R.I.P. SEGURIDAD VITAL

Juro que no estoy en plan quejica. No hay nada que soporte menos que la gente que va llorando por las esquinas y siempre recuerdo la frase que me decía Jesús Hermida: “Jamás hay que dar pena; hay que ser siempre un bonito cadáver.” Pero dado que he vuelto al redil, me apetece compartir con mis lectores la muerte por desistimiento del programa “Seguridad Vital” del que, con La Nuez Producciones, produjimos más de 270 episodios para TVE. Y bien agradecido que estoy por ello.

Pero, con tristeza, debo entonar el Requiescat in pace por “Seguridad Vital”. Para los que no sepan de qué hablo, este es un programa que estuvimos haciendo con mi productora en diferentes etapas en TVE y que en julio de 2024 dejó de emitirse. Los últimos 13 episodios no los pagó TVE, sino que fueron financiados por unos fondos europeos de esos Next Generation. En verano de 2025 nos presentamos para ver si volvíamos a producir otra serie de 13 con esos fondos europeos, pero, aunque nos tuvieron hasta diciembre esperando, finalmente nuestro proyecto no fue seleccionado y nos quedamos sin volver a emitir.

La última vez que TVE pagó por nuestros programas fue en el año 2022. En el mes julio nos mandaron a la porra porque, según nos dijeron, TVE tenía que ahorrar para poder asumir, entre otras cosas, el coste de la compra de derechos deportivos como el Mundial de MotoGP, partidos de la Champions League y el Mundial de Qatar. Y eso que teníamos una imagen estupenda en todo el sector. Nos daban premios cada dos por tres y Seguridad Vital de TVE era, sin duda, una referencia para todos los que se dedican a trabajar para reducir la siniestralidad. De hecho, habíamos recibido la Medalla al Mérito en Seguridad Vial del Ministerio del Interior, entre otros reconocimientos.

Desde luego no nos quitaron de en medio por malas audiencias. El programa era casi cada domingo por la mañana líder de su franja, rondábamos el 11.5% de media de share y con frecuencia éramos el programa de TVE1 con un mejor porcentaje de audiencia en el día. “Es que era un horario con poca competencia. Claro; el domingo por la mañana”, me decían muchos cuando celebrábamos los índices. “JA” (con mayúsculas), contestaba yo. Había una competencia jodida, como en todas las franjas actuales de la TV. Es más; frecuentemente coincidíamos con el programa “Centímetros Cúbicos”, un estupendo formato de Atresmedia del mismo corte que el nuestro y, casi todos los domingos, les duplicábamos el share.

En fin, que me estoy poniendo chulito y no se trata de eso. A lo que voy es a que “Seguridad Vital” era un programa divulgativo sobre seguridad vial y movilidad sostenible. Puro servicio público en una Televisión Pública en la que nos dio gusto trabajar con mucha gente muy profesional y muy comprometida con una verdadera Televisión de todos. Un programa barato que permitía cada semana que nos contaran cosas todos los que estuvieran haciendo algo por reducir la siniestralidad y por movernos de una manera más segura y más sostenible. Teníamos cada semana el testimonio de una víctima de accidente y recordábamos cosas que hay que refrescar en un país en el que uno de cada cuatro muertos en siniestros va sin cinturón. Y mirábamos al pasado y al futuro de la movilidad para darnos cuenta de que, hace 30 años teníamos 9000 muertos al año en España y que ya hoy tenemos coches que conducen solos y que nos llevarán a acercarnos al sueño de cero víctimas en las carreteras.

Y, ojo, que no estoy aquí hablando de que me tengan manía o de que me vaya peor ahora que gobierna el PSOE que cuando gobernaba el PP. Puedo decir, no sé si con alegría o con pena, que me han contratado y me han echado tanto gobiernos del PP como del PSOE. No es ese el punto. Ni tan siquiera estoy pidiendo que vuelva mi programa a TVE. Que lo haga cualquiera. Que contraten a otra productora, con otro programa, pero que abran una ventana a la divulgación de la seguridad vial en la televisión de todos. Lo que estoy reclamando es que la Televisión pública de mi país haga, al menos, el mismo servicio público que hace una televisión privada como es Atresmedia. Me da la sensación de que la dirección actual de RTVE está mucho más centrada en 3 objetivos:

  • Generar una buena programación (les alabo el gusto).
  • Marcar muy definidamente su línea editorial de apoyo al gobierno (eso no se lo alabo, pero es, desgraciadamente, lo habitual gobierne quien gobierne). En los programas diarios de actualidad la tendenciosidad es alarmante; presentadores comportándose como tertulianos y tertulianos comportándose como portavoces del gobierno.
  • Competir en el mercado de la compra de derechos deportivos como si fueran una cadena privada.

El problema para RTVE es que, enfrente, la cadena líder desde hace años lleva mucho tiempo haciendo lo que se espera que haga la televisión estatal. Atresmedia tiene junto a la aseguradora AXA un acuerdo para difundir la movilidad segura y sostenible. La iniciativa Ponle Freno no solo organiza carreras para obtener fondos, sino que entrega anualmente unos Premios y va soltando casi a diario mensajes en sus diferentes plataformas de emisión de contenidos.

