá. Y cada vez que se ha producido uno de esos avances, los conservadores, la derecha, han dicho siempre que no, aunque, al final, acabaran aceptando las cosas como parte del desarrollo de la vida y de la propia Historia. Por eso, tiene lógica que, en general, tengan mejor fama y se vea con más simpatía a los progresistas que a los conservadores. Aunque haya algunos como Eva Hache, que provoquen un sentimiento contrario.

No puede caber más soberbia, mayor convencimiento de que ella es mejor que aquellos a los que critica, ni mayor odio y desprecio hacia los que opinan diferente a ella. Terminar una publicación en redes sociales llamando “mierdas” a los miles que estuvieron en Colón es triste. Pero lo es más volver a mirar hoy su “Instagram” y comprobar que sigue ahí la publicación y que no hay nada ni remotamente parecido a una disculpa. Que claro, para qué va a disculparse, si ha habido más de 3.300 seguidores de Eva Hache a los que les ha parecido estupendo que su presentadora favorita insulte a 200.000 españoles por ir a una manifestación.

EL INODORO

Últimamente, siempre que voy a hacer de vientre, me acuerdo de Pedro Sánchez. Y que no piense nadie en ningún tipo de perversión escatológica, ni en que tenga yo una acusada tendencia a defecarme en nuestro presidente del gobierno. No. Sencillamente es porque creo que Pedro Sánchez tiene la misma dificultad para llamar a las cosas por su nombre que aquel que decidió llamar “inodoro” al retrete.

Porque, vamos, no se me ha ocurrido nunca acercarme a oler una taza de váter, pero apostaría mi patrimonio a que, inodora, no es. No me quiero poner grueso, pero, igual que nadie puede decir que un retrete sea inodoro, nadie debería defender como normal que el presidente del gobierno de España se siente a negociar no se sabe qué cosas con una parte del Parlament de Catalunya, con la presencia de no se sabe qué personaje, no se sabe con qué fin. ¿Un relator? ¿Un notario? ¿Un intermediador? ¿Van a cerrar alguna negociación importante para España? ¿O para Cataluña? ¿Puede negociar nada trascendental para el Estado un gobierno español con una mayoría basada en 84 diputados y apoyos frágiles y fragmentados sin contar con la oposición? ¿Puede negociar nada trascendental para Cataluña un gobierno catalán sin la participación de la fuerza más votada en esa comunidad?

La sensación que transmiten Sánchez y su gobierno, casi desde su llegada a Moncloa, es que se han montado en un barco y lo único que tienen claro es que mola estar en la nave y que hay que mantenerse a bordo cueste lo que cueste. El problema es que no saben muy bien dónde van, ni cómo van a hacer para llegar a donde no saben que van. Y, en la travesía, se les abren constantemente vías de agua. Y todos, desde el capitán hasta el último marinero, se afanan en ir tapando los agujeros aunque usen para ello elementos tan inanes como una caja de tiritas. Y van constantemente cambiando el rumbo, confundiéndonos, no solo a los españoles, sino a ellos mismos. Y así ves a una ministra diciendo una cosa y a otro ministro desdiciéndole. Al presidente mostrando su apoyo a un ministro o a una ministra a la que defenestra horas más tarde. Y a la vicepresidenta diciendo que donde dije digo, ahora, no es que diga Diego. Es que digo Manolo. Y te suelta la sandez aquella de que una cosa es lo que decía Sánchez cuando era secretario general del PSOE y otra lo que dice como presidente. O, ayer mismo, ante el estupor de decenas de políticos de su propio partido con lo del relator, Carmen Calvo explica que, quienes critican, es que no tienen toda la información.

Yo, la verdad, es que, humanamente, les entiendo. Pedro Sánchez sigue que no se lo cree. No he hecho cálculos, pero, probablemente, no haya en democracias cercanas ningún político que haya sufrido tantos varapalos como él. Los resultados de Pedro Sánchez en cada cita electoral en la que ha estado presente han sido catastróficos hasta llevar a una formación titánica como el PSOE a la frágil chalupilla que es hoy con menos de 90 diputados. Sin embargo, una chamba inconcebible le hizo llegar a Moncloa. Algún día los libros de Historia nos contarán a cambio de qué, pero el peor candidato de la historia del socialismo español está hoy pilotando una nave en la que en cada cabilla del timón hay un partido político que le dice: “Oye, que si no haces esto, te retiro el apoyo”. Y a golpes de timón de un lado para otro seguimos navegando hacia ningún sitio.

