PREMIOS

Qué jodido es dedicarse a lo mío. Vaya; que se me entienda, es más duro ser minero, limpiador de baños o proctólogo. Sin duda hay profesiones peores y mucho más difíciles, pero esto de ser empresario, presentador y productor de televisión y organizador de eventos con patrocinadores, es duro. Y no lo digo por tener que dedicarle muchas horas, por los niveles de incertidumbre o por el hecho de que, ni ser empresario ni ser periodista, estén entre las profesiones mejor valoradas por la sociedad. Bueno; lo de ser empresario ha mejorado algo en el ranking, en los últimos años, con la tontá esta de llamarnos “emprendedores”, que parece que somos empresarios, pero recién duchados y oliendo a Heno de Pravia, que me trae recuerdos de mi hogar. Yo no soy de mucho quejarme. Es más; creo que soy uno de los tíos más afortunados del planeta, pero cuando estás en un mundo como el mío, jamás puedes relajarte porque, hasta en los momentos más felices, cuando crees que ya has aprendido, que has dado con la clave, cuando tu empresa factura todos los meses, cuando generas empleo digno y ganas dinero, cuando tu programa funciona y tus proyectos navegan solos, cuando todo el mundo tiene una imagen fantástica de ti y de tu trabajo, llega el hostión. Siempre. O casi siempre.

Hace tres meses, en el espacio de un par de semanas, llegaron a mi mano dos cartas. Una estaba firmada por el Director General de Tráfico, Gregorio Serrano, un tipo estupendo al que le han dado hasta en el carné de identidad últimamente. Gregorio, que era un gran defensor del programa “Seguridad Vital” que hacíamos para TVE, me comunicaba que el Ministerio de Interior había decidido otorgarnos la medalla al Mérito en Seguridad Vial. La otra misiva llevaba la firma del presidente de la Real Federación Española de Golf, Gonzaga Escauriaza, otro gran tipo que dedica la mayor parte de las horas de sus días, de manera desinteresada, al deporte que le apasiona. En la carta de Gonzaga se me comunicaba que la RFEG había decidido concederle a mi empresa la Placa al Mérito en Golf por ser los creadores y promotores del Circuito Nacional Femenino, el Santander Tour, y por haber dedicado algunos días de nuestra existencia a hacer programas divulgativos de golf.

Cuando recibí esa segunda carta, que me alegró tanto como la primera, le dije a mi mujer: “demasiados reconocimientos”. Yo, que ya por entonces estaba con la mosca un poco detrás de la oreja (no por perspicacia, sino porque la mosca era del tamaño de un bull-terrier) le comenté a mi santa: “Ya verás que, en el año en que me dan la medalla al Mérito en Seguridad Vial y la placa al Mérito en Golf, se va a acabar el programa y se va a morir el circuito”. Boca de cabra. Una semana después, en TVE me daban la pésima noticia de que habían decidido prescindir de “Seguridad Vital” para sustituirnos por otro programa de educación vial y, hace diez días, el Santander nos comunicaba que, salvo milagro, íbamos a tener que dejar el circuito nacional femenino de golf.

Y aquí estamos; con una mano delante y otra detrás pedaleando mientras intentamos que no se nos vean las vergüenzas, como si llevara un taparrabos de esos que les ponen a los pobres concursantes de Supervivientes y otros programas similares. Que, por cierto, estoy yo ahora en esa época en la que te llaman de este tipo de formatos para ofrecerte que vayas a recuperar el espacio de fama perdido. Alguna vez he contado una conversación en la que una redactora de uno de estos programas me llamaba para decirme que fuera a que España me viera medio en bolas, que entonces, que estaba sin presentar y nadie sabía dónde estaba, me venía bien que se me viera. Y a mí, como diría mi amigo Félix, llámenme clásico, pero no me convencen. Miren que soy poco vergonzoso, pero tengo una visión pudorosa de la vida que hace que yo intente siempre tener los pies dentro de mi tiesto. Aunque mi tiesto a veces sea raro de cojones, pero en mi tiesto.

Recuerdo todavía la enorme vergüenza que pasamos Emilio Sánchez Vicario y yo, hace muchos años, en el programa “Furor”. Una chica encantadora, que había sido becaria mía, me llamó para pedirme que participara como concursante en un nuevo espacio de Antena 3. Entre que era un programa de estreno de mi cadena, que estaba producido por mi amigo Jorge Arqué y que a la chica le tenía cariño, acepté, a pesar de que a mí no me gusta ni cantar ni bailar en TV, pero la redactora me insistió en que era un programa de cultura general sobre música. La cabrona. Cuando llegué a maquillaje empecé a pensar si había hecho lo correcto. Entre los invitados estaban personajes tan dispares como el Doctor Cabeza, el gran Chiquito de la Calzada, el bailaor Antonio Canales, Consuelo Berlanga, Marlene Morreau o Finito de Córdoba. Y Emilio y yo.

Desde el primer instante supe que aquello tenía de cultura general lo que yo de ingeniero de teleco, pero intenté adaptarme y pasar un buen rato. Debo reconocer que me reí, aunque me defequé como veinte veces en los ancestros familiares de mi ex-becaria. Todo el programa era un desfase en el que un equipo de mujeres y otro de hombres competían por ver quién cantaba más horriblemente diferentes canciones. El disloque llegó al éxtasis en un momento en el que el equipo de las chicas se molestó porque, desde su punto de vista, se les había calificado mal en una de las pruebas. Para mostrar su enfado, en la siguiente canción, abandonaron sus sitios y vinieron a molestarnos a los chicos y hacer que cantásemos mal. Fue para verlo. Todas las concursantas (Irene Montero dixit) echándose encima de los concursantes. Una de ellas, Marlene Morreau, se subió a nuestra mesa y se agachó para ponerse a agarrar mi micrófono de manera muy inquietante. Lo mejor vino instantes después. La vedette se levantó mirándome retadora y, cuando estaba de pie, uno de mis compañeros de equipo (no diré cuál) introdujo su cabeza entre las piernas de la Morreau y miró hacia arriba para contemplar el paisaje. En aquel instante se oyó la voz del histórico Fernando Navarrete diciendo: “Gracias a todos. Ha quedado muy bien, pero vamos a hacer otra por seguridad. Y ahora, chicas, por favor, quedaos sentadas en vuestros sitios.” Afortunadamente aquello nunca se emitió aunque estoy seguro de que el Navarrete debe tenerlo guardado entre sus tesoros para explicar a las generaciones venideras qué es, exactamente, un desparrame televisivo en grado máximo.

¿DECIDE MADRID?

¿Es una mierda esto de la democracia participativa? Bueno; igual es un poco brusca la manera en la que lo definía el otro día un amigo mío, pero se parece bastante al resultado real que, al menos en Madrid, están obteniendo los cientos de propuestas ciudadanas que inundan una web delirante. Decide Madrid. Suena bien. Es uno de esos verbos malgastados por el abuso, porque a muchos en Cataluña también se les llena la boca del derecho a “decidir”, como si eso que hacemos cada 4 años en las urnas no fuera tomar decisiones. Otra cosa es que no nos guste lo que ha votado la gente. Pero decidir claro que decidimos. Votamos y les decimos a unos políticos profesionales que tomen por nosotros las decisiones para construir un país mejor y más justo. Y eso es la democracia. Da la sensación de que es que Madrid no ha decidido y que es necesario hacer una web farragosa para que los ciudadanos, por fin, puedan expresarse y ser escuchados.

