VALLE DE LA CONCORDIA

No sé si estamos para reconciliarnos. Lo que ha pasado en España en los últimos meses, desde que el PSOE llegó al gobierno tras la moción de censura, ha ido encabronando todavía más un clima político que ya empezaba a ser difícilmente respirable.

Hay que reconocer que la manifiesta debilidad del gobierno de Sánchez es un caramelo para los que hoy están en la oposición, pero también hay que reconocer que Sánchez y sus ministras y ministros se lo están poniendo a huevo a sus enemigos. Las dos primeras dimisiones ministeriales generaron convulsión y echaron por tierra la imagen de gobierno de la gente, de la regeneración, que quería transmitir Sánchez en esos días felices en los que se le notaba siempre como a punto de tener un orgasmo. Hoy todavía mantiene esa cara de profundo placer, sobre todo en las reuniones internacionales y cuando recibe a dirigentes de otros países a los que toca mucho más de lo que indica el protocolo, pero ya se le va notando el rictus de la Moncloa. Lo de Máxim y lo de Montón le empezaron a agriar el Camelot, pero lo de su Tesis, primero, y lo de la Ministra Delgado, después, le están sacando una cara de mala leche que no se le veía desde aquel día en el que tuvo de salir de Ferraz por la puerta de atrás.

No es fácil que hoy encontremos puntos de consenso. El PSOE no entiende que PP y Ciudadanos no acepten que es legítimo que Sánchez esté en el gobierno tras conseguir más que holgadamente los 176 votos necesarios para su investidura. PP y Ciudadanos tampoco entienden que el PSOE no acepte que igual de democrático que fue la moción de censura es el hecho de que el Senado mantenga una mayoría absoluta del PP o la constatación de que en la Mesa del Congreso manda la oposición. Y en esos estupores de ambos bandos vamos perdiendo tiempo y energía mientras la ciudadanía no sabe muy bien a qué atenerse. La prueba es que, en las primeras encuestas tras la moción de censura, el PSOE pega un subidón que no se lo creen ni los más optimistas de Ferraz. Yo estoy seguro de que todas las mierdas que están saliendo estarán haciendo que baje el soufflé, pero lo cierto es que Sánchez cree que, con un año y pico más en Moncloa podrá ir a las elecciones de 2020 con garantías de mantenerse en el gobierno.

Pero yendo a lo que iba en el título de la Cabra, no creo que este sea el momento de reclamar consenso, concordia y espíritu de reconciliación a nuestros políticos. Yo considero que, salvo gentes con una implicación muy personal en el asunto, la mayor parte de las personas con las que hablo opinan que un Dictador no debe tener un mausoleo como es, lo queramos reconocer o no, la tumba de Franco en el Valle de los Caídos. Ahí ha estado durante más de 40 años, pero es ciertamente extraño que un dictador cuente con un lugar grandioso para la peregrinación de sus partidarios.

Claro que tampoco entiendo la manera en la que Pedro Sánchez habló del tema en su primera entrevista como primer ministro en TVE. Dijo entonces que él, aparte de retirar de ahí los restos de Franco, quería convertir el Valle en un memorial para las víctimas del Fascismo. Y ahí es donde creo que empieza el error. Lo que precisamente separa hoy a muchas personas al hablar del tema es el empeño actual de seguir convirtiendo la Guerra Civil en una historia de malos y buenos. Y en esa lectura de la Guerra los malos eran, por supuesto, los del bando golpista y, los buenos, los del bando de la República, que era el gobierno legítimamente constituido. Cuando yo creo que el número de hijoputas y de burradas y de pasarse el Estado de Derecho por el arco del triunfo fue análogo en ambos bandos. De hecho, en el bando de la República tuvo una importancia capital el Partido Comunista y, en todo lo que pasaba, tuvo una influencia determinante la URSS, que no es que fuera un modelo de democracia.

Pero ¿ve alguien posible que se haga en España un monumento de homenaje a las víctimas del fascismo y del comunismo? Yo no porque, a pesar de todo lo que se vio en el siglo XX y de lo visto en lo que llevamos del XXI, sigue teniendo mucha mejor imagen el comunismo que el fascismo aunque las cifras de muertos, exiliados, reprimidos y torturados de ambas ideologías pudieran acabar en un tenebroso empate técnico.

Por eso yo buscaría, si es que se puede, convertir el Valle de los Caídos en un monumento a la Concordia. O, en todo caso, para que no se me molesten fascistas ni comunistas, en un monumento a las víctimas del fanatismo o de la intolerancia, que viene a ser casi lo mismo.

En fin. Para que pasase esto deberíamos tener más políticos con Grandeza y no parece que este sea nuestro mejor momento. Y no hablo de Grandeza por la parte Noble, que esos de la aristocracia tendrán la sangre azulada pero les puedo asegurar que sus cuescos huelen igual que los de los arrabales. El otro día salí con prisa de un evento y, en la caja automática del Parking, veo que está un Grande de España hablando por teléfono. No diré nombres, pero, cuando llegué a su altura olía a pedo descomunal. Y sufrí el síndrome del ascensor del que ya hablé en una Cabra*. El noble, mientras yo metía a toda prisa el ticket y la tarjeta y esperaba el recibo, se apartó unos metros y me dejó allí, pagando, con el resto de su gas intestinal invadiéndolo todo. Por suerte no vino nadie. Terminé de pagar y, cuando salí hacia mi coche, aliviado, me despedí de él diciéndole. “Oye; te has dejado un cuesco en la caja”. Juraría que le oí decirme algo, pero entre mi sordera y el ruido ambiental no sé si se cagó en mis muelas o me dijo aquello tan común de “no es mío”.

 

* Ver “Un pedo en el ascensor”

ANORMAL

Hoy es todavía el día de la estupefacción. Es por supuesto el día del dolor y del desgarro y del nudo de angustia en la boca del estómago. Y de la incredulidad. Y de desear, con todas las fuerzas, que sea una pesadilla. Y de una pena profunda. Como van a ser muchos días, de ahora en adelante, para la familia y los amigos de Celia Barquín.

Hay muchas cosas en nuestro día a día que podemos calificar como “anormales”. Es anormal que un ex presidente del gobierno comparezca en una comisión del Congreso en tono chulesco y hablando como si estuviese discutiendo en un bar con los amiguetes. Claro, que también es anormal que un representante del otro gran partido español (con casos de corrupción sonrojantes) dé clases de limpieza política a nadie. O que otros dos representantes de partidos (sobre todo Rufián) estuvieran allí más pendientes de hacer su numerito de tertuliano televisivo que de hacer preguntas.

Es anormal que el presidente del gobierno más frágil de la historia de nuestra democracia aparezca en TV en una entrevista de una hora y dé una imagen tan penosa y deje claro, por ejemplo, que no se sabe los números básicos de una de las propuestas políticas más importantes para su gobierno.

Es anormal que tengamos un sistema universitario que permita tantas cosas irregulares (legales o no) como las que parece que se han producido y no sólo en la Rey Juan Carlos.