Lo más terrible de esto es que, mientras todo sucede, Pedro Sánchez está desaparecido. Ha aparecido hoy fugazmente en Estrasburgo para regañarnos por estar tan equivocados al criticarle. Quitando esta efímera aparición, lo único que se ha sabido de él es que va a publicar un libro con un título glorioso: “Manual de Resistencia”. Y lo que hay que preguntarse es qué es lo que lleva a un presidente del gobierno a publicar un libro. Ya sabemos que tiene una capacidad literaria, que ni Galdós. Si logró escribir una tesis de 342 de páginas en año y pico, yo me creo que haya sido capaz de, además, escribir ahora un libro sobre la virtud de resistir. Aunque, a medida que voy conociendo al personaje, me pregunto si lo que él considera resistencia, no es algo cercano a la psicopatía. Vaya, me explico; no digo que PS sea un psicópata tipo Hannibal Lécter. Me refiero a que hay algo enfermo en esa visión gloriosa de uno mismo cuando tu trayectoria política es la historia de un fracaso tras otro en las urnas. Quizás Pedro Sánchez debería ser consciente de que ganó en el PSOE porque su rival era Susana Díaz quien, como se ha visto en las andaluzas, es una mujer que genera mucho rechazo. Y le pusieron a él para no tenerla a ella. Pero PS, al menos en una parte importante del electorado, genera rechazo. Solo así se explica el hundimiento al que (salvo en los onanismos mentales de Tezanos, el del CIS) está sometiendo a su partido.

Pero oigan, en Moncloa miran para afuera y, a todos los que opinamos diferente a ellos nos desprecian como si fuéramos lo peor. Es como lo del PP andaluz. No sé cuándo harán examen de conciencia y acto de contrición y se pondrán a analizar la megaleche que se dieron en las últimas elecciones. Que sí. Que Moreno está gobernando y que han quitado al PSOE tras décadas de monogobierno, pero seguir sin darse cuenta de que han entrado en cuesta abajo a mí me parece casi igual de patológico que lo de Sánchez.

Deberían los políticos tener cerca a alguien como mi mujer. Que les hable claro. Sin rodeos. Ayuda mucho a no construirse universos paralelos. Hace unos meses, estaba mi Santa pasando un rato laboral difícil y había estado la pobre dos noches durmiendo mal. Un día de esos, al despertarme, noté que ella estaba como inquieta. En plan marido súper cariñoso le ofrecí todo tipo de servicios maritales (desayuno en la cama incluido) y, al terminar mi retahíla le dije; “¿Estás bien? Quieres algo?”. Y ella, con la rotundidad y franqueza que le caracterizan, me contestó: “Que no me hables”.

 

 

 

PUES YO, MÁS

Me cansan. Y mira que algunos me caen muy bien e, incluso, los tengo entre mis amigos favoritos. Pero me cansan. Los que, con frecuencia, cuando uno toca en el blog, o en las redes sociales, algún tema sensible, saltan para hacer su apostilla. Y casi siempre es para dejar clara una altura moral o una perspicacia superiores a las de la persona que recibe su matización.

Me ha pasado varias veces esta semana. Por ejemplo, con lo del pobre Julen. El día en el que apareció su cadáver yo hice en redes sociales una publicación sincera en la que decía, simplemente: “Pobre niño. Pobres padres. Pobres familiares y amigos. Pobres rescatadores y pobres todos nosotros. Yo seguía esperando, a pesar de todo, el #Milagro. Descansa en paz #Julen”. Y era verdad. Yo, con el corazón encogido, había estado muy pendiente de esa noticia y, aunque suene ingenuo, seguía pensando que podía aparecer vivo por uno de esos milagros que, en ocasiones, suceden. Cosas más raras he visto.