Y no solo eso, además Atresmedia tiene un acuerdo con Mutua Madrileña para la lucha contra la violencia de género, otro con La Caixa para combatir el edadismo y la discriminación laboral a los que pasamos de los 50 y uno más con la farmacéutica CINFA para intentar ayudar a las familias que tienen mayores dependientes a su cargo. Y lo mejor de todo esto es que contribuyen a hacernos mejores sin que les cueste un duro.

En fin, supongo que después de publicar esto mis posibilidades de volver a TVE van a ser menos que ínfimas. Pero me da igual. Lo único que pretendo con esto es mover el árbol y conseguir que RTVE vuelva a abrir espacio para divulgar la movilidad segura y sostenible. Así lo desean (o eso me dicen cada vez que me cruzo con alguien) todos los que trabajan para mejorar nuestras cifras de muertos y heridos en carretera. Desde el Ministro del Interior hasta las asociaciones de víctimas, pasando por el Director General de Tráfico, el Fiscal de Sala Coordinador de Seguridad Vial o el General de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil. Así que si el Presidente de RTVE, José Pablo López, no me hace caso a mí y a los bonitos sonetos que le he mandado reclamando nuestra vuelta, a ver si les hace caso a todos estos que saben, de verdad, de lo que están hablando.

YO LE PERDONO, MAJESTAD

Pues yo, le perdono. Y ya siento si mi misericordia les parece mal a millones de personas. Pero yo, le perdono, Majestad.

Y sí; hablo de Juan Carlos I. Le perdono todas esas marranadas que se supone que ha hecho. Las de los dineritos y las otras. Y creo que ya estamos tardando, como país, en otorgarle ese perdón y en pedirle que vuelva inmediatamente del exilio en Abu Dabi, que dura mucho más de lo deseable para él, pero también para nuestra democracia. Veía el otro día los eventos de celebración de la longevidad de nuestra Constitución del 78 y me produjo una mezcla muy intensa de pena y de estupor ver la enorme ausencia del que fue, verdaderamente, Padre de esa Constitución tan criticada. Y es muy reprobada, por cierto, por los herederos de aquellos que más tenían que agradecer a esa Constitución; los partidos más a la izquierda del cuadro y los que reclamaban unas cotas de autogobierno mayores para sus, entonces, regiones. Es que ellos no votaron. Dicen. No te jode. Ni yo, que me pilló con 14 años empezando a darme cuenta de que las niñas ya no me parecían tan tontas.

Se ha hablado mucho de los 7 padres de la Constitución del 78; Gabriel Cisneros, Manuel Fraga, Miguel Herrero de Miñón, Gregorio Peces Barba, José Pedro Pérez-Llorca, Miquel Roca y Jordi Solé-Tura. Pero nunca se mete en el cuadro de honor al hombre que puso las bases de ese texto legal que enmarca nuestra convivencia; Juan Carlos de Borbón. Es cierto que lo hizo con la ayuda inestimable de Adolfo Suárez y de Torcuato Fernández-Miranda quienes, junto a él, pusieron en marcha aquella Ley de Reforma Política que nos llevó a ser una democracia plena y moderna.

Y no puedo entender que en España tengamos una memoria tan frágil. Que, ahora que lo pienso, no se trata de fragilidad, sino de decisiones muy conscientes de olvidar unas cosas (víctimas de ETA, por ejemplo) y recordar perfectamente otras. Desde luego, como sociedad, parece que se nos ha olvidado que Juan Carlos I “hereda” de Franco una Jefatura del Estado con poderes absolutos. Franco no solo era el Jefe del Estado sino que, cada semana, estaba en las reuniones del Consejo de Ministros y él sí que era el “Puto Amo” que está hoy tan de moda. El Rey podría haberse acomodado en aquel “statu quo”, pero decidió tirar, no por la calle de en medio, sino por un callejón oscuro, lleno de piedras que le podían partir los tobillos y sin ninguna luz al final del túnel. En aquel Rey no confiaban ni los franquistas acérrimos, ni los demócratas que habían estado en la clandestinidad. Y ese Rey denostado por casi todos, supo echarse una nación entera a la espalda, decirnos: “vamos por este camino” y logró convertirnos en lo que hoy somos: una democracia moderna, con una monarquía parlamentaria sin ningún poder ejecutivo y un país en el que da gusto vivir. Y aquello no fue postureo. Juan Carlos I fue dando pasos hacia la democracia y el remate de su obra fue una Constitución que le quitaba todos aquellos poderes que tuvo hasta la publicación de ese texto en el BOE el 29 de diciembre de 1978. Y hoy se nos ha olvidado. Y a aquel hombre al que le debemos tanto, lo tenemos viviendo fuera de España y mostrándole las uñas cada vez que viene a una Regata o a cualquier otro evento al que, muy ocasionalmente, se le invita.