Y podría seguir desgranando anormalidades, como lo de Cataluña, pero es un tema que me produce tal pereza que mejor lo voy a dejar para una futura Cabra. Si eso. Porque quería centrarme en una anormalidad terrible que tiene mucho que ver con el que yo creo que es el principal problema del periodismo moderno. La falta de rigor, el boteprontismo, la necesidad de decir algo, lo que sea, sobre cualquier asunto, porque, si no, en la prisa vertiginosa que hoy nos abate, te quedas atrás.

Imagino que habrán leído el tweet que publicó ayer un tal Alfredo Pascual. Se supone que es periodista porque lo pone él mismo en su perfil de Twitter. Muy poco después de que saliera la primera noticia sobre el terrible asesinato de una niña española de 22 años en Estados Unidos, este ser publica lo siguiente: “No la conocía absolutamente nadie, pero los asesinatos de gente de clase alta son rentabilísimos en prensa”. Les doy unos segundos para asimilarlo.

Se cruzan en este tweet varias anormalidades. Siendo un periodista, podía haber dedicado los 3 segundos que se tarda en escribir “Celia Barquín” en la barra del buscador de Google para haber descubierto unas cuantas entradas hablando de los éxitos deportivos de esta “desconocida”. Pero no. A Alfredo Pascual le pasa lo que a tantos otros compañeros míos de profesión: “lo que yo no conozco, no existe”. Y da por hecho, primer error, que Celia es una absoluta desconocida. Yo llevo presentando desde hace muchos años la Gala anual de la federación española de Golf. ¿Saben cuántas veces he tenido que pronunciar el nombre de Celia en los últimos 10 años? ¿15 veces? ¿20? Pues no lo recuerdo, pero todos los años ganaba algo en competición individual o por equipos. Pero es que, este año, Celia estaba embalada. Había ganado el campeonato de Europa individual amateur. Una pasada. Había podido jugar el US Open. Otra pasada. ¿Sabes, Alfredo, cuántas buenísimas jugadoras se retiran sin poder jugar un Major? Y estaba clasificada para la segunda fase de la escuela de la LPGA. Un logro al alcance de muy pocas jugadoras profesionales en el mundo. Y ella, aún, era amateur.

Pero es que no contento con hablar sin detenerte a contrastar, das por hecho, segundo error, que Celia es de clase alta. Como si fuera malo o bueno alguien por el hecho de ser de clase alta o de clase baja. No sé de qué clase social eres tú, pero no me gustaría, francamente, que te acercaras a una de mis hijas.

Celia era una niña luminosa hija de un matrimonio encantador. Personas normales, trabajadoras que se habían encontrado, de repente, con que su niña era buenísima en su deporte favorito y estaban dejando que su don fluyera primero en los equipos de la federación asturiana, luego en el CAR de la Blume y, desde hace 4 años, becada, por su talento, en una Universidad Americana en la que se encontró con el indeseable Collin Daniel Richards.

Y lo que me hace considerar tu tweet como anormal no es que te equivoques. No es que siendo supuesto periodista des por hechas cosas sin pararte a pensar o a contrastar. No es que tengas la falta de criterio periodístico como para pensar que esta noticia no merece la atención de los medios españoles. Lo que me parece profundamente anormal, y deberías quizás pedir ayuda profesional para ello, es que ante la noticia de la muerte de una niña de 22 años tu primera reacción no sea la pena, la estupefacción, la compasión, el pensamiento en esa niña, en esos padres, en esos familiares, en sus amigos, en sus compañeros de equipo, en sus profesores… No. Tu primer pensamiento es correr a publicar un tweet cabreado porque en los medios (curiosamente citas al medio en el que trabajas) se le da importancia a una niña rica porque va a ser muy rentable.

No espero que cambies, porque asumo que, a estas alturas, el mal que se cocina en tu cabeza y en tu corazón ya está bien cocido. Lo que sí espero, de verdad, es que deje de ser cierto lo que pones en tu perfil de Twitter; que escribes reportajes para “El Confidencial”. No le deseo mal laboral a nadie, pero no entendería que un periódico serio siguiera dando trabajo a una persona como tú.

Mientras tanto, los demás; los que sí sabemos quién era Celia Barquín, dedicaremos hoy una buena oración, un buen pensamiento, un buen deseo en su memoria y en la de su familia.

NO “AJONDAMOS”

Ya sé que no queda muy fina ni ortográfica la cosa, pero eso es lo que se les decía, en mi infancia malagueña, a los recién casados que no anunciaban, en los primeros meses de matrimonio, la feliz noticia de un embarazo. No “ajonda”. Era la manera muy gráfica y muy simple de hacer ver que en el hecho de que una pareja no tuviera descendencia podía influir, de modo determinante, la capacidad del varón de ahondar ya podrán imaginar dónde. Pues no ajondamos. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2017 se redujeron los nacimientos en un 4,5% y aumentaron las muertes en un 2,3%. O sea; que nos morimos más que nacemos. Y eso, con la superpoblación que empieza a haber en el mundo, podría no ser una mala noticia. El problema es que esa falta de nacimientos a lo que conduce es a un envejecimiento constante de la población y, por tanto, a una reducción constante también del número de trabajadores potenciales. Lo malo es la tercera constante; que cada vez son más y más longevos los ancianos. Vaya; no me miren como si fuera el Doctor Mengele. No quiero decir que me parezca mal que nuestros mayores vivan más. A lo que voy es a que, si ya hoy empieza a ser insostenible el sistema público de pensiones, imaginen lo que va a ser dentro de 30 años, si seguimos con estas cifras tan penosas.

Por eso hay que dar las gracias a todos los jóvenes que toman la decisión de traer hijos al mundo, aunque muchos digan que no merece la pena colocarlos en un planeta tan complicado como este en una época tan jodida como esta. Yo soy más optimista que todos los agoreros. Sé que nuestros hijos y nuestros nietos no lo van a tener fácil, que estamos haciendo mucho por cargarnos el planeta y que los líderes mundiales de los últimos tiempos no generan excesivo entusiasmo, pero estoy seguro de que nos adaptaremos y saldremos adelante. Bueno; saldrán, que imagino que dentro de 40 ó 50 años yo estaré fiambre aunque algunos nos digan que estamos cerca de vivir 120 años.

Los que van a estar seguro ahí son Leo y Manuel; los futuros hijos de Irene Montero y Pablo Iglesias. En un anuncio más del ¡Hola! que de la prensa política, el líder de Podemos comunicó ayer los nombres de los niños que están esperando. Yo, francamente, esperaba que los llamaran Vladimir o Ernesto (por el Che), pero, no sé si influidos por la marea mundialista, han cambiado de argentino y uno de sus hijos se va a llamar como Messi. La verdad es que me da igual cómo se llamen los churumbeles, lo que me alegra es que dos líderes de opinión como son la Montero y el Iglesias, se hayan animado a una paternidad que quizás ayude a muchos otros a dar un paso que no es fácil. Porque, verdaderamente, no es fácil tener hijos en España.

