SECUNDARIOS

Lo a gusto que se está, en ocasiones, en segundo plano. Y mira que a mí me gusta estar siempre delante, aunque eso te cueste que te partan la cara tres o cuatro veces al año. Pensaba ayer en esto cuando vi la noticia de que el segundo entrenador de Luis Enrique se va a quedar con el cargo de Seleccionador Nacional después de la dimisión del asturiano por motivos personales.

UN SELECCIONADOR SIN EXPERIENCIA

Y me resultó muy chocante. No digo que nos vaya a salir mal el experimento, que puede que Robert Moreno se destape como un genio y a la Selección le vaya fenomenal. Lo que pienso es que en España, con frecuencia, se le da muy poco valor a las personas que llegan a tener la responsabilidad de dirigir un equipo. Cuando las cosas funcionan, sobre todo en el deporte, siempre parece que el entrenador ha tenido la suerte de encontrarse con buenos jugadores, pero que no ha sido su talento el que ha ayudado a que esos jugadores sean mejores.

Recuerdo, sobre todo, las distintas épocas de Vicente del Bosque en el Real Madrid y en la Selección. Siempre se le ninguneó desde algunos frentes. Cuando estuvo en el Madrid ganando ligas y Champions, no era su talento, era el de un equipazo con el que hasta un niño de 7 años habría conseguido triunfar. Y cuando ganó Mundial y Eurocopa con el equipo nacional, no fue nunca su capacidad de gestionar grupos y de reaccionar a desafíos tácticos, sino que tuvo la suerte de encontrarse con un equipo que había hecho Luis Aragonés.

Y ojalá me equivoque, pero con el caso de Luis Enrique, ha sucedido algo parecido; nunca nadie dio mucha importancia a sus éxitos, quizás a los que obtuvo con el Celta. Pero, por ejemplo, los del Barça parecía como si fueran de Messi y de los entrenadores que habían estado antes y, cuando entró en la Selección, lo hizo bajo sospecha. Ahora, cuando un problema familiar le ha obligado a dejar el cargo, se produce ese absurdo tan español del “pa esto vale cualquiera”. Y colocan en un cargo de máximo estrés a un joven entrenador que jamás ha dirigido él solo a un equipo medianamente importante.

LA IMPORTANCIA DEL LÍDER

¿Es tan esencial la figura del entrenador? Joder. La sola pregunta me parece ridícula, pero el director, el jefe de un equipo es básico para que las cosas marchen bien. Y un entrenador es eso. Es una persona que debe tener contentos a los que juegan y a los que no. Debe gestionar los egos de las estrellas de su equipo y los sentimientos de agravio de aquellos que se sienten estrellas y no son tratados como tales. Y la experiencia en la gestión es esencial cuando te toca resolver un marrón de los gordos.

¿Digo con esto que un secundario, un subdirector, un segundo entrenador no pueda ejercer la dirección? No. Lo que digo es que, puede que ante los marrones reaccione bien, o puede que no. Porque nunca se sabe cómo va uno a desenvolverse cuando, de repente, el barco se está hundiendo y todos los pasajeros miran hacia ti, nerviosos, esperando que se te ocurra la manera de evitar el naufragio. Para mí lo que diferencia al líder natural de los que no lo son es la capacidad de tener templanza en los momentos de tribulación; los que sacan lo mejor de ellos mismos cuando, los demás, se cagan.

CO-PRESENTADORES Y TERTULIANOS

Eso de no valorar del todo al líder ocurre también en la televisión, que es un mundo en el que se pasa de sobrevalorar hasta el absurdo a las estrellas, a infravalorarlas de una manera igualmente absurda e innecesariamente cruel. Los buenos líderes televisivos hacen mejores a los que están con ellos. Y ha sucedido en muchas ocasiones que presentadores secundarios que eran unos magníficos co-presentadores, no han conseguido triunfar cuando se han quedado solos. Cuántas veces se le han dado programas a colaboradores brillantes, a tertulianos chisposos y, cuando se les ha puesto ahí solos a dirigir el barco, se ha echado en falta a aquel que los hizo grandes, brillantes y chisposos.

Piensen en secundarios que han salido adelante; María Teresa Campos, Nieves Herrero, Manel Fuentes, Florentino Fernández, Jordi Évole, Broncano… No sé. La lista podría ser interminable. Aunque no tan larga como la de los que intentaron triunfar y no lo consiguieron en solitario.

En el cine pasa algo parecido y es muy raro el actor secundario que logra quitarse esa losa de la cabeza y llega a ser un actor principal cotizado. Uno de esos “rara avis” es Antonio Resines que, hasta que ganó un Goya por su papel protagonista en “La Buena Estrella” no era considerado un actor de primer nivel. A pesar de este triunfo, a Resines le costó un tiempo quitarse ese sambenito y les voy a contar lo que nos sucedió a ambos cogiendo un avión hace quince o veinte años.

UN GRAN ACTOR EN APUROS

Nos encontramos en el pasillo de la cabina. Tenemos un buen amigo común y en algunas ocasiones, habíamos coincidido, de manera que, aunque Antonio y yo no somos amigos, nos conocemos y nos tenemos el aprecio que se tiene a los amigos de tus amigos. Estábamos comentándonos qué tal nos iba a ambos cuando yo me di cuenta de que un anciano quería subir su maleta al altillo. Me ofrecí a ayudarle y el hombre nos miró a ambos con ese descaro que solo tienen los niños y los ancianos y me dijo: “Muchas gracias. A usted lo conozco yo. Usted es presentador de televisión.” Al momento, se giró para Resines y le soltó: “A usted también lo conozco. Es usted un gran actor de segundo orden.”

La verdad es que a ambos nos dio la risa con la definición tan bien y tan ácidamente estructurada del caballero, y nos miramos con esa cara de “joder la gente cómo es”. Pero cuando estábamos sentándonos Resines, que es un cachondo, me dijo con el tono ese coñón que le da a sus personajes de comedia: “Pues me ha tocado los cojones el tío este”.

Supongo que a Robert Moreno, si la leyera, esta Cabra le tocaría también los cojones y confieso que nada me gustaría más que estar tan equivocado como aquel abuelete ácido que nos encontramos en el pasillo de aquel avión.

YO NO ME ABURRO

Jamás. Llámenme simple. Pero no me aburro jamás. Quizás fueron los años de nadar en un equipo y pasar horas y horas del verano viendo la línea negra del fondo de la piscina mientras entrenaba. O a lo mejor ya lo traía de serie. Porque recuerdo que, cuando era pequeño, me despertaba a las 6 de la mañana todos los días y le iba a pedir a mi madre pan, aceite y azúcar. Y mi madre, en vez de mandarme a la mierda, se ponía cada noche un plato con aceite junto a la cama y, cuando yo llegaba, mojaba el pan, le echaba azúcar y me mandaba al salón.

Hoy supongo que yo me habría hartado de jugar a las maquinitas o me habría visto 1.354 veces todos los capítulos de Bob Esponja o, más de mi tiempo, el Oso Yogui o Don Gato. Pero a finales de los sesenta y principios de los setenta, si te mandaban al salón de tu casa, o te ponías a leer, o te ponías a leer. Y así, con 8 ó 9 años me debí convertir en el único niño del Planeta Tierra que se había leído los 4 primeros tomos de la enciclopedia taurina de José María de Cossío. Bueno; eso y la vida de Kennedy y la de Manolete y un montón de otros libros que, de manera un poco desordenada, iban cayendo de la estantería del salón.