A mí, en esencia, me parece bien el asunto. Podría ser una bonita manera de mantener al político tenso ante la presión y el control del ciudadano. El problema es que, como casi todo lo que hacen los de Podemos y sus socios, el asunto tiene un espantoso tufo a Asamblea de la Facul. A esa política amateur, del botepronto, de la vena hinchada con la prosa acelerada y triunfante que vocifera. Una política aparentemente maja y cercana, pero que, por lo general, cuando toca ponerse a trabajar de verdad y a hacer cosas concretas, se desinfla. La web de Madrid Decide es, para mí, el paradigma. Miles de proposiciones desordenadas. ¿Saben cuántos apoyos tiene la propuesta más votada? Es una que dice “No a la incineradora de Valdemingómez”. Es de octubre de 2017 y lleva 4881 apoyos. Y eso no es lo más triste. Lo penoso es que la mayoría de las propuestas no llegan ni a los 100 votos. Qué digo 100. Muy pocas pasan de unas decenas de votos. Y lo peor; dándole al ciudadano que se atreve a entrar la sensación de que es algo tan inabarcable que para qué te vas a meter. Con lo deprisa que vamos todos en esta época que nos ha tocado vivir, ¿quién tiene tiempo de ponerse a leer todas esas propuestas y de andar analizando y votando? Yo, siendo sincero, no. Y creo que el noventa y tantos por cien de mis vecinos, tampoco. Deben contarse con los dedos de una mano las propuestas que han sido apoyadas por al menos un 2% de la ciudadanía. ¿Pueden tomarse decisiones de una manera seria con un nivel de votos tan exiguo? Por eso me gusta la democracia representativa.

¿Cuál es el problema? Que en los últimos años hemos tenido en Parlamentos y ayuntamientos a tal pandilla de inútiles, chorizos, mentirosos y vendemotos que la sensación que nos han dado a los ciudadanos es que cualquiera de nosotros lo habría hecho mejor. Y eso es un drama para todos esos políticos profesionales que tienen verdadera vocación de servicio, que trabajan bien, que tienen buenas ideas y que, probablemente, estén igual de cabreados que nosotros. O más. Claro que, a todos esos, que son muchos, deberíamos preguntarles por qué han callado y por qué con sus silencios y sus omisiones han permitido que la montaña de mierda crezca hasta donde hoy ha crecido. Y no se salva ni uno solo de los partidos que han tocado gobierno en los últimos 40 años de la vida de España. Es cierto que a los de Podemos and friends aún no les han salido más que pequeñas caquitas, pero estoy convencido de que será cuestión de tiempo y, en cuanto se rasque un poquito aparecerán cosas más gordas que la beca de Errejón, los fraudes a la Seguridad Social de Echenique, la oscura financiación procedente de Irán y/o Venezuela o, más recientemente, todas esas subvenciones de Ada Colau a sus presuntos coleguis.

Quizás lo que deberíamos hacer es votar mejor. Pero no creo que la solución a nuestros males sea una democracia participativa tan caótica como la del Ayuntamiento de Madrid. La prueba de que no es la panacea la tenemos en lo que ha sucedido con el secuestro y muerte del pobre niño Gabriel. Si se hubiera permitido votar a la masa en las primeras horas y en los primeros días después del hallazgo del cadáver, estoy seguro de que la pena de muerte para Ana Julia Quezada habría obtenido más apoyo que todas las propuestas colgadas en Decide Madrid juntas. ¿Significa eso que es algo bueno por el hecho de que lo apoye mucha gente? Yo creo que no. Por eso, frente a esta democracia participativa para unos pocos, existen los procesos electorales. Para que haya suficiente información durante una campaña, para que se respeten los tiempos, para que haya un estricto control del censo y de la mecánica de votación y para que se controle la participación y el recuento con todas las luces y taquígrafos del mundo mundial. ¿Pasa todo eso en Decide Madrid? No digo que no. Pero no lo sé.

En fin; la importancia del reposo. De dar tiempo a las cosas. El otro día reflexionaba precisamente sobre eso recordando la cantidad de cosas que dice un niño que le apetecen y que luego se van diluyendo con el paso del tiempo. Algunas da pena que se pierdan, pero otras, francamente, mejor dejarlas atrás. Pensaba en mi sobrina Marta que hoy es una mujer estupenda y está a punto de casarse, pero, cuando era una niña dejó algo preocupada a la familia cuando le preguntaron qué quería ser de mayor. Ni abogada, ni jueza, ni médica, ni periodista. Ella durante unos meses lo tuvo clarísimo: “Yo quiero ser patinadora del Pryca”.

MUJERES EN HUELGA

No creo, sinceramente, que lo mío se trate de un problema de falta de personalidad. Pero me sucede que, frecuentemente, ante una disputa política, social o moral me pueden parecer igual de buenos o igual de detestables los argumentos de las dos personas que están contendiendo. Me pasa como con las pelis de juicios, que sale la fiscal a exponer su acusación y me parece que tiene toda la razón y que, al reo, habría que aplicarle la ley con toda su dureza. Pero, ay, aparece la abogada de la parte contraria con su labia enriquecida y, oigan, que me convence igual.

Con esto de la huelga de las mujeres me ocurre tres cuartas partes de lo mismo. Oigo a las convocantes (muchas de las cuales, por cierto, me estomagan) y me parece que sus argumentos son realmente convincentes. Pero escucho a las que están en contra de la huelga y (aunque algunas me estomagan igual que las podemitas), pues me parece que tienen también su punto.

Así que voy a ir diciendo en voz alta (bueno; realmente voy a ir escribiendo) los pensamientos que me sugiere un día como este. Ayer tarde mantuvimos una discusión muy interesante mi mujer y yo con mis hijos sobre el tema. No estaban ellos demasiado de acuerdo con la convocatoria. Opinaban que es una pena que, hasta las reivindicaciones más nobles, acaben siempre manchadas por la política. Y no digo que no tengan razón. Pero, para entender un día como el de hoy y para aceptar que muchas mujeres crean que es necesario parar, hay que mirar atrás y ver cómo eran las cosas hasta hace bien poco. Mi madre, cuando se casó, lo hizo para criar hijos (tuvo 8 en 10 años) y para dedicar su vida a su marido y a su churumbelada. Y era feliz, a pesar de que ella, si hubiera podido, habría estudiado medicina, como dos de sus hermanos a los que sí se les permitió hacer su carrera. No fue hasta que nos vinimos a vivir a Madrid, cuando mi madre salió del cascarón. Terminó primero sus estudios de francés en la escuela oficial de idiomas y, luego, con todos los hijos en el colegio y muy sola, sin sus hermanas y sus amigas, decidió empezar a estudiar para ser Asistente Social, lo que hoy es la carrera de Trabajo Social.