Ya podría tomarse en serio este asunto el divino Pedro Sánchez que sigue alimentándose de la púrpura y se le ve tan crecido que empieza ya a caminar con el aplomo de un JFK de Tetuán (no la ciudad, sino el barrio en el que creció el Presidente del Gobierno). El tema de la natalidad es un asunto de Estado. Y así debe plantearse. Porque, hasta que no sea un asunto político de primer orden, no se tomarán las medidas que fomenten, en serio, un aumento de la natalidad. El problema es que, hasta ahora, la mayor parte de esas medidas van contra el lomo del empresario y el Estado (que sería el principal beneficiado de un aumento de los nacimientos) mira para otro sitio cuando se exigen acciones que lleven a las parejas jóvenes a buscar descendencia.

Mientras llega ese momento, deberán estar de acuerdo en que lo de Pedro Sánchez es de nota. Para empezar ha conseguido que dos medios que le ninguneaban de una manera flagrante (El País y TVE) le traten ahora de un modo casi hasta grotescamente pelota. Para continuar se le escucha y se le ve cambiado. Ha mudado la crispación y el discurso encendido por una media sonrisa muy Clooney (“Es que el tío está bueno”, dicen mi mujer y mis hijas) y una oratoria reposada y madura. Si no tuviésemos tan presente su pasado inmediato, diríase que el líder socialista está mutando en una mezcla entre Barack Obama, Mahatma Gandhi y Santa Teresa de Jesús.

Pero volviendo a mi infancia y a los embarazos, recordaba anoche una de esas anécdotas familiares que le hizo mucha gracia a todo el mundo excepto a su protagonista, que fue mi abuelo Rafael. El padre de mi madre era un hombre bien parecido y alto aunque, en los últimos años había desarrollado una tripa oronda. Era a finales de los 70. La democracia permitió que las mujeres pudieran salir en las procesiones como nazarenas y, en muchas cofradías, hubo polémica con el asunto. La cuestión es que en mi familia era tradición acompañar en el Viernes Santo a la Venerable Orden Tercera de Siervos de María Santísima de los Dolores (Servitas). Y allí salíamos abuelos, tíos y primos con esas túnicas negras, capucha sin capirote y cirio. No sabemos dónde se produjo el momento, ni cómo pudimos enterarnos de aquello, pero mi abuelo regresó al templo indignado porque, a su paso, una niña malagueña, muy ilusionada con acabar un día saliendo de nazarena en una procesión, dijo: “Mira, mamá, fíhate si salen muheres, que hay hasta una embarasá”. Mi abuelo no le partió el cirio en la cabeza a la niña gracias a la intermediación de la Virgen de Servitas, pero creo que fue aquel el último año en el que el jefe de la familia González de Gor salió en procesión.

DÍAS RAROS

¡Buenoooo! ¿Y por dónde se empieza a escribir un día como el de hoy? Porque, probablemente, la de ayer fue una de esas jornadas de discutir a lo bestia en las redacciones de informativos sobre el número de minutos que iban a dedicar en las noticias a hablar sobre cada asunto. Que si Máxim, que si Urdangarín, que si Lopetegui. Pero es que, fuera de España, estaba Trump añadiendo a su lista de amigos a otro psicópata más de la política. El Presidente de los EEUU sigue en pleno delirio y, en su presidencia de reality-show, ahora resulta que Kim Jong-Un es un hombre honorable y puede que dentro de poco se convierta en un candidato, ¿por qué no? al Premio Nobel de la Paz. Que cosas peores se han visto en Suecia.

Hoy no tengo mucho tiempo. Así que seré breve , como el mandato de Máxim Huerta en el Ministerio de Cultura (y Deporte). Que me da pena que un tío al que aprecio tenga que pasar por el calvario que padeció ayer. Pero me ha fastidiado que en su salida del Ministerio haya dado la sensación de que toooooodooooos los que nos dedicamos al periodismo, a la televisión, a la creación… somos unos defraudadores y que, lo que él hizo, lo hemos hecho todos.

Yo, en estas cosas, siempre soy condescendiente y me inclino por el evangélico “el que esté libre de pecado…”, pero hay cosas y cosas. Por mucho que Máxim insista en que “ha cambiado el criterio” y que él “nunca actuó de mala fe” y que hizo “lo que hacíamos todos”, no hay que ser fiscalista para saber que, si haces algo tan raro como imputar a tu empresa una casa en la playa y los gastos derivados de ella, lo estás haciendo para pagar menos impuestos y puede que, si te pillan, te metan un paquete de aúpa. Y si el asesor de Máxim no le advirtió de ello, lo que debería hacer mi compañero, en vez de criticar a no sé qué jauría, es demandar a su asesor fiscal. Lo que le honra al ya exministro es haber dimitido y haber hablado con tanta claridad en su despedida. Le aguardan días amargos y le deseo lo mejor para superarlos.

Otro al que deseo lo mejor es a Julen Lopetegui. Trabajamos juntos durante un tiempo en un programa de fútbol y es de esos tíos nobles y buena gente a los que te da pena ver sufrir. Y ayer debió pasar las de Caín. Imagino que saben que el inefable Florentino Pérez anunció anteanoche que, al acabar el Mundial, Julen iba a ser el entrenador del Real Madrid. Y ya lo es; se le ha presentado esta misma tarde. Del notición se enteró el presidente de la RFEF 5 minutos antes de que se hiciera público y se cogió un encabronamiento tan tonto y tan intenso que acabó decidiendo cepillarse a Julen y dejar a España sin su seleccionador a 48 horas de nuestro primer partido.

Imagino que habrá opiniones para todos los gustos, pero a mí lo que me chocó de la rueda de prensa de Luis Rubiales, es que se tiró muchos minutos hablando de una traición personal que le había tocado las pelotas. Insistió hasta la saciedad en que no era un tema personal, sino que no se le podía hacer eso a la federación, pero en el fondo y en la forma, lo que se veía ahí era un tío cabreado como una mona porque se había enterado el último de algo y él, todo un señor Presidente, se tenía que haber enterado antes. Y en su discurso no dio ni un solo motivo futbolístico ni técnico por el que Julen debía dejar de ser seleccionador ya. Todo eran argumentos de macho alfa con la hormona estallando porque un machito le está tocando a las hembras.

Así que empezamos mañana contra Portugal y ya da rabia que estén Cristiano y sus colegas descojonándose de nosotros y esperándonos mientras afilan la espada. Que esa puede ser una ventaja. Yo confío mucho en que mi paisano Fernando Hierro triunfe y que ese coraje que deben tener los jugadores por lo que ha pasado, lo saquen para bien y a España no le vaya mal en Rusia.

Pero bueno. Casi no he hablado de lo de Urdangarín. Que, oigan, me parece perfecto que lo metan en el trullo. Lo que me choca es que, en el camino hacia su celda, el único dirigente político que le acompañe, sea Jaume Matas. Porque a los que habría que meter en prisión es a toda esa enorme patulea de políticos que le dieron millonadas de dinero público al ex-Duque de Palma por montar unas charlitas muy entretenidas.