Hoy en España al Jefe de Estado que nos hizo esa Transición que se estudia en universidades de todo el mundo, lo tenemos repudiado y en el exilio sin posibilidad de perdón. Y el problema es que ninguno de los procesos judiciales que se le abrieron han terminado en una condena. ¿Que el Rey hizo cosas reprobables? Pues seguramente. ¿Que un Rey no debería haber tomado muchas de las decisiones que tomó? Pues quizás sea cierto. Pero también lo es que un país que ha perdonado a los que montaron el GAL, que ha permitido que hagan política los que formaron parte de ETA, que indultó al General Armada por el 23 F o a los que lideraron el intento de golpe de Estado en Cataluña con aquella declaración-de-independencia-solo-con-la-puntita, no puede permitirse seguir sin perdonar a Juan Carlos I. Y, ojo, que no hace falta ningún indulto, porque, que yo sepa, no ha habido ni una sola sentencia en su contra. Se trata de un indulto moral. Se trata de permitir que vuelva y que, aunque pueda tener un coste para nuestro magnífico Rey Felipe, Juan Carlos I vuelva a estar en su casa y a formar parte activa de la Familia Real. Reconozco que no debe ser fácil el papelón de Felipe VI. El partido que nos gobierna, sus socios y numerosos medios de comunicación han apretado de lo lindo para poner el dedo acusador encima de la corona de Juan Carlos I. 

 Yo ya he contado en alguna Cabra que el día en el que entré como becario en Antena 3 de Radio en junio de 1987, el director general, Manolo Martín Ferrand nos dedicó un muy bonito discurso sobre la libertad de prensa, sobre nuestra responsabilidad como informadores y sobre nuestro deber de respeto a los oyentes. Nos dijo una frase que se me quedó clavada: “los oyentes se ganan de uno en uno y se pierden de mil en mil”. Y cerró su discurso de bienvenida con otra frase que también llevo grabada a fuego: “aquí vais a poder informar con total libertad con dos únicos límites: La Constitución y la Casa Real”.

Y aquel pacto tácito de “Al Rey, ni tocarlo” se acabó convirtiendo, años después, en una nada tácita operación “Leña al mono, que es de goma”. Estoy seguro de que hubo informaciones serias y bien contrastadas, pero me gustaría también saber cuántas noticias que se han publicado en estos últimos años, cuántos comentarios maliciosos en tertulias y cuántos titulares gruesos, aguantarían hoy un escrutinio periodístico serio. Claro que hay que denunciar los comportamientos irregulares y que un Rey debe ser ejemplar y Juan Carlos I, en muchos aspectos, no lo fue. Pero también opino que, para quemar en la hoguera pública a alguien, tú tienes que tener un comportamiento impecable. Y, francamente, no parece que ninguno de los partidos del arco político pueda levantar la mano de la limpieza y de la falta de corrupción en sus filas. Así que, haciendo todos examen de conciencia, igual podríamos ser algo más indulgentes con el monarca.

Cuento todo esto porque me leí hace unas semanas la autobiografía de Juan Carlos I. Es obvio que el Rey es muy autoindulgente y que pasa muy como de puntillas por encima de los temas que le han llevado a la situación en la que está; presuntas comisiones, Urdangarín, Corinna… Pero también es cierto que don Juan Carlos hace un repaso de todo aquello que ha hecho por España y yo considero que, en la balanza, lo positivo debería pesar mucho más que lo negativo, pero no sé si hay alguien por ahí dispuesto a sacar ese balance positivo al panorama político que tenemos hoy.

Por eso creo que quien debe buscar una solución es Felipe VI. Nuestro Rey se enfrenta a un dilema parecido al que afrontó el Emérito en el 75 y opino que debería emular a su padre y, con finura personal y política, con mano izquierda y cintura, encontrar la manera de traerle de vuelta.  Sobre todo, porque tengo la sensación de que muchos españoles no van a entender que Juan Carlos I muera fuera de España. Y presiento que, si se produjera ese fallecimiento con nuestro Rey en el exilio (Dios no lo permita), el primero que se iba a arrepentir, para siempre, es, precisamente, Felipe VI.

LISTILLOS

Como setas. El otro día hablaba de algunas cosas buenas que estaba encontrando en la pandemia. Malas hay unas cuantas muy obvias. Buff. Casi 20.000 muertos. Pero no quiero hablar de lo obvio, sino del afloramiento de cientos de miles, de millones de listillos. Son personas a las que yo, en cierto modo, envidio. Lo tienen todo clarísimo. Siempre. Y te hablan con una contundencia, con una rapidez en el verbo, con unos argumentos tan aparentemente impecables, que tú, pobre mortal, eres incapaz de responder.

Ha pasado con este virus que nos asola. No sé ustedes. Yo, hace un mes y medio o dos meses, veía lo del Coronavirus como algo lejano, de chinos. Como miramos el hambre de África o los huracanes del Caribe. Nos da una pena tremenda, intentamos ayudar desde lejos, pero jamás pensamos que la desgracia vaya a entrar en nuestro salón.

Yo estuve del 18 al 22 de febrero en Estocolmo en una Conferencia Internacional sobre Seguridad Vial. ¡¡Organizada por la OMS!! Y no es que no se suspendiera, es que no vimos ni media mascarilla. Solo vi 4; las que me obligó a meter en la maleta mi mujer (ella sí que es LISTA con mayúsculas) porque temía que, con 2.000 personas de todo el mundo allí, pudiera haber contagios. Y nos parecía tan exagerado que hasta me hice una foto con la gente de mi equipo para mandársela a mi mujer.

Todos medio de coña con el coronavirus, porque allí la única medida de precaución eran unos botes de líquido desinfectante en unos mostradores en los que se ofrecía comida y café. Unos días después de volver de Suecia, la pandemia llegó a Europa y, una semana más tarde, en España empezábamos a pensar que esto iba en serio.