Podría tirarme el pisto y decir que a mi padre y a nosotros nos pareció muy bien aquello. Pero no sería cierto. Mi padre, que era un santo y estaba enamorado hasta las trancas, acabó aceptando a regañadientes que su mujer nunca más sería aquella con la que se casó, sobre todo cuando, tras la tragedia de la Colza, mi madre comenzó a trabajar, ya sin parar, hasta el día de su jubilación. Y no resultó fácil, ni para él, ni para nosotros, ni, sobre todo, para ella, porque fue una de esas mujeres que empezaron a poner picas en Flandes. Estoy seguro de que mi madre no se considera una heroína, pero creo que el ejemplo, la valentía, el paso adelante y la firmeza de muchas mujeres anónimas como ella han conseguido que hoy podamos hablar de una igualdad casi total. Lo que pasa es que, en muchos aspectos es así, pero en otros, desde luego, la igualdad no es total. Y, mientras no lo sea, el día de hoy seguirá siendo necesario. Porque, por ejemplo, muchas critican que se mezcle con este día el asunto del maltrato a las mujeres. Y yo creo que no es mala cosa traerlo. Hemos avanzado mucho. Aunque tengamos la sensación de que no evolucionamos, yo recuerdo que en el año 93 hice un reportaje sobre mujeres maltratadas y la cifra oficial (entonces había muy pocas denuncias y muchos asesinatos domésticos pasaban por otra cosa), si no recuerdo mal, fue de 64 mujeres muertas. El año pasado, en España, aunque difieren las fuentes, murieron asesinadas en torno a 50. Se han reducido tremendamente los datos, hay una sensibilidad mucho mayor y la censura social al agresor es ya unánime. Pero sigue muriendo, prácticamente, una mujer a la semana a manos de hombres que consideran que SU mujer es SUYA y, en ese delirio de la posesión y la dominación, llegan al espanto de matarla.

También es cierto que, al amparo de esta búsqueda de la protección de la mujer y de la reprobación social del agresor machista, se hizo una Ley, que elimina, en la práctica, la presunción de inocencia del hombre y habría que hacer algo para acabar con ese absurdo. Pero es indudable que, hoy, las mujeres en España, tienen más oportunidades que antes para poder escapar del infierno del maltrato.

O sea que yo respeto el derecho de todas las mujeres a hacer hoy su huelga, excepto el de mi hija la pequeña, que es menor de edad ha tenido que asumir que, mientras no cumpla los 18, tiene que hacer lo que le digan sus padres. Así que hoy, protestando muy levemente, se ha ido al colegio. Y me choca que no haya montado más pollo porque debo reconocer que, en mi entorno más cercano, siempre he estado rodeado de mujeres de carácter. No diré ni bueno, ni malo. Pero mucho carácter. Tanto que yo, en mi infancia, tenía muy claro quién mandaba en cada sitio y, como mi abuela paterna se llamaba Pilar, a mí me pareció muy lógico que mi abuelo paterno se llamara Piló y con ese nombre, Abuelo Piló, se fue el pobre a la tumba en el año 1968. Así que yo, en homenaje a mi abuela Pilar, y a mi abuela Julia, y a mi madre y a mi suegra y a mi mujer y a todas las mujeres de mi familia, voy a permitir que esta tarde y noche, mi hija haga huelga de brazos caídos en casa, que no toque un plato en la cena y, si es necesario, que deje de hacer los deberes. Es una minihuelga. Pero por algo se empieza.

CONCORDIA

 

Reconozcan que el titular es bueno. Y que los genios que lo diseñaron dieron en el clavo. Seguramente muchos de ustedes conozcan esta portada del diario satírico online “El Mundo Today”: “Un niño dice su primera palabra y ofende a varios colectivos”. Cuando lo leí por primera vez estuve riéndome un buen rato y, cada vez que lo leo, me vuelve a ocurrir. Que me río. Aunque, en el fondo, como pasa siempre con la buena sátira, esa risa esconda una tristeza profunda.

Yo, que soy uno de los tíos más optimistas que conozco estoy con una especie de “tristeza país” que me tiene, cuando pienso en España, en un estado que cruza entre la melancolía y el cabreo. No sé qué nos pasó entre 1975 y 1979 que nos convertimos en otra cosa. En aquellos cuatro años conseguimos hablarnos. Logramos poner el interés general por encima del particular. Nos sentamos a dialogar y casi todos los políticos que nos gobernaban o que pretendían gobernarnos, tuvieron la Grandeza de mirar por España y pensar que, lo mejor que podía pasarnos, era que nos pusiéramos de acuerdo.

Los españoles tenemos muchas virtudes. Yo soy un enamorado de España y de los españoles. No me gustan las generalizaciones, pero creo que, en general, somos un país simpático, creativo, animoso y con una capacidad inaudita para improvisar y trabajar de manera eficaz y rindiendo al 100% bajo la presión del último minuto. Sin embargo somos uno de los pueblos más desconsiderados del planeta. Eso de pensar en los demás no se nos da bien. Somos líderes en donaciones de órganos y de sangre, nadie nos gana si hay una campaña de captación de fondos para una catástrofe, pero luego, en nuestro día a día, aparcamos en doble fila sin importarnos a quién molestamos, nos saltamos colas y normas sin pensar que podemos estar fastidiando a alguien y, en cuanto no se nos mira, dejamos de pagar impuestos porque pensamos, por ejemplo, que el que paga el IVA de todas las cosas que compra es un gilipollas. Y la única vez de nuestra historia en la que no nos comportamos así, como país, fue durante la Transición.

Hoy estamos instalados en la discordia. Hay un partido político que basa gran parte de su éxito electoral en demoler precisamente aquellos años del Gran Pacto. Quizás en la época de peor nivel político desde que tengo memoria, no hay partido gobernante que no tenga al menos un motivo para sentir vergüenza por la enorme corrupción que nos asola. Y los adversarios se encargan de recordárselo de manera implacable constantemente, aunque, cuando les toca mirarse su ombligo son mucho más condescendientes. Probablemente, el éxtasis de la discordia lo hemos alcanzado en Cataluña, pero creo que en España, en estos tiempos, es difícil encontrar un entorno en el que haya concordia. Me pasó con lo del himno con letra de Marta Sánchez. Y me dio rabia no equivocarme. En cuanto supe del suceso, vaticiné que al día siguiente medio país iba a cagarse en la pobre cantante y, el otro medio, iba a llorar de la emoción con la iniciativa. A mí, francamente, la letra me parece un ripio muy mejorable, pero, coño, es una letra. Como si la Marsellesa o el God Save The Queen fuesen obras maestras de la lírica mundial. Sin duda; mejor los ripios de Marta que el patético “Lololorolo”. Y me encantaría que se decidiese ponerlo como letra oficial. Esa de la Sánchez, o la que sea. Pero que seamos incapaces de ponernos de acuerdo en una letra es un síntoma de enfermedad.

Recuerdo hace unos años que hubo una iniciativa para hacer una letra y, en torno a ella, yo metí una pata de esas de las mías. En el grupo que se formó para decidir los versos de nuestro Himno estaba la regatista Teresa Zábel. Entonces yo era tertuliano del programa de Ana García Lozano en Punto Radio y nos preguntó que qué nos parecía la idea. Yo dije que apostaba la mitad de mi patrimonio a que no se iba a llegar a nada porque la letra que gustase a unos iba a molestar a otros y que siempre iba a haber algún colectivo que, como en el caso del bebé de “El Mundo Today”, se iba a sentir ofendido. Y además, ya para rebozarme, dije que no entendía la formación de aquel jurado y que, por ejemplo, me parecía absurda la presencia de alguien como Teresa Zábel. En aquel momento dijo Ana Gª Lozano: “Teresa Zábel, buenas tardes”. Ja. Campeón del Mundo de “metepatismo”.