Y, por cierto, otro tema del que casi no se habló ayer con tanto guirigay. Lo del barco lleno de inmigrantes. Ruego a todas mis amistades y contactos en redes sociales que dejen de mandarme memes en los que critican al gobierno español por aceptar que vengan esos 500 desdichados que buscan una vida mejor. No me hacen gracia esos mensajes cargados de mala leche en los que dicen que se descuida a nuestros ancianos y a nuestros pobres para cuidar a desheredados de otros países. ¡Por favor! Parece que ya no recordamos que hace nada éramos nosotros los que huíamos. Y sí. Hay muchos en España que lo pasan mal, pero estos inmigrantes vienen del infierno y me cuesta entender que haya gente a los que considero buenos cristianos que no estén dispuestos a compartir un trozo del paraíso que es, para otros, España. Yo sí estoy dispuesto.

EL PRESIDENTE DEMEDIADO

Pues a ver si va a resultar que no era tan tonto. Hablo de Pedro Sánchez que, sorprendiéndose incluso a sí mismo, ha conseguido llegar a la Presidencia del Gobierno de España en una de las semanas más convulsas que se recuerdan en la política española reciente. Porque el líder del PSOE entraba este fin de semana en la Moncloa más demediado que el vizconde Medardo de Ítalo Calvino.

Sánchez había conseguido, en los últimos años, el poco honorable récord de dejar a la mitad, comicios tras comicios, el número de diputados de la bancada socialista. Tras el fracaso, es obligado a salir por la puerta de atrás de Ferraz, pero, en una maniobra curiosa, consigue hacerse de nuevo con la Secretaría General del PSOE con el voto de poco más de la mitad de la militancia. Y, en un movimiento napoleónico, la semana pasada logra ganar una moción de censura con un apoyo tan exiguo como el que llevó a Moncloa a Rajoy. Algo más de la mitad de la Cámara, con el sostén (tan inquietante como frágil) de nacionalistas radicales y moderados y de los ex-comunistas ex-bolivarianos y ex-bolcheviques de Podemos.

Pero, como sucede tantas veces en la política, los giros en el escenario provocan cambios desconcertantes en la opinión pública. Si alguien cogiera la última encuesta hecha por el CIS sobre Pedro Sánchez, estoy seguro de que sus resultados diferirían de una manera brutal de los que hoy obtendría el nuevo Presidente del Gobierno. La púrpura apacigua la inquina y aquellos que eran sus enemigos más acérrimos hoy bailan suavemente a su alrededor esperando una caricia, aunque el instinto lo que les pida sea morder la mano del que, hoy, manda. Pasó con Rajoy. Que si no tenía carisma, que estaba marcado por la corrupción, que el SMS de Bárcenas, pero cuando Mariano entra en Moncloa, se pone el uniforme de Primer Ministro y empieza a trabajar y el gallego se acaba convirtiendo, para millones de personas, en un estadista sin par que ha sido capaz de sacar a España del agujero en el que estaba.

Y todo eso es cierto. Lo que pasa es que esa admiración que provoca la tremenda Luz del Poder oculta a los enemigos y a esas pequeñas o grandes mierdas que uno va tapando, pero es algo temporal. La prueba es que, según ha salido de Palacio, Rajoy ha visto cómo sus leales empezaban a tomar posiciones para la suplencia y, en Génova están que no cabe uno más para calentar en la banda.

Pero volviendo a Pedro Sánchez, hay que reconocer que estábamos todos muy preocupados después de que obtuviera el gobierno con esos apoyos tan variados como peligrosos. Pero, oigan, que ha empezado a formar su gobierno y las sensaciones que va transmitiendo no son tan malas e, incluso, parece que ese nuevo ejecutivo, con nombres realmente sorprendentes, está empezando a generar algo parecido a la confianza.

¿Máxim Huerta como ministro de Cultura y Deporte? Pues, hombre, choca de cojones. Pero no sé por qué va a ser un mal ministro. Es cierto que no tiene experiencia en gestión, pero es un tío muy listo, muy culto, moderado, capaz de escuchar y, si se rodea de un buen equipo gestor, puede darle un aire diferente a la manera habitual de hacer política. Quizás como Ministro de Defensa habría sido una catástrofe, pero en Cultura puede hacer cosas buenas. Otro asunto es lo de los Deportes, porque no veo a Máxim en el vestuario de las selecciones de Fútbol, de Baloncesto o de Hockey celebrando unos triunfos que le importan entre uno y dos pepinos. Pero démosle un tiempo y a ver qué pasa.

Eran 100 días, ¿no? Pues no sé si van a tener tantos. Que hay mucha gente con muchas ganas y no se lo van a poner fácil en el Parlamento para sacar adelante leyes. Los del PP con un encabronamiento formidable. Ciudadanos aún quitándose el estupor y viendo cómo tooooodo el mundo les culpa de algo. Porque hacía mucho tiempo que no veía cosa tan obvia como el Pim Pam Pum contra Albert Rivera. Y, el resto, pues moscas. Podemos viendo que no hay ni rastro de Bolcheviquismo en el ejecutivo y los nacionalistas penando porque el gobierno va a ser tan fascista como los anteriores. Una de las mejores cosas de este gabinete de Sánchez es, precisamente, el tweet en el que ayer el mentecato de Otegui se quejaba por los nombramientos de Borrell y de Grande-Marlaska. Ole.

En fin, yo, al menos, para fardar con los colegas, puedo decir que conozco a dos de los Ministros; a Máxim y a Pedro Duque, aunque de ninguno puedo decir que sea amigo íntimo mío. Aunque, claro, hay mucha gente que te da un día la mano y ya va por ahí contando que sois amiguísimos. Eso les sucede a las personas muy famosas. Un día estaba con Severiano Ballesteros hablando, precisamente, sobre conversaciones raras con fans y me contaba de un japonés que le abordó en Tokyo en el año 2002. El hombre le dice: “¿Te acuerdas de mí?”. Seve le contestó diciendo: “Bueno; dame más datos…” Y el nipón le responde: “Sí, hombre, jugamos un pro-am en Osaka en 1977”. Claro; el amateur no era consciente de que en esos 25 años Seve pudo haber jugado otros 2.500 pro-ams y, para el nipón, aquel siempre fue EL proam que jugó con Seve.

Aunque lo mejor es lo que le pasó a Matías Prats Cañete en el año 1995. Salíamos de comentar una corrida de toros para Antena 3 en Alcalá de Guadaira. Uno de mis cometidos, además de narrar junto al maestro, era sacarle de la plaza agarrado del brazo para que no le abordaran demasiados fans. A pesar de mi protección, siempre acababa firmando cientos de autógrafos, pero nunca le escuché conversación tan delirante como esta; un fan nos hace placaje y le dice: “Don Matías, ¿Se acuerda usted de mí?” Matías haciendo un esfuerzo por ser agradable le contestó: “Cóoooooomo no me voy a acordar. ¡¡¡Claro que sí!!!.” Y el cabrón del fan le suelta: “A ver, ¿quién soy?” Y Matías, un genio, le respondió de la mejor manera posible; mandándole a la mierda, sin mandarle: “Bastante tengo con acordarme de usted, como para encima saber quién es. Buenas tardes, caballero”.