Y ahí comenzaron a surgir los listillos. Son los que, por supuesto, si hubieran estado gobernando, lo habrían hecho no bien, sino de puta madre. Son los que tienen siempre el remedio para el muerto, cuando el finado está más tieso que la mojama. Y da igual la adscripción política. Porque aquí hablan con la misma contundencia los que critican al gobierno que aquellos que siguen defendiendo lo indefendible.

Yo creo que es cierto lo que dice el Ejecutivo de que siguieron, incialmente, las recomendaciones de la OMS. Porque, a las pruebas suecas me remito, la OMS no pensaba que esto se nos iba a ir tanto de las manos. Pero también es cierto que a nuestro gobierno toda esta crisis le ha pillado en paños menores y han ido reaccionando como a golpes, dando algunos palos de ciego que quizás nos han hecho llegar demasiado tarde. ¿O hay que aceptar como inevitable el hecho de que estemos entre los países con más muertos por millón de habitantes?

A mí de nuestros políticos me sorprende la sensación que trasladan de que siguen jugando una partida de algún juego de rol y no de que estén enfrentándose a la peor crisis de España desde la Guerra Civil. Pedro Sánchez ofreciendo constantes discursos eternos sin decir nada y soltando de vez en cuando píldoras en las que intenta ser un Winston Churchill pasado por la Clínica Buchinger.

No entiendo que Sánchez no convocara desde el principio del horror a Moncloa a los líderes de los principales partidos. Serían muy distintas esas ruedas de prensa si estuvieran todos los líderes ahí, a piñón, respondiendo a preguntas de verdad hechas telemáticamente por periodistas de todo signo. Y, probablemente, el resto de líderes podrían estar ayudando en algo a superar este drama.

Pero no. Ellos ahí siguen. Los de la oposición diciendo que no van a ver a Sánchez, o que no se fían, vaya usted a saber con qué excusa y los del gobierno asegurando que lo han hecho todo bien. Y ahí están, sin reconocer un error como el de la manifa del 8-M o la imprevisión. En esas manos, de gobierno y oposición, estamos afrontando un espanto que está tocando con dureza a millones de familias. Eso por no hablar del Tsunami económico. Que a ver cómo salimos de esta.

Tendremos que preguntarles a los listillos. Porque ellos sí que lo saben. Son los que echan la bronca a los dueños de perro por pasear. Los que ponen carteles (anónimos) en el vecindario conminando a los que trabajan en Sanidad o en supermercados a abandonar sus casas temporalmente. También están los que se hartan de mandar distintas mierdas por wassap para redoblar nuestra indignación.

Y da igual si te indignas contra el gobierno o contra la oposición. Son igual de pesados e igual de intensos los defensores de unos y de otros. Lo que han conseguido es algo histórico; que estén empezando a sonar tambores de censura. Uno ya no sabe qué creer, pero es muy mosqueante que el Estado esté tan preocupado por la circulación de bulos.

Ayer me inquietó gravemente esa pregunta del CIS que decía: “¿Cree usted que en estos momentos habría que prohibir la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación social, remitiendo toda la información sobre la pandemia a fuentes oficiales, o cree que hay que mantener libertad total para la difusión de noticias e informaciones?”

Lo terrible no es que hubiera un 66,7% de españoles que dijeran que sí. Lo inconcebible es que un gobierno de un Estado democrático moderno haga semejante cuestión. Porque hay preguntas que, en democracia, un gobierno solo las puede hacer en las urnas. Por ejemplo, ¿Debería el CIS haber preguntado si habría que aplicar pena de muerte a violadores asesinos al día siguiente de descubrirse el cadáver de Diana Quer? Yo creo que no, porque, probablemente, el 66,7% (o más) de los españoles habrían dicho que sí.

El problema, queridos dirigentes políticos, es que esa es una pregunta, como la de limitar la libertad de información, que se cisca en nuestra Constitución del 78. Y no deberíais poder hacerla. Claro que hay tantas cosas que no deberíamos poder hacer y las hacemos….

Cierro esta Cabra con un homenaje de humor negro a todos los que han tenido que despedir a alguien en estas semanas de dolor. Este es un cartel que me dejó estupefacto el otro día en el Cementerio de la Almudena. Es tristísimo, pero nos dio, como suele pasar en los duelos, para uno de esos ataques de risa en los que empiezas riendo y acabas llorando. Como una Magdalena.

DESCUBRIMIENTOS

Mi hija Paula es una Señora. Y yo no lo sabía. Y es un descubrimiento que le debo agradecer a este virus hijoputa que tanto dolor y tanto daño está provocando a nuestras familias, a nuestras empresas y a nuestros países.

Los que me conocen saben que yo intento siempre buscarle la parte buena a las cosas. Sé que algunos opinan que eso es un síntoma de poca inteligencia, pero me importa una higa. O tres. Creo que se vive mejor pensando en positivo y opino que el pesimismo, la melancolía, darle vueltas a lo que no puedes cambiar, solo sirve para hacerte sufrir y para gastar energía de manera inútil e innecesaria.

MI FAMILIA

Por eso estoy intentando disfrutar de las cosas buenas que está dándome este confinamiento. La semana pasada contaba que habíamos tenido la inmensa pena de despedir a mi suegra por el virus. Han sido días duros, pero este duelo enclaustrado, sin poder abrazar a los que más quieres, nos está sirviendo como una especie de terapia familiar. Tampoco es que necesitásemos un tratamiento.