Pero recuerdo también muchos momentos de no hacer nada. De estar, simplemente, pensando tonterías, imaginando cosas o mirando al frente con cara de nada. Lo que hoy se denomina “quedarse empanao”. Eso del empanamiento me sigue pasando, pero también me he traído de la infancia la capacidad de no aburrirme y ambas cosas, por lo general, provocan sorpresa entre la gente que me rodea.

En el gimnasio. Cada vez que voy a ese espacio de sufrimiento colectivo noto las miradas de la gente cuando ven que no llevo cascos. “pobre, se le han olvidado los cascos”, “Qué pringao; comerse este marrón de dominadas o de cinta sin poder oír música”. Y a mí no es que no me importe, es que me gusta ir sin cascos y poder estar ese rato pensando. No sé si a ustedes les pasa, pero yo tengo la sensación de que esta vida que vivimos no invita nada al pensamiento. Estamos llenos de estímulos y, si alguien te ve con la mirada perdida sin estar, aparentemente, haciendo nada, te conviertes en un bulto sospechoso.

Es como una alerta colectiva: “¡Cuidado! ¡¡Que ahí hay un tío pensando!!” y en muchas ocasiones tu familia o tus amigos te interrumpen de manera destemplada y en tono de interrogatorio policial te dicen: “¿Pero en qué estás pensandoooo? ¡Que te has quedao empanao!”. Porque, lo normal, a lo que nos invita el entorno, es a no parar. Y, si paramos, dirigimos la mirada al gran enemigo del pensamiento que es el teléfono móvil.

No tengo nada en contra del avance de la tecnología. Todo lo contrario. El móvil, Internet, el email, las redes, me han permitido montar mi empresa y comunicarme con muchas personas a las que tendría más lejos si no fuera por estos medios de comunicación que son como una lámpara maravillosa. Pero creo también que nos han quitado espacio no solo con los demás, sino con nosotros mismos.

Para mí, el principal problema de los móviles es que nos han robado minutos de reflexión, de darle vueltas a las cosas. Yo mismo, que estoy diciendo esto, uso probablemente el móvil mucho más de lo que debería. Y eso que, sobre todo en fin de semana, lo tengo más apartado de mi vida. Pero el móvil te invade y hace que, cuando nos quedamos sin batería, vivamos una angustia vital quizás superior a la del que se queda sin agua en el desierto.

Yo recuerdo los años en los que viajaba en avión todas las semanas como mínimo 2 veces. La gente me decía: “¡Menudo coñazo las esperas en los aeropuertos!”. Y, hombre, no voy a decir que me gustara que se retrasaran los aviones, pero sí puedo asegurar que me gustaban esos momentos de paz entre la prisa tremenda. Siempre llegaba al aeropuerto corriendo, con la angustia de perder el avión y, normalmente, cuando me recogían en destino, volvía a correr porque llegaba tarde a casa, o a una reunión o a una grabación en la que estaba todo el equipo esperando. Por eso, esas pausas aeroportuarias y el viaje en avión a mí me daban paz y me permitían leer tranquilo o, únicamente, sentarme a pensar.

Ayer le daba vueltas a esto del aburrimiento en los toros. Lo aburrido que tiene que estar uno en su vida para convertir en tu objetivo existencial el decir alguna cosa mientras la gente está callada y un torero se juega las pelotas en el ruedo. “¡Viva España!”, ”¡Viva el Rey!”, incluso: “¡Viva el 155!” que gritó uno el otro día y yo estuve a punto de contestar: “Por el culo te la hinco”. Pero me contuve.

Ayer era la corrida de la Beneficencia y, como es tradición, acudió el Rey Felipe VI. Lógicamente, el afecto al Monarca y el aburrimiento vital de decenas de aficionados hizo que hubiera más gritos que los habituales y, cada minuto se oía un “Viva el Rey” un “Viva España” o un “Vivan los toros”, que no sabe uno si es un grito de apoyo a la tauromaquia, o de apoyo a los del Pacma. Pero fue muy curioso el momento en el que uno, que debía estar aburrido de cojones, gritó: “¡Viva la República!”.

La que se lió. En el delirio en el que nos ha instalado toda la mierda esta del Procès y de la convulsión política, miles de espectadores en vez de callarse o apoyar el ¡Viva!, se pusieron a pitar y a gritar: “¡Fuera, fueraaa!”, como si el hecho de ser republicano, le redujera a uno el derecho a sentirse tan aficionado como los demás. Yo no soy republicano. Tampoco es que sea un monárquico de los de tatuarme una corona en la nalga. Pero me da muchísimo por saco que los aficionados a los toros demos la razón a los que piensan que somos unos casposos sin remedio.

Yo sentí vergüenza. Y estaría bien que los que ayer abuchearon al que gritó ¡Viva la República!, soltaran hoy el móvil un ratito y reflexionaran sobre el tema. Pero me da que no les va a pasar. Así que mejor me callo, no sea que uno de estos me esté leyendo, se cruce conmigo esta tarde en los toros, y me introduzca su celular por el recto.

 

LA MANIFA

No entiendo que cueste tanto entenderlo. Lo de la democracia, digo. Es curioso cómo a infinidad de amigos míos de izquierda y derecha les cuesta aceptar lo que dicen las urnas o lo que resulta de las sumas de parlamentarios cuando los pactos le quitan el poder a quien tú quieres.

No hay que irse muy lejos para recordar a tantos y tantos llamando a Pedro Sánchez “el Okupa” por llegar a la Moncloa con muchos menos escaños que el partido al que desalojó de la presidencia del Gobierno. Y hoy mismo tenemos a los del otro lado, los que se indignaban con los que llamaban okupa a PS, que acaban de convocar una manifa para pedir que Manuela Carmena siga como alcaldesa de Madrid. Que flipo.

Imagino que a ustedes también les habrá pasado. Después de las elecciones generales decenas de amigos míos de derechas compartieron conmigo infinidad de memes, wassaps y tontadas varias en las que partían de la base de que los votantes que dieron la victoria a Pedro Sánchez eran poco inteligentes. Fotos de filósofos, políticos e intelectuales acompañadas de un texto en el que se daba por hecho que, a veces, los pueblos son tan estúpidos que le dan el poder a quien no deben.

Y, hombre, es cierto que ha habido pueblos que se han equivocado y han llevado al gobierno a sátrapas que luego los han masacrado, pero, en este tipo de reacciones lo que se esconde es, sencillamente, una negación de la realidad como la copa de una secuoya. Esa negación infantil de lo que está pasando, se ha repetido este fin de semana entre decenas de amigos míos que penan por la posibilidad de que Manuela Carmena pierda la alcaldía de Madrid. Lo malo es que, como mis amigos de derechas cuando el 28-A, opinan que el pueblo se ha equivocado y que es una pena que Madrid caiga “en manos de la ultraderecha y de la ignorancia” (sic).

Es una concepción elitista de la vida que comparten muchos de izquierdas y muchos de derechas. Con sus matices. Conservadores (hace poco tuve una apasionante discusión con un amigo) que están convencidos de que no puede valer lo mismo su voto que el de una persona sin formación. Progresistas que opinan que, en general, la gente de izquierdas, per se, tiene una finura intelectual superior a la que tienen los fachas que, como todo el mundo sabe, guardan libros en casa porque los han heredado, o porque los han comprado para adornar, pero no se han leído ninguno. Y unos y otros, con su sensación de superioridad moral y mental, se indignan cuando el pueblo, equivocado, no vota lo que ellos quieren o cuando las aritméticas parlamentarias dan como resultado un gobierno contrario al de sus amores.