IMBEROSÍMIL

Duele al leerlo. Pero no se me ocurría otra manera de arrancar la explicación de una de las cosas más raras que me han pasado en mi vida. Había pensado en titular con “Burrocracia”, pero han debido ser como 100 los articulistas que han hecho ya ese juego de palabras. Por eso he preferido unir los términos imbecilidad e inverosímil y dejar de la lado la evidente “burrocracia” que se esconde en lo que voy a contar.

Hoy termina el plazo para hacer, en período voluntario, el pago de determinados impuestos municipales del ayuntamiento de Madrid. Anteayer pagué a través de la web madrid.es dos impuestos de vehículos de tracción mecánica; uno a nombre de mi empresa y, otro, a nombre de mi familia. Y todo fue como la seda. Una vez que la web me confirmó que ya había pagado esos impuestos de 2018, me ofrecían la posibilidad de domiciliar esos recibos y, como ya tengo algún otro impuesto domiciliado dije: “pues venga”. Realicé la gestión sin ningún problema y el sistema me anunció que me enviaban un par de emails de confirmación.

El primer temblor kafkiano me vino al leer en esos correos que ambos recibos se me iban a cargar en 2018. ¿? Lógicamente me surgió la duda de si me iban a cobrar dos veces un mismo impuesto y, para quitarme esos miedos de ciudadano prejuicioso, llamé al 010. Primero me atendió una señorita a la que le conté el asunto convencido de que me iba a decir: “no se preocupe, caballero. Por supuesto, el sistema es inteligente y no se le va a cargar dos veces el mismo tributo.” Pero no. La señorita me comunica que, se siente, pero que me van a pasar el recibo el 15 de junio. Y que no se puede hacer nada para evitarlo. Ante mi estupefacción a la moza solo se le ocurrió sugerirme que le dijera a mi banco que no pagara el recibo. Yo le aseguré que no iba a hacer eso porque me temía que esa negativa a un pago de una Administración, me generara un problema más grave y le reclamé a la funcionaria que, por favor, comunicara a la delegación de Hacienda el problema, con todos mis datos, para que se corrigiera. Y me contestó: “nosotros no podemos hacer eso, caballero.” Como el nivel de surrealismo iba ascendiendo le rogué a la muchacha que me pasara con algún supervisor y, un minuto más tarde, empecé a surrealismar* con una supervisora. Y todo para darme cuenta de que aquella burocracia de la que hablaban Larra y Kafka sigue vigente en el siglo XXI, al menos en Madrid.

La supervisora me explicó que no se puede hacer nada. Yo le insistí en que entendía que ellos, directamente, no puedan hacer nada, pero que no podía entender que ella no fuera capaz de trasladar a su jefe un mensaje tan sencillo como este: “Oye, los de hacienda la están cagando en su web y hay que decirles que arreglen este fallo. Y a este hombre, con DNI tal y con las matrículas cual, que no le pasen por banco los recibos de 2018 porque ya los ha pagado.” Pues no. Oigan. Que es imposible. Que ellos son un servicio de información. Yo, ya un poquito tocado de cojones y en un tono no muy simpático, le mostré mi incredulidad y le reclamé que, como servicio de información, informaran a la concejalía de Hacienda del absurdo. La funcionaria, que me dijo un par de veces: “si no quisiera ayudar no llevaría 12 minutos hablando con usted”, me confesó que no había manera de que ella comunicara a sus jefes tal información ni de que sus jefes comentaran el asunto a la concejalía del área. Que la única solución era presentar una reclamación. Yo, que me conozco el asunto, le dije que no pensaba presentar una reclamación que, imaginaba, iba a tardar siete siglos en ser gestionada y respondida y me prometió que no. Que iba a ser todo muy rápido y que podía hacerlo por teléfono. Mientras intentaba calmarme para no mandar a la porra a la funcionaria le dije: “Venga, pues vamos a presentar esa reclamación”. Y me dijo: “Espere un segundo”. Y se cortó la llamada.

¿Creen que volvieron a llamarme para pedir disculpas por la interrupción de la llamada? Por supuesto, no. Lógicamente tampoco me quedaron ganas de llamar de nuevo y volver a tener otras dos conversaciones surrealistas con otro/a telefonista y su supervisor/a y preferí, sencillamente, publicar un par de tweets contando el asunto y esperar a la Cabra de hoy. A los tweets no me han contestado ni los gestores de la cuenta del ayuntamiento, ni la alcaldesa Carmena. Y, a la Cabra, tampoco tengo muchas esperanzas de que conteste nadie, pero, oigan, desahoga.

Pero, claro, no sé de qué me sorprendo. En mi familia todavía nos estamos riendo/cabreando con una carta cariñosísima que recibió mi madre del ayuntamiento de Madrid. La copio aquí abajo para que se vea que no miento. Le daban muy respetuosamente a mi madre el pésame por la muerte de mi padre y le pedían que, por favor dejara de usar una tarjeta de esas de aparcamiento de discapacitados que le habían dado en los últimos meses de vida de mi padre. Por supuesto mi madre jamás usó esa tarjeta después del fallecimiento de su marido, pero ¿saben qué fecha tiene la carta? 7 de marzo de 2017. ¿Saben cuándo murió mi padre? El 5 de enero de 2011. O sea que, si el ayuntamiento tarda 6 años y pico en darse cuenta de que mi padre ha muerto, ¿cuánto creen que pueden tardar en darse cuenta de que se han equivocado cobrándome dos veces un tributo?

Se admiten apuestas y comentarios y, si alguien conoce a algún funcionario de Hacienda del Ayuntamiento, por favor, que me ayude a desfacer este absurdísimo entuerto.

*Surrealismar: verbo que me acabo de inventar para describir la acción de mantener una conversación extremadamente surrealista.

PALMAS DE TANGO

Me ponen muy nervioso. La verdad. Hablo de los que, en los toros en Madrid, se ponen a tocar palmas de tango, cuando todo el mundo está en silencio, para mostrar su desacuerdo con algo. Y lo hacen cada tarde, sobre todo en los alrededores del tendido 7. Se levantan, o se quedan sentados, pero ponen cara como de que están tomando una decisión muy trascendental para sus vidas (y para las nuestras) y tocan las palmas; plas-plas-plas, plas-plas-plas… A veces se quedan solos, pero, frecuentemente, hay decenas que les siguen. Son esos tíos listísimos que tienen la necesidad vital de compartir con los demás sus estados de ánimo y, además, dejar claro a la humanidad que ellos, que tienen una inteligencia y un conocimiento superior, se han dado cuenta de algo que, nosotros los normales, los simples mortales, no habíamos sido capaces de percibir. Yo creo, además, que sufren de enormes almorranas en silencio. Y ese silencio atronador de sus vidas cotidianas, lo desahogan en los toros y comparten con nosotros su enfado y su amargura.

Estos del tendido 7 me recuerdan a los políticos españoles. No por el padecimiento en silencio de sus hemorroides, sino por el hecho de que están convencidos de que, los demás, somos tontos del culo. Poniendo un par de ejemplos me van a entender perfectamente.