Pues hubo varios amigos y desconocidos, que, en uno u otro foro, me contestaban diciendo que por qué tanta preocupación por Julen y no por los niños sirios. O por los que mueren ahogados en el mediterráneo. Y me tocaron los cojones. Porque no sé qué tiene que ver el culo con las témporas. Seré raro, pero una historia como la de un pobre paisano mío, cuyos padres habían perdido a otro hijo y cuya búsqueda estaba siendo un ejemplo de entrega y solidaridad, me llegó al alma. Por supuesto que me preocupan los niños que viven en guerra y los que sufren pobreza extrema o los que padecen enfermedades incurables. Por eso, de la manera más discreta posible, dedico unas horas de mi vida y una parte de mi dinero a intentar ayudar a esas personas. Pero, ¿Por compadecerme de Julen y de su familia soy peor que aquellos que me apostillaron? Yo creo que no. Pero ellos están convencidos de que sí.

Y pasa con otras muchas cosas. Por ejemplo, todos esos a los que he visto indignados con el periodista que les informa, pero, siempre, al día siguiente de haber estado viendo lo que estaba contando. Y ¿qué tendrían que haber hecho los medios en el caso de Julen? Porque los periodistas nos dieron lo que queríamos. En estos dramas siempre hay un punto de masoquismo en el espectador; un “me duele. pero me gusta”. Que hace que todos nos quedemos mirando mientras por lo bajinis decimos “¡qué mal! ¡qué mal!” y nos damos golpes en el pecho. ¿Que hubo exceso de morbo en algún momento? Sin duda. A ver quién es el guapo que no la caga en unos directos de horas y de días.

A mí, de todo esto, lo único que me parece imperdonable es que periodistas serios demos aire a bulos y a noticias falsas de esas que corren por las redes sociales. Pero creo que en general en aquellos días hubo mucho periodismo del bueno. También del malo. Pero hubo numerosas cosas buenas. Y no vi el especial de Ana Rosa. Ni los programas que hizo en esos días la Griso. Pero conozco a estas dos extraordinarias periodistas. Y aparte de ser unas comunicadores totales son unas buenas personas. Y estoy seguro de que ambas, que son madres, estaban con un sentimiento parecido al mío y al del 99 por cien de los españoles: de compasión ante el horror y de esperanza. Si aquellos dos sentimientos en medio del fragor del directo y de la emoción les hicieron cometer algunos errores, yo se los perdono. Pero en los días posteriores miles de personas se hartaron de ponerlas a parir.

Me recordó (a otro nivel) al apaleamiento al que fue sometida Nieves Herrero cuando lo de las niñas de Alcàsser. Nieves, que es otra grandísima periodista y una mujer más buena que el pan, hizo aquel día un ejercicio bestial de periodismo televisivo. Tuvo a todos los protagonistas en su plató improvisado, hizo un directo magnífico, le dio sopas con honda a todos los de la competencia, pero cometió el error de permitir que su sentimiento y una implicación personal excesiva invadieran su espacio de trabajo. Yo se lo perdoné en el momento, porque estuve con Nieves la tarde en la que le dieron la noticia de la aparición de los cadáveres. Y la vi llorar lágrimas de verdad. Pero mucha gente no se lo perdonó. Y la crucificaron. Y en aquella crucifixión influyó mucho el hecho bochornoso de que sus jefes la dejaran sola e, incluso, algunos participaran en la quema. Y miles de los que estuvieron viendo aquel programa de Nieves la pusieron a parir, a pesar de haberse quedado pegados a la tele sin perder ripio de lo que contaba. Es más; el diario que más leña echó al fuego, El País, uno de los días posteriores, publicó un artículo demoledor hablando de que no todo valía y criticando el exceso de morbo del programa de la Herrero. Ese mismo día vi, en una de sus numerosas páginas dedicadas a la tragedia, una de las descripciones más horribles y más grotescamente minuciosas que he leído en mi vida de los daños y espantosas torturas que infligieron a las pobres niñas antes y después de matarlas.