Antes del aislamiento nos llevábamos muy bien. Pero estamos conviviendo en armonía, estamos hablando mucho y haciendo esas cosas que ya no puede hacer un padre cuando sus hijos tienen 25, 22 y 18 años. Por si fuera poco rara la situación, durante más de dos semanas hemos tenido en aislamiento a mi mujer, a mi hija Macarena y a mi hijo Carlillos. Carlos ha salido ya del aislamiento, pero su madre y su hermana la pequeña, ahí siguen sin poder tocar un plato y teniendo que pasar la mayor parte del día en sus habitaciones.

MI HIJA PAULA

Y, en medio de este pequeño caos, de este funcionamiento anómalo de la familia, ha surgido mi hija Paula. Por mucho que crezcan nuestros hijos, por mucho que se conviertan en adultos, que trabajen, que sean absolutamente independientes, un padre siempre tiende a pensar en su hijo como un ser que necesita guía. No digo que les sigamos viendo como niños. Pero casi. Y, en estos días, yo he descubierto que mi hija Paula es una mujer. Y una mujer estupenda.

Hemos estado ella y yo más de dos semanas organizando la casa, cocinando, haciendo de camareros, limpiando, poniendo lavadoras… En muchos momentos toma ella el mando y gestiona menús, decide qué es lo que hay que comprar, cuándo hay que limpiar baños, cuándo aspirar y fregar… Y todo esto sin una queja. En nuestra casa tenemos muchas virtudes, pero también algunos defectos. Y ninguno hemos heredado el gen Mahatma Gandhi de mi abuelo Piló.

Y a Paula no le he oído ni un grito en todos los días de aislamiento. Ha habido pocas discusiones y, las que ha habido, se han resuelto rápido y bien. Ayer vimos la tremenda película de “El Pianista”. Cuando están deportando a los judíos polacos a los campos de concentración, Adrien Brody le dice a su hermana: “Ojalá te hubiera conocido mejor”. Y ambos se ponen a llorar. Y a mí me emocionó mucho la frase, porque esta mierda de aislamiento a mí me está sirviendo para conocer mejor a mis hijos. Y, de paso, he descubierto que se les puede querer todavía más.

En fin, que me estoy poniendo tierno. Y no era eso. Quería hablar también de otros descubrimientos que he hecho en estas semanas duras.

PUNTUALES IMPUNTUALES

Por ejemplo, que el confinamiento nos hace llegar a las citas antes de tiempo. No sé si es la ansiedad de tener un plan. Una cita en medio de la rutina. Porque ¿cuándo en España, hemos llegado todos puntuales a algo? Jamás. Pero, en estos días, si sales a tu balcón a las 19.58 ya llegas tarde porque el aplauso de las 20 horas empieza siempre con uno, dos o tres minutos de antelación. O sea que, los españoles, impuntuales, pero no por retraso, sino por anticipación.

He descubierto también que, en mi empresa, tengo un equipo heroico. En plenas restricciones, con el equipo trabajando prácticamente al 80% desde sus casas, hemos conseguido entregar a TVE, en 3 semanas, 4 programas realizados bajo las estrictas normas impuestas por el Estado de Alarma.

UN EQUIPO HEROICO

Si hace un mes y medio me hubieran pedido entregar dos programas en una semana, habría dicho que no era posible. Pero eso era porque nadie nos había puesto en las condiciones terribles en las que estamos ahora. Y nunca habría podido hacerlo sin el equipo que tengo y, sobre todo, sin el trabajo descomunal de nuestro director de Realización, Jesús Rodríguez, y el de la directora de Producción, Montse Gómez.

También he descubierto que, para muchos, los empresarios seguimos siendo esos hijos de puta gordos, vestidos con traje negro, que fuman un puro y echan la ceniza sobre las heridas abiertas de sus empleados. Al menos, si oyes a la parte de Podemos del Gobierno, se les llena la boca diciendo que van a proteger a los trabajadores sin darse cuenta de que, los que protegemos a los trabajadores, somos los empresarios. Y que, si nos pones una soga al cuello y nos quitas la silla de los pies, lo normal es que nos ahoguemos y que, por tanto, tengamos que cerrar. Y, cerrando, tenemos que echar a todos los trabajadores.

¿EL BUEN EMPRESARIO? LA MAYORÍA

¿Que hay empresarios forrados hijos de puta? Claro. Pero la inmensa mayoría de los empresarios, incluso los que se forran, somos gente normal. Unos ganan más. Otros menos. Muchos empatan. Y otros muchos pierden dinero. Su dinero.

Y no quiero dar pena a nadie. Nos metemos en esto porque queremos. Unos porque nos va la marcha y otros, quizás, porque les ha echado el mercado laboral y no les ha quedado más remedio. Da igual. Ahí están peleando por generar y sostener empleo digno, aunque a cientos de miles de empresarios, entre su sueldo y su beneficio, la cosa no les dé, ni soñando, para comprarse un chalet como el del jefe de Podemos.

Y no es demagogia. Es así.