Tenemos que sentarnos y hablar. Ayer estuve en la Asamblea de la “Sociedad Civil por el Debate” eligiendo a la nueva Junta Directiva y votando para que Manuel Campo Vidal siga siendo el presidente. Y lo que pretende este foro de profesionales de muy diversos ámbitos es fomentar el diálogo y la concordia. Recuperar aquel espíritu de finales de los 70. Y yo voy a hacer lo posible para conseguir que mucha gente se sume a este carro y logremos que España tenga un aire político y social más respirable que el de hoy. Una de las cosas que quiero hacer es contarles esto e invitarles a que entren en la web www.sociedadcivil.com y que se hagan socios.

Uno de mis empeños es que mis hijos intenten educarse en esa concordia que yo viví en mis años mozos, aunque, también con ellos, con los jóvenes, los que hoy peinamos canas, somos poco cordiales. Uno de los intervinientes ayer en la Asamblea hablaba de una juventud pasota. Como hablaban de nosotros nuestros padres. Porque siempre pensamos que los que vienen detrás de nosotros son peores. Nos pasa, por ejemplo, con el uso de las tecnologías de la información para hacer sus trabajos.

Muchos amigos míos critican a sus hijos porque utilizan Google y el copia y pega para hacer sus trabajos. Vaya; como si nosotros hubiésemos elaborado grandes investigaciones. Yo, por lo menos, lo reconozco, fusilaba directamente y sin ninguna vergüenza lo que ponía en la enciclopedia de casa. Fuese la Larousse, la Espasa o aquella Gran Enciclopedia del Mundo con rayitas verdes y blancas que todos los de los 60/70 teníamos en la biblioteca del salón. Yo, que siempre he tenido claro que había que entretener, recuerdo un trabajo sobre Bertolt Brecht que hice con mi amigo Juan Antonio Linares en 7º de E.G.B. Nos parecía tal plomo que decidimos poner los nombres de las obras en alemán creativo; “Die Grossen pataten und salchichen” era una de ellas. Nuestros compañeros se retorcían de la risa. La profesora, Ana María, también y estábamos seguros de nuestro éxito. Un 10. Solo que, en el camino, se cayó el 1 y la maestra nos entregó nuestro trabajo con un rotundo cero, y cito textualmente, “por zánganos”.

EXCESOS

En el día en el que despedimos a un mago de la ponderación, la contención y la finura, me resulta especialmente chocante la cantidad de personajes excesivos que triunfan en esta vida moderna. El maestro Forges habría dicho “¡Gensanta!” al enterarse, por poner tres ejemplos recientes, de lo que han dicho/hecho en los últimos días el presidente de los EEUU, la portavoza de Podemos y Podemas o el responsable de Autocensura de IFEMA.

Imagino que estarán al tanto de las tontadas, y valga la cacofonía. Empezando por lo de IFEMA; es el perfecto ejemplo de pelota que actúa en modo preventivo. Exceso de celo. Autocensura. Antes de que mi jefe me dé una colleja, ya me adelanto yo y tomo una decisión que, en mi fuero interno, sé que me va a generar un toque de chepa y (quién sabe) quizás un ascenso en la escala “Brown nose” del partido. No sé quién fue el lumbreras que tomó la decisión de retirar la obra de un artista madrileño, Santiago Sierra, que quería provocar en ARCO con unas fotos pixeladas de lo que él considera que son presos políticos de la España Moderna. Y es chocante, porque el presidente de IFEMA no es un político, sino un buen empresario independiente, Clemente González Soler, que debe estar pensando a estas alturas: “Para qué me metí yo en este marrón”.

No significa esto que yo esté de acuerdo con el contenido de la obra retirada. Francamente, si se me preguntara, diría que este artista es un gilipollas, pero nadie me ha preguntado. Aunque creo que esa visión enferma del asunto del “Procés”, que comparte la mitad de la ciudadanía catalana, no hace más que reafirmarme en que este asunto no tiene solución. Dicho lo cual, defenderé siempre el derecho de este papanatas a exponer su arte aunque me repatee lo que piensa.

Lo mismo me sucede con la portavoza. Aunque creo que ella es víctima de dos pesos que se convierten en losa cuando uno tiene que hablar en público tantas veces y, casi siempre, en tono mitinero. Hay que reconocerle a Irene Montero, y a muchos de los portavoces de Podemos, que tienen una extraordinaria facilidad de palabra y que su oratoria entusiástica (tan típica de los líderes populistas) es eficaz y, en ocasiones, brillante. Pero, claro, ese exceso en la verborrea suele producir deslices y esta muchacha lleva dos semanas de campeonato. A la primera losa que lleva encima Montero me referí la semana pasada cuando decía que esa obligación de meter ellas y ellos en todas las frases, conduce a defecaciones como la de portavozas. La segunda losa es la necesidad que tienen los populistas de decir siempre muchas cosas, muy rápido, elevando el tono y terminando con algún remate demagógico que provoque un aplauso enardecido. Tienes que ser muy bueno, Pablo Iglesias es buenísimo, para no meter la pata cada dos por tres. Yo, que creo que tengo un buen control de la oratoria, sería incapaz de hablar a esa velocidad sin decir dos o tres soplapolladas por minuto. E Irene Montero tiene todavía mucho por aprender. Esta misma semana de nuevo derrapó y soltó que las mujeres en España: “no tienen una hora del día libre para dedicarse a ellas mismas; a darse una ducha, a leer un libro o a ver un programa de TV”. La que le ha caído. Intentando defender a las mujeres trabajadoras y las llama, en una misma frase, incultas y guarras.

Pero no siempre los populistas meten la pata por su diarrea dialéctica. Otros, como Trump, dicen mamonadas incluso después de reflexionar un buen rato. Imagino que habrán escuchado lo que dijo sobre su magnífica idea para acabar con las matanzas en las escuelas. “Hay que armar a los profesores”. Y no es una noticia de coña de “EL Mundo Today”. Lo dijo el tío en serio. O sea; en pleno debate sobre la necesidad de controlar las armas y el presidente de la Nación proclama que su idea es armar y entrenar a los profesores. Sólo falta que proponga que las puertas de las aulas sean como aquellas de doble hoja de los “Saloon” de las pelis del Oeste para que pensemos que, definitivamente, el exceso de laca le ha afectado al riego neuronal.

Que, hablando de laca, increíble el cambio de aspecto de la anticapitalista, antisistema, antiEspaña y yo qué sé qué antis más, Anna Gabriel. Que se nos ha hecho más pija que Tamara Falcó. La cosa tiene gracia. Es como ver al actor Arturo Fernández militando en Femen, o al presidente de WWF yendo por China a cazar Pandas. Una anticapitalista, antisistema, atea, en un país cuya bandera tiene una cruz, que es el paraíso del capital y que tiene normas escritas y no escritas como para detener un AVE. Conozco muy bien Ginebra. Amo profundamente esa ciudad en la que viví 3 años y hace bien la Gabriel en camuflarse y quitarse ese aspecto de mujer-modelo de Irene Montero, (la que no se ducha)… Porque allí, si se encuentra un perroflauta, comprobará que el perro es un dálmata con correa de Louis Vuitton y el dueño, sin duda, llevará una flauta de oro de Cartier.