Que si uno le da una vuelta a lo que ha pasado en Madrid, rápidamente puede hacer el análisis. Madrid es el paradigma de la galleta, tortazo, leche, bofetón, batacazo u hostia que se ha pegado Podemos. Aunque yo diría, en vez de Podemos, Pablo Iglesias. Sin embargo el gran ideólogo Monedero, en un tweet, a quien echaba la culpa era a Íñigo Errejón. Y así pueden seguir, como el PP, instalados en la búsqueda externa de razones de la caída, en vez de darse cuenta de una vez de que, el problema, lo han tenido dentro.

 

Pablo Iglesias sigue pensando (y tiene pelotas alrededor que se lo confirman) que él no tiene ninguna culpa. Su concepción personalista de la política no tiene nada que ver con que se hayan ido, hastiados, la mayoría de los que llegaron con él. Pero si hablas con los que estuvieron allá dentro, enseguida te das cuenta de que su mesianismo, su tendencia a colocar en lugar preponderante a sus parejas y su visión paranoica de la realidad han provocado el desmoronamiento. Bueno; eso y el chaletazo. Que, claro, no puedes ser como el líder de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, que predicaba la castidad y la pureza e iba cepillándose jóvenes y jóvenas mientras les rezaba un padrenuestro.

Pues si has llegado a la política hablando de los parias de la tierra y de la famélica legión, no te puedes poner delante de los parias famélicos, a la puerta de tu chalet, a comerte diez solomillos y no compartirlos.

Pero, oigan, que me desvío y no he hablado casi de la manifestación que se ha convocado para este sábado a las 19 horas en la Cibeles. No sé cuántos Carmenistas van a ir, pero, de momento, lo que han conseguido es que la alcaldesa cambie su ánimo. El domingo estaba con una depre descomunal diciendo que se jubilaba. Y ayer mismo ya aseguraba que estaba dispuesta a pelear. Yo, que soy un defensor a ultranza de que la tercera edad esté activa, me alegro de que le hayan quitado la depre, aunque igual luego la desilusión sea más gorda si, como parece, Martínez Almeida se queda con la alcaldía.

Yo no iré a la manifa. Me quedaré en casa intentando entender a todos aquellos a los que se les llena la boca de democracia y luego no saben aceptar que las urnas, a veces, te dejan de pasmo. O eso, o igual me bajo al garaje de casa con mi kit de forense “Horatio Caine” para analizar unos restos inquietantes que llevo viendo desde hace meses. Es la huella de una mano infantil, que ha quedado como fosilizada en el suelo junto a la puerta de acceso a los ascensores. La primera vez que la vi dije: “Jaja. Ahí se ha caído un niño con la mano llena de mermelada.” A medida que pasan las semanas y los meses la persistencia de la huella me hace pensar de todo.

¿Es cosa divina y tenemos entre nosotros a un nuevo Mesías? ¿Es el anticristo? ¿Le dieron al niño una papilla radioactiva? ¿Vive en nuestra casa el hijo de Johnny Storm? Les animo a opinar para ver si consiguen quitarme la angustia de encima.

EL NUDO

No el de la corbata. Ni el gordiano. Hablo de ese que se te atasca en la garganta cuando pasan cosas emocionantes a tu alrededor. Mañana mi hija Macarena, que tiene 17 años, se gradúa en el mismo Colegio al que fuimos mi mujer y yo; el Virgen de Mirasierra. Allí me gradué yo hace 37 años. Fue el Colegio de mis hermanos, de mis cuñados, de infinidad de amigos, de muchos de mis sobrinos y el de mis 3 hijos. Y cerrar mañana esta etapa de mi vida pues, cojones, debo reconocerlo, me tiene a medias entre la congoja, la impresión y ese punto de emoción por haber conseguido llegar hasta aquí siendo felices.

Yo digo con frecuencia que he tenido mucha suerte en la vida. Y lo creo de verdad. Tuve una inmensa suerte de caer en la familia en la que caí. Y luego he tenido la fortuna de encontrar a la mejor compañera para formar mi familia y criar a mis hijos. Y, con mis churumbeles, también ha habido suerte y han salido 3 buenos niños con los que hemos pasado nuestros ratitos de agobio, pero que han recorrido la infancia y la adolescencia sin grandes sobresaltos.

Y, cuando digo esto, siempre toco madera, porque ahora mis hijos están en la juventud y soy un convencido de que para superar la infancia, la adolescencia y la juventud, no es que haya que tener buena suerte, es que hay que rezar para no que no te toque la mala.

A lo que voy es a que, mañana, hay un acto de graduación en el Colegio y yo, que, como dicen mis hijos soy “un motivao”, me ofrecí para hablar en representación de los padres, si nadie más lo solicitaba. Después de 21 años como Padre en el colegio, me hacía ilusión poder despedir a la generación de mi hija la pequeña y decirle adiós o hasta pronto al mismo patio en el que yo me desollé varias veces las rodillas, los codos y las manos jugando al fútbol o haciendo el animal con el “churro-mediamanga-ymangaentera”, que me voy a ir otra vez del colegio sin saber qué coño significaba aquello.

Y aquí estoy dándole vueltas a lo que voy a decir porque, no sé ustedes, pero yo, siempre que tengo que escribir un discurso, una presentación, un pregón o un artículo, espero hasta el último momento. Mi mujer, frecuentemente, me critica por eso y me dice que por qué no lo preparo con tiempo (ella lo tendría escrito desde hace 5 meses), pero yo trabajo mucho mejor bajo presión. Cuando me salen las mejores cosas, siempre, es cuando las escribo con las nalgas duras como piedras, con ese “no-llego-joder-no-llego” atravesándote el cerebelo.

Para añadirle salsa al asunto, estamos en San Isidro. Y yo, que soy muy aficionado, pues cada tarde me voy a Las Ventas y, claro, son 3 horas y pico en las que no estoy para nada ni para nadie. Y ayer fue de esos días que uno recordará toda la vida. Imagino que muchos de ustedes sabrán que toreaba Roca Rey. El muchacho peruano (al que, durante la lidia del 4º y el 5º, operaron con anestesia local de una cornada que le pegó el tercero de la tarde) puso la plaza bocabajo.

El que suscribe pidiendo las 2 orejas para Roca Rey

Roca, renqueante, consiguió callar incluso a los insoportables tocagüevos del 7 y cortó dos orejas de un toro por el que ninguno de los que estábamos allí dábamos un duro. Hacía mucho tiempo que no veía yo tan loca a la plaza y salimos todos emocionados, intentando imitar ese natural eterno con el que rompió la faena. Y yo, como cada vez que un torero triunfa a lo bestia, me acuerdo de mi padre. Cuando no existían los móviles y no habíamos ido juntos a los toros, según llegaba a casa le llamaba para comentar la faena. Y desde que aparecieron los móviles en nuestras vidas, nos llamábamos en el momento para, juntos, regodearnos en las partes de la faena que más nos habían gustado.

O sea que, entre lo de mi hija y que me acuerdo de mi padre en San Isidro, estoy en un bucle emocional del que no me consiguen sacar ni siquiera los políticos de esta campaña electoral que a mí me parece que está durando toda la vida. Eso por no hablar de lo de los políticos-presos-políticos, que no les digo si estoy hasta el testículo izquierdo o hasta el derecho, de que no se hable de otra cosa en los primeros 10-15 minutos de cada informativo desde hace demasiado tiempo.

Así que prefiero seguir centrándome en lo de mañana, pensando en mis hijos y en lo poco que se parecen ya los 3 a aquellos enanos a los que con tu mano, con tu voz o con el argumento más sencillo les dabas tranquilidad y les permitías conciliar el sueño.