Caso “Casoplón”, y permítaseme la cacofonía. Iglesias y Montero, en vez de decir: “vale. Nos hemos equivocado. Perdón. No se volverá a repetir” se han liado a montar una consulta entre sus militantes para ver si estos aprueban que Papá y Mamá, que sus líderes del Politburó, progresen. Y han lanzado a los platós y a los estudios de radio a unos cuantos que van a defender lo indefendible. Y es patético ver por ejemplo a Monedero en la Sexta diciendo que estos han comprado el casoplón para proteger a sus hijos del acoso mediático de la caverna. Y fue muy triste escuchar ayer en RNE a Rafael Mayoral tragando saliva, muy nervioso, mientras decía cosas como que Montero e Iglesias deben seguir porque son de las mentes más brillantes del país y que sufren este acoso porque la ultraderecha quiere eliminarlos. Lo gracioso es oírles intentando escapar de las preguntas comprometidas yéndose, no por los cerros de Úbeda, sino por los de Vladivostok. Pregunta del periodista: “¿Le parece coherente que Iglesias se compre semejante casoplón después de lo que ha dicho durante años?”. Respuesta de cualquier líder de Podemos adherido inquebrantablemente al Tovarich Iglesias: “Si lo que me está preguntando es si es coherente que el PSOE permita que gobierne Rajoy, le diré que no. O que Ciudadanos demuestre que es la derecha cavernaria…” O sea: le preguntas a uno si va a llover en Murcia y te contesta: “Si lo que quiere saber es si me gusta este jersey, debo decirle que prefiero los yogures de macedonia”. Y se quedan tan a gusto pensando que el periodista es bobo (a veces nos pasa) y que los oyentes o espectadores tienen el cerebro de vacaciones.

Eso por no hablar de la Cospedal explicando la indemnización en diferido de Bárcenas o de cualquier líder del PP comentando lo de Zaplana que, enseguida, te sueltan: “ese señor ya no pertenece al Partido Popular”. Como decía anoche en “El Hormiguero” el gran Iñaki Gabilondo, la corrupción del PP es, para los políticos del partido, la mayor sucesión de casos aislados de la historia de la democracia.

Pues eso. Que piensan que somos gilipollas. Y algo de razón les damos porque, pese a todo, ahí siguen los dos grandes partidos recibiendo en cada proceso electoral millones de votos como si todo lo que ha pasado no hubiese sucedido nunca. Ese no saber medir las consecuencias de tus actos, ese no ser consciente de las cosas, te puede pasar con 8 años, pero no con 40. Y si te sucede con 8 o con 40 debes tener alguien cerca que te baje a la realidad y te explique que te estás equivocando. Yo, en eso tuve mucha suerte con mis padres. Siempre recordaré la enooooorme bronca que me echó mi padre una vez que yo, en mi infantil composición de lugar, decidí dedicarme al diseño de bisutería top-fashion.

Estaba preparando unas chapas para competir con mis amigos en las carreras. Las de las botellas de Cinzano eran magníficas, pero había que tunearlas un poco para que rodaran bien. A mí se me fue la mano en el tuneo y acabé dejando la chapa que parecía una lámina pasada por una prensa. Pero el conjunto me pareció bonito así que, acabé de machacar la chapa, le hice un agujero y decidí que iba a abrir una vía de negocio para forrarme. Mi padre, por aquel entonces, era director de una sucursal bancaria que estaba justo debajo de mi casa y yo me llevaba muy bien con los trabajadores, especialmente, con el botones. De manera que me fui a verle y le ofrecí el chollo de una magnífica tapa de Cinzano por 5 pesetas para llevarla como colgante. El pobre del botones, me la compró y a mí ni se me ocurrió pensar que la estaba adquiriendo por no hacerle un feo al hijo de su jefe. Cuando por la tarde llegó mi padre a casa me echó una de las broncas más grandes de mi vida. Y yo no lo entendía. “Pero si le he vendido una chapa chulísima y han sido sólo 5 pesetas”, protestaba. Hasta que mi padre dio con la tecla. Me dijo que había que pensar siempre en el de enfrente. Que el botones era simpático conmigo porque el muchacho era un encanto, pero, también, porque yo era el hijo del jefe y que, por eso, jamás debía pedirle a nadie nada que me fuera a dar quizás obligado por la jerarquía. Y que, además, había que ser consciente de lo que cuesta ganar el dinero. Me dijo algo que no se me olvidó nunca más: “yo te doy cada semana 25 pesetas por no hacer nada. Poco más de esas 25 pesetas es lo que gana cada día el botones por hacer bien su trabajo y lleva dinero a su casa para comprar comida”. Y me dejó sin paga tres semanas para que aprendiera lo que vale un peine.

YO FUI PERROFLAUTA

Yo les comprendo. Joder. Es que se vive mucho mejor como puto burgués que como perroflauta. Yo, que he sido ambas cosas, debo decir que el perroflautismo tiene enormes ventajas durante la juventud. Al menos en mi época joven, si no eras Adonis (y no era mi caso), había dos estrategias casi imbatibles para ligar: una era ser un pijazo con Ford fiesta blanco y jersey amarillo, aunque fueras un mamón. La otra opción era la de enredar a las niñas disfrazado de una mezcla de poeta maldito y activista bolchevique algo peligroso. Tenía que gustarte Silvio Rodríguez y debías tener un discurso anti-burgués aunque tu padre fuese presidente de una empresa del Ibex, que entonces, por cierto, no existía. No digo que yo fuera un Don Juan de la Gauche Divine, pero aquello funcionaba. Lo que ocurre es que, llegada una edad, cansa. Y uno, en cuanto puede, pues escapa. Y, por lo menos en mi caso, aquellas lecturas, aquellas reflexiones y aquellas vivencias en el lado izquierdo de la vida, me hacen tener hoy una postura ante la existencia diferente (no digo que mejor) que los que no han tenido esa experiencia de progre “comme il faut”. Esos pantalones de algodón, esas camisas cuello mao, ese tener que ir siempre en sandalias, alpargatas y otros calzados similares que me masacraban los pies…

Pero lo peor de ser perroflauta es que tienes un estrés tremendo porque todo el día has de representar tu papel y estar alerta por si alguien dice o hace algo excesivamente burgués para dejarle claro su error. Porque el perroflauta, por el simple hecho de serlo, tiene una altura intelectual y moral muy superior a la del resto de sus conciudadanos. Y el progre de manual, como el buen Scout, debe estar siempre atento para reaccionar ante la injusticia y aprovechar, en cuanto vea la ocasión, para soltar un discurso moralizante con esa verborrea rápida, intensa, contundente, bien construida y demoledora. Frases de esas que, si son pronunciadas ante un auditorio, acabas arrancando un aplauso aunque lo que digas sea que el brócoli te parece una verdura llena de virtudes nutricionales.