En fin, que voy a parar, porque sé que muchos me van a dar hasta en el carné por decir esto y quería también hablar de los que, sin tener ni repajolera idea del tema, critican a la DGT en medios de comunicación y redes por haber reducido la velocidad en las carreteras convencionales. Y he leído cosas increíbles de personas que, como si fueran grandes expertos en el tema, aseguran que todo es para sacar pasta y que reducir 10 kilómetros por hora no sirve de nada. Invito a todos esos Paco Costas de pacotilla a meterse en YouTube y buscar crash tests y comprobar la diferencia entre que un coche choque con una pared a 40 km/h o a 50 km/h y luego que me lo cuenten. No sé cuántas vidas va a salvar la medida, pero, con que sirva para salvar una, me vale. No vaya a ser que sea la de uno de mis hijos.

INMACULADA Y MERETRIZ

Lejos de mí la funesta manía de blasfemar. Al final de la Cabra entenderán el por qué de este título que no tiene nada que ver con blasfemias, sino con una anécdota familiar de la que me acordaba ayer al ver las manifestaciones de los taxistas en Madrid y Barcelona.

No es un tema fácil este de los taxistas. El botepronto que le sale a casi todo el mundo es, directamente, dar la razón a los VTC (Cabify y Uber) y quitársela a los taxistas. Deben reconocer los del gremio del Taxi, que nunca han hecho nada por caer simpáticos y que, la guerra de la imagen, la tienen perdida de inicio contra los impecables conductores que van de punta en blanco, te dan un agua, te preguntan qué música quieres y que no te timan.

O sí. Porque uno de los argumentos contra el taxi es que los que bajan bandera timan (a mí me ha pasado varias veces y todo el mundo tiene alguna anécdota que contar sobre el tema), que huelen mal y que son maleducados. Y, hombre, pues hay de todo. Es cierto que yo me he montado en taxis apestosos, que he tenido deseos de matar a tres o cuatro taxistas y que cuando no existían los móviles no había manera de quitarse de encima a un interlocutor pesao. Ahora; si no te apetece hablar haces como que te están llamando y le dices: “¡Huy!, disculpe, que me llaman”.

Pero también es cierto que en los pocos meses que llevo usando Uber y Cabify, ya me han timado una vez en un Uber en Cannes y, en el último mes, me he montado en dos Cabify en los que el conductor olía mal y, además, no le quedaba agua. Que claro; igual que no todos los taxistas son unos hijosputa timadores malolientes, tampoco todos los de Uber y Cabify son unos santos varones perfumados de incienso y vestidos más bonitos que un San Luis.

Pero hasta el mejor defensor de los taxistas deberá reconocer que han perdido la guerra de la imagen. Yo lo pensaba anteayer, cuando me hice la foto que encabeza esta Cabra. ¿A qué otro sector se le permite que, de manera impune, corte durante días calles y carreteras sin que pase nada? Porque ayer ya se vieron algunos porrazos de la policía, pero, durante días en esta huelga y en la anterior, han estado cortando arterias y autovías de entrada y salida de Madrid sin que nadie les tosiera.

Yo imagino que, por ejemplo, miles de periodistas cortáramos calles y carreteras para protestar por la invasión en las noticias de los vídeos grabados con sus móviles por la ciudadanía, y estoy seguro de que nos correrían a gorrazos desde el minuto 3. Sin embargo, los taxistas ahí han estado durante días y noches montando pollos y alterando las vidas de millones de personas mientras las distintas administraciones se van tirando unos a otros las pelotas diciendo que “esto que lo arregle ese, que es al que le toca”.

Y todo esto es cierto; porque además, da gusto coger tu móvil, abrir la aplicación, pedir un coche, que te digan: “te va a costar 11.20€” y esperar unos segundos a ver si “Kevin Jesús acepta el viaje”. Y ya. Y no tienes ni que sacar la tarjeta. Y te dan un agua. Y tal. Pero tenemos que reconocer que los taxistas tienen razón en un par de cosas. Hay pocos sectores más regulados que el del taxi. Número de días que se trabajan, mil homologaciones, precintos, seguros de responsabilidad, taxímetro… Algunas de estas cosas son imposiciones, pero, otras, como que el taxímetro corra por kilómetros y por tiempos, fue una exigencia del gremio. En cualquier caso, la queja del taxista está cargada de razón en el sentido de que a ellos los masacran a reglamentos y los VTC no tienen que cumplir prácticamente con ninguno.