Recuerdo cuando Macarena tenía 6 ó 7 años. Habíamos tenido antes de la cena una de esas conversaciones complejas sobre sexo. Y eso que todavía no nos había preguntado “¿qué es un orgasmo?”, que es la pregunta definitiva. Pero estaba ella muy interesada en el modo en el que se trabajaba para traer hijos al mundo. Hacer el amor. Y comenzó la conversación resbalosa.

“Mamá. ¿Y vosotros hacéis el amor cada noche?” Mi mujer le contestó: “No”. La niña no se quedó conforme y siguió el interrogatorio. “Pero, ¿desde que yo nací lo habéis hecho alguna vez?” Ahí ya empezamos a sonreírnos. “Sí, claro.” Y, ante la respuesta afirmativa de mi Santa, Macarena puso una cara entre la estupefacción y la repugnancia y soltó un ¡¡¡Agggggggg!!! que escuchó todo el vecindario.

Después de cenar, como de costumbre, le dejamos ver un poco de tele y, a eso de las 10 me la llevé a contarle su cuento diario. La notaba tensa. Como agobiada. Y, cuando la metí en la cama, me lo preguntó:

  • Papá
  • ¿Qué?
  • Lo de hacer el amor para tener hijos.
  • ¿Qué?
  • ¿Es obligatorio?

Intentando contener la risa le dije que no. Que uno podía elegir si casarse o no e incluso tener hijos o no tenerlos. Y, como si le hubiera dado un yogur con lexatines, aquella frase paternal la dejó mucho más tranquila. Y se durmió.

 

QUERER QUE PIERDAS

Llámenme fascista. Pero tengo que confesar que disfruté como un cochino en una charca anteayer cuando el Liverpool eliminó al Barça y lo dejó sin Final de Champions. Y no solo el martes. Yo disfruto siempre que pierde el Barça, aunque sea la sección femenina de Curling, que ignoro si la tiene.

Mi mujer piensa que me equivoco y que he educado a mis hijos en un mal sentimiento, pero a mí me parece que esa es la salsa del fútbol; quiero que ganen el Málaga, el Madrid y el Atleti y, por supuesto, el equipo que juegue contra el Barça. Bueno, perdón; también quiero siempre que pierda cualquier equipo que entrene el insoportable José Mourinho. Fíjense lo que fue aquello, que llegó un momento en el que no me importaba en exceso que palmara el Madrid si esa derrota podía significar que el entrenador más sobrevalorado de la Historia pusiese cara de tener una almorrana en ebullición. Y lo echaran.

IMPOSIBLE CONFESAR QUE ERES DEL MADRID

Pero, volviendo a lo del Barça, me resulta curioso cómo mucha gente te mira mal cuando, siendo del Madrid, manifiestas un mal sentimiento hacia cualquier otro equipo. Si, por ejemplo, dices que eres del Atleti y que te encanta que pierda el Madrid, se te presupone una cualidad humana especial, un romanticismo, un amor por los colores superior al de cualquier otro hincha. Si dices que eres del Barça y que deseas que el Madrid sufra, se te atribuye un aire de modernidad, cosmopolita, europeo. No sé; un “charme” especial.

En cambio, si dices que eres del Madrid, te adjudican, como por ensalmo, que hueles a naftalina, que coges la taza de té poniendo tieso el meñique y que votas, sin duda, al partido más antipático del espectro político. Y, además, eres un nostálgico del Franquismo. Por eso, si se fijan, no hay ni un solo periodista deportivo, o hay muy pocos, salvo los que van de forofos como mis ex-compañeros de carrera Tomás Roncero o Juanma Rodríguez, que reconozcan abiertamente que son del Madrid. Sí los hay que dicen, o que no niegan, que son del Barça, del Atleti, o del Celta de Vigo, y no pasa nada. Ese sentimiento no les hace peores. Pero, ay, si dices que eres del Madrid, esa confesión parece que te inhabilita para informar adecuadamente de lo que suceda en el mundo del deporte español.

EL PROCÈS Y EL SENTIMIENTO ANTI-BARÇA

Tengo amigos que, además, aseguran que toda la tontá esta del Procès, les ha influido y que hoy quieren con más ahínco que palmen los azulgrana. Hombre, yo reconozco que esto de oír gritar In-de-pen-den-ci-a en el minuto 17 de cada partido en el Nou Camp me toca las bolingas, pero yo deseo que pierda el Barça casi desde siempre. Debo decir abiertamente que aquellas dos Ligas seguidas de Tenerife, me abrieron una heridita que aún no se ha cerrado y que me parece mucho más divertido ver el fútbol deseando que ganen unos y que pierdan otros.

Y la del martes fue una buena noche. Estaba cenando en nuestra casa la hija de unos amigos, que no entendía muy bien por qué, si nosotros somos del Madrid, estábamos tan contentos con la victoria del Liverpool. Y tuve que explicarle (es hija de un brasileño y una francesa) que no es que yo fuera supporter de los Reds, es que lo que quería era que no llegara a la Final el Barça. Y ya, de paso, le expliqué que esa Final era en Madrid y la pereza que me daba pensar en todos esos lazos amarillos, esas pancartas pro-indepé, esas sonrisitas de superioridad moral de los nacionalistas demostrando a toda Europa lo malos que somos los españoles y lo cool que son ellos.

O sea que, al final, sí que parece que lo del Procès también me ha afectado a mí y en lo del martes hubo un plus de alegría pensando en que esa almorrana de Mourinho podía ser la misma que la de indeseables como Torra o Puigdemont. Que los imagino viendo el partido relamiéndose soñando con las pancartas pidiendo la libertad de los Presos Politics en el Wanda el día de la final.

Y mira, pues no. La final no va a ser, como parecía, Barça- Ajax, sino Liverpool-Totenham. Sorpresón porque anoche en otro partido delirante los londinenses se cepillaron a los holandeses, que llevaban una semana celebrando que estaban clasificados antes de jugar el partido de vuelta.

UN EXAMEN CATASTRÓFICO

Que ese exceso de confianza no es bueno ni en el fútbol ni en la vida en general. Yo recuerdo un examen que hice en 2º de carrera. En el primer cuatrimestre nos había dado clase Miriam, la hija del profesor titular y, cuando nos puso el examen, nos insistió mucho en que su padre no quería que le soltáramos un rollo académico, sino que escribiéramos un artículo creativo, arriesgado, valiente. Decirle eso a un muchacho de 19 años como yo, era una invitación al suicidio literario que yo acepté con mucho agrado. La pregunta era una sola: “La Noticia”

Y allá que fui yo, con mi aroma de Patrics, a rebozarme en mis conocimientos y dejarle claro al maestro que yo era un periodista de raza. Un articulista diferente. Un Larra en ciernes. Y el examen me quedó bordado; escribí un artículo uniendo todas las definiciones que nos habían explicado sobre “la noticia”. Unas semanas después, el profesor titular comenzó a darnos clase y, el primer día, cuando aún no había publicado las notas, al verme entrar en el aula, me dijo: “Usted es García-Hirschfeld, ¿no?”. Yo le contesté que sí y me senté pensando: “¡Coño! ¡¡Le he encantado!! Este me va poner un 10 y me va a ofrecer una columna en el ABC. O me va a proponer para el Premio Ortega y Gasset”. Pero no.