Y ese es el problema de Irene Montero y Pablo Iglesias. No es el hecho de que se compren un chalé en la sierra, que les alabo el gusto, sino que lo hacen dos profetas que han estado años defecándose dialécticamente en esa casta asquerosa que vive en chalets. Ellos (y sus colegas) en un patético intento por vestir la mona de seda, sueltan chorradas como que lo compran para vivir y no para especular, pero, hombre, que el prototipo de leninista amable se compre el mismo chalet que se podría comprar el prototipo de falangista antipático, pues choca. ¿Creo yo que una persona de convicciones de izquierda no puede vivir como un burgués? No. Me ha parecido siempre una gilipollez establecer ese tipo de sentencias. Pero no puedes ser el Padre Prior del convento, estar todo el día reprendiendo a tus hermanos por tener en su celda, yo qué sé, una foto de Beyoncé en camiseta mojada y que se te sorprenda un domingo por la tarde echando un polvo en la güisquería que hay al lado de la gasolinera. Y que Dios me perdone por el ejemplo.

Lo que quiero decir es que uno solo puede ir dando lecciones si es como Alberto Villa. Probablemente casi ninguno de ustedes lo conocerá. Fue uno de los más activos militantes del PCE en la clandestinidad durante el franquismo y, como pasó con muchos otros, cuando llegaron Carrillo y sus colegas del exilio, fue relegado a un quinto plano. Alberto era comunista convencido y era un hombre de una integridad absoluta y coherente hasta las últimas consecuencias. Era médico y montó con unos colegas una clínica con la que se habría forrado, pero lo hizo en cooperativa permitiendo que todos los que trabajaban con él disfrutaran de los beneficios. Era ateo, pero he conocido a pocos cristianos más puros que él. Podría haberse comprado 20 chalets como el de Montero e Iglesias, pero vivió, hasta su muerte, en un modesto piso en la Plaza de Castilla de Madrid. Y me imagino que, hoy, estaría sintiendo mucha vergüenza al ver cómo los que se supone que habían cogido el testigo de la integridad, de la política pura y del sentimiento noble están virando hacia la burguesía más clásica a velocidad de crucero.

No saben ustedes lo que me entretiene la estupefacción. Porque toda esta tontada del casoplón, al menos, nos ha quitado del pensamiento a Cataluña. Reconozcan que en las últimas horas han hablado más de la casita que del procés, pero yo aún me estoy preguntando cómo los catalanes han permitido que les pongan a Quim Torra de President. Vaya, por establecer una analogía, es como si en el 76, para buscar una solución al desafío que tenían por delante, SM el Rey hubiera elegido como presidente del gobierno, en vez de a Suárez, a Blas Piñar. Hace mucho tiempo que pienso que, si fuese catalán, estaría con una depresión-país de tres pares. Después de lo de Torra, creo, sinceramente, que estaría al borde del autoexilio.

Yo, más que al exilio, creo que voy a ir al otorrino. Definitivamente. Porque un día me van a dar una leche. El otro día estaba en la caseta de mi hermana en la feria de Sevilla y había un grupo cantando sevillanas. Eran buenos los tíos e, incluso, me parecieron realmente creativos y vanguardistas en sus letras, Una de ellas decía:

“En la fila del paro te he conosíoooo”

Sorprendido por la modernez y lo arriesgado del verso, lo comenté con una amiga de mi hermana que me miró con esa cara a medias entre “este tío es tonto” o “este se está cashondeando de mí” y me dijo: “Qué fila del paro ni qué niño muerto! Dice: en la Pila del Pato”, que, por lo visto, es una famosísima fuente sevillana. Así que voy a preguntar precios que creo que hay audífonos muy buenos, lo malo es que son caros de cojones.

CARAS

A mí me pasó. Que me reí. No sé cuántos de ustedes se rieron al ver el careto de Donald J. Trump al entrar en la sala de la Casa Blanca en la que, con una firma que acojona por lo retorcida, daba puerta al acuerdo nuclear con Irán. Hombre, nadie va a pedir que un Presidente de los EEUU sonría en una situación así, pero se puede poner cara de circunstancias, lo que se conoce como cara de póker, en vez de ese gesto de niño mimado que necesita decirle al mundo que está enfadado porque sus padres, los muy cabrones, le acaban de castigar sin Play. Es que es la típica cara que muestra un churumbel de 5 años si le dices: “Pon cara de enfadado”. Y ahí está; Donald John Trump sin piruleta. Lo malo es que el niño sin la piruleta, sin la Play o sin el balón es el presidente de una de las mayores potencias del mundo.

Ayer hablaba con mi amigo John F. Byrne que fue, durante muchos años, corresponsal de CBS en España y me decía que con Trump tiene la sensación de que está constantemente actuando en aquel reality show, “The Apprentice” que hizo para una tele norteamericana. Realmente juraría que John dijo: “sobreactuando”. Lo jodido para el planeta es que los concursantes somos nosotros y que el plató no es un estudio con un bonito decorado, sino la mismísima Casa Blanca. Y esto va en serio. Muy en serio. Es formidable la cantidad de gestos, frases, discursos y tweets en los que Trump habla con la verborrea propia de un vendedor de elixires. Con la misma ligereza con la que en su programa de TV podía poner a parir a un candidato, el líder estadounidense habla en el Despacho Oval de inmigrantes, de países en vías de desarrollo, de los misiles de Corea del Norte, de los aranceles o de la ruptura del acuerdo nuclear con Irán y otras naciones.

En fin; que volviendo a lo de las “caras de”, lo peor de todo esto es que, miras el panorama de los principales líderes mundiales y te corre un frío helador por el espinazo.

Putin. No sé si a ustedes les sucede, pero yo es que me imagino estar sentado en una silla de interrogatorios y que entre Vladimir, y le canto la Traviata, le confieso todos mis pecados y le reconozco que, sí, que fui yo el que mató a Manolete. Lo que pasa es que yo creo que Putin no ensaya esos caretos ante el espejo como Trump. Sino que esa cara de espía malo malo, de verdugo que disfruta con su trabajo, la trae de serie, como los coches el ABS.

Salvando las distancias, porque, de momento, líder mundial no es, otro que no sé si ensaya los gestos ante el espejo es el portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando. Porque es un hombre que parece que está cabreado el 90 por cien de las horas diurnas. Desconozco si cambia el rictus en las nocturnas porque tengo varios amigos comunes con él y me dicen que es un tío majo, hasta simpático. Pero yo francamente, no sé quién tuvo la idea de ponerle como portavoz parlamentario porque gasta un gesto chulesco que a mí, y a la mayoría de las personas con las que hablo, nos pone de los nervios. Es esa sensación irritante que produce ese tío que te encuentras montando un pollo en un bar y podrías apostar a que va a acabar dándole a alguien una leche. Que en el caso de Hernando, sin duda, esa leche se la daría con gusto a Albert Rivera. Porque esa es otra, la que les ha dado a los del PP con Ciudadanos. Es que le preguntas a un parlamentario de los populares si va a llover y te dice que la deslealtad de estos oportunistas de naranja puede provocar tormentas por el oeste. No sé yo si, estando en las filas del PP, dejaría de preocuparme tanto por los de Ciudadanos y empezaría a ocuparme un poco más de los de mi bancada.