DEPENDE

Qué pesaditos están. Todos. No sé qué pasa, pero según en qué trinchera te pillen los asuntos, se dice una cosa y, al día siguiente, la contraria con una soltura admirable. En eso los políticos son unos maestros. Depende. Si se acusa de corrupción a tu partido miras con desprecio al que te lo reprocha invocando la presunción de inocencia y diciendo que son casos excepcionales y que, los corruptos, están fuera de tu partido. Pero, si al día siguiente, ese mismo caso de corrupción o uno similar, le surge al partido de enfrente, a ese mismo político se le hincha la vena de la honradez, se pone entre los dientes el cuchillo de matar corruptos y exige dimisiones al adversario sin esperar a que haya sentencias judiciales.

O lo de Cataluña. Para media población, Junqueras, los Jordis y compañía son unos delincuentes que se han saltado yo qué sé cuántas leyes para dar un golpe de Estado. Para la otra media, son unos héroes, encarcelados por sus ideas, que sufren los rigores de un estado fascista. Igual que Puigdemont, que se ha tenido que ir al exilio. El pobre.

Claro que lo más gracioso de todo; ese depender de dónde te toque la cosa, ha sido de campeonato mundial con la portavoza de Podemos y Podemas, Irene Montero. Tenía que pasar.

Era obvio que tanta tontería, tanto esfuerzo por no dejar ni una frase sin sus ellos y sus ellas, queridos lectores y queridas lectoras, tenía que acabar en una defecation como la Cibeles de grande. La pobre de la Montero soltó lo de las portavozas y, al segundo y medio, se dio cuenta de que la había cagado. Incluso se le cortó la voz cuando constató que ya no había remedio. Eso pasa a veces cuando uno habla en público; metes una gamba del tamaño de un atún, lo percibes enseguida y te recorre un frío por la espina dorsal que va desde la nuca hasta el mismísimo esfínter. Si llevas mucho en el negocio, puede que hasta ni se te note, pero si la deposición es como la de la portavoza de Podemos y Podemas, pues a los 10 minutos estás en las redes corriendo como la pólvora.

Y lo de siempre; tooooodos los enemigos de Podemos aprovecharon para dar caña. Y tooooodos los amigos de Podemos intentaron convertir un simple patinazo, aderezado con algo de incultura, en una defensa de los derechos de las mujeres. O sea; que todo es relativo, que depende.

Lo de la relatividad de las cosas lo va aprendiendo uno con la edad. La vida te va enseñando que lo que tú ves rojo brillante desde tu lado del cristal, otro lo puede estar viendo, desde su lado, no como un rojo apagado, sino como un verde brillante. Clarísimamente verde. Uno, poco a poco, se va dando cuenta de que hay siempre dos maneras de ver las cosas, pero hay sucesos de tu vida que son como un tantarantán; que te dan una idea muy clara de ese “depende”. Era el invierno de 1987. No recuerdo si a finales del 87 o a comienzos del 88 estaban muy activas las cosas en torno a la participación de España en la OTAN y un grupo de pacifistas había decidido manifestarse ante la embajada de EEUU en la confluencia entre las calles de Serrano y Diego de León, en Madrid. El despliegue policial era exagerado. O eso nos pareció a los periodistas que estábamos por allí, hasta que uno de los veteranos dijo: “Eso es porque saben que va a haber hostias”. A mí me pareció la típica frase preventiva de viejales para poder sentenciar luego: “Ya os lo había dicho yo”. Porque aquello parecía un prado de Woodstock lleno de hippies, ninguno de ellos con pinta de ser agresivo.

Uno de los pacifistas, que iba vestido de pacifista, leyó un beatífico comunicado que yo grabé con mi cassete y me fui a preparar mi crónica. Cuando estaba listo, me metí en una cabina de teléfonos porque Ana Rosa Quintana (que era la directora del programa local de Antena 3 de radio) me iba a dar paso en cualquier momento. En una de esas mentirijillas tan típicas de la radio, Ana Rosa me dio paso diciendo: “Nuestro compañero Carlos Gª Jirsfil, está con la unidad móvil número 7 en la calle de Serrano”. Yo conté que había un gran despliegue policial, pero que no había habido incidentes y que íbamos a escuchar un fragmento del discurso. Como se hacía entonces, coloqué el cassete sobre el micrófono del teléfono y le di a Play. Mientras se oía al pacifista, de repente, comenzaron los bofetones y las carreras. Volví a coger el teléfono para contar los incidentes de última hora, pero me habían cortado. Y, mientras intentaba recuperar la línea, empezó a oler a gasolina. Cuando me di la vuelta, en la puerta de la cabina había un tío encapuchado que estaba rodeando todo con trapos empapados en combustible. Tenía una caja de cerillas en la mano y, con el soniquete ese de los yonquis muy colgados, me dijo: “Sal de la cabina que la voy a quemar”.

Yo estaba en esa edad en la que uno está dispuesto a morir por otras cosas aparte de por su familia y amigos más íntimos. Y, en vez de salir de la cabina y mandar a tomar vientos al tontolnabo de la capucha, me puse a discutir con él y me quedé dentro. El psicópata encendió una cerilla y la lanzó contra los trapos. Tuve la suerte de que el fósforo se apagó en el trayecto. Se me hicieron largos esos segundos en los que pasan las cosas muy despacio mientras pensaba; “este hijoputa no va a ser capaz”. Y lo fue. Al instante se agachó, encendió otra cerilla y la aproximó a los trapos impregnados de gasolina. Para mi fortuna, un compañero de una agencia que estaba flipando con la escena, me agarró del chaquetón y me sacó de un tirón de la cabina. En el momento en el que mi pie salía por la puerta metálica, la gasolina entró en combustión y la cabina se convirtió en una pira funeraria. Yo, en vez de irme a matar al anormal que me había hecho aquello, le di las gracias a mi colega y me puse a correr como un loco para encontrar un teléfono desde el que llamar a la Radio. Entré muy azorado en una tienda, le conté a la dueña como pude el lance y llamé a la emisora a narrar mis dramas. El primero; dejarle claro a la audiencia que la unidad móvil número 7 de Antena 3 era una mierda de cabina telefónica. El segundo, que había estado a punto de inmolarme por el periodismo por gilipollas. Y el tercero, darme cuenta de que el episodio, que a mí me puso las pulsaciones a 250, a Ana Rosa le provocó esa risa que les da a las madres cuando un hijo hace una trastada. Yo estaba convencido de que mi hazaña de reportero intrépido iba a conmover los cimientos del periodismo (¿por qué no un Pulitzer?) y mi jefa lo único que hizo fue descojonarse.

LAS MUJERES TONTAS

Sé que me la estoy jugando. Sobre todo porque, si alguien se queda solo con el título, me pueden caer bofetones con mano abierta. Pero con todo lo que se está hablando en los últimos días de las mujeres, me apetecía decir un par de cosas. Ayer mismo, de nuevo, surgió el tema por la elección de Luis de Guindos como candidato español a la vicepresidencia del Banco Central Europeo. El PSOE prefería, como sugería el Parlamento Europeo, que la candidata fuera una mujer de perfil técnico, pero finalmente será el ministro de Economía nuestro candidato.