QUE NO LO TIREN POR UNA VENTANA SUS JEFES

El profesor Miguel Pérez Calderón empezó a hablar sobre los exámenes y dijo que los había visto “líricos, románticos, épicos y alguno inaceptaaableeee como el de un compañero suyo que ¡¡¡ha llamado imbécil a uno de mis mejores amigos!!!” Era cierto. No recuerdo quién era el teórico que definía la noticia de una manera que a mí, hoy, me sigue pareciendo una imbecilidad y, en mi imprudencia juvenil, lo dejé por escrito; “Hay algún que otro imbécil que dice que la noticia es aquello que interesa a más de 5.000 personas”. Es obvio que nunca debí decirlo. Y menos en el examen que iba a corregir un íntimo del susodicho… que me puso un 4.

Cuando me entregó el examen, leí una nota del profesor que decía así: “Usted llegará a ser un gran periodista, siempre que antes no lo tire su director por la ventana de un 4º piso”. Y, francamente, no sé cuántos de mis jefes habrían suscrito semejante frase.

QUE TE FOLLEN, LUIS

Este tendría que haber sido el SMS de Rajoy a Bárcenas. Y no el otro. Es política ficción, pero, probablemente, con un mensaje como el del título de esta Cabra, el PP no se habría dado una galleta como la que se dio anoche. La noticia de la jornada, indudablemente, es la victoria del PSOE y hay que dar la enhorabuena a Pedro, el Incombustible, por ello. Pero la otra noticia, sin duda también, es la hecatombe del Partido Popular. Ayer decía Pablo Casado que tienen que hacer análisis.

RAZONES DE LA HECATOMBE

Más les vale, porque creo, humildemente, que esa falta de análisis es la que les ha conducido al abismo. Hace mucho tiempo que el PP genera rechazo en una parte importantísima de la población. No supieron verlo en Andalucía, porque la llegada al gobierno lo cegó todo, pero ya allí se pegaron una leche helicoidal. Quizás este sea el punto de inflexión en el que los populares, de verdad, pidan perdón por tantos errores y cambien una estrategia que, en estos comicios, claramente, les ha llevado al hoyo. Lo malo para ellos es que, escuchando a Pablo Casado, anoche le echó la culpa a la división de la derecha, a la Semana Santa y al “sursumcorda”, pero ni palabrita de la corrupción, de la gestión de la oposición a Sánchez y de la deriva hacia la derecha más rancia, que algo habrán tenido que ver en el apocalipsis del 28-A.

“¡Con Rivera, no!” Gritaban en Ferraz

UNOS SOCIALISTAS QUE NO CAEN

Yo reconozco mi estupefacción. Pedro Sánchez, el Fuerte, ha conseguido algo que puede animar a otros partidos socialistas europeos. Estaba como el Titanic. Hundido él, hundido su partido político y no solo es que logre poner la nave a flote; es que consigue convertirla en el Queen Elizabeth. Y ahí está, contradiciendo la tendencia internacional, logrando una victoria electoral socialista con la que va a poder gobernar, aunque sea a trompicones. Porque otra cosa es el cómo. Con Podemos no llega a los 176 escaños y, aunque sus militantes le gritaban anoche: “Con Rivera, no”, esa sería una alianza que daría estabilidad durante los cuatro años que nos quedan por delante.

Que esa es otra de las noticias; el enorme crecimiento de Ciudadanos. Por supuesto Rivera esperaba otra cosa y él se veía liderando un gobierno con el PP y el apoyo parlamentario de Vox, pero se han quedado a medio camino. Y eso debería llevarle a alguna reflexión sobre su estrategia general y, en concreto, sobre su puesta en escena en el segundo debate electoral, en el que muchos indecisos dijeron: “A este, no”. Han obtenido un resultado que casi duplica lo que tenían, pero esta noche Albert ha tenido que dormir, seguro, con un pelo de mala leche en el cuerpo.

UNA MALA NOCHE

Iglesias, sin disimular la angustia

Vox: Gran resultado, por debajo de las expectativas

Otros dos que han pasado, sin duda, mala noche han sido Pablo Iglesias y, a pesar de todo, Santiago Abascal. Parecía que Vox iba a entrar en el Congreso como un elefante en una cacharrería y ha acabado siendo, más bien, un gato en un tanatorio vacío. Y Podemos va a sentarse a negociar con Sánchez con unas exigencias muy inferiores a las que pretendía. La parte buena, desde mi punto de vista, es que los dos extremos juntos no llegan ni a sumar los 71 escaños que tenía Podemos en la anterior legislatura. Podemos se queda en 42 y Vox en 24.

MEMES DEMOLEDORES

Una de las perdedoras de la noche: Cayetana Álvarez de Toledo

Y las fotos. No hablo de los memes, que ya van saliendo. Hay uno demoledor que muestra a una de las grandes perdedoras de la noche; Cayetana Álvarez de Toledo. Me llegó por wassap y no hace falta ningún comentario.

Tragando quina en Génova

La foto demoledora es la de García-Egea, Casado y Suárez en la comparecencia posterior a la catástrofe. Deberían haber buscado otros ternos, porque con esas caras, esas camisas y esas corbatas parecían empleados de Interfunerarias acabando de salir del tanatorio ese en el que entró el gato de Vox.

SONRISAS INDEPÉS

Y las fotos que a mí me han provocado mayor desazón; por un lado la de Rufián con un resultado extraordinario que puede dar la sensación de que legitima todas y cada una de las exigencias de los independentistas catalanes. Y por ahí vamos a seguir teniendo un melón sin abrir. O varios melones, visto lo visto.

Euforia en la sede de ERC

Contentos también los de EH Bildu

Y, por otro lado, la sonrisa de Otegui por el gran resultado de EH Bildu que duplica sus escaños. Ya, anoche, Otegui advertía que la reivindicación independentista vasca, va a estar en el Congreso haciendo pandilla con los catalanes.

Da pereza. Es cierto. Pero es lo que hemos querido los españoles y hay que ponerse a gobernar un país que está para pocas bromas. Ojalá sea cierto lo que dijo anoche Pedro Sánchez, el Resiliente: que tenderá la mano a aquellos que busquen el respeto a la Constitución y que quieran avanzar hacia la justicia social, la convivencia y la limpieza política. Yo lo firmo. Solo espero que, en esa ecuación, no se olviden de que hay que conseguir que la economía siga creciendo y cuidarnos a los que creamos empleo, que somos los empresarios o, como se nos llama últimamente, los emprendedores. Y, si no nos cuidan, por lo menos, por favor, que no nos den por por donde los pepinos toman sabor amargo. Y no puede nadie decirme que no haya sido fino.

 

UN HUEVO PILLADO

Talmente. Llevaba desde anteanoche, cuando terminó el segundo debate, dándole vueltas. Pensaba en escribir esta Cabra y quería definir el careto que tuvo durante la mayor parte de los minutos en los que aparecía en imagen Pedro Sánchez, el Fructuoso, y no me salía. Hasta que vi una foto de hace unos meses. Y di con ello. Salvo en los planos en los que él era consciente de que le estaban grabando y ponía cara de “Pero-qué-bueno-estoy-rediós”, cada vez que la cámara enfocaba a PS, el Grandioso, daba la sensación de que se había pillado un huevo o con la portañica (es difícil, pero en ocasiones sucede) o con la tirilla del calzoncillo.

Ignoro qué tipo de ropa interior gasta el Presidente, pero, cuando yo era chico, mi madre nos compraba unos calzoncillos que apretaban tremendamente en las ingles y, con cierta frecuencia, se te quedaba pillado un huevillo en el elástico. Si el pillamiento te cogía en Misa o en una clase del colegio, tenías que aguantar estoicamente poniendo un gesto muy similar al de Pedro, el Inconmensurable, durante los debates mientras oía a Casado hablándole de Otegui, a Rivera diciéndole que no se pusiera nervioso o al reverendo Iglesias pidiendo Paz recitando versos de esa Constitución del 78 que, hasta hace poco, quería dinamitar.