Quería hablar también del descubrimiento de la enorme capacidad que tenemos para aceptar cosas inaceptables. Pero hace rato que se me ha acabado el folio y, aunque en el mundo virtual los folios no existen, yo, en estos días de confinamiento, estoy intentando ser mucho más ordenado. Otro descubrimiento…

DOLOR DE CORAZÓN

Literal. Es un dolor que se agarra entre la garganta y el esternón cuando la congoja, la angustia, el enfado y la impotencia se te meten en el cuerpo. Y no te sueltan. Ayer murió mi suegra. Maite Cabetas. 83 años. Enferma de cáncer que estaba en pleno proceso de recuperación de su último ciclo de quimio. Estaba bien. Tenía sus dolores y la enfermedad le había impuesto unas limitaciones, pero seguía siendo independiente, haciendo su vida y dando cada día, a todos los que la rodeábamos, una lección de unas ganas de vivir imbatibles.

Pero el miércoles de la semana pasada comenzó con fiebre superior a 38º. Su médico siempre le decía que, con esa temperatura, debía ingresar en el hospital. Y allá la llevamos con su mezcla de pereza, pesadumbre y canguelo que conocen bien todos los enfermos de cáncer. El primer diagnóstico no fue del todo malo. Una infección de origen desconocido. Lo importante; ningún problema en los pulmones. Pero, en 24 horas, el Coronavirus apareció y convirtió el diagnóstico en un parte de guerra. La doctora le comunicó a mi mujer que mi suegra estaba gravísima, que las placas de pulmón habían empeorado de una manera terrible y que COVID-19 era el culpable de su neumonía.

48 horas más tarde, los síntomas obligaron a sedarla y ayer nos llamaron para comunicarnos que después de 3 días de una dolorosísima espera, Maite, por fin descansó. Y en estos 3 días hemos sido conscientes de lo que está siendo este drama de la crisis del Coronavirus para tantos miles de familias. Los hospitales están desbordados.

No podemos tener ninguna queja de la humanidad con la que se han portado con ella en su Hospital, aunque la situación es de tal caos que la información a las familias es, en casi todos los casos, un silencio prolongado y doloroso. Tanto que ayer, la primera llamada para comunicarnos que mi suegra había fallecido no la hizo un médico, sino un empleado de la funeraria. Y no es una queja. Entendemos que el coronavirus es un seísmo para nuestro sistema sanitario, pero es un síntoma evidente de que están absolutamente sobrepasados.

Estamos en unos días en los que nosotros, que vivíamos en un gozoso aburguesamiento mental, social y económico, estamos teniendo que aprender a aceptar lo que nos toque. El confinamiento, la soledad, no poder darle un abrazo a quien quieres. No poder velar a quien se muere. No poder recibir a los amigos y a la familia que quieren llorar contigo.

Yo creo que mi suegra fue, precisamente, durante toda su vida, un ejemplo de mujer que aceptó siempre lo que le tocaba vivir. Desde pequeña se fue adaptando en una familia llena de gente muy lista en la que una madre exigente animó a que todas sus hijas (eran 7) tuvieran las mismas oportunidades que sus dos hijos varones. Hizo carrera Universitaria en una época en la que la mayor parte de sus amigas se casaban y eran amas de casa. Fue la Catedrática más joven de España. Compaginó su trabajo y su familia y, varias veces, tuvo que reinventarse. Cuando se separó. Cuando se fueron de casa sus hijos. Y se fue adaptando siempre a todas esas cosas con una naturalidad asombrosa.

Me cuesta hablar de ella en pasado, pero Maite era una mujer muy inteligente, de fuertes convicciones, peleona, disfrutona, sonriente y buenísima conversadora. Era perseverante y tenía una mezcla curiosa de educación esmerada salpicada con un poco de nobleza baturra y otro poco de chulería madrileña que la hacía una mujer especial para sus amigos, para sus hermanos, para sus sobrinos y, sobre todo, para sus hijos y para sus nietos, a los que adoraba.

Mi suegra hacía todo bien con una tenacidad indómita. Se puso a jugar al golf a los cincuenta y tantos y acabó ganando torneos. Pero es que, con 80 años, seguía empeñada en mejorar y comenzó un cambio de swing con el que estaba feliz, hasta que el cáncer apareció en su vida y le obligó a dejar el deporte que le apasionaba. Comenzó a jugar al bridge también en torno a los 60, y era una jugadora temible que, cada dos por tres, llegaba a casa con botellas de vino o latas de espárragos cojonudos que ganaba en los campeonatos.

Y era una de esas personas que hacen amalgama. Seguíamos reuniéndonos en los almuerzos de los sábados y, al menos una vez a la semana, venía a comer o a cenar a casa. Siempre celebrábamos la Navidad con parte de sus innumerables hermanos. Era una abuela presente y millones de veces nos cubría en traídas y llevadas de hijos a clases, médicos, cumples… Sin pedirlo muy expresamente, consiguió que sus hijos veranearan en Cádiz, que era el lugar que más le gustaba del mundo. Y compartía con nosotros esos días felices de verano en los que, a partir de ahora, va a dejar un hueco descomunal.