La semana pasada, el debate sobre la mujer estuvo en torno a la decisión de la Fórmula I de eliminar a las azafatas que adornan la parrilla justo antes del comienzo de cada Gran Premio. Y sí. Digo “adornan”, porque creo que esa es la función que se les da. Se ve a multitud de personas (la mayoría hombres) trabajando en los coches y auxiliando a los pilotos y, en medio del frenesí, decenas de mozas despampanantes sujetan un parasol o un paraguas mientras sonríen a todo el mundo como si ese paraguas fuera el estandarte de su ejército después de una victoria muy trabajada sobre el enemigo.

Y yo, lo siento, pero creo que la Fórmula I ha hecho bien. Y creo que el PSOE hacía bien ayer en reclamar que nuestra candidata fuera una mujer. Llevo mucho tiempo discutiendo con amigos acerca de las cuotas, porque yo creo que las cuotas sirven. Si viviéramos en un mundo ideal, no tendrían sentido, pero si miramos al mando en la mayor parte de nuestra sociedad, las mujeres mandan poco.

Muchos amigos reniegan de las cuotas aduciendo que no se debe premiar el sexo, sino el mérito. Claro. Eso estaría muy bien si todos los hombres que están en lugares preponderantes fueran los más brillantes de la clase. Pero ¿cuántos ineptos, estúpidos y/o malas personas están ahí arriba sin merecerlo? Yo reclamo el derecho de las mujeres tontas y de las hijaputas a ocupar puestos relevantes en nuestras empresas. Y el día en el que pase esto, cuando estén arriba en análogo número mujeres y hombres, listas y tontas, tontos y listos por igual, será porque estemos en la verdadera igualdad. Mientras llega ese día (y creo, evidentemente, que hemos mejorado, pero estamos lejos) debe haber políticas de paridad, y una manera de aplicarlas es eliminar esos lugares en los que las mujeres tienen un papel subordinado en el que simplemente adornan mientras ejercen tareas tan básicas como la sujeción paragüera o la administración de líquidos al piloto de turno.

Entiendo que a las pobres chicas que van a perder sus empleos les parezca mal. Pero estas muchachas deben aceptar que esto no se hace pensando en ellas. Esto se hace pensando en todas esas mujeres del mundo que sufren por ser mujeres. Eso de la “cosificación”, que es un palabro horrible, pero es real. Y la mayor parte de las cosas malas que les suceden a mujeres de todo el mundo son consecuencia de la cosificación; de convertirlas en algo parecido a un objeto. Y no tenemos que irnos muy lejos. El piropo inapropiado, el leve acoso en el trabajo a la subordinada que le gusta al jefe. El novio que controla lo que viste su novia, hasta aquel al que un día se le escapa un bofetón. Desde el padre que domina a su hija, hasta el desalmado que le corta el clítoris a las mujeres de su familia. Cuando se hacen políticas de igualdad, no se piensa en las azafatas.

Es cierto que todo esto, siempre, se baña en sectarismo político y que las feministas radicales no ayudan mucho a que el feminismo caiga bien en según qué entornos. De hecho en los últimos días se han visto memes circulando en los que salían dos fotos; una mostrando a 5 azafatas espectaculares luciendo palmito y, la otra, enseñando a 3 mujeres cubiertas con el velo islámico. Y se preguntaba; ¿Qué mujeres están subyugadas por el machismo y cuáles ejercen su libertad? Porque hay que reconocer que, sobre todo en la izquierda, hay un formidable pedorrismo en torno a este tema y me choca que mis amigos progres de salón sean incapaces de censurar al Islam, mientras están siempre con la escopeta cargada para disparar al primer obispo que patina ligeramente. Yo he discutido innumerables veces con amigos que defienden que las mujeres musulmanas llevan velo por una decisión propia. Y me descojono. Esa frase en boca de muchas mujeres musulmanas a mí me parece el gran triunfo de la cosificación de la mujer. Pero claro, si es difícil conseguir la igualdad entre hombres y mujeres en occidente, no les cuento lo que va a ser esto en los países bajo influencia islámica. Pero, igual que cuesta horrores conseguir que la derecha acepte que las cosas deben avanzar, a la izquierda le cuesta tremendamente llamar a las cosas por su nombre y la subyugación de la mujer en los países musulmanes, no es machismo; es, para un buen número de progres “comme il faut”, parte del acervo milenario islámico.

Les pasa con todo. Yo, por ejemplo, no me estoy quedando sordo. Estoy empezando a tener diversidad funcional sensitiva. Los ciegos son invidentes o personas con baja visión, los paralíticos de mi infancia, pasaron a ser minusválidos en mi adolescencia, posteriormente; discapacitados y, hoy, ya eso nos suena mal y hablamos de personas con capacidades diferentes. Aunque el remate de la búsqueda de nuevas maneras de denominar se logró hace ya unos años, cuando se eliminó el INEM, para crear el Servicio Público de Empleo Estatal, cuyo penoso acrónimo es SEPEE. Quizás por eso, en la época de ZP, el empleo fue como el culo.

NO ME ACOSTUMBRO

No me acostumbro. Y mira que llevo más de 30 años trabajando y me ha pasado esto muchas veces. Pero no me acostumbro.

Hoy he firmado los finiquitos de los 19 trabajadores que hacían conmigo el programa “Seguridad Vital” en TVE1. Anoche tuvimos una de esas cenas de despedida en las que uno tiene que sobreponerse a la pena y a la rabia y pedir a todos que se vayan al hoyo con algo parecido a una sonrisa. Que piensen, como yo hago, que haber mantenido durante 133 semanas un programa en el aire es un milagro y que, lo que tenemos que hacer, es dar las gracias, cada uno a quien quiera, por haberlo conseguido.

Yo le doy las gracias al equipo por trabajar tanto y tan bien y a TVE por abrirnos la puerta en junio de 2015. Le doy también las gracias a Dios, aunque no sé si mejor dárselas a mi madre, que se hartó de ponerle velas a todos los Santos que conoce (y son unos cuantos) para que el programa de su hijo viera la luz. Y le doy las gracias a mi mujer, a mis hijos, a mis hermanos y a tantos amigos que me animaron en los años jodidos, en los que ni imaginaba que mi productora iba a volver a tener un programa en el aire. Uno de esos amigos fue Jesús Hermida. La tarde antes de comenzar a morirse, estuvimos merendando en su casa. Fue una especie de merienda de despedida. No tenía ningún sentido, pero él estuvo toda la tarde como despidiéndose de mí. Hablamos sobre el programa que íbamos a arrancar y me insistió, como siempre, en que tuviéramos elementos de distinción, que no me conformase con lo que saliera en el primer piloto y, como remate, me dejó una frase muy hermidiana. Muy obvia, pero llena de razón: “Haz lo que te dé la gana, Filfilito. Pero hazlo bien. Joder.” Y luego seguimos hablando del mar y de los peces hasta que me dijo adiós desde el umbral de la puerta de su casa en una despedida que, no sé por qué, ambos teníamos la sensación de que era la última.

Hermida me enseñó muchas cosas. Entre otras a ser siempre un bonito cadáver. A no dar pena. Y creo que, aunque él era muy de ciclos y pasaba por momentos muy bajos, me transmitió frecuentemente esa idea de sonreír ante la adversidad, de no provocar lástima y de entrar en la tumba con una sonrisa y, a ser posible, sin que parezca forzada.