Así que, como me sucede con la mayor parte de las cosas que pasan a mi alrededor, pues no lo tengo claro. Lo que sí sé es que, si yo fuera taxista, me enfrentaría a esos líderes que les están llevando a un callejón sin salida muy oscuro. Que también tiene su gracia; con lo fachas que son, en general, los taxistas, es chocante ver a sus líderes con el megáfono en la mano y el puño cerrado, como si fueran estudiantes rojísimos acabados de salir de una asamblea de la facul.

Muchos de los taxistas son autónomos y/o empresarios y en algún momento se darán cuenta de que ese camino no les conduce más que a seguir perdiendo pasta y a que yo, que no les tengo inquina y que era cliente de Radio Teléfono desde hace años, lleve muchos meses sin coger un taxi y usando siempre Cabify. O sea; que le deberían dar una pensada. Y luego, pues se ven cosas como la de anteayer y te cabreas.

La noticia, inicialmente, era que un VTC había arrollado a un taxista en una de las manifestaciones. Así dicho, uno piensa: “Qué cabrón el del coche”. Hasta que vi las imágenes; el taxista se lanza sobre el parabrisas del coche asumiendo que el conductor va a parar. Y no lo hace. Lógicamente el taxista sale despedido y, al caer, tiene la mala suerte de golpearse de mala manera en la cabeza. Y al hospital. Pero en esa visión torcida que tenemos a veces de la realidad, nos enquistamos y no sé yo quién les va a sacar de su error.

Y vuelvo al comienzo de la Cabra porque, como les decía, ese empecinamiento de los taxistas, me recordó a una discusión que tuvieron mi padre y mi tío Pepe cuando nació mi hermana Maravillas. Mi tío era ginecólogo y estaba atendiendo el parto de mi madre. Y le preguntó a mi padre que cómo iban a llamar a la recién nacida. Cuando mi padre dijo que: “Maravillas”, mi tío se opuso frontalmente. En Málaga no era un nombre muy tradicional, pero era un nombre muy querido en la familia de mi padre.

Viendo que no había manera de sacar a mi padre de su error mi tío le argumentó así: “Javier, ¿no te das cuenta? ¡¡Maravillas!! ¡Imagínate que la niña sale fea!.” Dado que mi progenitor persistía, mi tío hizo el remate dialéctico con la sutileza que le caracterizaba: “Es como si la llamas Inmaculada y te sale puta.” A pesar de que el argumento de mi tío tenía su puntillo, mis padres acabaron llamando a mi hermana Maravillas y, tendremos que reconocer, que la niña, fea, no era.

 

PENSAMIENTO MÁGICO

Dolor físico. Literal. Es el que siento cuando pienso en que a uno de mis hijos le hubiera podido suceder lo que le ha pasado al pobre Julen. Es malagueño, como yo. Y yo, y mis hermanos, y mis hijos, y mis primos, y mis amigos, hemos corrido, a los dos años, con toda la tranquilidad del mundo por fincas como esa de Totalán en la que el agujero de un pozo se lo tragó. Y no sé si me genera más angustia pensar en el pobre niño muerto o en el que el pequeño esté aún vivo sin entender lo que le está pasando.

Comprendo muy bien a su padre. Ver esa desolación, ese desgarro sereno y esa esperanza en que hay un ángel que está protegiendo a su niño. Imagino que saben que un hermano de Julen, Oliver, murió hace poco más de un año y los padres tienen fe en que ese ángel que tienen en el cielo esté velando por su hermano. Yo les voy a confesar que, durante muchos años, tuve un pensamiento mágico que debe ser parecido al que tienen los padres de Julen. Creo que ya he contado en alguna ocasión que una hermana mía, Maravillas, murió en 1966 a los 4 años, tras caerse en la escalera de casa. Fue un drama de esos inasumibles que mis padres superaron gracias a su fe en Dios y a que eran dos personas con una fortaleza y un ánimo probablemente superior a la media. Quizás les suene raro, pero, durante toda mi infancia y buena parte de mi edad adulta yo he pensado que era imposible que a mis hermanos o a mí nos pudiera pasar algo malo de verdad. Y yo he vivido situaciones en las que he visto pasar la muerte a mi lado a cámara lenta y le he podido decir adiós con la mano. Me parecía inverosímil que, después de haber sufrido lo que sufrieron mis padres, la vida les volviese a poner ante un trago semejante.