Y ayer por la tarde mi mujer y sus hermanos decidieron que, ya que no íbamos a poder abrazarnos, teníamos que hacer un tanatorio online. Nos pusimos cada uno con su ordenador (yo tengo a tres en casa aislados) e hicimos una reunión familiar que no fue como cuando nos vemos de verdad, pero reconfortó. Fue curioso escuchar a los nietos contar cosas de la abuela. Cómo cada uno de ellos tenía guardado un recuerdo distinto. Especial. Algo que les contaba la abuela. Una canción. Algo que hacían con ella. Todos algo diferente y todos algo que les había hecho tener en la memoria a su abuela Maite para siempre. Y yo no creo que pueda haber cosas mejores en la vida. Que en todas las personas con las que te hayas cruzado hayas dejado una huella de afecto que permanezca siempre. Y así será con Maite.

A mi suegra le daba una mezcla de vergüenza y gustito que yo hablara de ella en este blog o cuando hacía presentaciones de entregas de premios de golf en los que ella hubiera participado. Siempre me regañaba después con una mezcla de “qué pesadito eres” y de “me parto contigo”. Sé que esta es la Cabra que ninguno de los dos queríamos que escribiera, pero yo necesitaba contar algunas cosas a ver si consigo que se me vaya soltando la pelota que tengo agarrada ahí en el pecho.

Porque al dolor de la pérdida de mi suegra se ha unido, mientras escribo, la tristísima noticia de la muerte de una de las hermanas mayores de mi padre. Mi tía Conchita. Y cuando estaba intentando despejarme la congoja de este otro golpe al mentón, me llega otro mensaje contando que esta madrugada ha fallecido también el padre de Curro que, además de primo político, es uno de mis mejores amigos.

Joder. Qué días tan duros. Aceptar lo que te toque. En eso estamos.

FELIZ DÍA DE LA CELAÁ

Es la primera vez en mi vida que me despierto en el día del Padre no recordando a mi progenitor, sino acordándome de la Ministra de Educación, Isabel Celaá. Esta mañana volvía a desencuadernarme de la risa recordando cuando estaba yéndose de la Portavocía del Gobierno y se le ocurrió decir, con dos trompas de Falopio; “No podemos pensar, de ninguna de las maneras, que los hijos pertenecen a los padres”.

PARA QUÉ VAS A PEDIR DISCULPAS…

Yo sé que ella, la pobre, en el fondo, no quiso decir exactamente eso. Pero un político, antes muerto que rectificando y la Ministra y sus adláteres, en los días posteriores, se rebozaron en aquella frase. Y seguramente, en esa parte del cerebro en la que se esconde nuestro orgullo de niño pillado en un renuncio, la Celaá siga cada mañana buscando auto-excusas para acabar llegando a la conclusión, algún día, de que ella tenía razón.

Pasa mucho en la política. Un político mete una gamba. Bueno, una gamba no; mete la flota entera de Pescanova y a un millón y medio de Rodolfos Langostinos. Mientras la prensa no afín al político y la ciudadanía se descojonan, los pelotas del prohombre o de la promujer, se esfuerzan en hacer parecer que no ha sido una metedura de pata, sino una interpretación maliciosa de los demás. O, como sucedió con las “portavozas” de Irene Montero (a la que deseo una pronta recuperación) una “defensa del lenguaje inclusivo para hacer más visibles a las mujeres”.

NO SE SALVA NADIE

Es que piensan que somos gilipollas. Y a lo mejor lo somos. Porque esto no es un tema de partidos. Todos lo hacen. ¿Para qué va a pedir perdón Pedro Sánchez por la soplapollez de mantener la manifa del 8M? “Ya se les olvidará”. ¿Para qué va a rectificar la Cospedal aquella mamonada inexplicable de la “indemnización en diferido”? “Tranquila, Cospe, que no se han dao cuenta”. ¿Para qué va a explicar Rajoy, entre otras perlas, aquello tan brillante de: “Es falso todo, salvo alguna cosa”? “Tranquilo, presi, que a un plasma no se le repregunta”

Eso por no irnos más lejos y cuestionarnos por qué la hoy vicepresidenta Calvo hizo historia con su “El dinero público no es de nadie”. O ZP con lo de que “España está en la Champions League”, cuando nuestra economía se deslizaba por un enorme retrete. O Acebes que dijo el nefando 11M lo de que “todos los indicios apuntan a la responsabilidad de ETA”. Y todavía sigue sin pensar que igual debería haber pedido disculpas.

LOS POLÍTICOS Y SUS PELOTAS

No creo que les dé lo mismo. Lo que les pasa es que, a su alrededor, nace un coro de pelotas (que ríete tú del de los esclavos de Nabucco) defendiendo la pollada. Y, en su entusiasmo “lameculista” impiden que el preboste o la prebosta hagan un poco de análisis o, como nos decían en el Catecismo de nuestra infancia, examen de conciencia, propósito de enmienda y acto de contrición. Y así van ellos, los interfectos y las interfectas, felices, pensando que los que necesitan ayuda profesional no son ellos, sino los que les seguimos votando.

Que, por cierto, ya que he hablado del Catecismo, no quería terminar esta primera Cabra del coronavirus sin hacer referencia a la pedazo de Cuaresma que estamos viviendo. Yo no pienso que pueda ser considerado un cristiano ejemplar, pero creo que creo, e intento conducir mi vida por un camino lo más cercano al que marcó aquel joven de 33 años que, hace casi 2 milenios, puso esto patas arriba.