No sé qué conclusiones han sacado ustedes de los Debates. Todos los analistas que conozco han dicho ya todo, se han puesto notas a los intervinientes y el pescado, no es que esté vendido, es que huele cosa mala. Pero, coño, yo publico los jueves y es el día en el que me toca decir lo que pienso. A mí no me ha cambiado la intención de voto, la verdad. También es cierto que, excepto uno, todos los demás líderes me dan una pereza galáctica y ya sabía que, salvo que alguno hiciera un triple mortal con tirabuzón, me iban a variar poco el pensamiento. Pero me llevé sorpresas.

En el primero, Casado estuvo flojo, flojo. En el segundo mejoró notablemente, pero tiene en lo alto de la cabeza una losa demasiado pesada y demasiado cercana en el tiempo como para quitarse de encima, por ejemplo, la corrupción, cuando día tras día siguen saliendo procesos judiciales en los que se sientan en el banquillo ex dirigentes del PP. Vale. Que ya no mandan. Que son los nuevos. Pero han sido demasiados años sin pedir disculpas sinceras, sin dar la sensación, de verdad, de que había un acto de contrición y demasiado tiempo con un presidente del gobierno que puede que lo hiciera muy bien, pero quedó inhabilitado desde el mismo día en el que tecleó desde su teléfono: “Sé fuerte, Luis”.

Entiendo que a los del PP les joda. Pero esto es así. Porque oyes al Padre Iglesias y, aunque a mí no se me olviden sus discursos leninistas amables de hace dos días, tiene más razón que un Santo. Y el cabrón lo cuenta bien. Y yo creo que, salvo su sobreactuación como Mahatma de Galapagar y la pesada lectura de artículos de su odiada Constitución del 78, dice verdades muy ciertas. Hay tantas cosas de las que avergonzarse; los fondos buitres, los perdones a la Banca, el hecho, cierto, de que los paganinis de la crisis han sido, sobre todo, los trabajadores… Y la corrupción. Y lo de las cloacas. Que está pesado el muchacho, pero es así.

Lo gracioso es ver a Pedro, el Formidable, acusando con el dedito al PP, como si el PSOE, en sus años de gobierno JA-MÁS hubiese utilizado policías más que para vigilar el Bernabéu, en días de partido. Con eso y con la corrupción. Que también hay que tener los huevos muy colgantes para ponerse de perfil hablando de políticos corruptos cuando eres el Secretario general del PSOE. Quizás, por eso, uno de los testículos colgantes se le enhebró en una tirilla del calzón y, de ahí, ese rostro amargo. Que, por cierto, hablando de rostro, no sé quién le ha hecho la foto electoral a PS, el Colosal, pero, carajo, parece el primo Australopiteco de nuestro hermoso presidente del gobierno.

Y Albert Rivera. Que llevaba más gadgets que el gran Juan Tamariz. Es que hubo momentos en los que estaba esperando el mítico “Rantatacháááán” del mago. Estuvo bien en líneas generales, aunque, en la primera media hora del segundo debate hubo un momento en el que, si hubiera sido un videojuego, le habría disparado porque se puso muy pesado interrumpiendo. Dando la sensación de que estaba nervioso y luego pidiendo calma a Pedro, el Babilónico, quizás sin saber que el Presidente, no es que estuviera tenso, es que, sencillamente, tenía un huevo al borde del reventamiento.

Que ya que he empezado hablando de una foto, tendré que enseñarla. Quizás no se perciba toda la grandeza en el plano general y, por eso, acompaño también, un plano de detalle. Es el matador de toros Diego Urdiales, probablemente, en uno de los días más felices de su vida. Salió por la Puerta Grande de las Ventas en la pasada Feria de Otoño y yo, que acudí a verle salir, me sorprendí al detectar un rostro amargo y crispado en el torero. Realmente la foto la hice para captar cientos de móviles grabando a la vez a un torero, pero luego la busqué por si se apreciaba el careto amargo. Y se veía.

Al día siguiente llamé a mi amigo David Plaza para preguntarle, porque es amigo íntimo de Urdiales. Y salí de dudas. Uno de los “profesionales” que le izaron a hombros, en uno de esos forcejeos tan habituales, le pilló un testículo al pobre de Diego cuando estaban a punto de salir por esa Puerta Gloriosa. Y le desbarataron la épica y la lírica. Y no sé qué memoria guardará Urdiales, pero por el careto, no sé si recuerda más los gritos de “Torero, Torero” y la emoción, o el alivio al llegar a la fregoneta y poder, por fin, colocarse adecuadamente el escroto.

 

SOMOS UNOS CABRONES

APPS QUE AVISAN DE CONTROLES DE ALCOHOLEMIA

Usted. Y yo. Y, probablemente, la mayoría de la gente que conocemos. Hay que admitirlo. ¿Quién no ha avisado alguna vez a sus amigos de la presencia de un coche de la Policía o la Guardia Civil haciendo controles de alcoholemia? ¿Quién no ha sido tan cabrón de avisar a alguien que va mamado para evitarle una multa?

Hasta hace unos años esa información se le podía dar a una o dos personas. Cena de amigos en un restaurante. Todos vivimos más o menos cerca y, llegando a casa, el primer coche del grupo ve un control de alcoholemia. Desde que existen los móviles, a todos nos parece que lo razonable es avisar a los de atrás. Y así hemos hecho todo quisque alguna vez. Es cierto que, con la entrada en vigor del carné por puntos, ha habido una mayor conciencia de la importancia de no conducir si uno ha bebido, pero sigue habiendo imbéciles que se ponen al volante después de haberse bebido hasta el agua de los floreros, o después de haber consumido alguna sustancia psicotrópica. Y, en los últimos años, ya no es que, con el móvil, puedas avisar al amigo que va detrás de ti. Existen aplicaciones en las que uno puede alertar a toda España de ese control policial.

Seguramente, si nos ponemos cínicos, defenderemos estas Apps. Todos pensamos en nuestros amigos a los que consideramos personas normales, que “no han bebido tanto” y que sabemos que “controlan”. Claro. Yo he tenido dos accidentes de tráfico en coches conducidos por dos amigos míos que habían bebido, pero controlaban. Y no nos matamos de milagro. Pero el problema no es que se mate el que ha bebido y los colegas que le han permitido conducir ebrio. El problemón, el drama, el quid de esta cuestión es que el que va mamado mate a nuestro hijo, a nuestra hija, a nuestra mujer, nuestro marido, nuestro padre o nuestra madre que pueden haber tenido la mala suerte de cruzarse en su camino. Y matar a alguien con tu vehículo cuando vas bebido es un delito. Y, por tanto, si hemos avisado a alguien de la existencia de un control, le hemos permitido escapar y ese alguien atropella a un peatón o provoca un accidente mortal, nos convertiremos en cómplices del irresponsable. O sea; en unos verdaderos cabrones.

FISCAL DE SEGURIDAD VIAL

Dentro de un rato, el Fiscal de Sala Coordinador de Seguridad Vial, Bartolomé Vargas, ofrece una rueda de prensa en la que va a hablar, entre otras cosas, de estas aplicaciones. De cómo ponerle el cascabel a ese gato. Porque, en ese cinismo del que avisa del control de alcoholemia en la aplicación, participan también, por supuesto, los dueños de estas aplicaciones, que se acogen a derechos inalienables para defender que se pueda ser cómplice de un delito de manera impune. Sé que puede ser ponerle puertas al campo. Pero, coño, pongámoslas. Y ya, si eso, que quien pueda las sortee. Pero yo cerraría las Apps específicas que avisan de los controles policiales e intentaría impedir que, en aplicaciones de navegación, se pueda avisar de la presencia de policías en la carretera.