Yo podría estar muy cabreado. El programa es casi cada domingo líder de audiencia, estamos siempre por encima del mínimo que nos marcaba la cadena en el contrato, somos baratos, tenemos prestigio en el sector y nos dan premios cada dos por tres. O sea; que no había motivos objetivos para quitarnos de en medio. Pero tenemos que irnos. Y prefiero quedarme con lo bueno. Claro que no estoy contento, pero, por mi experiencia, quejarse y amargarse solo sirve para dormir mal y, probablemente, para conseguir que los que te rodean te consideren un pesao. Por eso anoche le insistía mucho a los 19 estupendos de producción, realización y redacción en que pensemos que este programa nos ha hecho a todos mejores y que, si tenemos suerte, dentro de poco estaremos todos, juntos o por separado, haciendo otras cosas. Yo ya ando con 3 proyectos en la cabeza, estoy dando clases de inglés y, dentro de dos semanas empiezo un máster. O sea; que no es que estemos para bailar de alegría, pero estamos muy lejos de tener cara de funeral.

Decía antes que esta manera de afrontar los problemas la aprendí, en parte, gracias a Jesús Hermida. Pero mis primeros y más cercanos maestros fueron mis padres. A mi padre jamás se le cayó de la boca esa frase de “Dios proveerá”. Es cierto; a Dios, a veces, le cuesta un huevo proveer, pero ese optimismo yo lo tengo muy metido en el cuerpo. También ayudó mi madre. La vida le dio, desde luego, algunos motivos para estar triste, pero ha sido una mujer alegre y optimista siempre y nos ha transmitido a sus hijos y a todos los que la rodean un sentimiento de agradecimiento a la vida por habernos tratado bien.

Yo, por eso, quiero llegar a los 80 como ella. Hace unos meses, en El Corte Inglés, le regalaron un bono de 3 sesiones de láser y otras 3 de ingles. Las señoras saben seguro de qué va la cosa, pero mi madre, que tiene el despiste propio de la edad, entendió: “3 sesiones de inglés” y se fue a una señorita a decirle que las 3 sesiones de láser no le interesaban nada (no se veía ella peleando con Darth Vader), pero que las de inglés le apetecían tremendamente.

No sé cómo reaccionó la dependienta, pero sé que mi madre, unos días después, nos lo contó, como cuenta otras tantas cosas de su vida, ahogada de la risa con una mezcla de vergüenza y de “pues me da igual, hijo”, que es el talante que hay que tener ante estos sucedidos.

Y ese es el espíritu con el que me gustaría llegar a la jubilación porque me parece maravilloso que mi madre siga pensando en hacer mil cosas y en aprender. Todas las semanas acude a una residencia de ancianos a echar una mano, se reúne con varios grupos de amigas, va al cine, ayuda a sus hijos, cuida, lleva y trae a diversos nietos y, una tarde a la semana, hace timba de cartas y despluma a sus amigas jugando al “Maquiavelo” o al “Conti”. Si algún día se derrumba su casa (Dios no lo permita) las probabilidades de que el techo caiga sobre ella son ínfimas. Y, lo de aprender, no es broma; cada dos por tres me pregunta si hay alguien que le puede dar clases de informática, estudia inglés a salto de mata y sigue convencida de que, si se aplica, llegará a los 90 diciendo “tonic water” mucho mejor que su marido que, en 1973, pidió una tónica en un Teatro de Londres y le pusieron un Whisky Johnnie Walker.

 

PELIGRO DE EXTINCIÓN

Nunca me había sentido tan identificado con una ballena, un oso panda o un león del Atlas. Porque creo, francamente, que el periodismo de verdad está más cerca de la muerte que el rinoceronte blanco. Entiendo que, para la mayoría de la población, sea más fácil identificarse con esos animalitos que salen en los documentales, que con muchos de mis compañeros de profesión que han hecho que, al periodismo y a los periodistas, se nos mire con una mezcla de mala leche, desprecio y desconfianza. Hay que reconocer que nos lo hemos ganado a pulso, pero hoy no solo quiero hablar de la parte de culpa que tenemos nosotros en el asunto. Sino de lo terrible que puede llegar a ser para una sociedad que la prensa pierda su sitio, que nos quedemos, como dijo ayer Victoria Prego, sin una prensa libre, fuerte e independiente.

Por si alguno no lo sabe, Victoria es la presidenta de la asociación de la Prensa de Madrid. Ayer celebrábamos el día del Patrón, San Francisco de Sales, y en la sede del antiguo diario Madrid se entregaban distinciones a periodistas jóvenes y a veteranos a los que, como dijo el nonagenario Arturo Pérez López, en los cumpleaños les salen más caras las velas que la tarta. Victoria hizo un discurso realista, duro, en el que se lamentaba del cierre de Tiempo e Interviú y de ver cómo esta nueva era puede terminar extinguiendo el periodismo. Decía la Prego, y tiene razón, que sin ese periodismo libre de verdad, que sea un factor de control del poder, “no hay democracia que aguante”. Y a muchos les puede parecer exagerada la sentencia, pero yo estoy absolutamente de acuerdo con ella.

El principal problema lo tiene la prensa más tradicional; los periódicos. El papel. No sé cuántos de ustedes compran habitualmente el periódico. Yo leo todos los días 5, pero llevo sin ir al kiosko desde hace mucho tiempo. Antes, me gastaba cada día, al menos, 3 euros en prensa. Compraba El País, El Mundo y el Marca y siempre caía algún otro periódico que tenía ese día una exclusiva, o un reportaje, o una entrevista especialmente interesante. O sea; yo solito, sin contar las revistas que compraba, daba a los editores más de 1.000 euros anuales. Que hoy no me gasto. ¿De verdad pensamos que se pueden sostener las redacciones sin que paguemos por ellas? Yo creo que no. Lo tremendo es que, para que esto se solucione, tendría que haber un acuerdo entre editores que está prohibido por las leyes de la competencia. Oigan: cobremos a los que nos quieran leer a través de internet. Pero es, por desgracia, la única salida.

Puede que no seamos muy conscientes, pero la prensa libre, la prensa independiente, la prensa que tiene que controlar a los poderes, debe ser fuerte, porque los gobiernos, los partidos políticos, las empresas del IBEX tienen que saber que hay alguien ahí fuera que les va a decir NO si están haciendo algo reprobable. Con una situación de precariedad como la actual, los medios están cercanos a la quiebra, los periodistas ganan sueldos de mierda y tienen que dar gracias por no engrosar las listas del INEM. En estas condiciones ¿Va a arriesgarse un medio a perder una campaña de publicidad institucional o de una empresa fuerte publicando una información que le toque las pelotas a su anunciante? ¿Va un periodista a arriesgarse a perder su empleo por una exclusiva de esas sensibles que provocan llamadas de presión y reuniones en las que lo único que falta es sacar cuchillos? Yo sé que no.

Por eso es muy importante que todos seamos conscientes de que esto cuesta dinero. Mucho dinero. Y que tenemos que pagar por ello. En varias Cabras he hablado de mi lucha contra la piratería. En mi casa no se piratea. Mis hijos tienen 12 euros mensuales para comprarse canciones en Internet y jamás hemos visto una película o una serie sin pagar por ella. En mi casa no ha entrado ni un solo CD o DVD de un mantero y es porque sabemos que, si no pagamos, es imposible que los creadores sigan creando. Con el periodismo pasa igual. Ayer le daban un premio a la familia de uno de mis maestros; Jorge del Corral. Jorge decía que su padre, su hermano y él habían logrado vivir más que dignamente del periodismo y que, hoy, su hijo y su sobrino van haciendo equilibrios para llegar a fin de mes. Si llegan. Y Jorge fue siempre un ejemplo de PERIODISTA al que le importaba dos o tres pares de cojones, si le llamaban de Zarzuela, de Moncloa, del más grande Ayuntamiento o del despacho del Presidente de uno de los principales anunciantes. Si tenía una noticia y estaba contrastada, aquello iba a misa y Jorge era capaz de dejarse matar por ella y por sus periodistas.