Pero el careto más gracioso que yo he visto en los últimos años no vino de la política, sino de mi familia. Los cabreros más fieles sabrán que yo soy muy aficionado a la cocina y que, en torno a las Navidades, suelo hacer dulces típicos. Y para muchos de esos dulces, la base es la almendra. Un domingo estábamos en casa de mi madre partiendo almendras (a mí lo de comprarlas peladas me parece una pérdida de romanticismo) y, mientras varios íbamos trabajando, uno de mis sobrinos, el más pequeño, iba afanando almendras. Y le debían gustar porque hubo un momento en el que dije: “Javierillo no para de robar almendras, el tío se está poniendo morado”. El comentario tuvo su efecto porque el niño desapareció de la cocina. Al cabo de diez minutos apareció mi hermano Javier, el padre de la criatura, con esa mezcla de risa y babeo que nos da a los padres y nos cuenta la escena. Llevaba unos minutos sin ver a su hijo y lo buscó por la casa hasta que, de uno de los baños surgió una voz estresada que decía: “estoy aquíiiii”. Cuando mi hermano entró en el baño se encontró al niño mirándose al espejo con un gesto de profunda angustia. Javier le preguntó: “Pero ¿qué haces? ¿Qué te pasa?” Y el niño, con la naturalidad que le daban sus 4 años y con la voz agarrotada por la ansiedad, le dijo: “Aquí, mirando a ver si me pongo morado”.

COÑAZO DE VÍCTIMAS

Suena fuerte. Pero esto es lo que piensan muchos cuando se escucha a las víctimas del terrorismo quejarse. Y no es que se quejen porque sí, que podrían, sino que levantan la voz cada vez que a alguien se le olvida el calvario por el que han pasado tantos y tantas y sus familias. Pero somos unos cachondos. A nosotros, ese dolor se nos va olvidando. Ni recordamos ya cuándo fue el último atentado. No tenemos claro en qué año fuimos a la última manifa. Y, desde luego, no somos capaces de poner fecha, ni caras, al último atentado, al último asesino ni, mucho menos, a la última víctima.

Pero eso es lo que hace, cada día, cualquier persona que sabe que, aquel día, justo a aquella hora, aquel asesino mató a su hermano, su madre, su hijo, su mujer, su padre o su marido. Poner caras. Recordar con esa punzada de dolor, de rabia y de angustia en la boca del estómago. Y quizás alguna de las víctimas tenga ganas de perdonar, pero ninguna tiene la más mínima intención de olvidar.

Por eso las víctimas siempre levantan la voz. Y, cuando lo hacen, parece que están fastidiando la fiesta. Que son el amigo cenizo que todos tenemos que te dice “pues igual va a llover” cuando estás montando una barbacoa para 50. Ha pasado cada vez que ETA, en los últimos tiempos, ha hecho un anuncio de esos que darían risa si no estuviera todo rodeado de tanto drama. Que dejan las armas. Que se disuelven. Que dejan de hacer política. Es que me descojono. Es un como si un jugador de tenis que va perdiendo 6-0, 5-0 y 30-0 de repente dice que se retira por lesión. Y, cuando aparece en la sala de prensa va y suelta que lamenta mucho haberse tenido que retirar justo cuando estaba remontando. Y, si alguien le comenta: “oiga, que le iban a meter dos roscos. Que estaba usted fulminado”, se te mosquea y te dice que por qué le das por muerto, que aún tenía oportunidades.

ETA no se ha disuelto. ETA ha sido aniquilada por el Estado de Derecho. Por la determinación de los partidos políticos, por la ayuda de Francia, porque muchos de los que eran tibios les volvieron la cara y porque las víctimas han estado siempre ahí, pendientes, para que no hubiera ni un solo paso atrás. A mí me tocó vivir como periodista muchos de los peores años de ETA. Informar con un nudo en la garganta de atentados que te ponían los pelos de punta. Acudir a Euskadi en aquella época en la que el silencio de la Mafia lo ocupaba todo. Cuando, si salías por la tele en una “cadena Fascista”, tenías que irte por piernas de determinados bares en determinadas zonas de Bilbao, como nos pasó una noche previa a unas elecciones autonómicas. O, cuando estuve un fin de semana con mi mujer y unos amigos y, literalmente, tuvimos que huir del Casco Viejo de San Sebastián, porque eran insoportables las miradas retadoras, los murmullos o, directamente, los insultos que proferían algunos valientes a mi paso.

Y que no nos vengan ahora con coñas. Ni disolución, ni tampoco es que ETA haya acabado porque así lo ha querido el pueblo vasco. Ese pueblo vasco fue muy cobarde, de manera mayoritaria, en los años de plomo. Muy cobarde. Unos callando. Muchos mirando para otro lado. Otros tolerando la violencia como algo normal porque “es que no entendéis el problema vasco”.

Y ETA empezó a acabarse el día en el que los padres de los “chicos de la gasolina” comenzaron a pagar cuando los cabrones de sus nenes quemaban un cajero o la sede de un partido político, o el coche de un militante de PSOE, PP o cualquier formación política no correcta.

ETA empezó a acabarse el día en el que los partidos constitucionalistas decidieron ir de la mano a las elecciones y subir al gobierno a un socialista, después de años de gobiernos nacionalistas condescendientes con los violentos.

ETA empezó a acabarse el día en el que Francia colaboró para descubrir los lugares en los que se escondían los terroristas y cuando ayudaron a desarticular el entramado financiero y de extorsión de aquellos mafiosos de mierda.

ETA empezó a acabarse cuando se cambió la Ley y se denominó terrorismo a muchas cosas que, hasta entonces, nadaban en un agua indeterminada. Y se dijo entonces que aquellas leyes iban a ser peores, porque iban a traer mártires de la lucha del pueblo vasco. Y no. El día en el que un Estado se pone firme. El día en el que pagas por lo que estás haciendo mal. El día en el que vas a prisión o te embargan tus bienes… ese día empiezas a no tener tanto apoyo popular.

Y así se terminó ETA. Así. Y ya pueden leer comunicados el hijoputa de Ternera y la hijaputa de la Iparraguirre. Ya pueden hacer eventos internacionales como el truño del teatrillo de hoy en Francia. Ya pueden contar todas las milongas que quieran. No os vais. Os hemos echado. No os disolvéis. Os hemos aniquilado. Y no tendréis el perdón de nadie hasta que no pidáis perdón de verdad y hasta que no ayudéis a que se resuelvan todos los crímenes que cometisteis. Y nadie os va a reclamar que devolváis el dinero, el tiempo y la alegría que robasteis a tantos y tantos. Pero por lo menos no penséis que somos imbéciles.

Somos, todos nosotros*, los que os hemos ganado. Y, por la memoria de las víctimas, aquí vamos a estar, firmes, hasta que decidamos que, de verdad, esto se ha acabado. Y, entonces, seremos nosotros los que lo anunciaremos.

* Perdón por este plural que, ni es mayestático, ni de modestia, sino de sentimiento.