Y algo similar siento al pensar en Julen y en sus padres. Cómo puede pasar que a un matrimonio se le junte tanto infortunio. Y me vuelve aquel pensamiento mágico aunque sé que el paso de las horas, el lugar en el que está el pobre niño y la lógica nos digan que el desenlace pueda ser fatal. Así que rezo por el niño y por sus padres a ver si se produce el milagro.

Y no crean que eso del pensamiento mágico es exclusivo mío. Yo tengo la sensación de que la ex presidenta de Andalucía Susana Díaz y buena parte de sus correligionarios tenían ese mismo sentimiento: “Es imposible que perdamos el gobierno en Andalucía y que el pueblo andaluz permita que gobiernen los fascistas”. Porque, en mi tierra, todo aquel que no es del PSOE, de IU o de Podemos, es un fascista. Me ha parecido un avance que, en el discurso de oposición a la investidura de Moreno Bonilla, Susana Díaz haya centrado la herencia del franquismo en los de VOX. Porque, hasta hace dos días, los herederos del franquismo eran también los del PP. Pero no. Ahora el coco es VOX, aunque resulte igual de excesivo llamar a los de Abascal herederos del franquismo, como llamar a Iglesias y a los suyos herederos del Leninismo.

Yo entiendo que esto escueza a los que pensaban que era IMPOSIBLE que el PSOE saliera de San Telmo. Pero, como demócrata, creo que lo que pasó ayer en el Parlamento andaluz es bueno para la democracia. No me gustaría ver en la presidencia de un gobierno a un político ni de VOX ni de Podemos, porque ya he explicado varias veces que llevan en sus programas cosas que me resultan inquietantes. Pero sí considero que es bueno que los partidos más centrados se vean obligados a pactar con otras fuerzas para poder acceder al gobierno. Pienso que el PP, que está que no se lo cree, ha perdido en Andalucía la oportunidad de hacer acto de contrición después de la gran leche que se dieron en las urnas. Pero, lejos de hacer reflexión por la pérdida de votos, están en el séptimo o en el octavo cielo abriendo, históricamente, el primer gobierno no socialista de la democracia en Andalucía.

Y Susana Díaz, a la que en estos días hemos visto varias veces con esa risa nerviosa del que está intentando no ponerse a llorar pataleando, pues imagino que, poco a poco, se irá tragando ese pedazo de sapo de siete patas y cinco cabezas que es haber perdido, en menos de 2 años, la posibilidad de ser candidata a Moncloa y el gobierno en el gran último reducto de su partido. La desdichada Susana me recordó en su estupefacción a mi padre cuando le regalamos su primer ordenador portátil hace unos 10 ó 12 años. Estaba trasteando con él y empezamos a notar que se estaba angustiando. Comenzó a rezongar hasta que llegó un momento en el que, cabreado como una mona, gritó: “Pero ¿esto cómo es?”. Cuando mis hermanos y yo fuimos en su auxilio nos preguntó: “Pero ¿cómo se apaga esto?” Y nosotros, en nuestra suficiencia de hijos digitales le dijimos: “Pues haces click en Inicio y cuando se abre esta ventanita te pone Apagar. Y le das”. Y mi padre, con toda la razón del mundo y cagándose en Bill Gates nos dijo: “Pero, ¿A quién se le ocurre que para apagar algo le tengas que dar a Inicio”?

Pues eso. Que Susana Díaz, como mi padre, aún no sabe que va a tener que darle otra vez a la tecla de inicio. Aunque no sé por qué me da que sus colegas de Ferraz no le van a dejar que la apriete.