Es cierto que yo he tomado mucha conciencia de los dramas de los accidentes de tráfico en estos años en los que he hecho 146 programas de seguridad vial para televisión. Pero cualquiera puede entender la importancia del asunto. Yo no creo que pudiera volver a dormir tranquilo si avisase en una aplicación de un control policial en mi camino a casa y me enterase al día siguiente de que un conductor borracho ha matado a alguien en una carretera cercana. No seamos cabrones y permitamos que alguien haga algo para arreglarlo.

USO DEL MÓVIL AL VOLANTE

No hay que tener un móvil en cada mano, para provocar un accidente.

Es como lo del uso del móvil al volante; hemos tomado conciencia del tema del alcohol, en general la mayoría de los conductores han reducido su velocidad media en los últimos años, pero sigue habiendo dos cosas que la gente hace como si no tuvieran importancia; pegarse al coche de delante como si tuvieras que buscarle piojos al conductor que te precede y utilizar el móvil con una mano y el volante con la otra. Uno de los anuncios que va a hacer el Fiscal Especial de Seguridad Vial es que la Guardia Civil va a empezar a controlar los móviles de las personas que han provocado un accidente de tráfico para intentar saber si estaban haciendo uso del teléfono en los momentos previos al accidente. Y me parece estupendo. Seguro que esta misma mañana saldrán abogados y profetas de la libertad individual a protestar por el asunto, pero yo, qué quieren que les diga, si eso sirve para que se le caiga el pelo a algún imbécil, pues me alegro.

Es más; es que me hará muy feliz el día en el que se prohíba definitivamente el uso del teléfono al volante. Pero, mientras tanto, que crujan al que sorprendan manejando el móvil conduciendo. Y, ojo, que, como decía al principio, cabrones somos todos porque, que levante la mano el que no ha echado un ojo a un mensaje que le ha llegado, o ha hecho algo con el teléfono mientras con la otra mano giraba el volante. Yo levanto la mano porque también yo he sido un imbécil. Hago acto de contrición y me ofrezco voluntario para que, si algún día vuelvo a hacer el panoli, me crujan.

 

HOSTIAS A FRANCISCO

Como panes. Asumo que muchos de ustedes vieron la entrevista que Jordi Évole (enhorabuena por la exclusiva, compañero) le hizo al Papa Francisco el domingo pasado en La Sexta. Mientras veía el programa imaginaba perfectamente qué iban a decir al día siguiente tanto mis amigos de un lado del cuadro como los del otro. Y ambas partes se han superado. Ampliamente.

Es curioso lo que ocurre con este Papa. Está consiguiendo que los sectores más conservadores de la Iglesia den por abolida la infalibilidad del Pontífice a la que aludían, por cierto, constantemente cuando alguien, años atrás, criticaba a Juan Pablo II o a Benedicto XVI. Recuerdo la cantidad de veces que me dijeron, o que les dijeron a otros: “No es obligatorio ser católico. El Papa es el que manda en tu Iglesia y, si no te gusta lo que dice, cámbiate de religión.” Y estas frases te las decían de manera displicente. Tratándote como a un adolescente revoltosillo y dando por hecho que no eras un creyente de los de verdad. Y todos esos, hoy, están poniendo a parir al Papa Francisco por decir las mismas cosas que, desde mi punto de vista, habría dicho Jesucristo de estar aún entre nosotros.

Es verdad que es un Papa con sus cosillas. Es cierto que se encuentra más cómodo con sátrapas de izquierda que con sátrapas de derechas, es cierto que podía haber escogido para la entrevista a un periodista católico de un talante más conservador y puede que sea cierto que debiera dejar de decir que vendrá a España “cuando haya paz”. Esto yo creo que lo suelta porque es consciente de que, en la Conferencia Episcopal sigue habiendo muchos obispos que le dan estopa, con Monseñor Rouco Varela al frente. Estoy seguro de que el Papa no piensa que tengamos en España un ambiente poco pacífico, aunque lo de Cataluña lleve años poniéndonos de los nervios a todos.

Pero el domingo yo escuché a un clérigo diciendo verdades que pueden resultarnos dolorosas. Porque nos tocan ahí mismo. En ese punto en el que nos damos cuenta de que se nos llena la boca de cristianismo, de pensar que somos buenos, solidarios… y, de repente, aparece uno vestido de blanco y nos desarma. Porque una de las cosas que dijo Francisco es que la doctrina social de la Iglesia nos obliga a acoger al pobre. Y que, como cristianos, estamos obligados a recibir bien a los refugiados y a todos esos inmigrantes que están muriendo en los desiertos (mueren muchos más atravesando los desiertos africanos que en el mar) o ahogados en el Mediterráneo.

El Mundo se olvidó de llorar. Esto no es una frase hecha. Es una verdad incontestable. Yo, como cristiano, no puedo entender esa tendencia a mirar al inmigrante con mala leche. Con cabreo y, en los muros de Ceuta y Melilla, con unas concertinas que, a poco que pensemos en que suba uno de nuestros hijos por ahí, efectivamente, dan ganas de llorar. Creo firmemente que debemos mirar a los inmigrantes con los mismos ojos con los que nos miraron a nosotros en los años 30, 40 y 50 del pasado siglo, cuando cientos de miles de los nuestros se fueron a otros países huyendo de la Guerra y la Dictadura. Y esto no es ir de Peter Pan. Es que, si hay que escoger entre tratarles mal o rechazarles, y acogerles, yo opino que nuestra obligación, como cristianos o como ciudadanos del mundo, es poner los medios para recibirles. ¿Digo yo que sea fácil? No. Ni lo dice el Papa. Simplemente Francisco pone el dedo en una llaga que tenemos exactamente en la base escrotal y, dicho en Román Paladino, nos toca los huevos.

Y hubo para todos. Porque también criticó al gobierno español por vender armas a Arabia Saudí, dio cera a los que conspiran dentro del Vaticano, no gustó a la progresía cuando habló del aborto o de los homosexuales y se refirió sin tapujos a los abusos. Dijo Francisco, con razón, que si hubiera colgado a cien curas pederastas en la Plaza de San Pedro, habría tenido buenos titulares, pero no habría hecho nada útil. Y que lo útil es poner las bases para que haya cambios. No se mojó con lo de la exhumación de Franco, pero afirmó, refiriéndose a la Ley de Memoria Histórica, que no puedes tener paz con muertos escondidos, aunque al Papa se le olvidara que en la aplicación de esa Ley, principalmente, se busca y se enaltece a los muertos de un bando y no a los del otro.

En fin; que, a pesar de no estar 100% de acuerdo con lo que dijo, yo creo que este Papa es lo mejor que le ha pasado a mi Iglesia desde que yo tengo uso de razón y que, si, como he leído por ahí, este Papa debería ir al Infierno, yo le ofreceré que me coja de la mano para acompañarle al inframundo.

Una que seguro que no va a ir al Infierno es Sara Andrés. No sé cuántos de ustedes conocen a esta atleta paralímpica que es, para mí, un referente de alegría y de superación de las adversidades. Hace 7 años Sara perdió los pies en un accidente de tráfico. Logró recuperarse de las amputaciones, adaptarse a sus prótesis, y comenzó a hacer deporte hasta que un día se descubrió un bulto en el cuello. Un tumor en las glándulas tiroideas. De nuevo la superación y, cuando estaba preparándose para los Juegos de Brasil, le descubren un cáncer de piel. Peleó contra el tumor y, no solo pudo ir a Río, sino que obtuvo un diploma olímpico en los 400 metros lisos corriendo con unas prótesis como las de Pistorius. Un año después Sara consigue algo increíble; gana dos medallas de bronce en los Mundiales de Londres en 200 y 400.