No sé en cuántos medios hoy eso es posible. Lo que sí sé es que, si no hacemos algo, esto se va al hoyo. Es cierto que nosotros, los profesionales, tampoco hemos ayudado mucho a darle gloria a nuestra profesión. Pero estamos a tiempo de remediarlo. Solo hace falta que los empresarios periodísticos puedan ganar dinero y que en las redacciones haya gente bien pagada. Y luego, si tienen la misma suerte que tuve yo, que en esas redacciones haya maestros que, como me pasó a mí con Jorge, con Hermida y con tantos otros, nos recuerden que hay que ser rigurosos, que debemos contrastar delicadamente las noticias y que debemos decir siempre la verdad. Yo debo reconocer que, en ese aspecto de no mentir jamás, llegué al periodismo con ventaja quizás por la mala conciencia. Recuerdo cuando hice la Primera Comunión, que, cada semana, en el Colegio, nos confesaban. Yo era un niño bueno en líneas generales y, claro, nunca sabía qué contarle al cura, de manera que me inventaba pecados. Con lo cual, en mis Confesiones, durante mucho tiempo, entré en un bucle pecaminoso del que no sé si algún día me sacará una indulgencia plenaria de Su Santidad.

 

DE-MO-CRA-CIA

Igual hay que deletrearlo. Porque, claramente, ni Puigdemont ni los cientos de miles (o millones) de catalanes que le apoyan parecen saber de qué va esto. Porque, como les ocurre a muchos liberticidas, utilizan estos conceptos sagrados para quitarse la mala conciencia y los pervierten. Escuchar a los de la CUP dándonos lecciones de democracia, ver a Junqueras enarbolando la bandera de la concordia o ser testigo, anoche, de cómo un golpista responde al Rey desde las televisiones en primetime, daría risa si no fuera patético, triste, indignante, preocupante y gravísimo.

Nunca pensé que fuera a citar por lo positivo a Alfonso Guerra. No está el ex-dirigente socialista entre mis políticos favoritos, aunque siempre me haya hecho mucha gracia. Pero ayer dejaba clarísimo lo que está pasando en Cataluña y citaba a uno de mis escritores preferidos; Stefan Zweig. Zweig se tiró media vida alertando de los horrores del nazismo, diciéndole a quien le quería oír que lo que estaba pasando en Alemania a finales de los años 20 y principios de los 30 iba a acabar en una tiranía de consecuencias imprevisibles. Zweig decía que, cíclicamente, los pueblos se entregan a los tiranos que les ofrecen el cielo, la gloria y la certidumbre, siempre con discursos trufados de lirismo, épica y valores elevadísimos. Y la teoría de Zweig era que la masa acaba renunciando a su libertad y a muchos de sus derechos esenciales a cambio de que alguien les ilumine el camino hacia un futuro mejor y lleno de dicha. Según el pensador austríaco, esa entrega al líder es una especie de vuelta a la infancia; una búsqueda del padre y la madre, que nos dan todas las certidumbres, la protección y la seguridad que necesitamos para apartar de nuestras vidas la angustia.

El tirano hoy en Cataluña no es el juez que ordena a la policía que se cumpla la Ley. Ni es el Rey. Ni es Rajoy. Los tiranos hoy en Cataluña son estos políticos que, utilizando unos medios serviles a lo Goebbels, han llevado a miles de catalanes al delirio, vendiéndoles la tierra prometida de la Independencia en la que no habrá más penurias y en la que los españoles, tan malditos hoy para el independentismo, dejarán de robar, de oprimir su libertad y de maltratarles en cargas policiales inaceptables. Y en ese acompañamiento en el delirio, cientos de miles de personas inteligentes están convencidas de que tienen razón. Y si les dices que se están saltando la Ley te miran como si fueras el peor fascista; con esa mirada entre el desprecio y la superioridad, porque no te das cuenta de que uno se puede saltar la Ley si eso es lo que el Pueblo quiere. Aunque ese Pueblo, cada vez que se le ha preguntado con todas las garantías democráticas, en un proceso electoral serio que no fuera como el Refemiérdum del domingo, les ha dicho a estos que NO.

Hace poco leí una versión comentada de “Mein Kampf”, ese librito encantador de Adolf Hitler en el que se leen cosas que recuerdan tremendamente a algunos discursos de los que promueven el golpe de Estado de Puigdemont. Y en ese libro se dan algunos datos que dejan claro que no siempre el Pueblo tiene razón. Porque en 1946, en Alemania, no quedaba un nazi. No es que los mataran a todos o que se hubieran ido al exilio. Es que nadie reconocía que había apoyado a los de la Cruz Gamada. Pero ¿saben cuántos educadores formaban parte en 1934 de la Liga Nacionalsocialista de Profesores? ¡¡¡240.000!!! ¿Saben en cuántos hogares había un ejemplar de Mein Kampf en 1939? En 12 millones y medio. Y podría seguir dando datos del enooooorme apoyo popular con el que contaba el nazismo en Alemania incluso antes de la llegada al poder de Hitler. Y Hitler, como está pasando hoy en Cataluña, pervirtió las instituciones para quedarse solo. Llegó al Parlamento alemán sin una mayoría absoluta y, abusando de la democracia, acabó con la democracia. Y eso, y no otra cosa, es lo que está pasando en Cataluña.

La Ley es mucho más importante de lo que nos puede parecer cuando, lo que nos apetece, es pasárnosla por el escroto. A todos nos ha sucedido. Nos parecen bien las normas, las multas, las leyes, hasta que se nos aplican a nosotros. Y cuando esto sucede, por lo general, pensamos que las leyes son menos justas. Y, si alguien desde el gobierno nos abriera la puerta a la insumisión, si se nos dijera: “no paguéis, no cumpláis, que no va a pasar nada”, aquí no aceptaría las leyes ni Dios. Esto es lo que está pasando en Cataluña. ¿Estoy yo negando que haya un apoyo popular incontestable? No ¿Estoy yo negando la posibilidad de que alguien cambie nuestra Constitución e, incluso, eche a nuestro Rey usando la Ley? No. Lo que estoy diciendo es que, cuando le abres la puerta a la turba nunca sabes quién va a tener cojones de cerrarla. Y empieza a haber ejemplos que erizan los pelos de la nuca. Los escraches a Guardias Civiles y policías, los insultos a los que no opinan como los de la manifa y el acoso a los periodistas que informan de lo que pasa. Es curioso; incluso han acosado a un referente de uno de los medios que han sido más complacientes con Puigdemont y con el entorno indepé. Ayer Antonio García Ferreras comprobó en carne propia, afortunadamente sin consecuencias, que, cuando se abre la puerta a la insurrección, parar el Tsunami puede ser complicadísimo.

Y no quiero ni imaginar lo que va a ser cuando detengan y pongan a disposición judicial a Puigdemont, Junqueras y Forcadell, que es lo que espero que suceda antes de que sea demasiado tarde.