CUARENTENA CUARESMAL

Es curiosa la coincidencia en el tiempo y en la raíz morfológica para esta Cuarentena y para la Cuaresma, que marca los 40 días que van, desde el miércoles de ceniza, hasta la cena de la Pascua judía, nuestro Jueves Santo, que fue la Última de Jesús. Yo, que como digo no soy un cristiano muy ortodoxo, intento siempre hacer algún sacrificio en la Cuaresma y me quito el alcohol y los refrescos. Y el otro día pensaba en lo curioso de las cosas.

Probablemente cuando estamos en el mejor momento de nuestro país en los últimos años, cuando empezaba a recuperarse la economía, cuando estábamos a punto explotar de consumismo, cuando no hacíamos ni caso a los que nos hablaban de cuidar el planeta, cuando dejamos de lado la meditación, la oración y la pausa en nuestras vidas, viene este virus de los cojones y nos quita y nos da todo eso de sopetón.

BUSQUEMOS LO BUENO EN EL ESPANTO

Hemos entrado en un parón económico que Dios sabe si nos va a llevar al hoyo a unos cuantos. Hemos tenido que dejar de consumir compulsivamente (salvo papel higiénico, que algunos pueden jugar a momificar a todo su vecindario con las reservas que han acumulado). Hemos dejado de generar contaminación. Tenemos tiempo para pensar. O para rezar. O para no hacer nada y quedarnos, sencillamente, parados. Y tenemos que saber aprovechar el momento.

Yo reconozco que soy un optimista enfermizo. Mientras hago lo imposible por mantener en pie mi empresa y atiendo en lo que puedo a mi familia, siento que todo esto que está pasando no tiene por qué ser solo malo. Claro que va a ser terrible en muchos aspectos y yo no dejo de pensar en mi suegra y en mi madre y en tantas mujeres y hombres que están sufriendo y temiendo la enfermedad. Pero también estoy disfrutando.

HABLAR CON LOS HIJOS

Les parecerá una tontería, pero se nos ha acabado la prisa. Y, aunque tenemos otras angustias, hemos reducido la ansiedad a la mitad en nuestras vidas. Y, para mí, lo mejor de todo: lo que me está gustando poder estar y hablar con mis hijos en unas edades en las que cuesta mucho entablar una conversación con ellos porque no están nunca en casa. Y vemos pelis. Y cocinamos juntos.

Incluso estamos en familia logrando apartar a ratos el móvil que es la dispersión constante en nuestras vidas. Porque, en estos días de locura de las redes sociales, si dejas el móvil a un lado menos de una hora, de repente te das cuenta de que te han entrado 165 mensajes. Y no sé si estarán con las calderas a 300, pero, si en estos días de cuarentena no ha estallado Telefónica, puede estar tranquilo Pallete, que no va a estallar nunca.

SONETO 5º DEL CORONAVIRUS

 

Hoy toca un día duro y de paciencia
Porque está el coronavirus al lado
Y cuando se acerca te deja tocado
Rumiando lo frágil de la existencia.

Que eso les pasa a otros; que la Ciencia
Será capaz de atajar el mal hado
Que cayó, como el alar de un tejado,
Sobre nuestras cabezas sin cadencia.

Y te encuentras, de pronto, en la trinchera,
La angustia palpitando en la cabeza,
Segunda línea de fuego, no primera,

Rozando los miedos de una manera
Que encontrabas ajena y, sin certeza,
Sufrir, aguardar noticias; la espera.

 

SONETO 4º DEL CORONAVIRUS

Debo comenzar el cuarto soneto
Con preguntas que me hago en el reposo,
Cuarentena o aislamiento forzoso,
Que nos tiene más quietos que un abeto.

No pongo dedo en llaga ni malmeto
Pero me resulta un tanto curioso
Que con tanto positivo famoso
Sea oncemil y pico el número neto

De contagiados. Y no me lo creo
Si miro alrededor digo, y no miento;
Cientos de miles es el apogeo

De este coronavirus triste y feo
Y que espero que se haga un buen recuento
Que lleve pronto a COVID a un museo.

SONETO 3º DEL CORONAVIRUS

 

Quizás esté sirviendo este aislamiento
Para vernos como jamás nos vimos
Acostumbrados a lujos y a mimos
Nos llega como rayo este escarmiento.
 
Y nacen unos buenos sentimientos
De ayuda, de ánimo y hoy nos unimos;
Que los aplausos diarios y en racimo
Den a los sanitarios un aliento.
 
Y que no falte humor y coña sana
Que ayer uno por wassap reclamaba
Los culos a las cinco a la ventana
 
Para hacer homenaje y loa urbana
A quien fabrica o a quien fabricaba
Papel higiénico a la especie humana

 

SONETO 2º DEL CORONAVIRUS

SONETO 2º DEL CORONAVIRUS

Qué gran Real Decreto, qué maravilla,
Tras reunión con visita sorprendente;
Toca su nariz, Vicepresidente,
Entrando al Consejo sin mascarilla.

Aunque nos aten la pata a la silla,
Se podrá mover bastante la gente;
A hacerse mechas o una permanente,
A limpiar en el tinte una mantilla,

O a comprar al estanco cigarrillos.
Que parece fumar tan esencial
Como el pan para hacerse bocadillos,

Cual papel higiénico, que no pillo,
Pues se agotó, y sería muy bestial
Tener que hacerse limpieza al ladrillo.