Conocí a Sara ayer. Presentaba una campaña de protección solar de Cantabria Labs: “Recetas para no cocinarte”, dando consejos para que la gente sea consciente de que, si no te proteges del sol, el cáncer de piel puede aparecer en tu vida. Nos dio una charla emocionante sobre la superación de las dificultades y nos contó cómo algunas cosas que nos parecen un drama, dejan de serlo si las afrontas con alegría. A mí me dio una dosis de alegría para unas semanas, así que les invito a conocer algo más de ella para entender su lema: “Prefiero no tener pies y saber a dónde voy, que tenerlos y estar perdida”. Y ella sabe perfectamente a dónde va.

Sara Andrés y un aprendizaje muy útil

Sara Andrés contando lo que aprendió tras perder los pies en un accidente de tráfico

Sara Andrés y Carlos G. Hirschfeld en la presentación de Recetas para No Cocinarte

Sara Andrés con Carlos G. Hirschfeld

PERDÓN

Imagino, Ione, que habrás llamado ya a Salmán Bin Abdulaziz para que nos pida perdón. A él (que, por si no lo sabes, es el Rey de Arabia Saudí) y a todos los demás monarcas y presidentes de regímenes SÚ-PER-DE-MO-CRÁ-TI-COS que gobiernan en todos los países que ocupan hoy lo que, en su día, fue el Califato Omeya.

¡Ah, no! ¡Disculpen! Que, como todo el mundo, sabe, los musulmanes son los buenos y ellos vinieron a la península ibérica a repartir golosinas de miel y almendra y a convivir en paz y armonía con todo aquel que profesase la fe cristiana. Porque, para todo esto, los de Podemos mantienen esa división pueril de la Historia entre buenos y malos. ¿Los cristianos en general y católicos en particular? Malos. ¿Los musulmanes en general y los Omeyas en particular? Unos profetas de la concordia. Durante la Guerra Civil española; ¿Cualquiera bajo el gobierno de la República? Bueno. Aunque fuera un hijoputa con piernas, bueno. ¿Cualquiera que no besara por donde pisaba la bandera tricolor? Malo. Aunque fuera un Santo Varón, malo. Y así podemos seguir con infinidad de cosas.

Hay que tener memoria para recordar la Guerra Civil española y la Dictadura, pero, por supuesto, las víctimas de ETA tienen que olvidar y perdonar y aceptar que, para las/los de Podemos/as, Otegui sea un referente de tolerancia y bonhomía. Lo que viene siendo un hombre de Paz. Hay que tener memoria para recordar a las víctimas de la invasión de España de Latinoamérica, pero, por supuesto, ni Italia (S.P.Q.R.), ni Francia, ni el mundo musulmán, nos tienen que pedir disculpas por sus respectivas invasiones. Porque podríamos reclamar una refundación de la ONU en la que todos los países del mundo nos pidiéramos perdón unos a otros por las diferentes afrentas que nos hemos hecho en los últimos ¿20 siglos? ¿25 siglos?

Pero habría que poner un límite, Ione, porque me veo yendo a cada yacimiento paleolítico a poner una placa en la que los descendientes de los Cromagnones y Neandertales pedimos sinceras disculpas al Homo antecessor y a sus coleguis de Atapuerca por haberles robado las cuevas. Aunque, claro, ahora que lo pienso, seguro que también ahí los dividís en buenos y malos. Y a lo mejor resulta que los Cromagnones, con eso de ser franceses e ilustrados, eran mucho más demócratas que los de Atapuerca que, al estar en Castilla-León, seguro que eran unos fascistas, que por allí casi siempre ha ganado el PP. De hecho; en Burgos, un caballero, y, en Atapuerca, una dama, gobiernan dos fascistas del PP. Una pena.

Es que puede que suene a coña, pero después de la tontada del Presidente Mexicano de exigir al Rey y al Papa que pidan perdón por la Conquista de América, ha salido rauda esta portavoza de Podemos y Podemas a darle la razón a López Obrador. Que no entiendo yo esa manía de revisar la Historia siempre escorándose hacia un lado. Yo puedo comprender que cada historiador arrime el ascua a su sardina y que, para entender cada período de la Historia, uno deba leer lo que dicen los de un lado. Pero es imprescindible que entendamos lo que dicen los del otro. Y así poder hacerse un juicio con una mínima ponderación.

Y eso no solo ocurre con el pasado. Los que actualmente escribimos la Historia que se estudiará en el futuro somos, en primer lugar, los periodistas y, en segundo lugar, los ensayistas que se dedican a analizar lo que nos pasa. E imagino que, si cualquiera quiere hoy saber qué sucede, debe ser consciente de que no puede leer un solo periódico, escuchar una sola radio, ver una sola tele o seguir en redes sociales solo a los de un lado. Porque, si hacemos eso, nuestro conocimiento estará cojo. ¿Importa esa cojera a los políticos que hoy nos asolan? Yo creo que les importa exactamente unos cinco camiones de pepinos murcianos. Porque lo de la lectura tergiversada, por desgracia, no es exclusivo de Podemas aunque, francamente, hoy, quien esté cubierta de gloria sea Ione.

Ayer, mientras pensaba en todas estas tontadas y en el perdón, no sé por qué, me acordé de una vez que tuve yo que pedir disculpas a unos manifestantes. Era 1988. Había entre la Plaza de Colón y la de Alonso Martínez una manifestación de CCOO y UGT protestando contra la Reconversión Industrial. En aquellos tiempos, en Antena 3 tuvieron la idea cachonda de crear dos unidades móviles de color especial; una Negra con el gran Manolo Marlasca padre (q.e.p.d.), y otra Rosa fucsia con el magnífico cronista Pedro Arnuero. En general, la gente flipaba con esas móviles que aparecían en sucesos truculentos y en eventos sociales.

Aquel día de la manifa sindical, llegamos, con las prisas habituales, Julio Menayo y yo al garaje a recoger nuestra móvil y observamos, con estupor, que el único coche disponible era la Unidad Móvil Rosa. Julio y yo nos miramos y dijimos: “¡¡Palante!!” y nos fuimos a cubrir una manifestación sindical con una móvil más rosa que las camisas de Krispin Klander. Se podrán imaginar el choteo. Lo malo no fueron los comentarios sobre nuestra masculinidad y el tipo de juegos sexuales que los manifestantes sugerían que hacíamos Julio y yo ahí dentro (por los que hoy habrían acabado en el trullo unos cuantos). Lo malo fue cuando le pedí a uno de los líderes que viniera a la móvil para hacerle una entrevista. Con una cara de muy pocos amigos me dijo que le parecía una falta de respeto que, con lo mal que lo estaban pasando, acudiéramos allí con una móvil rosa, como si fuéramos a reírnos de ellos. Así que bajé la cabeza, le pedí disculpas, nos retiramos discretamente, e hicimos nuestra conexión en directo sin protagonista teniendo la sensación de que, efectivamente, a veces, para tener que pedir perdón no es necesario que tus híper-ultra-bis-tatarabuelos hayan invadido ningún país. Basta con algo tan sencillo, y tan cercano, como que tomes alguna decisión sin tener en cuenta que le puedes estar pisando un callo al de enfrente.